Grecia Después de Después del OXI: Postscriptum (1)

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Tras la victoria euforizante del OXI en la noche del 5 de julio, la sorpresa de la deprimente capitulación de Tsipras. El inesperadamente holgado triunfo del No (61%-38%) en un referéndum, cuya mera celebración en las dificilísimas circunstancias de todos conocidas constituyó ya de por sí un gran éxito de la democracia, hacía presagiar más bien otra cosa: la entrada en lo que esa misma noche llamamos nosotros el «momento Varoufakis» de la crisis de la Eurozona.

 

Es decir, unos cuantos días –quizá semanas— de máxima tensión, en los que la posición firme y unida de un gobierno de izquierda apabullantemente respaldado por su pueblo y resuelto a no capitular ante el chantaje financiero instrumentado por el BCE, ni frente a las amenazas nada veladas de Grexit por parte de Schäuble, lograra ahondar en las visibles divisiones en el frente europeo anti-OXI (incluidas la brecha creciente entre distintas autoridades europeas y el FMI y aun las diferencias de criterio existentes dentro del propio gobierno de gran coalición alemán).
Eso y sólo eso podía abrir paso a una verdadera negociación que tomara debidamente en cuenta la imperiosa necesidad de reestructurar la deuda griega y de proceder a genuinas «reformas» capaces de poner fin a 5 años de suicida austeridad depresiva procíclica e iniciar la estimulación del crecimiento de la economía social griega.

Y es que, en efecto, y para bien o para mal, toda la estrategia de Varoufakis pasaba desde el principio por llegar en las mejores condiciones posibles a ese terrible y dificilísimo momento de la verdad para Grecia buscando audazmente convertirlo en viva escenificación de un memento mori para la Eurozona. Lo que explica su enérgicamente optimista reacción inmediata al aplastante triunfo del OXI en la noche del referéndum:

«¡Nuestro NO es un majestuoso gran SÍ a una Europa democrática y racional!».

Unas pocas horas después, él mismo daba a conocer su cese/dimisión como ministro de finanzas del gobierno presidido por Alexis Tsipras. Lo que vino luego es sobradamente conocido. Tsipras capituló en toda regla, firmando en la noche del martes un acuerdo que era, desde casi todo los puntos de vista, peor aún que la propuesta europea de acuerdo del pasado 26 de junio que había sido contundentemente reprobada con un enorme OXI la noche del referéndum.

En una fantástico ejercicio de contradicción performativa, el propio Tsipras realizó una dramática alocución pública en la que reconoció haber firmado un acuerdo en el que no creía. A lo que Schäuble no tardó en reponer que ahora que Tsipras manifestaba no creer en el acuerdo, él creía más que antes en la viabilidad del mismo.

Las reacciones de la opinión pública internacional a la sorprendente capitulación de Tsipras han sido variadas y casi siempre elocuentes. Desde medios anglosajones se ha tendido a hablar de una «inaceptable humillación» a Grecia, y autores tan distintos como Münchau (desde el Financial Times y en Der Spiegel) y Krugman (desde el New York Times) han hablado redonda y directamente de la muerte de los principios democráticos de la UE e incluso del principio del fin de la Eurozona.

Desde las páginas del Guardian, el viejo y respetado filósofo alemán Jürgen Habermas se ha sumado a esa línea, añadiendo en su condición de ciudadano alemán que su gobierno de coalición democristiano-socialdemócrata «dilapidó en una noche todo el capital político acumulado en cincuenta años por una mejor Alemania».

Tsipras y su gobierno de Syriza habían levantado grandes esperanzas en la población griega, por supuesto, pero también en el conjunto de las izquierdas de todo el mundo, particularmente en Europa. Las reacciones que la dramática e inesperada capitulación ha suscitado entre ellas son muy variadas. Reflejan en parte viejos vicios enquistados en la psicología moral de la cultura política de una izquierda que lleva décadas cociéndose en su propio jugo y tan resentida como hecha y acomodada a la derrota.

Están, primero, los habituales papagayos moralizantes y consignistas: esos estupendos abajo-firmantes que, sin haber estudiado ni haber siquiera pretendido nunca entender nada en concreto del caso, ya tenían de antemano decidido, por ejemplo, y muchas veces contra todo argumento económico racional, que nada que no fuera romper con el euro y volver al dracma ya (¡en una economía abrumadoramente importadora!) era reformismo utópico y que Tsipras era un «traidor» que sólo esperaba el momento adecuado para venderse a la Troika.

Éstos están exultantes: la del martes fue su gran noche. Y Tsipras, un nuevo Pétain.

Otra rama de la viciada psicología moral de la izquierda derrotada de las últimas décadas es la de quienes se acogen preferentemente a la vieja consigna otrora leedera en muy visibles carteles colocados al lado del sillín de conductor de todos los tranvías y autobuses del mundo: «No molesten al conductor»; haga lo que haga el pretendido conductor –llámese Castro, Chávez, Lula, Correa, Evo o Tsipras—, bien hecho está, que el papel de los abajo-firmantes se reduce sobre a todo a no molestar y aun a aplaudir al conductor.  

Los más cultivados entre los abajo-firmantes de esta estirpe psicológico-moral digamos que «obediente» parecen interpretar el papel de Tsipras en la capitulación de esta semana por analogía histórica con el celebérrimo acuerdo de capitulación militar incondicional ante el Estado Mayor guillermino firmado el 3 de marzo de 1918 por Trotsky en Brest-Litovsk.

Sí, también ésta resultó una capitulación humillante para el nuevo gobierno revolucionario, y desde luego fue muy criticada como inaceptable por muchos abajo-firmantes obnubilados de la época; pero, a la postre, habría terminado sirviendo para mantener y aun afianzar en el poder al partido bolchevique.

Tsipras habría cuando menos evitado el Grexit en que estaba empeñado Schäuble, como tan bien ha sabido contar el propio Varoufakis estos últimos días en The New Stateman, en The Guardian y en Die Zeit.

 Al fin y al cabo, los sondeos de opinión griegos dan ahora mismo un enorme respaldo popular a la gestión de Tsipras (de hasta un 73%), lo que sugeriría que el OXI del referéndum del 5 de julio no fue tanto un No a la Troika, cuanto un inmenso NAI (Sí) a la gestión de Tsipras.  

Sea de todo ello lo que fuere, lo único cierto hasta ahora es que el comportamiento de Tsipras esta pasada semana ha hecho una vez más buena la vieja y sabia leyenda saintjustiniana de que, para un político radical, la audacia a medias es cavar la propia tumba. Y puestos a buscar analogías históricas, por nuestra parte sugeriríamos más bien otra.

Tsipras no se parece en nada al Pétain de 1939: no hubo desde luego premeditación en la voluntad de derrota. Ni tampoco al Trotsky de 1918: le ha faltado precisamente su audacia. Si acaso, puede recordar vagamente al papel de aquel célebre estratego, Foción, que rindió definitivamente la libertad republicana de Atenas ante Antípatro y el poderío imperial macedonio en el 318 antes de nuestra era. Y –¿quién sabe?— acaso el de Varoufakis guarde ahora cierto vago parecido también con el papel jugado por el gran Demóstenes en aquel trágico final sin gloria y con mucha pena de la república democrática de Atenas.  

Y aquí se acaba la analogía histórica. Este tercer rescate impuesto a Grecia –el propio Tsipras lo reconoce— está destinado al fracaso.

Más de la mitad del Comité Central de Syriza se ha manifestado rotundamente en contra de la capitulación de Tispras y del grueso de sus parlamentarios. Varoufakis no se quedará de brazos cruzados.

La Unión Europea ha salido quebrantadísima políticamente de ese lance ante la opinión pública internacional. La explícita amenaza de Grexit coram populo ha dado una señal inequívoca a los mercados financieros internacionales de la reversibilidad de la Unión Monetaria Europea, proyectando sombras muy negras sobre el futuro de la Eurozona.

Y lo más importante y decisivo de todo, el pueblo griego dejó muy claro la noche del 5 de julio que ya no está dispuesto a seguir sufriendo cuanto debe.

El mensaje que dio al mundo la noche del Gran OXI era de fondo y sigue vivo, y –estamos seguros— seguirá alumbrando y alimentando las esperanzas de cambio de todos los pueblos del Viejo Continente.

(*) Antoni Domènech es el Editor general de SinPermiso. Gustavo Buster y Daniel Raventós son miembros del Comité de Redacción de SinPermiso.

Fuente: Sin Permiso

(1) Este texto debe leerse como postscriptum a nuestro artículo editorial del pasado 6 de julio: Después del OXI: cuando los fuertes ya no son capaces de hacer cuanto pueden y los débiles ya no quieren sufrir cuanto deben

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