Desde ilustradísimos sectores de la derecha política y empresarial, se oye decir que una de las causas de que nuestro país no supere el subdesarrollo es la falta de mano de obra calificada. Si así fuera, ello sería responsabilidad neta de esa misma alta burguesía.

Si nos atenemos a la más simplificada explicación del “valor de la fuerza de trabajo”, convendremos en que éste está condicionado por algunos factores muy precisos y mensurables. Apuntemos, y no de paso, que la expresión “social” y económica de su valor no es otro que el sueldo o salario que recibe el trabajador al concurrir al mercado como vendedor de su fuerza de trabajo.

Para que se reproduzca el ciclo productivo, el trabajador debe recibir un salario que le permita: alimentarse, alojarse, vestirse, cuidar su salud. Eso, al menos, pues en las necesidades a garantizar se incluye la mantención de una familia –cantera por lo demás, y no es un dato secundario, de donde se reclutará la fuerza de trabajo de “reposición”. Agreguemos, el esparcimiento… y la educación, que es algo más que la simple aunque necesaria “capacitación” laboral.

La primera pregunta que debemos hacernos es si el actual nivel de los salarios en nuestro país corresponde aunque sea cercanamente al “valor de la fuerza de trabajo”. Responda cada uno…

La tendencia natural en toda economía capitalista es que el empresario, comprador potencial de la fuerza de trabajo, y el propietario de ésta, se enfrenten para “negociar” el “precio” de esa mercancía: el sueldo, el salario. De la forma en que lo hagan –es decir, de su capacidad de negociación- dependerá finalmente el sueldo o salario. Para nadie es un misterio que en el Chile de hoy los empresarios negocian “colectivamente” –desde el Estado, a través de la fijación del Salario Mínimo; y desde sus asociaciones patronales por rama de la producción- en tanto los trabajadores están arrinconados a una organización sindical precaria y perseguida. Véase: Código Laboral de la dictadura militar-empresarial.

Resumiendo, y apelando al testimonio de los millones de chilenos que se encuentran en esa condición, no cabe sino afirmar que el nivel de las remuneraciones en nuestro país está por debajo del valor de la fuerza de trabajo.

Y como esta realidad afecta y se expresa en los más diversos “frentes de vida” –salud, vivienda, educación, previsión social, etc.- no es extraño que ello asuma formas también diversas de organización y de lucha. Ello es inherente a sociedades como la nuestra. Y como hoy vivimos un momento de elecciones generales, estos “temas” no pueden estar ausentes del debate. La derecha, por devaluada que se encuentre, mantiene en pleno funcionamiento un aceitado sistema de ofertas y ofertones para eludir el problema central y de fondo.

Para decirlo en las menos palabras: hoy nos enfrentamos a una clara distorsión, en la que se intenta suplantar el valor de la fuerza de trabajo por el “valor del voto ciudadano”.

A los mismos a quienes se les confisca desvergonzadamente y por la fuerza parte importante del valor de su fuerza de trabajo, se intenta convencerlos del valor de su voto… separando intencionalmente la necesaria e innegable correspondencia entre el “ser social” del trabajador y lo que sería su “ser ciudadano”.

En esta disyuntiva, no cabe nada más elocuente y apropiado, como toda nuestra experiencia histórica nos lo dice, que luchar también en las urnas por un salario digno, es decir que al menos corresponda al valor de una fuerza de trabajo sin la cual no hay sistema ni modelo económico posible.

¡Voto de clase, voto de pueblo, voto de juventud!

Fuente: Editorial El Siglo, edición N° 1688

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