Capitalismo Académico y Crisis de la Educación Superior: Una Polémica Esclarecedora

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Una dura polémica, útil de reproducir, pues ilumina desde un ángulo infrecuente, la profunda crisis de la educación superior chilena, han sostenido por estos los académicos Eduardo Sabrovsky, Doctor en Filosofía y Profesor Titular de la Universidad Diego Portales, y Mauro Salazar Jaque, Investigador asociado de la Escuela de Sociología de la Universidad Arcis. Básicamente, a título de escopeta, y desde un Olimpo desdeñoso, Sabrosky ataca a la Universidad ARCIS desde la lógica actual que asume a la educación como mercancía, y a la universidad como la institución que está para venderla, a propósito del retiro del ARCIS del Partido Comunista. El profesor Salazar asumió la defensa de la única universidad chilena que reivindica el pensamiento crítico como parte de su ethos fundacional. Saque usted sus propias conclusiones.

La Retirada del PC del Arcis: el Fracaso de una Universidad Comprometida

Eduardo Sabrovsky
Doctor en Filosofía. Profesor Titular, Universidad Diego Portales

Son muchas las interrogantes que surgen a partir de los antecedentes y cifras publicados en estos días respecto a la desvinculación del Partido Comunista de la propiedad, a través de la Inmobiliaria Libertad, de la Universidad Arcis.

Dejo a un lado aquí un examen detallado de las cifras, a la espera de que tanto el periodismo investigativo como el propio PC las transparenten (hay vacíos evidentes en la información que hasta ahora se ha entregado). Prefiero concentrarme en descifrar las cuestiones de fondo que esta operación pone en evidencia.

Al parecer, como lo destacan los ahora ex controladores –Instituto de Ciencias y Ediciones Alejandro Lipschutz; Inversiones Salvador– esta operación, que se extendió por 9 años, no dejó utilidades: finalmente, el dinero obtenido en junio del 2013 por la venta a Tanner Leasing, en la modalidad leasing back, de las sedes de Arcis que habían pasado a propiedad de la Inmobiliaria ($1.050 millones), “fue traspasado en su totalidad a la casa de estudios y… ha sido utilizado para pagar deudas derivadas de su funcionamiento” (“El conflicto de interés que incomodaba al PC”, La Tercera, Reportajes, 11-01-2014, p. 14). Pero hay algo que no queda claro: ¿por qué, y cómo, la propiedad de la Inmobilaria sobre dichas sedes –sólo sobre ellas– les otorgó a las organizaciones políticas respectivas –el PC y el “arratismo”– el control sobre el Directorio de la Corporación de Ciencias y Arte y Ciencias Sociales Arcis, es decir, sobre la universidad misma, en sus aspectos de docencia, investigación y extensión?

Pero aquí, lamentablemente, el paralelo se rompe. Porque U. de los Andes no ha necesitado recurrir a la bochornosa e inadecuada figura de la Inmobiliaria para ser lo que es, una universidad del Opus Dei. Recibe, por cierto, generosas donaciones; pero ¿por qué gente de fortuna ligada a la izquierda, como el mismo Max Marambio –y se podría hacer aquí una larga lista–, prefieren, en su momento, no donar a Arcis, sino prudentemente invertir asegurándose recuperar la inversión? Misterio.

Pues, como se informa (y como todo el mundo cercano a Arcis lo sabe), los dirigentes comunistas Juan Andrés Lagos y Jorge Insunza terminaron su participación, como Presidente y Vicepresidente, respectivamente, en el mencionado Directorio: ¿cómo llegaron a él? El actual rector de Arcis, René Leal, en un reportaje publicado el sábado recién pasado por La Tercera, declara cortado “el cordón umbilical” PC-Arcis. ¿Es normal que, al margen de la figura legal mediante la cual haya accedido a tal propiedad, exista entre el propietario de un inmueble y la universidad que se lo arrienda, una relación de tipo “cordón umbilical”?

No hay, en estas preguntas, afán alguno de denuncia, sino sólo un intento de entender qué pretendió el PC al involucrarse en la Inmobilaria Libertad el año 2004. Es evidente, dado el perfil y la historia del Partido, que no se trató de obtener utilidades; tampoco, al parecer, las hubo. Pero las cifras muestran algo más. En nueve años, Arcis pagó a la Inmobiliaria Libertad (cifras de Reportajes de La Tercera) $1.152 millones por concepto de arriendo, en moneda del año 2004. Ahora, con el leasing back, deberá pagar $1.863 millones en ocho años. Si se aplica la corrección monetaria, la diferencia no es significativa. Es decir, si Arcis hubiese recurrido al leasing back el 2004, se habría ahorrado conflictos, habría podido consolidar un genuino proyecto académico integrando a su Directorio a figuras de relevancia intelectual, y habría evitado tener que usar el vergonzoso resquicio legal de las inmobiliarias. ¿Por qué no lo hizo?

La razón sólo puede ser de fuerza mayor: el proyecto de crear una “universidad comprometida” aprovechando la Ley de Universidades del año 81. Sólo esta hipótesis explica la operación Inmobiliaria Libertad que, a diferencia de todas las demás de su tipo, no deja utilidades, pero otorga el control de la universidad misma. Ahora bien: ésta no es una mala razón, en absoluto. La izquierda, consecuente con la venerable tradición del marxismo-leninismo, jamás creyó en la universidad laica, pluralista (una universidad en la cual todas las ideas podrían en principio coexistir; en la cual las convicciones substantivas no contarían y sí, en cambio, lo harían los méritos académicos formales, como títulos, grados, publicaciones, investigación, etc.).

De hecho, jamás ha habido en Arcis un académico que no sea “de izquierda”, como sea que este rótulo a estas alturas se interprete. De nuevo, para esto hay buenas razones. Porque para el marxismo-leninismo ese laicismo es, él mismo, una convicción substantiva, una ideología que, en su pretendida neutralidad, oculta su compromiso de fondo con el capitalismo liberal: lo hace al no distinguir entre ideas “correctas” e “incorrectas”: entre las que van en la dirección del progreso social y de la historia, y aquellas cuya verdad profunda sería el intento de bloquearlo. De hecho, la Reforma Universitaria de fines de los sesenta era vista por la izquierda en la perspectiva de “un avance hacia una universidad comprometida con el pueblo”, y no de un “mero” perfeccionamiento de la universidad laica.

Es curioso que Guillermo Teillier, en su Informe al Pleno del Partido Comunista de Chile del 21 de diciembre recién pasado, al referirse a la Reforma Educacional incluida en el Programa de Gobierno de la Nueva Mayoría, y más específicamente al “compromiso de carácter público” que las universidades, en virtud de este Programa,  tendrían que suscribir para acceder a la “gratuidad total”, ponga a la Universidad de los Andes, y sólo a ésta, como exponente de aquellas instituciones que, según Teillier, no estarían dispuestas a firmar tal compromiso. ¿Por qué la U. de los Andes y no, por ejemplo, la U. de las Américas, controlada por una multinacional y, más encima, inacreditable? Y, además, ¿de dónde proviene la certeza de Teillier respecto  esta universidad?

Un psicoanalista respondería que se trata aquí de un caso de denegación: se niega, precisamente, lo que hay que ocultar. Porque la Universidad de los Andes, al igual que Arcis, es una universidad que responde a un proyecto que, por sobre el pluralismo laico, pone una concepción sustantiva de la vida, ligada a un cierto integrismo religioso; a una religión, el cristianismo, cuya afinidad con el marxismo-leninismo, para cualquiera que, contra el liviano espíritu de los tiempos, se atreva a rascar más allá de la superficie, es evidente. Pero, sin entrar en estas profundidades, la simetría está ahí: U. de los Andes y U. Arcis corresponden ambas a proyectos “ideológicos”; por ello, su objetivo no es el lucro. De hecho, U. de los Andes es dueña de su excelente infraestructura (incluye una de las mejores bibliotecas universitarias chilenas); también carece de sociedades relacionadas.

Pero aquí, lamentablemente, el paralelo se rompe. Porque U. de los Andes no ha necesitado recurrir a la bochornosa e inadecuada figura de la Inmobiliaria para ser lo que es, una universidad del Opus Dei. Recibe, por cierto, generosas donaciones; pero ¿por qué gente de fortuna ligada a la izquierda, como el mismo Max Marambio –y se podría hacer aquí una larga lista–, prefieren, en su momento, no donar a Arcis, sino prudentemente invertir asegurándose recuperar la inversión? Misterio.

Pero hay algo más: U. de los Andes es la universidad del Opus, qué duda cabe. Pero tampoco lo oculta. Y participa del sistema de acreditación, hace concursos públicos, obtiene fondos de investigación en buena lid. Es decir, participa del “laicismo ampliado”, figura bajo la cual se puede entender el actual sistema universitario chileno. En efecto, hoy en la práctica es imposible que una sola universidad, la “Universidad de Chile”, reproduzca en su interior todo el complejo pluralismo contemporáneo de los saberes y las profesiones. Si alguna institución quisiese reivindicar algo así, no sería una universidad, sino una feria.

El pluralismo laico contemporáneo sólo puede existir al interior de un sistema compuesto por múltiples y sólidas instituciones. Y de él participa la U. de los Andes; la Pontificia Universidad Católica de Chile viene haciéndolo hace siglo y medio, y en ella se ha educado una parte no menor de la élite de izquierda en las últimas décadas.

Con U. Arcis, el PC fracasa en su intento de instalar un actor en la escena del laicismo ampliado contemporáneo. Fracasa, y retorna a la vieja figura, históricamente superada, de la universidad estatal (“supersticiosa fe en el Estado”, es el diagnóstico de Lenin, en El estado y la revolución). Pero, como el ejemplo de U. de los Andes lo muestra, no es su carácter ideológico lo que lleva a U. Arcis al fracaso. ¿Qué es entonces?

Aventuro una hipótesis: lo que fracasa es una cultura que la izquierda, por complejas razones, ha hecho suya en las últimas décadas. Llevada al terreno universitario, esta cultura no acepta horarios, plazos, calificaciones; tampoco diferencias basadas en el saber, en el esfuerzo. Así, bajo la mirada benévola de las “autoridades” (¡mala palabra!), los profesores terminan haciendo que como que enseñan –U. Arcis es una de las que peor paga a sus profesores taxi; y allí hay casi solamente profesores taxi–. A la vez, los estudiantes, que, con contadísimas excepciones, jamás llegan a la hora a clase, hacen como que estudian. Por eso, entre otras cosas, esta cultura no quiere liceos públicos de élite: igualdad ahora –igualitarismo pequeño-burgués, como alguna vez se decía– y punto.

Tal cultura, sorprendentemente, a lo que más se asemeja es a la decadente cultura de la aristocracia occidentalizada de la Rusia prerrevolucionaria, tal como es descrita por Tolstoi en Ana Karenina (la novela, no el film homónimo que, a tono con los tiempos, estetiza esta decadencia). Allí, bajo la mirada irónica de Tolstoi, se describe un mundo que, sin saberlo, ha comprado sólo la superficie de la cultura liberal: es decir, sus goces, pero no el trabajo duro que lo sostiene; éste último es despreciado, literalmente, por “burgués”.

Es posible que el tiempo de la disipación –evito ex profeso la políticamente correcta expresión del filósofo Jacques Rancière: “tiempo de la emancipación”– sea la razón más profunda de la vida; de una vida que no es, en verdad, más que tiempo. Mas no se sigue de allí que la vida entera haya de ser disipada. Porque sin trabajo, no hay disipación; y esta misma –así lo aprendió Michel Foucault en los últimos años de su vida, cuando había ya contraído el SIDA– requiere de la disciplina, del “cuidado de sí”, que hace posible que los goces de la vida no se vayan tan rápido como se engulle una botella de vodka o una chela de a litro.
En esa Rusia, como dice la canción, “llegó Lenin y mandó a parar”. Súper mala onda, el loco ese.

Desmemoria institucional y capitalismo académico: respuesta a Eduardo Sabrovsky

Mauro Salazar Jaque
Investigador asociado Escuela de Sociología Universidad Arcis

Cualquier exploración que pretenda hurgar críticamente en la memoria institucional de una universidad debe cautelar algunos hitos fundacionales que iluminan su pasado, presente y futuro. Más que a una secuencia, hago alusión a una relación dinámica, me refiero a sus inflexiones, aciertos y momentos de crisis. La elaboración de una “memoria institucional” balanceada no implica adoptar posiciones complacientes que puedan anquilosarse en una defensa corporativa de una institución y ocultar sus “debilidades”, sino avanzar en un debate más informado y evitar algunas audacias hermenéuticas.

Tras los convulsionados años ochenta, la Universidad de Artes y Ciencias Sociales (ARCIS) fue un reducto que acogió a intelectuales y académicos exonerados de las universidades públicas. Todo ello una vez que la Dictadura había cumplido sendos “rituales de inhumanidad”: la quema de libros, la exoneración de profesores, el cierre de carreras emblemáticas en la Universidad de Chile y posteriormente la designación de autoridades militares.

En el caso de ARCIS, el proyecto fundacional no tenía que apelar a la optimización de los servicios educacionales. Una década más tarde (años noventa) se insistía en el marco fundacional y no se buscaba un desplazamiento adaptativo que se inspirara, por ejemplo, en promover un “liberalismo sensorial” (funcional) al diseño cultural de la Concertación. El proyecto cultural de ARCIS durante más de dos décadas consistía en cultivar los nudos críticos, un compromiso con la disidencia a la dominante neoliberal, la defensa inalienable de los Derechos Humanos y un ethos experimental deliberadamente opuesto a la socioestética de la modernización pinochetista.

Pero, como todos comprenderán, mantener saludable un proyecto de esta naturaleza, bajo la hegemonía de un “neoliberalismo avanzado” (CEPAL, 2009) resulta a todas luces una empresa compleja. De allí que se abra un campo atendible de críticas, de cuestionamientos, de dudas, incluso de quienes pueden obrar como “guerrilla de retaguardia” en la casuística de reacreditaciones y desacreditaciones institucionales.

Tras este recorrido –no exento de dilemas administrativos– ARCIS nunca ha tratado de imponer un modelo universitario, al precio de pontificar una vía de desarrollo librada al campo de los bienes y servicios, el plano proyectual siempre ha estado friccionado, tensionado (disputado) por las diversas visiones y vaivenes político-culturales de la izquierda. Esas fricciones no se pueden desconocer y allí conviven virtudes y defectos. Pero esa huella originaria en su momento también se expresó en una crítica radical a los actuales gravámenes de la acreditación institucional. Toda esta catástrofe que heredamos del Golpe de Estado (la nuestra, pero también la que empaña la crítica-funcional que ausculta Sabrovsky) tiene su “sala de parto” bajo los ajustes estructurales de mediados de los años setenta (el fin de la comunidad…).

Lo que viene de ahí en más abre un intervalo que posteriormente se expresó –entre otras cosas– en el controversial plan de racionalización de José Luis Federici (1986); así podríamos agregar una “lista de lavandería” sobre los efectos distorsionadores del proceso de liberalización en materia educacional.

Después, ya en el curso de los años noventa, tuvo lugar un tiempo de institucionalización que también se expresó en una crítica radical a las tecnologías de gobernabilidad (transición). En ese proceso destaca el aporte de la Revista de Crítica Cultural,  dirigida por Nelly Richard, los postgrados de Jacques Chonchol, Gabriel Salazar, y el encomiable trabajo de Tomas Moulián, Chile Actual, anatomía de un mito (1998), pero también las escuelas de sociología, arte y filosofía –entre otras perspectivas innovadoras de ensayo y experimentación creativa–.

Ahora bien, el autor de El desánimo (1997) habla velozmente sobre un conjunto de materias cuyos alcances deben ser pormenorizados más allá de su capacidad intuitiva. Es un dato público que ARCIS, durante los años ochenta, estaba lejos de ser una institución inspirada en la capacidad de inversión, es más, se consagró laboriosamente a impulsar la línea del pensamiento crítico latinoamericano contra el recurso tecnicista que la dictadura promovía bajo la razón técnico-instrumental impuesta por los ‘chicago boys’ a fines de los años setenta.

Este expediente crítico-alternativo fue el núcleo identitario de la universidad durante toda la década de los noventa. En un contexto de debilitamiento de los movimientos sociales, ARCIS respondía “porfiadamente” con una ética del disenso político-cultural a la democracia de los consensos sostenida por la clase política. Tal orientación en ningún caso pretendía subordinar el discurso académico a los indicadores de sustentabilidad, ni menos a las lógicas de vigilancia partidaria que Sabrovsky subraya majaderamente (al menos desde sus vértigos biográficos con el Partido Comunista). Las bulladas tasas de morosidad fueron altas a fines de los años noventa por el carácter inclusivo que la Universidad ARCIS heredó desde su ethos fundacional –y ello ha sido una tarea de compleja resolución en el contexto de las actuales acreditaciones–.

En alguna medida, las coordenadas fundacionales marcan parcialmente el presente institucional. Qué duda cabe, el modelo  fundacional, aquel inigualable tiempo de producción crítica, también nos pasó la cuenta…

Entonces, al promediar la primera década del dos mil y a raíz de un conjunto de factores locales y externos (diversificación de la competencia, fortalecimiento del lucro, apropiación y streamlining mercantil de los discursos críticos por otras universidades, problemas administrativos internos, criterios de indexación referidos a la comunidad de tecnopols), el panorama universitario se desplazó definitivamente hacia la prestación de servicios.

Ese fue el costo de la herencia inicial. Cabe subrayar que la resignificación de una cultura crítica no puede migrar holgadamente a los modelos de indexación y capitalismo académico desde los cuales se alza –sibilinamente– el comentario de Eduardo Sabrovsky.

Ahora bien, el autor de El desánimo (1997) habla velozmente sobre un conjunto de materias cuyos alcances deben ser pormenorizados más allá de su capacidad intuitiva. Es un dato público que ARCIS durante los años ochenta estaba lejos de ser una institución inspirada en la capacidad de inversión, es más, se consagró laboriosamente a impulsar la línea del pensamiento crítico latinoamericano contra el recurso tecnicista que la dictadura promovía bajo la razón técnico-instrumental impuesta por los ‘chicago boys’ a fines de los años setenta.

La universidad surge en medio de la modernización pinochetista, pero a contrapelo de ella, promoviendo  acciones y contenidos contra el régimen de Pinochet. Ese desgarro es constitutivo de su identidad histórica, sin perjuicio de las crisis institucionales que también ha padecido por sostener esa línea divisoria. Pero lo anterior no aparece siquiera consignado en la columna del autor de El desánimo (1997), pues se deduce “consistentemente” que la institución que él retrata y representa como una especie de modelo inmaculado mantenía una relación enteramente distinta (un nudo portaliano) con la modernización pinochetista durante los años ochenta. Sobre este punto, sólo nos resta una lectura sintomal: “Sus silencios son sus palabras”, decía Louis Althusser.

Me parece que el comentario de Eduardo Sabrovsky (quien conoce buena parte de esta historia) omite alevosamente esa memoria político-institucional que es parte del complejo presente que debemos defender en un contexto de alta liberalización del mercado educacional. A modo de anécdota, debo retornar sobre un controversial punto, la Rectoría encabezada por Francisco Javier Cuadra en la UDP (ex ministro de la Dictadura) representa otro síntoma de un diagnóstico institucional, de una genealogía que no se puede perder de vista a propósito de una memoria que articula pasado y presente de manera no secuencial.

No recuerdo que Eduardo Sabrovsky haya escrito el año 2005 alguna columna que llevara por título “El retiro del pinochetismo de la UDP, el fracaso de una universidad comprometida”. Por otra parte, si el entorno de la familia Matthei en algún momento mantuvo o mantiene (“hipotéticamente”) alguna relación con el Directorio de la universidad desde la cual Sabrovsky hace sus afirmaciones, ello también invita a una reflexión en torno al juego de intereses corporativos –que simultáneamente se retroalimenta de los indicadores de gestión económica de  la CNA–.

Nos vemos obligados a subrayar la memoria institucional de todo proyecto universitario bajo la dinámica pasado-presente-futuro. De otro lado, Sabrovsky hace alusiones a la inmobiliaria, sugiriendo que ello representa un “pecado capital” de ARCIS, por adoptar una estrategia de sustentabilidad para mantener la viabilidad del proyecto –sin obtener beneficios lucrativos–. También incurre en una piratería argumental respecto al grupo Marambio, pero esta vez respalda y comparte sus decisiones de no reinvertir en la universidad que él cuestiona. Yo sugiero revisar con más prudencia las implicancias de tal afirmación –e ir más allá del ejercicio estadístico que nos sugiere; me temo que hay tramas institucionales que no  se conocen con el detalle necesario–.

Pero, antes de emprender tal tarea, me preguntaría cómo resolvía la institución que Sabrovsky representa el tema de la “Inmobiliaria Diego Portales” hasta el año 2007 y cuál era el volumen de recursos que obtenían por esa vía –ello a propósito de su capacidad productiva–. De otro lado, cuál era el capital de trabajo y su origen para fortalecer la unidad de proyectos que “legítimamente” están vinculados a una OTEC. El año 2007, con el término de la Inmobiliaria, mecanismo de todas las universidades gestadas en 1981, Sabrovsky pudo publicar ensayos sobre este “historial de compromisos” entre militares, empresarios, políticos de derecha y funcionarios civiles de la Dictadura que cinceló la posición privilegiada de la universidad que actualmente representa. Pero jamás hizo algo al respecto. Excúsenme por una referencia pecaminosa; queda pendiente una reflexión de aquello que Marx denominó el periodo de la acumulación originaria.

Hay otra  dimensión sobre la universalidad de una institución. Ciertamente existe un rico debate respecto a los valores universales que debe promover una  institución universitaria, a saber, si esta se debe basar esencialmente en el universalismo cultural y de ahí en más cultivar (“controladamente”) una impronta laica, conservadora, socialista o liberal. Pues bien, a este respecto, ARCIS tiene una reconocida identidad de izquierdas, pero también supo cautelar un campo de discursos transversales.

Existe un cumulo de publicaciones que asi lo acreditan. Ello dista radicalmente de ese fundamentalismo fanático que el susodicho nos adjudica precipitadamente recreando una caricatura de tipo autobiográfica. Es una deformación muy lamentable suponer que la vida universitaria de ARCIS ha estado dominada por órdenes de partido o disposiciones directamente emanadas del Comité Central ubicado en Vicuña Mackenna. Quizás en este punto, que es la hipótesis que se intenta ingresar de contrabando, hay una dimensión biográfica que opera a modo de una transferencia freudiana en el caso del autor, una sovietización del espacio universitario. De otro modo nos resulta inexplicable la siguiente afirmación:

“De hecho, jamás ha habido en Arcis un académico que no sea ‘de izquierda’, como sea que este rótulo a estas alturas se interprete. De nuevo, para esto hay buenas razones. Porque para el marxismo-leninismo ese laicismo es, él mismo, una convicción substantiva, una ideología que, en su pretendida neutralidad, oculta su compromiso de fondo con el capitalismo liberal: lo hace al no distinguir entre ideas ‘correctas’ e ‘incorrectas’: entre las que van en la dirección del progreso social y de la historia, y aquellas cuya verdad profunda sería el intento de bloquearlo”.

Esta aseveración se mueve entre la provocación y lo artero (quizás cretinizante), por cuanto pretende retratar un espacio homogéneo, orgánico, torpe, como si acaso todas las generaciones de Arcianos en los años ochenta-noventa y en los años dos mil desconocieran los debates de la contemporaneidad; los estudios culturales, la deconstrucción, el multiculturalismo, el Imperio de Negri, el caso de la izquierda lacaniana (Žižek), las críticas del campo postestructuralista, la crítica al reduccionismo de clase –Laclau, sus conferencias y publicaciones por medio de la universidad– (sólo por citar algunas corrientes) fueron hitos generacionales que marcaron a muchos estudiantes, que ubican al proyecto en un pedestal enteramente distinto a la caricatura que subrepticiamente Sabrovsky pretende dibujar.

Recuerdo que, a la entrada de los años dos mil, un cientista político de notoria presencia medial, me refiero a Alfredo Joignant, dirigía “fugazmente” el Centro de Investigaciones Sociales (CIS, 2000) y también fundó la Escuela de Ciencia Política de ARCIS. Lo que no recuerdo bien es si este académico era parte de esa izquierda homogénea y vertical, o entró en un proceso de súbita renovación a propósito de lo que nuestro contradictor consigna. Finalmente, no estaría de más que el filósofo de la UDP se diera la tarea de otear los planes de estudios de la universidad para corroborar si existe un proceso de indoctrinamiento a los alumnos bajo la matriz marxista-leninista. Como podemos apreciar en este punto, la argumentación nos lleva casi al absurdo. Ello a propósito de un cierto “prurito” inquisidor que desliza en su discurso. Existe un “autoritarismo ético” en su análisis y nos habla desde un eventual proyecto universitario “inmaculado”.

Por eso hay afirmaciones empíricas que llaman a otra reflexión, a saber: que los alumnos no llegan a la hora a clases… que los profesores no hacen clases –son planteamientos incontestables– y me recuerdan a un profesor que me decía que las imputaciones ad hóminem no se responden. Creo que en ese plano Sabrovsky verbaliza el punto como un agente de acreditación que pregunta obstinadamente por infraestructura, salas, sillas, computadores, equipos, los recursos, etc. A ello se suma la hipótesis de una cultura que estaría en crisis porque se opone –según Sabrovsky– a “…los plazos, los horarios, las calificaciones”. ¿Quién entiende al filósofo? Frente a este capitalismo académico sólo restar replicar con una relectura de “Ciencia y técnica como ideología”. Hace un decenio sería imposible impugnar a la Universidad ARCIS por no tener salones multiuso, bibliotecas rimbombantes, porque aquello nunca formó parte de su ethos fundacional. Otra cuestión es que el mercado educacional mutó radicalmente y debemos atender a sus nuevos desafíos, reubicarnos bajo el nuevo escenario.

Por último, quiero proponer un escenario hipotético (ficcional). Lo hago para evitar un bicameralismo entre la crítica pública y las prácticas privadas; en la eventualidad de que algún académico cultive una visión tan crítica de una institución universitaria, supongamos que se trata nuevamente de ARCIS, no se entendería muy bien que el mismo personaje haga esfuerzos deliberados para promover la inserción de académicos(as) a cargos institucionales en la casa de estudios que se cuestiona públicamente, en este caso ARCIS. En consecuencia, ¡para qué hacer gestiones deliberadas en una universidad Castro-comunista! Se trata de una ficción, pero creo que el filósofo sabrá entender perfectamente este punto.

A propósito de la entonación sepulturera del título de su nota, yo invitaría a repensar las posiciones de su Rector (sean exitosas y funcionales a los discursos de la Concertación, estén o no friccionadas por ciertas ideas de la Nueva Mayoría) sobre un subsidio global en educación superior. Si la institución que él representa toma “distancias ilustradas” sobre el carácter progresivo de una política de gratuidad global y defiende el derecho de inversión, la segregación social viene a perpetuar la desigualdad social. Ello nos llevaría a pensar que estamos en medio de otra catástrofe.

Como bien sabemos, Isaiah Berlin tiene una excelente exposición sobre la libertad negativa, a propósito de cierta provocación que hace el filósofo de la UDP reivindicando las virtudes de la Universidad de los Andes –que guardan fidelidad con la tesis de Carlos Peña–. Existe un afán por acotar el campo de las universidades estatales y ello supone recrear un contexto que sustente un discurso crítico-liberal. Nuestra sociedad no ratifica las bases históricas de un liberalismo cultural y ahí –por desgracia– no queda más que rentabilizar un marketing universitario similar a un “liberalismo estetizante”. Ello a efectos de una simulación  que no puede  obviar la fragilidad histórica del liberalismo chileno.
Por fin, cuando leo estas notas de Eduardo Sabrovsky, recuerdo un libro generacional que seguramente por estos días él prefiere evitar, Hegemonía y racionalidad política (1989), y también una editorial emblemática de otros compromisos políticos: Ornitorrinco.

Capitalismo académico y desmemoria: ¿cómo andamos por casa?

Eduardo Sabrovsky
Doctor en Filosofía. Profesor Titular, Universidad Diego Portales

Si nos sacamos de encima la espesa cortina de humo que las argumentaciones especiosas intentan tender, podemos constatar que Arcis, precisamente en estos años, ha hecho el muy legítimo intento de insertarse en el “capitalismo académico”. De otra manera no se entienden sus esfuerzos por obtener acreditación institucional. Esfuerzos que no han logrado su objetivo:

Arcis sólo está acreditada por dos años, prontos a caducar. Y la causa de este fracaso es, por desgracia, más simple y menos gloriosa que lo que el Prof. Salazar intrincadamente elabora:

Arcis carece de profesores de jornada completa, se mantiene sobre la base de la sobreexplotación de un proletariado académico, los profesores-taxi que llevan años, incluso décadas, con contratos a honorarios. Así no se puede hacer universidad, ni en condiciones del capitalismo, ni bajo ningún otro sistema social que pudiese estar en el horizonte.

Porque, que se sepa, socialismo académico o comunismo académico no existe; a lo más, podría existir como proyecto. Pero que, como todo proyecto, tendría que partir por hacerse cargo de las condiciones iniciales, y partir desde ahí. ¿Desde cuándo, como el Prof. Salazar parece pensar, reconocer las condiciones objetivas es sinónimo de sumisión acrítica y del bloqueo de propuestas que sean genuinas alternativas –genuinas, y no meramente imaginarias–?

En estos términos, y hasta fines de la década de los noventa, por establecer un hito temporal que no pretende ser exacto, Arcis lo había hecho notablemente bien. La larga lista de méritos y figuras académicas que el Prof. Mauro Salazar evoca era, por esos tiempos, reconocida incluso por “Artes y Letras” de El Mercurio, (reportaje titulado “Luces de la República”). De hecho, en una columna publicada en este mismo medio hace pocos meses (“Desalojos: una cuestión de límites“), y en relación a las tomas que han desangrado a Arcis (y a la complacencia de algunos académicos con esta autodestrucción), escribí:

“Durante ya casi veinticinco años, la Universidad ARCIS se ha esforzado por establecer en Chile un polo de pensamiento crítico, ligado a la tradición de la izquierda. En áreas como Artes Visuales, Ciencias Sociales, Filosofía, Estudios Culturales, muy castigadas por la dictadura, ARCIS desempeñó un rol pionero. Y fue capaz de mantener, en condiciones que no siempre fueron fáciles, estándares intelectuales elevados. Por sus aulas y salones de conferencias desfilaron personalidades del mundo intelectual como Jacques Derrida, Felix Guattari, Jacques Rancière y Eric Hobsbawn, por sólo nombrar algunos). Su Área de Estudios Culturales, dirigida por Nelly Richard, abrió un espacio privilegiado para la reflexión y el pensamiento crítico”.

Pero no es posible ni recomendable pasarse la vida haciendo reverencias a lo que fue sin hacerse cargo de explicar, sin echarle la culpa al empedrado, qué anduvo mal. Allí, yo apunto a la cultura aristocrático-decadente que Arcis, y buena parte de la izquierda a nivel global, ha comprado en las últimas décadas. De hecho, en mi columna de junio ya lo hice, en términos que me permito citar in extenso:

Lo que escoge ignorar es, de nuevo, un punto álgido. Porque lo que determinó la salida de Cuadra fue un movimiento de la comunidad académica organizada. Movimiento posibilitado por la existencia de una comunidad académica que, ya entonces, había logrado vivir bajo condiciones materiales de producción académica que hacían posible su autonomía. Me refiero a la existencia, ya por esos años, de profesores con jornadas completas, y con trayectorias académicas que los avalaban: ello, sumado al repudio a su impresentable trayectoria política, hizo insostenible la permanencia de Cuadra en la Rectoría. Hay una cierta simetría en esto, por cierto, sólo formal. Cuadra, al igual en esto, y solamente en esto, a Jorge Insunza y a Juan Andrés Lagos, era un político, desconocedor, en cuanto tal, de la lógica del mundo académico.

“Desde hace algo así como una década, se han sucedido en Arcis sucesivas tomas –algunas propiciadas por conspicuos académicos de la misma institución– que, al menos para mí, que observo desde afuera, no podrían sino desarticular cualquier proyecto académico. Quizás, especulo, la ‘cultura ARCIS’, al menos en una de sus componentes, ha tenido algo que ver, desgraciadamente con esto.

Me refiero a esa cultura de izquierda que considera a priori que toda autoridad es ilegítima; que es incapaz por ello de mirar de frente lo que fue la experiencia del socialismo del siglo XX, la de aquellos lugares donde el socialismo tuvo que hacerse real, y enfrentar la realidad del ejercicio poder, de la autoridad. No hay espacio aquí para analizar más a fondo las causas de esta amnesia, de esta ceguera, la cual, por cierto, tampoco afecta de la misma manera a toda la cultura de izquierda.

Pero aquí esa cultura, su lado anárquico, entra en resonancia con un componente importante del pensamiento neoliberal (su ala llamada ‘libertaria’): lo que ambas comparten es el sueño de una sociedad sin reglas, sin autoridad: una sociedad autorregulada, sea por el mercado; sea porque todos los antagonismos entre los seres humanos han desaparecido, y estamos de vuelta al paraíso. ¿No será que, a través del bombardeo de los medios –recomiendo ver el último spot de Movistar–, la juventud chilena se ha tragado la píldora libertaria?”.

Como estas líneas –y la misma columna que el Prof. Salazar comenta– lo muestran, no culpo a profesores ni a estudiantes, sino que pongo la mirada sobre algo que un sociólogo debiera estar en condiciones de entender: una cultura (quizás, siguiendo a Pierre Bourdieu, habría que pensar en un “habitus”) que opera sin necesidad del consentimiento explícito de los sujetos (al poner la mirada sobre esto, estoy diciendo algo más, que seguramente el Prof. Salazar enseña a sus alumnos, pero en su  afán defensivo ahora olvida:

los fenómenos sociales no se explican por las conductas individuales de los sujetos). Una cultura del laissez faire, laissez passer que pasa hoy por ser de izquierda, y con la cual el PC tropezó, de modo que le impidió desarrollar su muy válido proyecto (lea bien, Prof. Salazar). Y que ha terminado envolviendo a estudiantes, profesores y directivos (excepciones, por cierto, siempre hay).

El Prof. Salazar insinúa obscuras explicaciones psicológicas para mi reflexión sobre Arcis (“vértigos biográficos con el Partido Comunista”, escribe). Mala práctica: el Prof. Salazar no tiene cómo tener la menor idea de eso, de modo que lo que termina haciendo es psicología-pop, al estilo de las revistas del corazón. Y, de nuevo, se precisa leer bien. Porque, comentando mi afirmación de que en Arcis sólo hay y ha habido profesores de izquierda –ésta es, por mi parte, sólo una constatación empírica, que debiera empezar por ser analizada en esos términos, para sólo después entrar a especulaciones más de fondo–, el Prof. Salazar concluye que yo estaría denunciando “un proceso de indoctrinamiento a los alumnos bajo la matriz marxista-leninista”.

Yo, por cierto, no he escrito nada de eso. No me cabe duda alguna de que aquello que en Arcis se enseña –mal o bien, ese es otro asunto– no es, en absoluto, “marxismo-leninismo” ni nada que remotamente se le parezca, sino el último grito de la moda que viene de la theory de la academia US-americana (una amalgama de filosofía, teoría literaria, psicoanálisis, entre otras disciplinas), a la cual alegremente están adscritos los autores que el Prof. Salazar menciona, y que algo tiene de Marx, pero nada en absoluto de Lenin.
Y aquí desembocamos en la verdadera cuestión del capitalismo académico, que se refiere menos a las cuestiones institucionales, y mucho más a la hegemonía que tal theory ejerce a nivel global. Por cierto, la hegemonía es un hecho duro (tan duro, que tiende a  invisibilizarse, la respuesta del Prof. Salazar lo demuestra), que no es posible ignorar a voluntad. Por otra parte, no se trata tampoco que todo en la tal theory ande mal, por el contrario.

Lo único que anda mal –pero esto es fatal, y da cuenta de su carácter de ciega emanación del capitalismo académico– es la pretensión, de la cual buena parte de esta theory es portadora, de que sería posible hacer política directamente desde la academia, ignorando precisamente lo que Lenin sabía muy bien: que el tiempo de la política (o de lo político, si se prefiere) es el tiempo de la decisión, del “ahora”. La temporalidad de la academia, en cambio, es muy otra: es la eternidad del claustro, de la biblioteca, del seminario. Transcurrido siglo y medio, aún es posible seguir discutiendo El Capital de Marx y Engels; dos milenios y medio, y aún es válido escrutar los textos de Platón o de Aristóteles. Lo mismo con Spinosa, con Leibniz, con Kant, con Hegel, y un larguísimo etcétera.

La relectura de estos clásicos permite advertir que quedaron allí cabos sueltos, posibilidades que el autor mismo no exploró. Pero lo que la theory falazmente hace es extraer de ahí conclusiones que pretenden ser directamente políticas, y medidas desde las cuales cualquier intento de hacer política real aparece como desviación, traición, etc. De hecho, el PC sufre y ha sufrido por las críticas que provienen de esta falacia, mediante la cual los académicos –y los estudiantes que no tienen aún la madurez intelectual para advertirlo– se apoderan espuriamente de los oropeles, heroicos en el caso de Chile, de la política de izquierda.

O sea, lo que yo le critico a Arcis no es “un proceso de indoctrinamiento a los alumnos bajo la matriz marxista-leninista”; más bien, llamo la atención sobre su sumisión acrítica –la de muchos de sus académicos, no todos por cierto– a la theory –es decir, al horizonte intelectual del capitalismo académico– y su nula consideración de pensadores de la política real, como Lenin. Por cierto, no estoy abogando a favor de ningún adoctrinamiento, sino de relecturas que permitan, por ejemplo, entender, más allá de la demonización o del simple olvido, cuáles fueron las decisiones que, en condiciones de una lucha real, trazaron el curso de los socialismos reales; también, más profundamente, cuál es la concepción de la temporalidad de la política en Lenin; cómo se relaciona ella con la temporalidad en la tradición de Marx, del idealismo alemán y sus antecedentes, etc.

“Para que nosotros seamos inocentes, la UDP debe ser culpable”: ése parece ser el lema bajo el cual el Prof. Salazar escribe. La UDP, y Sabrovsky (otros comentarios, surgidos de fuentes similares, pero escritos en lenguaje menos académico, se han encargado de recordar que Sabrovsky es un judío). El Prof. Salazar me enrostra la genealogía de la UDP y mi, según él, complacencia con la rectoría de Francisco Javier Cuadra (“No recuerdo que Eduardo Sabrovsky haya escrito el año 2005 alguna columna que llevara por título ‘El retiro del pinochetismo de la UDP, el fracaso de una universidad comprometida’”, escribe).

Lo que escoge ignorar es, de nuevo, un punto álgido. Porque lo que determinó la salida de Cuadra fue un movimiento de la comunidad académica organizada. Movimiento posibilitado por la existencia de una comunidad académica que, ya entonces, había logrado vivir bajo condiciones materiales de producción académica que hacían posible su autonomía. Me refiero a la existencia, ya por esos años, de profesores con jornadas completas, y con trayectorias académicas que los avalaban: ello, sumado al repudio a su impresentable trayectoria política, hizo insostenible la permanencia de Cuadra en la Rectoría. Hay una cierta simetría en esto, por cierto, sólo formal. Cuadra, al igual en esto, y solamente en esto, a Jorge Insunza y a Juan Andrés Lagos, era un político, desconocedor, en cuanto tal, de la lógica del mundo académico.

En el caso de estos últimos, entonces, mi crítica no tiene nada que ver con que sean dirigentes del PC (y, por cierto, dirigentes que pueden exhibir trayectorias de vida que yo al menos respeto profundamente). Pero, como escribió en alguna parte Bertold Brecht, “la única virtud de un comunista es ser un buen comunista”. Con esto Brecht enfatizaba la novedad del comunismo: su “virtud” no sería medible mediante ningún criterio moral preexistente. Pero, además, se sigue de esa frase que ser comunista no garantiza ser ni buen papá, ni buen estudiante, ni buen nada.

Ni, menos, conocer el mundo académico y estar en condiciones de dirigir una universidad. Y saber por tanto reconocer en ella la presencia del “capitalismo académico”: de esa ideología emanada de la theory y emparentada con la cultura del hedonismo, del “antiautoritarismo” contemporáneo; una ideología que condensa lo peor del liberalismo y que hizo fracasar el muy válido proyecto de una universidad comprometida (válido no significa que todas las universidades y todos los académicos debieran adherir a él).
Todo el dinero que recibe la UDP corresponde a ingresos por matrículas; AFI –la UDP es hoy por hoy la universidad privada que recibe la mayor proporción de estudiantes de altos puntajes–; proyectos ganados en fondos concursables.

A diferencia de aquello que los Max Marambio y similares pudieron y debieron hacer por Arcis, carecemos de donantes. La UDP es una Fundación efectivamente sin fines de lucro, en la cual la institución está obligada a ser propietaria de sus instalaciones y no puede ni enajenar sus activos sin el visto bueno de la comunidad. Todos los excedentes se reinvierten; hay transparencia total en el tema platas.

De este modo, la UDP ha logrado contar con una excelente infraestructura, y con una Editorial que es, a estas alturas, una de las mejores editoriales universitarias del mundo de habla hispana. En Arcis, en cambio, y por misteriosas y de nuevo lamentables circunstancias, jamás se le informó a la comunidad académica de todos los tejemanejes de los cuales nos estamos enterando hoy; menos se le preguntó su opinión, quizás porque es difícil que los profesores-taxi se puedan hacer de tiempo para asistir a reuniones (cuando las cosas se hacen mal, los “detalles triviales” pasan a primer plano).

De hecho, en la UDP cada año el rector da una cuenta pública; este año está programada para el viernes 17 en la Casa Central, Ejército con Gorbea. Si aún es tiempo, extiendo al Prof. Salazar una invitación, para que tenga la oportunidad de hacerse de una opinión informada.

Tengo la enorme satisfacción de ser parte de este proyecto, que coincide con mi proyecto de vida. Sabrovsky es un judío sin plata, sin herencia; he logrado, con esfuerzo, dedicar mi vida a lo que siempre soñé: leer, pensar, escribir, enseñar. Soy Profesor Titular, jerarquizado por profesores titulares de la U. de Chile: en la UDP la jerarquía académica significa que no es necesario caerle bien al jefe o tener una determinada adscripción política –por ejemplo, a la ideología del capitalismo académico disfrazado de pensamiento de izquierda– para conservar la pega; tengo total libertad de cátedra al igual que la totalidad de mis colegas. Soy profesor del Instituto de Humanidades, enseño, junto a casi una decena de colegas, todos con jornada completa, en un Magíster y un Doctorado, ambos acreditados. Del orden de la mitad de los estudiantes de Magíster son becados por la universidad; en el caso del Doctorado, son todos becados, y la beca incluye un sueldo, de modo que puedan dedicarse plenamente al estudio.

Todo esto no cayó del cielo. Los que estamos aquí convertimos este lugar, que en su origen era un fundo dirigido por un terrateniente benevolente, en una genuina universidad. La genealogía, por la que alega el Prof. Salazar, no es un destino mítico. Tenemos una Asociación de Académicos poderosa, de la cual me precio de haber sido uno de sus impulsores y fundadores. Podemos ser todo lo críticos que queramos, porque estamos verdaderamente jerarquizados. Y tenemos del orden de cuatrocientas jornadas completas: la UDP no se sostiene en la vergonzosa y académicamente nociva explotación de profesores-taxi.

Además: aquí, aunque parezca trivial, a un profesor jamás se le ocurriría no llegar a la hora a su clase; todas las actividades comienzan a la hora programada, y terminan a la hora programada. Tampoco se le ocurriría no entregar, al menos con tres meses de anticipación, un  programa detallado, sesión por sesión, de cada curso que va a dictar. Tampoco, demorarse más de un par de semanas en entregar notas; tampoco, no dedicarle tiempo, semana a semana, a sus tesistas. Como digo en la columna que suscita tan airados comentarios del Prof. Salazar, la vida no es más que tiempo, y el respeto empieza por estas cuestiones. Cuestiones sin duda “burguesas”, menores, ante la mirada aristocratizante que Lenin, en este caso, lamentablemente no logró parar.

Es todo lo que puedo decir por ahora. Buenas vacaciones a todos los lectores.

PD: El Prof. Mauro Salazar termina su diatriba recomendando un libro de mi autoría, publicado hace ya 25 años. Como yo, en buena parte gracias al alero académico que la UDP me otorga, no he dejado de pensar y escribir, me permito agregar un ítem más reciente a dicha recomendación: Chile, tiempos interesantes. A 40 años del Golpe Militar, Ediciones Universidad Diego Portales, 2013. En venta en la mejores librerías.

La musculatura institucional del capitalismo académico: segunda respuesta a Sabrovsky

Mauro Salazar Jaque
Investigador asociado Escuela de Sociología Universidad Arcis

Antes de establecer un par de comentarios finales sobre la última misiva de Eduardo Sabrovsky, quiero despejar algunos puntos referidos a su primera nota.

En la publicación del día lunes, Sabrovsky incurre en tres opciones argumentales. Primero, las relaciones “opacas” entre el PC y ARCIS en torno a la inmobiliaria y su fracaso en la visibilización académica del proyecto universitario, “el PC [dice Sabrovsky] fracasa en su intento de ubicar a ARCIS en la escena del pluralismo ampliado”. Segundo, la naturalización de una cultura de izquierda (integrista o fanática que no accede al “prurito” liberal), de comportamiento atávico hacia los procesos de indexación y más bien partidaria de prácticas anquilosadas en modelos agotados (… que se resisten a las modernas certificaciones del capitalismo académico). Tercero, algo que me parece mucho más relevante, y que guarda relación con la reivindicación de un horizonte liberal…. snobs o no, lo veremos a continuación.

Respecto al mentado “programa liberal”, allí estaría –a juicio de Sabrovsky– el paradero final de los saberes contemporáneos, el espacio idóneo para cultivar los procesos de especialización y el “sano” desarrollo institucional. El aludido desliza una especie de “inclinación” por el “laicismo”.

Todo indica que, mediante ese expediente, las instituciones universitarias, las políticas de investigación y la gestión institucional, quedarían a salvo de una recaída en los esencialismos (léase fundamentalismos) que tuvieron lugar durante el “pequeño siglo XX”.

En su primera nota sugiere que el horizonte marxista-leninista se encontraría impedido de acceder a este pluralismo epistémico y establece una analogía argumental –a mi juicio ilegítima– con ciertos discursos y prácticas vinculados al binomio ARCIS-PC y al imaginario de la izquierda en general. Pero esa analogía es una invención que Sabrovsky se autofabrica y en torno a la cual declina profundizar detalladamente. Él sabe perfectamente que ARCIS tiene ciertos afluentes vinculados a una fecunda y no menos problemática deriva postmoderna.

En su última misiva, Eduardo Sabrovsky hace gala de que en columnas anteriores ha reconocido los procesos de producción y experimentación creativa que tuvieron lugar en ARCIS. Pero lo hace como si fuese una obligación leer sus notas en toda su vertebración, a modo de un referente ineludible de la discusión –ello es imposible, porque un columnista responde a estados climáticos, a juegos de escritura, etc.–. Huelga entonces una pregunta: si es parte de su inventario el conocimiento de estas materias, si él identifica el historial de aquellas instituciones que apelan a una diversidad político-cultural (como dije en mi nota anterior), ¿por qué se da el espacio de escribir “revoltosamente” sobre estas materias estableciendo analogías muy opinables, al punto de recrear una verdadera provocación hacia otra institución? En fin…

Mi nota anterior aludía a ciertas “sombras”, a determinados lapsus de una institución que se erige en una especie de pontificado universitario. Frente a una impugnación de esta naturaleza, Sabrovsky optó por sacar el currículum institucional. Ese era un recurso demasiado predecible (un alarde “monumentalista” que no atiende a las observaciones de mi primera nota) y me pregunto si volverá a utilizar desenfadadamente el recurso “facho-progresista” cada vez que la institución que representa reciba un par de estocadas en torno al ejercicio de la memoria institucional –que ha sido considerado tibiamente en su segunda comunicación–.

De su primera argumentación se deduce que ARCIS estaría afiliada a una trinchera ideológica, que le estaría vedada la posibilidad de alcanzar la “luz” y, en términos prácticos, ello agravaría fatalmente su desarrollo institucional. Esto, pese a que el autor de El Desánimo (1997) también reconoce que el modelo universitario fue un genuino proyecto académico –al menos hasta el año 2004, donde establece una inflexión institucional irreversible–. Por ello esta vez me quiero detener en este privilegio cognoscitivo que habría en el “pluralismo ampliado” y que evitaría regresiones hacia una “concepción sustantiva de la vida”, o bien, un “integrismo religioso” típico de la cultura de izquierda, pese a las prevenciones que el autor establece.

Hay un aspecto que está implícito en su análisis a propósito del “pluralismo laico” o “laicisismo” que se debe escrutar ante la arena histórica, ello para que el mentado proyecto tenga un sustrato material y no sea un “hedonismo estetizante” –empresa que él mismo autor declara inviable a propósito del “autocuidado” y la “ética del trabajo”. Según Sabrovsky, sólo un liberalismo higiénico nos permitiría arribar a una adecuada adopción de los grados, las certificaciones, evaluaciones y todas las rutinas burocráticas que darían cuenta de un verdadero ethos meritocrático. La cultura de izquierda naturalizada por el autor –al menos en su primera nota– estaría impedida de comprender las prescripciones valorativas de todos estos visados institucionales (certificados, cualificaciones, posttítulos, etc.).

A este razonamiento me refería con la tesis “gringa” (mis excusas) de un capitalismo académico. Creo que ahí permanece soterrado un dispositivo de indexación muy funcional a los actuales indicadores de la controversial CNA. La idea de un capitalismo académico no hace referencia a la sola ubicación de los programas o diplomados en la boutique de los bienes y servicios (la pregunta no es: ¿Usted vende o no su casa?), sino que alude a todas las tecnologías, acciones, disposiciones, métodos y recursos que se deben ajustar y someter a los coeficientes de ganancia del mercado educacional. Por ejemplo, a este respecto ARCIS –guste o no– sigue anclada a un modelo hermenéutico-conferencial, a una malla más canónica (para no decir ilustrada) donde la elaboración de contenidos responde a objetivos y no así a indicadores de competencia. Por ello sospecho que hay un vértigo gestional en el discurso de Sabrovsky que quizás no se alcanza a dimensionar en un terreno más institucional.

Al final de su primera nota, Sabrovsky restituye una “ética del trabajo”. Nos habla con tono doctoral –pero discurre con “buena onda”– sobre la producción material de la vida. Nos sugiere ir más allá de los placeres triviales, preservar el autocuidado (a diferencia de esa izquierda promiscua) y alienta una cierta ideología de la meritocracia… que pretende trascender un “laicismo glucoso”, más allá –agregaría– del “ciudadano líquido” de Bauman. “Sin trabajo no hay disipación”, concluye nuestro contradictor. El liberalismo obraría como una partera de la verdad en materias institucionales. El filósofo agrega: “…el pluralismo laico contemporáneo sólo puede existir al interior de un sistema compuesto por múltiples y sólidas instituciones” (las cursivas son un énfasis mío).

Pero esta ética del trabajo, este compromiso con las ideas, deviene en un ethos redentor, en una moral pública asociada a un parlamento institucional. Digámoslo así, el recurso argumental que sugiere Sabrovsky en torno a un liberalismo higiénico tiene un trasfondo académico-institucional que, si bien migra hacia la distancia crítica (de ello qué duda cabe), no lo hace necesariamente hacia la tradición crítico-ontológica –y esto queda ratificado por la “lista de lavandería” que hace honor a la “institución moderna” que él representa (financiamiento para publicaciones, para ediciones, para bibliotecas, para tecnificaciones y múltiples convenios, etc.)–.

En mi opinión, para establecer críticas tan drásticas a otro proyecto universitario, a sus debilidades –que rayan en el “manoseo”–, es porque existe un lugar de enunciación que lo sostiene hegemónicamente y que representa fielmente en su exposición. No voy a repetir fastidiosamente la “institución universitaria” que opera como “telón de fondo” de sus afirmaciones, pues para quienes han seguido este intercambio ahí está su nombre y apellido en la historia de Chile (en el edificio memorial de la Dictadura y en el proceso de liberalización de los años ochenta). El afán de mi primera nota era enteramente distinto; una reflexión sobre la memoria institucional y la acumulación originaria que ha sido objeto de análisis por un conjunto de tradiciones críticas, más allá de la referencia genérica a una “oligarquía benevolente” que ha dado pie a una esfera crítico-institucional que el autor reconoce (cuestión que incluye al grupo Expansiva… entre otr@s).

Sin embargo, ¿qué hay más allá del plano conceptual? De otro modo, dónde estaría cifrado materialmente el liberalismo que el autor reivindica. En el caso chileno, no están claras las coordenadas socio-históricas que permiten dirimir en torno a un liberalismo ampliado, estable y programático, pero, por sobre todo, higiénico. En el marco de los programas de ciudadanía (Marshall, 1949) era posible sostener tal proyecto de ideas, prácticas y proyectos vinculados al ciudadano moderno y a sendos procesos de la sociedad industrial. Sabrovsky enarbola una forma develada de fortalecimiento institucional y saludable  –dentro del capitalismo académico– ante una ciudadanía liberal y un escrutinio público de tono cuasi-habermasiano.

Contra esta argumentación que recrea una subjetivación de “ecos primer mundistas”, que participa y extiende los ritos de la ciudadanía y el campo de las demandas seculares, creo que no se ha puesto el debido énfasis en el utilitarismo radical que se instauró a fines de los años setenta y que representa el rostro más lúgubre de la “modernidad utilitaria”, pero también se ha traducido en un tipo de “meritocracia” vinculada a una cultura de bienes y servicios. Una meritocracia cuyo archivo se ubica en la modernización postestatal que cimentó la dictadura. No me refiero a la penetración del monetarismo y sus leyes infalibles (el famosos shock antifiscal), sino a la sedimentación de una “subjetividad libidinal” que ocasionalmente también enarbola las pancartas de la movilización educacional –a la manera de un “consumidor activo” que demanda movilidad social y mejoras en la entrega de los servicios–.

Un consumidor ávido de acreditaciones, que anhela las representaciones del liberalismo estético y defiende los parámetros técnicos del mercado del trabajo. Ello es necesario para evitar la impunidad institucional del capitalismo académico. Un mínimo “escáner sociológico” nos lleva a sostener que la ciudadanía liberal que está presupuestada en el discurso del filósofo es parte de una racionalidad instrumental que ha generado sendos procesos de socialización mercantil en los últimos tres decenios. Una especie de subjetividad suntuaria y activa en la demanda por gestión, eficacia, metas, certificaciones, funcionales al negocio de la acreditación.

Ergo, una subjetividad ávida de indexaciones, cuyo domicilio fundacional está en el “milagro chileno” (la nueva postal urbana desde 1981). La producción de un “consumidor activo” es aquello que se pavimentó a fines de los años setenta. Luego de un par de décadas, de socializaciones (de “retail”), han florecido demandas de gestión que también nos obligan a hacer eficientes los servicios educacionales.

Es por ello que la noción de “esfuerzo” o “mérito” que el autor utiliza responde a otra matriz histórica y debe ser calibrada a la luz de las transformaciones materiales de fines de los años setenta. Embarcarse en la idea de un “liberalismo ampliado” (al punto de hacer gárgaras con un catolicismo liberal) ausculta la constitución de esos agenciamientos que hacen de las Universidades –en distintos niveles– verdaderos resortes del capitalismo financiero. Por fin, no está de más recordar que la historia de Chile está llena de hitos que nos indican las debilidades del proyecto liberal.

A modo de síntoma, quizás Placilla (1891) fue la capitulación del liberalismo chileno y un verdadero cementerio del ethos secular y el malogrado programa industrial. Por ello, insisto, no estaremos presenciando el relevo que va de la modernización autoritaria sedimentada a fines de los años setenta, que ahora se dibuja como liberalismo “enchulado”, progresista, soft, light, inclinado hacia el pluralismo y hacia un sujeto que cultiva “eventualmente” los derechos de cuarta generación.

Hay un conjunto de observaciones sustantivas, eminentemente políticas, que puse en circulación en mi primera nota, pero que Eduardo Sabrovsky prefiere soslayar, salvo algunas alusiones genéricas. Ellas están referidas a una necesaria genealogía político-institucional. Frente a ello escogió una especie de camino alternativo, el poderío de la facticidad, sacar bajo un pañuelo un fajo de recursos académico-institucionales y evitar la orientación  política de mis notas (se esté o no de acuerdo con ellas…).

El desvío que toma su última misiva consiste en poner arriba de la mesa la “majestuosidad institucional” (arco portaliano) y de ahí en más establecer todo tipo de jerarquizaciones y delimitaciones arbitrarias, a la usanza de un centro de  acreditación de los saberes. Bajo este mismo expediente cualquier intercambio académico con instituciones de la “cota mil”, que gozan de una cantidad significativa de recursos y años de acreditación, estaría viciado de antemano, por cuanto se podría invocar el poderío administrativo-académico-institucional de otras instituciones.

Eso es así porque sería una torpeza inexcusable ocultar determinadas fragilidades institucionales de ARCIS, pero también resulta inexcusable insistir majaderamente en ellas cuando forman parte de otras convicciones, de otras trayectorias, de malestares no reconciliados con la materialidad del capitalismo académico. El modelo que defiende el autor tiene prescripciones concentracionarias para la educación superior y viene a erosionar proyectos que no responden complacientemente a los mismos dispositivos de indexación expuestos profusamente por Sabrovsky –sin perjuicio de compartir el malestar por los bajos sueldos, problemas de infraestructura, falta de académicos de planta, acreditaciones de corto alcance… aunque ello claramente no es solo un problema de ARCIS–.

Mi nota anterior aludía a ciertas “sombras”, a determinados lapsus de una institución que se erige en una especie de pontificado universitario. Frente a una impugnación de esta naturaleza, Sabrovsky optó por sacar el currículum institucional. Ese era un recurso demasiado predecible (un alarde “monumentalista” que no atiende a las observaciones de mi primera nota) y me pregunto si volverá a utilizar desenfadadamente el recurso “facho-progresista” cada vez que la institución que representa reciba un par de estocadas en torno al ejercicio de la memoria institucional –que ha sido considerado tibiamente en su segunda comunicación–.

Por último dos cosas, una “ontología del antagonismo” es aquello que precisamente forma parte de “nuestro” marco fundacional, del pasado y presente de ARCIS. Lo que está en tensión, en duda, en suspenso, es el futuro. Nuestra tarea es algo más compleja que otras instituciones, pues cargamos con una incontinencia crítica, con un malestar insobornable a ciertos lenguajes de la especialización. Heredamos un parecido de familia con la firma Marx y sus ramificaciones. Nuestra herencia nos enorgullece, pero también nos pone frente a tareas extenuantes que requieren superar desafíos adicionales. Yo soy de aquellos que “ingenuamente” aún piensan en refundar, reestructurar a la luz de una dialéctica (sí, dialéctica) entre pasado, presente y futuro.

Finalmente, si en mi comunicación anterior hice una exposición del itinerario de ARCIS, es porque creo decididamente que no se trata de una Universidad más dentro del sistema de educación superior. Nuestro espacio es parte del pensamiento crítico chileno de los últimos 30 años, pero tampoco estoy disponible para auscultar las fragilidades institucionales y los abismos del último período. Por último, respecto a la salida del PC, bien vale una reflexión sobre el “acto de la salida”. Me refiero a la puesta en escena de ese acto: “una salida”. Como es de público conocimiento, luego de algunos años de relación (bien vale la precisión) hay una escisión necesaria.

Pero ello no es nada nuevo, existen relaciones de entrada y salida entre distintos “grupos políticos”, “empresariales” y las instituciones universitarias. Si, a modo de rápida sinopsis, la UDD es la universidad que representa globalmente los intereses de la UDI, la institución que Sabrovsky defiende explícitamente es la propia transición chilena a la democracia –ahora eclipsada por algunos destellos de la Nueva Mayoría–.

No existen retiros definitivos, ni marcos judicativos inmunes (a propósito de las donaciones que Sabrovsky objeta). La administración y los directorios de las universidades siempre están sobredeterminados por actores políticos y empresariales que ocupan y ocuparán roles que inciden en la vitalidad de todo proyecto universitario.  Si usted así lo quiere, el acto de retirada del Partido Comunista es también una retirada del ropaje que recubre el “compromiso” entre directorios de universidades y las tecnologías gubernamentales. El Partido Comunista trata de cortar el hilo de esa relación, pero usted termina escribiendo contra ese síntoma que desvela y desnuda el nivel de compromiso y complicidades que ha impedido transformaciones en nuestro modelo educacional. Gracias a Foucault sabemos que los vectores de la dominación están intrínsicamente asociados a toda vertebración institucional.

Lejos de desconocer las complejas implicancias del problema en cuestión, creo que de sopetón Sabrovsky instala una gramática hegemónica que juega a favor de las nuevas definiciones de acreditación. Eso sí, me temo que, en un fututo no muy lejano, corremos el riesgo de presenciar la extinción de aquellos proyectos de oposición a la dominante neoliberal. Me refiero a los ángulos de la disidencia político-institucional que pretenden combatir la hegemonía del pensamiento único.

Buenas vacaciones…

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