Ladea su cabeza. Sonríe. Con rostro pícaro, sus ojos siguen el curso de los acontecimientos. No quiere perder un detalle. Tampoco quiere que lo descubran. Más de 45 mil personas son testigos de un momento único, mágico, irrepetible. Chávez nota algo raro. El público se ríe… pero no puede ser.

Fidel aguanta la carcajada una y otra vez. Pelea, se sonroja, llama a los árbitros. Los “supuestos” veteranos del beisbol cubano juegan demasiado bien. Entonces Chávez comienza a sospechar de las barrigas, las barbas y hasta de las arrugas postizas.

Fidel ya no puede más y la felicidad le estalla en sonrisa.

Es el 18 de enero de 1999 y Fidel, el líder histórico de la Revolución Cubana, le ha jugado a Chávez la más grande broma entre jefes de estado.

Y es que Fidel es como un niño al que le gusta hacer bromas a sus amigos, y disfrutarlos, y conversar, y sonreír, porque la vida, – y Fidel lo sabe – es demasiado efímera. Y cuando de amor se trata, cuando de la vida se trata, los nombramientos no determinan.

Ese día Fidel fue feliz y Chávez también. Y nosotros reímos a carcajadas, no con el Comandante, sino con el amigo.

Más allá de la mirada firme pero tierna, del paso seguro, de los grados de Comandante, de su imponente figura que traspasa límites temporales. Más allá de la historia, de la valentía de sus actos. Más allá del significado de una vida de entrega, del amor que el pueblo le profesa, más allá… está el verdadero Fidel.

El Fidel de carne y hueso que lo mismo patea una pelota de fútbol que encesta entusiasmado una canasta que vale tres. Y discute con los árbitros cuando en medio de un juego de pelota en el que va ganado le propinan un jonrón, pero no cualquiera, sino uno de los buenos, de esos en que un narrador deportivo gritaría: “la bola se va, se va, se va y se fue”. Todo está muy claro, la bola se fue, pero Fidel discute.

Discute porque le encanta el deporte, disfruta jugar y no le gusta perder. Los árbitros, que lo conocen, hacen su papel y se deleitan con esos señalamientos, porque – seamos sinceros- vienen de Fidel. Y poder estar cerca de él es un regalo.

A Fidel también le gusta la fotografía. Hace poco lo descubrí sonriente, cámara en mano, en una de las muchas imágenes suyas que atesoro como valiosa colección. En un primer momento me sorprendió verlo detrás del lente, pero después pensé: ¿qué no ha hecho Fidel?

Y es que Fidel es como un mago, capaz de desafiar al tiempo y el espacio, capaz de hacer todo y aprender de todo.

Apasionado por el conocimiento, y devorador de cuanto buen libro llega a sus manos. El Comandante lee y relee, memoriza, investiga y aprende. No se guarda el conocimiento para sí, lo comparte. Por eso Fidel además de abogado es maestro. El mejor maestro que ha tenido el pueblo cubano.

El que nos mostró el camino a seguir, el maquinista alocado de esta nave que es la Revolución, el mecánico fiel que ajusta cada engrane, cada tuerca para que camine cercana a la perfección. El fiel defensor de las causas justas, el padre amoroso de los hijos de la patria. El faro y guía de cada proyecto.

Y es que a Fidel lo aprendemos cada día, en la cotidianidad de esta vida agitada, en el subsistir de este pueblo pese a las adversidades, en el paso de un anciano, en las manitas de un niño, en la vida que surge en las entrañas de una mujer embarazada.

Y es que Fidel está en todas partes, sonriente como aquel enero del 99, porque Fidel, es mucho Fidel.

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