Ocurre todos los años y como suele decirse: el año comienza en marzo. Compras de útiles y uniformes escolares, renovación de patentes de automóviles, cuentas no muy alegres tras esforzadas vacaciones de aquellos que lograron tomárselas en algunos de los lugares de turismo interior.

Quedarán en el recuerdo las invasoras imágenes del Festival de Viña del Mar, aunque nada garantiza que no se incurrirá en la consabida operación “rumiaje” con que suelen prolongarse tan farandulescas disputas de raiting.

En otras palabras, volverá la realidad a discurrir por calles y plazas de Chile. ¿Y cuál será esa realidad?

En primerísimo lugar, el cambio de mando. Es decir, la salida de una coalición de gobierno que poco deja al haber para la inmensa mayoría de los chilenos, y con ello el advenimiento de una administración renovada que, como lo indica su nombre, constituye una “Nueva Mayoría” resuelta  a abordar a fondo los cambios estructurales que han venido madurando en la conciencia nacional.

La tarea no es fácil, pues las carencias son abundantes y afectan a un alto porcentaje de la población.

Sin duda, estarán presentes en el debate  las urgencias por solucionar el enorme déficit en salud. Lo mismo, en el terreno de la educación y de la vivienda. El drama –porque lo es- que significan estas realidades no hicieron sino profundizarse bajo la administración en pocos días saliente.

Las expectativas son muchas y la justa impaciencia no debiera conspirar en contra de un programa de gobierno sinceramente comprometido con el pueblo. Y es que no hay que olvidar que si la derecha viene de sufrir una aguda derrota electoral, no ha perdido ni mucho menos el filo de sus garras. Dispone, para empezar, de un virtual monopolio comunicacional, frente al cual el nuevo gobierno deberá actuar con decisión para garantizar el acceso mayoritario a una información objetiva.

Pero también está el peso de un poder económico que no sólo se manifiesta en la plena identidad de los representantes políticos de la derecha con los intereses de las grandes empresas nacionales y extranjeras, sino que se ejerce y en grado considerable en la penetración de sus más calificados exponentes en instituciones públicas y enclaves diseñados por la dictadura. Todo esto, sin contar con el previsible activismo que desplegarán los partidos de la derecha –UDI, RN y sus derivados- desde el propio parlamento y otros órganos de la institucionalidad.

Algunos postularán, y tal vez no de mala fe, la conveniencia de una suerte de “calma chicha”, para el cumplimiento de las etapas por recorrer en el cumplimiento del programa de gobierno de la presidenta Bachelet.

Otros, pondrán el acento en el activismo social para impulsar los cambios acordados y apoyados por la ciudadanía.

Pretender que los movimientos sociales se llamen a retiro, sería no sólo una muestra de falta de realismo político, sino un grave error pues es en ellos justamente en donde radica gran parte de la fuerza que se requiere para dar vía libre a las esperanzas. Y tal vez, por qué no decirlo, una suerte de ingratitud al negar el protagonismo de quienes han hecho los mayores y lúcidos esfuerzos para este cambio trascendental de nuestro ciclo político.

Así, pues, ni lo uno ni lo otro y cada cual en su papel irrenunciable. La hora es demasiado seria, grave diríase, como para perder la brújula y olvidar dónde están los adversarios y enemigos.

Empuje y responsabilidad ciudadana. Si bien es cierto que no todo puede hacerse en un día, también lo es que no hay un día que perder.

Editorial semanario El Siglo, edición N° 1704

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