La Muerte de Manuel Contreras y el Fin de la Cultura del Miedo

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Hace poco más de una semana murió Manuel Contreras, el más infausto esbirro de Pinochet. Aun cuando su muerte deja sin cumplimiento más de 500 años de condenas, tuvo la virtud de ocurrir durante un momento de inflexión en el devenir político nacional. Su deceso señala los límites de la justicia, pero al mismo tiempo encarna la decadencia física y moral de los personajes que protagonizaron la dictadura militar.

 

El rostro envejecido y la mirada perdida de los acólitos de Pinochet desterrados por la prensa para hablar de la muerte de Contreras, hace aún más evidente el desvarío de sus ideas. Por esto, con la desaparición del líder de la DINA comienzan a derrumbarse los demonios que custodian la memoria histórica de Chile y, fundamentalmente, de la izquierda.

Esa es la virtud fortuita de su partida. Contreras partió al encuentro de Mefistófeles al tiempo que los movimientos y partidos que bregan por la trasformación de la sociedad chilena intentan desembarazarse del temor heredado de la dictadura militar.

Las principales reformas del programa de gobierno de Bachelet, la incorporación del Partido Comunista a la vieja Concertación y el surgimiento de nuevas fuerzas de izquierda constituyen el marco del primer gobierno tras el retorno de la democracia que, sin mucho norte ni pericia, ha intentado transformar aquello que livianamente se ha dado en llamar “el modelo”.

La modestia de sus propuestas, aunque inéditas para el conservador escenario político nacional, contrasta con la oposición que han suscitado incluso dentro de sus propias filas. La fuerza de esta reacción pareciera venir un doble horizonte. Por el lado derecho, se alimenta del temor atávico de las clases medias y altas a la incertidumbre. En tanto, por el lado izquierdo, se nutre de los fantasmas de la represión que rondan cualquier intento de transformación política, social o económica, por pequeño que éste sea.

Desde que la historia hace posible distinguir entre izquierdas y derechas, el pensamiento conservador se ha alimentado del miedo al cambio social, articulando obsesiones en torno a diversos íconos que simbolizan el sepulcro de una élite.

Así, el pavor a la guillotina de la Revolución Francesa o al “terror rojo” de los bolcheviques encuentra su variante local en el miedo al movimiento de pobladores, como tan bien lo ilustrara Egon Wolff en su obra “Los invasores”.

Todo ello revive en la conciencia de los conservadores chilenos cuando oyen hablar de marchas por la Alameda, reforma tributaria o sobre el fortalecimiento de la educación pública.

Por su parte, el pensamiento crítico desarrolla una estrategia distinta. Diluye el miedo a la incertidumbre que evoca el cambio social en la certeza de que ese es el único camino a la justicia. Por ello los miles de muertos que ha dejado el eterno transitar hacia mayores grados de igualdad, libertad y fraternidad no aparecen como fantasmas en la memoria de la izquierda, sino como mártires que con su muerte señalan el camino que se debe recorrer.

Así es como la Masacre de Peterloo en la Inglaterra georgiana, el Domingo Sangriento en la Rusia zarista e inclusive la Matanza de la Escuela de Santa María de Iquique, no detuvieron el anhelo de transformaciones políticas y sociales en sus respectivos países y épocas. Por el contrario, dieron forma a una épica que ayudó a forjar tales cambios.

Así las cosas, resulta paradójico que un sector no menor de quienes se auto-identifican con la izquierda en Chile hagan uso de la memoria de la dictadura militar para paralizar todo intento de cambio social. Profundas pueden ser las causas psicológicas detrás de este entrevero, pero su efectividad habla de un miedo que traspasó las fronteras psicológicas de las víctimas y se instaló como una presencia velada en toda la sociedad chilena.

Sin embargo, la mayor presencia política de una generación que nació en las postrimerías del régimen de Pinochet, contracara lógica de la paulatina extinción de quienes padecieron o impulsaron los horrores de esa época, ha comenzado a despejar de temores la pesada memoria de las últimas décadas, facilitando confesiones de exconscriptos que han permitido señalar públicamente a los asesinos de dos víctimas emblemáticas –Víctor Jara y Rodrigo Rojas- de la represión militar y, a su vez, hacer evidente la concomitancia de civiles y militares en los largos silencios institucionales en relación a los crímenes cometidos por exuniformados.

En este movimiento de transición, la muerte del otrora jefe de la DINA simboliza el derrumbe del puño de hierro sobre el cual se erigió este inmovilismo histórico, al tiempo que representa una posibilidad para que la izquierda chilena haga con su pasado algo más que un río de lágrimas.

Aprovechar esta oportunidad depende, en gran medida, de la voluntad política de quienes hoy detentan el poder. Sobre sus hombros recae la responsabilidad de convertir los crímenes de Pinochet en una fuente de pedagogía política, construir sobre ellos una gárgola que espante los demonios de la represión de los edificios de la república, difuminado las fronteras del proceso político que sobre su recuerdo se han construido.

Degradar a los militares condenados por violaciones a los Derechos Humanos, terminar con buena parte de sus privilegios carcelarios, erradicar sus nombres de las galerías y panteones institucionales, transformándolos en sinónimos de ignominia y falta de honor militar, son los primeros pasos que se deben dar con miras a la destino anteriormente señalado.

Dar estos difíciles pero significativos primeros pasos, es fundamental para que las víctimas devengan en mártires de una historia política que, al menos, habrá tenido la decencia de construir sobre su memoria un nuevo sendero institucional para el cambio social. Por el contrario, no avanzar en esa dirección equivaldría a deshonrar a los torturados, ejecutados y desaparecidos por la dictadura militar, manteniéndolos como almas en pena que señalan ese umbral de intereses que la política no debe cruzar jamás.

Sólo en esa dirección será posible terminar con esta curiosa variante del Síndrome de Estocolmo que, en el caso de Chile, encuentra a Eugenio Tironi y Hermógenes Pérez de Arce, víctima y victimario respectivamente de la dictadura militar, comulgando frente al altar del miedo a las transformaciones políticas, sociales y económicas que hoy se demandan.

Fuente: Red Seca
http://www.redseca.cl/?p=5774

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