El Gambito Ruso en Siria

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El otrora sólido Estado de Siria, un oasis de estabilidad en Medio Oriente, pareciera encontrarse ahora en proceso de descomposición (failing state), producto de la sangrienta guerra civil que lleva ya más de cuatro años de desarrollo.

 

Las fuerzas en conflicto

El gobierno del Presidente Basher al-Assad y el Ejército sirio, armado y apoyado por Rusia y las milicias chiíes Hizbolá que operan desde El Líbano, han perdido casi dos tercios del territorio a manos de los diversos grupos que participan en la contienda.

En el suroeste y noroeste, opera la insurgencia organizada en el llamado Ejército Libre de Siria, que cuenta con el apoyo de la OTAN.

En el este y noreste actúan grupos yihadistas suníes ligados al poderoso Estado Islámico, armados por Saudi Arabia, Qatar y Turquía y en el nororiente intervienen movimientos kurdos separatistas (PKK) y el ejército kurdo peshmerga, en alianza con los Estados Unidos.

Mientras tanto, el gobierno sirio mantiene la mayor parte del oeste y sur, la que alberga al grueso de la población y a la capital bajo el control de sus fuerzas. Ninguno de los cuatro contendientes ha podido obtener una superioridad militar definitoria sobre los demás.

En esta etapa sería inexacto definir a Siria como un estado fallido, ya que existe todavía un gobierno e instituciones que mantienen una columna vertebral que se resiste a caer en la total ingobernabilidad. Basher al-Assad sigue siendo su presidente elegido. Por contraste, los grupos rebeldes de oposición al régimen carecen de un líder identificable y se debaten en conflictos internos, cuando no se encuentran ocupados combatiendo con las fuerzas yihadistas del Estado Islámico (EI).

Hasta ahora el gobierno de Assad ha resistido el embate, pero al precio de miles de víctimas inocentes y casi 4 millones de refugiados que han sido desplazados hacia los países limítrofes, con una mínima fracción de ellos que ha llegado hasta las fronteras de Europa.

La antesala de la tragedia

Desde la perspectiva de Occidente (léase OTAN + Australia y Nueva Zelandia) el objetivo político de corto plazo, declarado al inicio de la contienda, sería la destitución del Presidente Assad como gobernante de Siria. Según los medios, el Presidente Obama habría sido sensitivo a las protestas y manifestaciones de grupos disidentes que inicialmente se expresaron a través de murales pintados reclamando en contra el régimen autocrático de Assad a comienzos de 2011, en demanda de mayores libertades.

La prensa libre no demoró en declarar esta insurgencia como una primavera árabe y apoyó las exigencias de los grupos moderados, como a menudo se designan en la jerga periodística a los grupos civiles de ideologías pro-occidentales, los cuáles habrían sido bombardeados y masacrados por el Ejército de Assad, en un aparente rapto de locura del autócrata.

El apoyo militar occidental se concretó tanto de manera directa desde la potencia norteamericana y desde Turquía, como a través de las monarquías suníes en Medio Oriente Saudi Arabia y Qatar, interesados en hacer caer a los regímenes chiíes de Irán y Siria.

Esta ayuda no solo consiste en la entrega de armamento pesado anti-tanque y anti-aéreo, sino también en instrucción y entrenamiento en terreno, a cargo de militares norteamericanos.

Lo anterior, como un prólogo necesario y suficiente para alimentar una trágica guerra civil.

La iniciativa de paz del Presidente Putin

Según consigna el diario británico The Guardian, desde hace algunas semanas que el Presidente Vladimir Putin ha sido anfitrión de líderes saudíes en Moscú y ha enviado sus propios emisarios a Riyad, al mismo tiempo que ha estado tratando de convocar a Irán, Europa y los Estados Unidos con el fin de buscar una solución diplomática y militar a la sangrienta guerra civil.
También ha visitado Moscú en estos días el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, para conversar con Putin y exponer los intereses del gobierno de Israel.

Hace algunas semanas, el proyecto del Presidente Putin parecía haber obtenido una acogida favorable por parte del Presidente Obama. Sin embargo, en estos días ha habido información de prensa algo ambigua y baladí, centrada en discutir quien de los dos presidentes lleva la iniciativa.

La propuesta rusa consiste en convenir con Estados Unidos una política militar coordinada mediante conversaciones de militares a militares sobre el conflicto con el propósito de trazar un extensivo plan de paz para Siria, cuyos contenidos principales desde la perspectiva rusa serían presentados por el Presidente Putin ante las Naciones Unidas a fines de Septiembre. (NYT.16.09.15)

Desde luego, Rusia es aliada de Siria y su intención inmediata es mantener a Assad en el poder. Mientras que Occidente considera dictador a Basher al-Assad, un gobernante elegido, autoritario pero secular, al mismo tiempo que valora como sus aliados a oscuras dictaduras monárquico-religiosas de corte medieval como Saudi Arabia y Qatar.

Las desastrosas experiencias de Irak y Libia no parecen haber servido de lección en orden a contenerse en el caso de Siria. Occidente fue clave en el derrocamiento de los gobiernos autocráticos de Saddam Hussein y Muammar Gadafi, creando vacíos de poder que fueron ocupados por gobiernos débiles que pronto derivaron en sangrientos conflictos internos y en el fortalecimiento de movimientos islámicos extremistas como Al-Qaeda y Estado Islámico.

La pregunta es: ¿Están mejor ahora esos pueblos?

La marea de miles de desesperados inmigrantes cruzando el Mediterráneo desde Libia a Europa o pereciendo en el intento, no se daba en tiempos de Gadafi. El represor Hussein eliminó a muchos de sus opositores, pero el resultado de la “liberación” de Irak en marzo de 2003 fue catastrófico para Irak, cientos de miles sino millones de iraquíes han perdido la vida desde entonces.
Ambos estados son hoy fallidos y territorios de nadie en donde campea el yihadismo.

Debe recordarse que las fronteras de Irak, que afectaron a los países colindantes fueron el producto de un trazado geométrico efectuado por una funcionaria inglesa, Miss Bell, después de la derrota de los turcos otomanos en la Primera Guerra Mundial. No hubo consideración ni a la composición tribal, étnica ni religiosa de sus diversos habitantes. Necesariamente ello derivó en la supremacía de unos clanes sobre otros como el de los alawitas de Assad, en el caso sirio.

La irrupción de las fuerzas del Estado Islámico en territorio sirio a fines del 2013 abrió un nuevo frente para los rebeldes anti-gobiernistas. Ello obligó al Presidente Obama a modificar su estrategia original de manera de combatir al Estado Islámico con tropas rebeldes sirias, bajo apoyo aéreo norteamericano.

Para lo anterior, en el año 2014 el gobierno de Obama había dispuesto un programa de entrenamiento, a un costo de 500 millones de dólares anuales, el que de acuerdo a los planes produciría un contingente de 5.400 combatientes por año. Hasta ahora, solamente 54 rebeldes sirios han recibido entrenamiento.

En su primer combate en contra de fuerzas del movimiento Al-Nusra ligado a Al-Qaeda sólo sobrevivieron 5 soldados, como lo reconoció el máximo jefe militar norteamericano en Medio Oriente General Lloyd J. Austin III, ante el Comité de Defensa del Senado.

Como decía Mike Tyson: “Everyone has a plan ‘till they get punched in the mouth” (todos tienen un plan, hasta que no les llega el primer combo en el hocico) (Strategy)

Por su parte, el Presidente Putin ha dispuesto el traslado de tropas, vehículos y aviones de combate Sukhoi SU-27 a Latakia, una base aérea siria cercana a Tartus, base naval facilitada por Siria para la flota rusa del Mar Negro. Se trata de una jugada audaz por parte de Rusia, pero que se explica desde una perspectiva estratégica: la mantención y protección de su única posición en el Mediterráneo.

Las motivaciones geopolíticas de corto y largo plazo

El problema humanitario está a la vista. Lo que no aparece claro es el puzzle geoestratégico.

Por el momento, la piedra de tope es la contradicción de los objetivos políticos inmediatos entre los Estados Unidos y Rusia, respecto a la supervivencia del gobierno del Presidente Assad.

Pero, ¿Cuáles son las determinantes geoestratégicas? ¿Cuáles son las cuestiones de fondo y de largo plazo? ¿Qué fuerzas mueven a los líderes políticos? ¿El petróleo? ¿El control de Eurasia? ¿La rivalidad religiosa chiíes versus suníes?

El plan del Presidente Obama incluía una línea roja para el gobierno de Assad. Esa referencia se habría sobrepasado al acusarse a las fuerzas sirias de utilizar armas químicas, en agosto de 2013. Sin embargo, el Presidente Obama debió suspender la ejecución de la amenaza de ataque sobre las fuerzas de Assad, acción que hubiese hecho a Estados Unidos entrar de lleno en el conflicto.

En la ocasión, el Presidente Putin aprovechó la duda norteamericana para arreglar una salida pacífica que consistió en comprometer al Presidente Assad para realizar la destrucción de su arsenal químico, lo cual se hizo bajo la vigilancia de una comisión internacional.

Lo anterior, en lo que concierne a los objetivos de corto plazo.

Por otra parte, según escribe el estratega polaco-norteamericano Zbigniew Brzezinski, en su obra clave “El Gran Tablero Mundial” (1998), la importancia de la zona euroasiática reside en su concentración demográfica: 75% de la población mundial, en su riqueza de fuentes energéticas: el 75% de las reservas de petróleo y gas, aspectos que permiten constituir un heartland o pivote que concentra el 60% del Producto Mundial.

La potencia que domine en Eurasia, dominaría al mundo, de acuerdo a Brzezinski.

Al parecer, esta doctrina fue clave para la reorientación de las políticas exteriores de los presidentes Clinton, Bush II y Obama hacia Medio Oriente: la ocupación de Afganistán, la invasión a Irak, el derrocamiento y asesinato de Gadafi en Libia. La tarea habría quedado pendiente con Siria e Irán.

A veces da la impresión de que las vacilaciones del Gobierno de Obama tienen que ver con su intento de compatibilizar los intereses inmediatos de la política interior y exterior de su país, esta última entrampada por la idea geopolítica del destino manifiesto de los Estados Unidos en Eurasia.

A lo que se agregarían las presiones del lobby corporativo del complejo militar-industrial, el lobby de los petroleros, el lobby israelí y los intereses de los países regionales, Saudi Arabia y Qatar. Tales inconsistencias suelen ser inteligentemente aprovechadas por Putin.

Por otra parte, el interés de Arabia Saudita y Qatar no se limita al aspecto religioso, sino que tiene una poderosa componente de carácter económico: el “Gaseoducto Árabe”. Un proyecto multibillonario en dólares que intenta la construcción de un portador que se extendería desde el Golfo Pérsico, pasando por Irak y por Siria, para desahogar en el puerto de Tartus y cuya finalidad es la de proveer gas natural a Europa.

Este plan se contrapone a la intención de Irán, Irak y Siria de construir un gaseoducto trinacional que perseguiría el mismo propósito.

En el caso de Israel, su interés declarado podría calificarse de objetivo estratégico negativo, en el sentido de que su esfuerzo estaría asociado a mantener su área de seguridad, libre de las amenazas de una poderosa alianza sirio-iraní que, además, agrega profundidad estratégica al binomio.

El gobierno de Netanyahu declara desestimar  una expansión territorial a costa del pueblo palestino. Esto, sin perjuicio de que el lobby israelí en Estados Unidos tiende permanentemente a alinear los intereses de la potencia norteamericana con los de Israel.

El objetivo geopolítico de Rusia en Siria puede ser múltiple. En primer lugar, defender a un aliado que le provee del único puerto en el Mediterráneo que sirve de base a su flota del Mar Negro.
En segundo lugar, la necesidad de presencia en Medio Oriente para evitar el dominio absoluto de Estados Unidos en la región. Se puede agregar la obsesión de Vladimir Putin por restablecer la categoría de potencia mundial a Rusia, un status perdido con la desintegración de la Unión Soviética.

Por último, Rusia es un país central en Eurasia por lo que sería entendible su resistencia a la dominación norteamericana en ese pivote.

En nuestra opinión, la permanencia de la dinastía Assad en Siria es la única garantía de que el país no devenga en un nuevo estado fallido, con las nefastas consecuencias que se experimentaron en el caso de Irak y Libia.

Lo único que puede esperarse es que el gambito de Putin en Siria logre la paz y el fin de la tragedia de ese país.

Fuente: Red Seca

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