El Mes de la Patria

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Septiembre: ramadas y fondas, desfiles militares, chicha en cacho, empanadas y cuecas…Escribe Fernando Alegría (1918-2005) “Viva Chile Mierda”, al que bien podríamos tener por el “poema patrio” por excelencia. Dice su estrofa final:

“Entre nieve y mar, con toda el alma, nos damos contra un rumbo ya tapiado,
por consecuencia, en la mañana cuando Dios nos desconoce,
cuando alzado a medianoche nos sacude un terremoto,
cuando el mar saquea nuestras casas y se esconde entre los bosques,
cuando Chile ya no puede estar seguro de sus mapas
y cantamos, como un gallo que ha de picar el sol en pedazos,
digo, con firmeza, ¡Viva Chile Mierda!”

Fama tenemos los chilenos de patriotas o, si se prefiere, de patrioteros.

Efectivamente, pocos o ningún otro país celebra con tanto fervor su día nacional. Y mucho menos, su “semana” nacional, como en este año.

Patria es territorio compartido, historia común, proyectos también asumidos en comunidad.

Cuando todos esos “en común” se quiebran por algún motivo, también se triza, más allá de su “concepto”, la patria misma.

Decimos “territorio compartido”, y eso nos lleva a los espacios que se configuran en un mapa: hay allí tierras, playas, ríos y montañas y hay mar. Y de su disfrute en común depende también la solidez y la verdad del concepto “patria”.

Decimos “historia común”, y ello implica hazañas y tragedias compartidas, y por eso es una tarea permanente ir salvando los escollos, los huecos en el relato de nuestro ser nacional.

Decimos “proyectos asumidos en comunidad”, y ello implica no sólo la capacidad de esbozar un proyecto, sino también de que éste sea emprendido en común y, subrayémoslo, en beneficio también común.

No queremos, ciertamente, una patria uniforme. Al contrario, nos gozamos en la diversidad. Acogemos a los que desde otras latitudes, por razones superiores a su albedrío o simplemente por azares de la vida, se acogen a nuestro territorio.

Patria es, pues, también un hogar receptivo; jamás, un coto cerrado a lo exterior.

Y es que nos nutrimos de los frutos de toda la cultura, pues llegado nuestro momento nos instalamos en las filas de los receptores del patrimonio universal del espíritu. Pero también es cierto que en esa suerte de cosmopolitismo, no abjuramos de lo que éramos antes de… Y asumimos orgullosamente la condición mestiza que más de uno ha pretendido negar en aras de una sospechosa pretensión a “pureza de raza”.

Como amamos sinceramente a la patria nuestra, no podemos sino querer también a las otras, pues nada es más hiriente para un patriota sincero que el saberse desconocido, desvalorizado o, lo que sería peor, odiado más allá de sus fronteras.

Para mejor reconocernos, nos miramos en una suerte de “galería de espejos” que los siglos y los años han ido ofreciéndonos como testimonios de nuestra identidad. Y allí se confunden los héroes de campos de batalla, los santos y los poetas, los cantores y los deportistas, los pioneros y los mártires…

Aventurado sería sostener que cada uno y todos nos identificamos con los mismos símbolos. Pero urgente es postular que tales símbolos sean inclusivos y no generadores de división.

La patria sería, pues, un empresa permanente, a la cual debemos prestar la solicitud del padre hacia el hijo, y del hijo hacia el padre.

No caigamos en la tentación del provecho fácil, por justa que sea la causa. Y aunque lejos de la intención de esta página ni una mínima corrección al admirable poema de Fernando Alegría, digamos y gritemos con sincero fervor: ¡Viva Chile Nuestro!

(*) Editorial semanario El Siglo, edición Nº 1681

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