Rugientes, abigarrados manojos de publicidades hacen suspirar a los observadores. Los artefactos narcotizan. Los nombres de las corporaciones invitan a un mundo de glamour, fama y riqueza. Si, como algunos afirman, las competencias deportivas sirven para conocer culturas, geografías y otros datos útiles, el paso de las máquinas podría servirnos, acaso, para confirmar, abandonando toda pretensión de dar primicias, que Dakar es la capital de Senegal. Y que detrás del brillo feliz de la mercancía hay basura oculta. Y cómo apesta.

Los vehículos de la competencia deportiva son reconocibles por el rugido del motor, las ruedas, los faros acaso, algún accesorio. Pero están ocultos detrás de un manojo de publicidades. Los anuncios, los logotipos e isotipos los atiborran y borronean. Los cartelitos se comportan como ciertos dirigentes en un palco de honor: se hacen lugar a los codazos para llamar la atención. La función más evidente de esos autos, motos, camiones y camionetas parece ser semiótica: encantar a los admiradores del lejano glamour de las corporaciones, las riquezas y la fama.

Los vehículos funcionan entonces como espejitos de colores de última generación, más desarrollados que los que nos trajo Cristoforo Colombo, pero no mucho más en lo esencial. Porque como suele ocurrir, detrás del símbolo glamoroso se esconde una fea realidad. Detrás del brillo se agazapa, implacable, la bosta.

Nunca falta un aguafiestas. La palabra Dakar, un símbolo entre tantos, uno más entre logotipos, isotipos y jeroglíficos corporativos, nos remite a África, a las atrocidades allí cometidas por las potencias europeas y el imperialismo estadounidense. Nos remite a los genocidios que allí se cometieron en nombre de la civilización. Nos remite al saqueo de las grandes corporaciones, las mismas que ahora pasean sus publicidades en los vehículos saludados con admiración soñadora. Nos remite, muy específicamente, al comercio de esclavos: Dakar fue uno de los principales centros de tráfico de esclavos de África, durante tres siglos.

La ciudad está ubicada en la península de Cabo Verde, en la costa atlántica de África. Esa posición, ya desde los albores del desarrollo del capitalismo, ya desde la época de los denominados descubrimientos y el comercio de esclavos, la convirtió en una preciada joya para las potencias coloniales, que se la disputaron a sangre y fuego, masacrando la población local.

Portugueses, ingleses, holandeses y franceses se la disputaron en una competencia que no fue televisada. Y se la quedaron los franceses. Dakar fue creciendo en los alrededores de un fuerte francés, reemplazando a la antigua capital de las colonias francesas, Saint Louis, en 1902. Entre 1959 y 1960 pasó a ser capital de la Federación de Malí, un efímero invento francés, y luego pasó a ser capital de Senegal.

Senegal fue devastada por el colonialismo de Francia. La expresión “París-Dakar” marca la sangrienta relación entre la capital colonialista expoliadora y el territorio arrasado. La tristemente célebre expedición militar Voulet-Chanoines, enviada por Francia para unificar todos los territorios franceses de África occidental, ocupa un lugar destacado en la larga lista de atrocidades europeas cometidas en África.

El colorido y el glamour que hoy destilan los vehículos del Dakar ocultan la tortura, el suplicio, la esclavitud de millones de seres humanos que padecieron en la isla de Gorea, cerca de Dakar, donde funcionó uno de los más grandes mercados de subasta de esclavos. Los esclavos no viajaban en vehículos coloridos. Padecían hacinamiento en las bodegas de los barcos. Una minoría resistía el viaje desde África a su destino final. Morían de enfermedades, asfixiados entre la mugre, los vómitos y la mierda.

África sigue hoy el continente más pobre y subdesarrollado. Las cifras que arrojan las estadísticas resultan devastadoras: analfabetismo, mortalidad infantil, y falta de servicios básicos contrastan con la enorme potencialidad de recursos naturales que la convirtió en un apreciado botín para las potencias coloniales e imperiales. Las naciones europeas se beneficiaron durante años con el tráfico de esclavos provenientes de África, y con el saqueo de todos sus recursos naturales. Al igual que América, el continente africano ocupó un papel importante en el desarrollo del capitalismo. A partir del saqueo de esos dos continentes se produjo la acumulación originaria de capital que está en el origen del sistema capitalista mundial.

Detrás del encantador desarrollo de la cultura europea, detrás de los coloridos logos de sus corporaciones, se esconden los sanguinarios horrores del colonialismo perpetrados en África por las naciones “civilizadas”. Los campos de concentración fueron un invento británico durante la caranchesca guerra contra los holandeses para disputarse el sur del continente, la denominada Guerra de los bóers, que se desarrolló entre fines del siglo XIX y principios XX. Otros historiadores afirman, en cambio, que fueron los españoles los que inventaron los campos en Cuba en 1896.

África fue el sitio donde se ensayaron las peores atrocidades que los europeos cometerían en los otros continente, Europa incluida. Los primeros experimentos médicos brutales con seres humanos vivos tuvieron lugar en Namibia, colonia alemana de África occidental. Allí, el banquero y secretario de la oficina colonial del Reich, Bernard Dernburg ejecutó un sistema para liberar al negro de sus “defectos físicos” y accediera a una “naturaleza superior”. Y los belgas asesinaron entre cinco y diez millones de personas en el Congo. Son apenas algunos ejemplos aislados de una larga historia de atrocidades. La novela de Josep Conrad El corazón de las tinieblas, publicada en 1902, describe lo sucedido en el Congo. En la Conferencia de Berlín, entre noviembre de 1884 y febrero de 1885 las potencias coloniales europeas se dividieron el continente africano, como elegantes y civilizadas aves de rapiña.

Nada de eso resulta legible al ver pasar un vehículo del Dakar. Al menos a simple vista. Por el contrario, los colores y las formas de los logotipos e isotipos de las corporaciones parecen tener efectos lisérgicos: remiten a un mundo de sueños consumistas, éxitos, fama y dinero. En la zona del Monumento a la Bandera, el Dakar suscita entre los vecinos reacciones muy diferentes, por ejemplo, a las que genera, allí mismo, la Feria de las colectividades. En principio, los inconvenientes parecen ser idénticos, calles cortadas, problemas de tránsito, pero no. Ahora hay jovencitos que parecen salidos de una película de Kurosawa y portan banderitas con una gran letra “I”. Ahora todo es más liviano, gracioso, internacional. Ahora todos los vecinos de barrio Martin parecen más contentos y menos temerosos de la otredad. Las publicidades de las corporaciones reciben sonrisas agradecidas. Pero Dakar es la capital de Senegal.

Fuente: Argenpress

Por las otras rutas del Dakar

Silvana Melo

El rugido metálico de las motos ensordeció el desierto. El blanco quemante del salitral, paralizado y sin tiempo, tembló y las llamas lo sintieron en las pezuñas cascadas de sodio. Se juntaron en grupo para estar lejos de ese paso. El rally París – Dakar (que huyó de Europa y África para venirse al fin del mundo) rodeó el Salar de Uyuni, donde descansa y encandila toda la sal y el litio del mundo. O gran parte. A pesar de que Evo y 300 amautas elevaron el pedido ritual a la Pachamama para que no reaccionara contra los monstruos desbocados que invadirían los rincones vírgenes de su cuerpo, atacarían la historia viva del continente a la que nadie se le atrevió, atropellarían sus animales y se meterían en los patios infinitos de los campesinos, de los aymara, de los quechua.

Vaya a saber con qué acallaron la voz de la tierra. Que prefirió no levantar su brazo de sal cuando pasaron, estallando el silencio como un cristal.

El rally largó en Rosario, ciudad agobiada por el calor, los cortes de energía y una criminalidad organizada que duplica la media de homicidios del país. Viene desde el África y se trajo el nombre: Dakar (con el ícono árabe), en Senegal, era el punto de llegada. Corrido por Al Qaeda (según el discurso oficial), espantado por movimientos locales que ya no aceptaban el derrotero de muerte y destrucción histórico-ambiental que cada enero saliva el Dakar por el camino de turno, bajó alegre y ruidosamente a la América del Sur. Al patio trasero del mundo donde el Dakar viene a regalar las sobras del glamour, el dinero y la sofisticación tecnológica a los pobres de los confines.

Brotó desde la Rosario encendida sin que lo rozara su tragedia. Los héroes llegan de los mundos de la civilización a combatir con la naturaleza en pie. A colonizar y a conquistar. De San Juan a Chilecito, de Chilecito a Tucumán. Por donde corren los canales de la minería por lixiviación, marcados de cianuro; vistos pasar por cerros azules de pavor, con la dinamita atada a los pies; arrasando el living de la casa de los guanacos y los pumas, de los nogales y las vides. De Tucumán a Salta, de Salta a Uyuni, el salar boliviano, de Calama a Iquique, con la sangre todavía goteando de los dos mil obreros asesinados en el salitral chileno cien años atrás. Y los que van muriendo día tras día, estragados por un trabajo arrasador. De Antofagasta a La Serena, destruyendo jeroglíficos y patrimonios arqueológicos irrecuperables. Haciendo trizas el pasado de los pueblos.

Generosos los países del sur de América. Depositan su historia, sus desiertos vírgenes y sus campesinos aterrados al paso de la modernidad que Europa se sacó de encima como quien tira al piso el miguerío. No aceptó Ecuador, que “rechazó tajantemente la solicitud de la empresa Amaury Sport Organisation (ASO) para que la competencia se realizara por ese país, luego de analizar la experiencia y los daños provocados por las caravanas de vehículos en Chile, Bolivia y Perú”, denuncia el Colegio de Arqueólogos de Chile.

El Dakar plantea el relato de la «conquista de la naturaleza por la civilización, la retórica de la colonización del desierto, que está presente en el modelo extractivista”, define Eduardo Soler.

Y brota desde Rosario: Toyota, Ford, Honda, Scania, como armaduras glamorosas de millonarias heroicidades que juegan para el mercado de las altas marcas lejos de los trenes que descarrilan al paso por la villa o de los pibes soldaditos de los narcos o de la sed y el calor y la oscuridad y la vida que vale cada vez menos.

Soler se pregunta si el automovilismo es un deporte, si es que el deporte sigue siendo símbolo de la vida saludable. No si se trata de un poderío económico sideral, cimentado en marcas, empresas y tecnología. Consumidoras de una energía no renovable que se asocia, inexorablemente, otra vez al sistema extractivista. El rally cae en el sur del mundo. Y el sur del mundo se abraza a la canadiense Chevron para buscar desesperadamente los hidrocarburos no convencionales que sólo asomarán a través de la fractura hidráulica. Es decir, el fracking.

La puesta de rodillas de la naturaleza, la guerra declarada y desnuda de eufemismos como el “Combate contra la naturaleza”, título de Página 12 del 4 de enero, citado por Soler.

65 muertos lleva el Dakar sobre sus espaldas. Sólo 23 son pilotos y copilotos. El resto, eran gente de los pueblos, anónimos, a quienes se les metieron en sus patios, en sus casas, en sus lugares en el mundo que se extienden hasta donde el horizonte cierra sus puertas. En sus desiertos y en sus páramos de piedra y tierra, donde no hay más agua que la que llueve una vez al año.

Unos 800 todoterrenos, camiones, motos, cuatriciclos, abren senderos en espacios semivírgenes, contaminan y ensordecen, erosionan el suelo y alteran hasta la muerte a la fauna serena que conoce al hombre con su brazo más brutal. Millones de dólares que ponen las cosas en su lugar en los rincones más pobres del planeta.

Sólo los tabacaleros plantaron un piquete al paso del rally por Tucumán, sobre el puente del río Marapa. En un día en que la Pacha les guiñó un ojo, incendió motos, complicó el camino para que se extraviaran y les advirtió cómo vendrá la historia el día en que se fastidie en serio. Y el Dakar sea expulsado para que vaya en busca de otras tierras confinadas que aplaudan las sobras que arroja el banquete del Otro Mundo.

Director del Museo Precolombino: El Dakar es un escándalo

El director del Museo de Arte Precolombino, el arqueólogo Carlos Aldunate, consideró que el rally Dakar es «un escándalo para Chile» por el daño que provocan las motos al terreno.

En conversación con El Diario de Cooperativa, Aldunate enfatizó: «Yo encuentro que esto es un escándalo para Chile. En primer lugar, es un escándalo que nosotros recibamos con tanta alegría un acontecimiento que ha causado muchos daños al patrimonio arqueológico y los sigue causando, y además que se llama Dakar. Eso lo encuentro increíble».

«Dakar está en Africa, yo no sé qué estamos ganando nosotros con esto francamente», dijo sobre la carrera más extrema que este lunes llega a Calama para iniciar la ruta hacia Iquique tras pasar por Argentina y Bolivia.

Aldunate sostuvo que «estas motos han pasado por arriba de los geoglifos, por arriba de restos patrimoniales arqueológicos, de caminos, de senderos prehispánicos que todos los arqueólogos estamos estudiando y que nos sentimos muy orgullosos y que demuestran todo el gran tráfico que hubo a través del desierto de Atacama».

«Todo esto está sufriendo mucho peligro, lo mismo han dicho los arqueólogos bolivianos y argentinos. Estamos nosotros realmente muy preocupados por esto», recalcó.

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