Muy agitado, hasta excitado… Así describe una periodista española la actitud del dueño de El Mercurio el 11 de septiembre de 1973. Ese día, ambos compartieron en una cena en Barcelona, pero Edwards estuvo “todo el tiempo de la mesa al teléfono, del teléfono a la mesa”. Su interlocutor era “mi amigo el almirante Merino”, según les confesó a los comensales a quienes invitó a brindar con “champán” francés tras enterarse del fin de la UP. Edwards fue interrogado por el juez Mario Carroza en la investigación sobre los instigadores del golpe. A la luz de ese proceso, publicamos esa entrevista que da pistas de su conocimiento concreto en la conspiración militar contra Allende.

Joan Garcés (Llíria, Valencia, 1944) es el abogado que en 1998 derribó las fronteras que hasta entonces protegían a muchos criminales amparados en el poder que un día detentaron. Gracias a un proceso iniciado y dirigido por él,  el hombre que arrebató su soberanía a los chilenos en 1973, Augusto Pinochet, fue detenido en Londres el 10 de octubre de 1998 por crímenes de lesa humanidad quedando así retratado como lo que era: un dictador sanguinario responsable de la muerte, tortura y desaparición de miles de personas.

El gran perdedor con el golpe fue el pueblo de Chile. El asesinato, la tortura y el destierro son sus heridas más dolorosas. Pero, el aplastamiento de las organizaciones sociales y políticas, y la ilegalización del pensamiento progresista, fueron las condiciones necesarias para la imposición de las políticas públicas neoliberales.

Una de las simplificaciones acerca del golpe de estado en Chile (11/9/73) – del que conmemoramos los 40 años – es que Salvador Allende y su gobierno fueron derrocados por los Estados Unidos. Si bien el rol de Washington en orquestar el golpe fue crucial, el socialismo democrático en Chile – también una piedra en el zapato estadounidense sobre todo desde el punto de vista de la Guerra Fría – fue suprimido principalmente por sus clases altas, la derecha oligárquica, los círculos empresariales (junto con las transnacionales) y los militares golpistas traidores, para quienes las reformas de la Unidad Popular (UP) y el fortalecimiento de las clases bajas que mediante sus luchas la llevaron al poder tres años antes, amenazaban los intereses vitales e incluso la misma existencia de la sociedad burguesa.

Desde la izquierda, la lectura del proceso que llevó a Allende al gobierno en Chile, la hacemos partiendo de un contexto que no ha mostrado dramáticas variaciones: el imperialismo nortea-mericano, hegemónico aún, y la derecha en Latinoamérica, son aliados inseparables que, para mantenerse en el poder, hacen de la explotación, la alienación, el uso de la fuerza y de la misma muerte, las principales armas contra las mayorías.

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