Asamblea Constituyente: Una Salida para Venezuela

Nuestra América
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La última escalada de violencia en algunas regiones de Venezuela pone de manifiesto la hegemonía que adquirió la extrema derecha al interior de la oposición venezolana, que le niega la posibilidad de expresarse a los sectores democráticos que en ella aún sobreviven.

Si hoy un vocero de algún partido de la oposición planteara la posibilidad de participar en un proceso electoral, como la Asamblea Constituyente, o propusiese dialogar con el gobierno para frenar la escalada de violencia, sería acusado de traidor a la causa antichavista y execrado.

Ante esa progresión del fascismo como opción política de la burguesía venezolana y sus aliados internacionales, el gobierno bolivariano respondió con la convocatoria a una asamblea constituyente, prevista en la Constitución y solicitada anteriormente por esa misma oposición, como un mecanismo democrático para destrabar una coyuntura política que suma nuevos muertos cada día, que instaura el caos en algunas zonas de la capital y de otras ciudades del interior y multiplica las bandas armadas que siembran una combinación explosiva de odio y miedo en la población.

Según la Constitución de 1999, el poder constituyente está por encima de cualquier otro poder del Estado, de tal manera que esta nueva asamblea constituyente tendrá el poder de modificar las estructuras del Estado, además, por supuesto, de modificar las leyes y los artículos de la Constitución que considere oportuno, lo cual transforma estas elecciones en una oportunidad para profundizar el proceso revolucionario, como también lo es para la oposición en su voluntad de revertirlo.

La convocatoria del gobierno constituye por lo tanto un espacio de diálogo, de análisis, de debate entre todos los sectores sociales y políticos para confrontar los distintos modelos y adaptar las instituciones a las propuestas que resulten asumidas por todos los venezolanos.

Es una oportunidad para los bolivarianos de acabar definitivamente con un modelo rentista que agotó sus posibilidades de desarrollo y sentar las bases para empezar a substituirlo por un sistema productivo sustentable que sea inclusivo y acorde a la nueva realidad del país y del mundo; como también lo es para la oposición que pretende regresar al modelo neoliberal de la Cuarta República.

Todos los temas serán materia de discusión y posterior votación, económicos, sociales, políticos, culturales, la ecología, la igualdad de género, los asuntos indígenas, afrodescendientes, de diversidad sexual, la legalización del aborto, etc.

Esto significa para el chavismo una ocasión para consolidar las estructuras de poder popular existentes y crear nuevas que garanticen el traspaso del poder al pueblo organizado, profundizar de esa manera el proceso revolucionario y continuar en el camino hacia el socialismo, o, por el contrario, una oportunidad para institucionalizar las Misiones, los Consejos Comunales y otras modalidades de organización popular, aplazando la hora de radicalizar las medidas anticapitalistas, en particular en el área económica.

En ese sentido la asamblea constituyente será el escenario de un debate indispensable en el seno del chavismo.

Por otra parte, si la derecha fue ampliamente mayoritaria en las últimas elecciones legislativas de diciembre 2014, cabe preguntarse por qué se niega a participar en estas elecciones que le abrirían la puerta para conquistar las instancias de poder actualmente en manos de las fuerzas bolivarianas.

Parecería que ese sector extremista que la tiene secuestrada no está interesado en volver a gobernar con una oposición chavista que pudiera impedirle aplicar las medidas que considera necesarias para reordenar la economía y la sociedad venezolana.

Aparentemente su estrategia consiste en liquidar de manera definitiva cualquier opción revolucionaria, presente y futura, al viejo estilo de los años setenta cuando las dictaduras arrasaron con toda pretensión progresista y antimperialista con el fin de garantizar varias décadas de “paz social” para imponer sin restricciones las medidas económicas, sociales, políticas y culturales que precisamente la revolución bolivariana impugna.

Esta hipótesis apunta hacia las opciones más aterradoras, incluyendo escenarios como en Siria o Libia.