El siguiente relato del escritor francés Claude Michel Cluny, revive de una manera rigurosa el desarrollo de la batalla naval de Iquique, el 21 de mayo de 1879. La ventaja, y la razón de incluirlo, consiste en que entrega una versión imparcial, y por tanto más real de lo acontecido, que las habituales apologías chauvinistas y patrioteras, las cuales, más que esclarecer los hechos históricos, suelen distorsonarlos de manera lamentable.

 

“La batalla naval de Iquique, la primera después de la infructuosa persecución de La Magallanes por La Unión, se desenvuelve en dos combates separados. En el primero, el monitor peruano Huáscar se opone a la vieja corbeta Esmeralda; en el segundo, a unas cuantas millas más al sur, la pequeña Covadonga (la Esmeralda, se recordará, se había apoderado de ella a expensas de las escuadras de Isabel II) entra en conflicto con el buque más reciente de la marina de Lima, la fragata blindada Independencia.

El 21 de mayo, a las 6:30 de la mañana, la Covadonga, bajo el mando del comandante Carlos Condell, que patrulla el exterior de la bahía, avista al norte dos barcos que se aproximan rápidamente, a los que pronto reconoce como los dos “acorazados” peruanos. Ambos componen la primera división naval, bajo las órdenes del comandante Miguel Grau, cuyo barco insignia es el Huáscar.

En vista de la desproporción de las fuerzas, Grau exige la rendición de los barcos chilenos. Para el comandante Arturo Prat, aunque el combate carezca de esperanza, al menos para la Esmeralda, tal vez la Covadonga tenga la oportunidad de escapar. Da la orden a Condell de huir hacia el sur y le aconseja navegar sobre los altos fondos, lo más cerca posible de la costa (los dos marinos conocen bien el litoral).

“All right”, responde serenamente Condell. Para entonces, unas embarcaciones cargadas de soldados peruanos ya se han desprendido del muelle para apoderarse de los barcos chilenos. Condell los riega copiosamente de balas y hace pujar las calderas para escabullirse, mientras Prat reúne a su tripulación: “Si muero, todos mis oficiales sabrán cumplir con su deber. ¡Viva Chile!”

Son las 8:30 cuando el Huáscar dispara una “granada de gran calibre” que cae entre los dos barcos; unos minutos más tarde, la Covadonga se lleva un obús en el momento en que el barco escolta vira de bordo y pone proa al sur.

El casco ha sido atravesado de un lado a otro, pero arriba de la línea de flotación. La situación de los chilenos se revela dramática, sin salida posible para la Esmeralda, que carece de velocidad.

En ese momento, Prat ordena al capitán Manuel Thomson que deslice su barco cerca de la orilla, de tal manera que quede colocado entre Iquique y el monitor, con lo que la población, el muelle y sus instalaciones correrían entonces el riesgo de recibir las granadas de este último. Los habitantes han salido para asistir, muchos con júbilo, a la muerte de esos funestos barcos chilenos que, desde el 5 de abril, les impiden el acceso al mar.

La bahía sigue una curva armoniosa, guarnecida al sur por un islote rocoso —hoy unido a tierra firme—, la Isla Blanca; un abrupto cerro fortificado la protege a la altura el islote, pero las piezas de artillería pesada del fuerte ven hacia el océano y no pueden disparar sobre la rada, convertida, durante más de seis semanas, en un tranquilo estanque de la flota de Chile.

Hacia las 10 y media, unas tropas de la Primera división peruana y una batería de artillería instalada frente a la escollera entran en combate y hacen una descarga furiosa: la Esmeralda, acribillada repentinamente por la metralla, cambia penosamente su posición, pues una de sus caldeas ha cedido.

El Huáscar dispara desde hace una hora y media sin dar un golpe en el blanco, pero sin sufrir tampoco por los cañones de 40 libras de su adversario; pero lo que Grau teme, confiando en una información mal fundada del capitán peruano del puerto, S. Porras, son los torpedos de un alcance de 600 metros, con los que, se supone, está armada la Esmeralda.

No es verdad, pero ello no impide que, a una distancia de 800 metros e incluso molestos por el riesgo de que sus disparos puedan alcanzar las casas del puerto, sus cañoneros incapaces de hacer pedazos la vieja goleta, de la que, en realidad, dos de las calderas quedaron inutilizadas en el momento en que Thomson la acercó a la orilla; su velocidad ha descendido a dos nudos y el barco remonta la orilla hacia el norte, atacado desde la playa ¡por un batallón de cazadores a caballo!

Con todo, la edad de la corbeta no explica el que, a las 11 horas, la tercera caldera ceda a su vez: el barco no ha recibido ninguno de esos obuses del Huáscar, del que uno solo bastaría para desfondarla. La falla del material resultado de la negligencia del mando superior.

Cuando el almirante Williams, apenas nombrado, levó anclas de Valparaíso en la noche del 4 al 5 de abril no tomó en consideración las condiciones de sus barcos, muchos de los cuales estaban seriamente necesitados de una revisión; esta ligereza va a tener otras consecuencias.

El talante a bordo del monitor es una mezcla de cólera y desánimo: tan humillante es la impotencia para hundir una inmóvil corbeta de madera. Además, por anticuados que sean ante el blindaje del monitor, los cañones de Prat obligan a la tripulación del Huáscar a mantenerse al abrigo bajo el puente blindado: al abrir una puerta de la torreta, el teniente Jorge Velarde es muerto limpiamente.

Acorralado al fondo de la rada, el viejo barco chileno mantiene un fuego infernal y preciso; una granada y los disparos terminan por dañar a tal grado por el frente el mástil trípode y sus puntales que Grau teme su caída sobre el techo de la cubierta de proa, lo que daría como resultado la parálisis de la torreta.

Sobre la orilla o en las laderas del cerro, los espectadores han guardado silencio. Quizá porque, aunque la servidumbre no dignifica, como creía Vigny, la grandeza militar, la aceptación del sacrificio confiere un derecho al respeto, incluso a la admiración.

Hace tres horas que los peruanos se empeñan. ¡Las dos piezas de artillería torreta han disparado al vacío varias decenas de obuses! Grau, que quiere terminar, ve que la Esmeralda está averiada, comprende que no debe temer ser torpedeado y entonces se decide a espolonear: a las 11:30, lanza el monitor contra su impotente adversario, el cual logra virar y recibe el golpe oblicuamente, por babor, a la altura del palo de trinquete, con un estrépito de madera rota; el choque ha paralizado la última caldera.

Sable en mano, el comandante Prat “¡Al abordaje, muchachos!” (en el estrépito de uno de los cañones de diez pulgadas, que esta vez lanza a quemarropa un obús de trescientas libras, masacrando a una buena cincuentena de marinos y devastando el cuarto de máquinas, entre los aullidos de los heridos, los disparos de los fusileros trepados en las cofas y la explosión de las granadas, Arturo Prat grita: “¡Al abordaje!”, pero no se le escucha).

La borda de la corbeta sobresale del monitor. Seguido únicamente de un sargento, Juan de Dios Aldea, Prat salta sobre el puente blindado del Huáscar; el sargento se desploma, muerto de inmediato. Alcanzado en la cabeza Arturo Prat cae a su vez —va a expirar en el camarote de Miguel Grau, adonde éste lo hace llevar—, mientras que el monitor da marcha completa atrás para retomar impulso, pues la Esmeralda sigue a flote.

Luis Uribe Orrego, comandante segundo, trata de esquivar el choque, maniobrando el timón, pero el barco ya no responde y, sin impulso, permanece inerte. Después de describir una vuelta por la popa de la Esmeralda, esto es, entre la orilla y su víctima, el monitor la desfonda por estribor en el área de proa.

El teniente Serrano, que ha reagrupado a una docena de hombres, intenta también el abordaje, pero fracasa, porque esta vez los peruanos están listos (si Prat hubiese preparado lo que improvisó, confiesa Grau más tarde, se habría apoderado del Huáscar sin encontrar la menor resistencia). La santabárbara y la sala de máquinas están inundadas.

Con todo, la Esmeralda sigue a flote y es necesario un tercer asalto con el espolón para que, destrozada esta vez por estribor en el área de popa y haciendo agua por todas partes, se hunda en el puerto de Iquique. Gaspar Cabrales, el grumete de 13 años, que toca a la carga, es despedazado por una granada; el cabo Críspín Reyes lo remplaza, apenas el tiempo antes de que comience el degüello – la carga a muerte hecha famosa para los cinéfilos a partir del western de John Wayne, El Álamo—.

Un último disparo de cañón a bocajarro, hecho por el guardiamarina Enrique Riquelme a través del puente a flor de agua de la Esmeralda, que se hunde en 20 metros de fondo, a 200 metros de la playa del Colorado, consuma la masacre.

El combate ha durado tres horas y 45 minutos. De 199 hombres, oficiales y marinos, 59 se salvan. Clavada al palo de trinquete, la bandera de la estrella blanca flota sobre las aguas, sobre los muertos, en un último desafío premonitorio: dentro de seis meses, otra bandera de estrella blanca flotará, definitivamente, sobre el cerro de Iquique.

(*) Poeta, novelista, crítico de arte y editor de nacionalidad francesa. En 1985 recibió el Gran Premio de la Academia Francesa por el conjunto de su obra, y el Premio Guillaume Apollinaire por sus poemas titulados “Asymétries”. El presente texto fue extraído de su libro “ATACAMA, Ensayos sobre la Guerra del Pacífico, 1879-1883”.

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