El Programa de la Nueva Mayoría

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Dos “ideas fuerza” desarrolla en entrevista con este semanario el ex dirigente estudiantil Camilo Ballesteros, encargado del área de la Juventud en el comando presidencial de la Nueva Mayoría. Dice: “El programa es pagar deudas del pasado, para que hoy nosotros podamos construir con las deudas saneadas”. Explica: “Nuestra meta tiene que ser que nuestro piso mínimo para los próximos 4 años sea un programa de trasformaciones”.

Buenas definiciones, que permiten una mejor aproximación a la esencia del programa de la candidata Michelle Bachelet, y que implican necesariamente su estricto cumplimiento.

Y aunque no se trata, por cierto, de un programa “máximo”, como tampoco de uno “mínimo”, es indudable que se hace cargo de los “deudas” con el país, y en ello los jóvenes tienen muchas cuentas que sacar. En este sentido, sería “mínimo”. Pero también se lo puede calificar de “máximo”, si se entiende por tal calificativo una suerte de “realismo dinámico” (permítasenos la expresión), lo que expresa Ballesteros cuando habla de un “piso”.

Todas estas consideraciones, a dos semanas de la segunda vuelta presidencial, para poner lo más cercano a su legítimo lugar los contenidos…

Y es que entre las conclusiones a extraer de la votación presidencial de la primera vuelta, está que la opción continuista –la de la derecha encabezada por Evelyn Matthei- es la extrema minoría en el país. Del amplio abanico desplegado por las 9 candidaturas en competencia, sobresalen muchos y muy variados puntos de convergencia entre los programas presidenciales que rechazan el modelo político y social defendido por la derecha.

Y es sobre esa base que se puede pensar tanto en “pagar las deudas del pasado” como en proyectar para los próximos años un programa que se autogenere a partir de las realizaciones de quien sea elegido –en este caso, “elegida”- para llevarlo a la práctica: la idea del “piso”.

Doble mérito y doble característica del programa de la Nueva Mayoría: justicia social, “reparación”, a partir de un mandato claro que además tiene que contar con los respaldos parlamentarios exigibles, de un lado; del otro,  dinamismo, que no es lo mismo que “gradualismo”, al plantearse como alternativa de hoy no tan sólo “lo posible” sino, esencialmente, aquello que asegure una continuidad que cada vez más profundice la justicia social y el necesario “humanismo” como características centrales de nuestra sociedad.

Y en eso estamos: desde la derecha y como único recurso, un sunami de ofertones sin contenido real ni posibilidades de cumplimiento. Una suerte de fundamentalismo que apela a todos los instintos en plaza.

Desde la Nueva Mayoría: la posibilidad real de cambiar Chile.

Un llamado a los jóvenes a confiar en sí mismos, porque no hay un escenario más propicio que el que ofrece una coalición que, siendo diversa, se ha comprometido en avanzar en “temas” como una nueva constitución política, modelos justos en salud y educación, una mirada progresista en materias medioambientales, una ética progresista en los llamados “temas valóricos”.

Las disyuntivas están abiertas. Elija cada una y cada uno su propio territorio.

No habrá futuro sin presente ni, por cierto y necesariamente, sin las lecciones del pasado. El arma suprema de la derecha ha sido históricamente dividir al pueblo. Es la hora de responder desde la mismidad de cada uno: los pobres, los marginados, los que aspiran por sus propios méritos a una mejor suerte, los que tienen una sensibilidad que no se disfraza de “vocación de servicio público”, los que no hablan “en nombre de” sino son  parte profunda de la intimidad del pueblo.

(*) Editorial semanario El Siglo, edición N° 1691

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