El Discurso de la Guerra de Piñera y la Revuelta Popular

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por Federico Navarro (*), Carlos Tromben (**).

El 20 de octubre pasado, cuando Piñera perpetró la letanía «estamos en guerra contra un enemigo poderoso e imnplacable», muchos pensaron que se trataba de un error estratégico que le podía costar el cargo.

Sin embargo, y aunque parezca increíble, Piñera ha utilizado la frase al menos cinco veces en distintos contextos, desde que asumió su segundo período, en marzo de 2018; la primera vez, un año y medio antes del estallido de la protesta social en Chile.

Así lo revela el estudio “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable”: los discursos de Sebastián Piñera y la revuelta popular en Chile, de los académicos Federico Navarro y Carlos Carlos Tromben, publicado en el N° 40 de la revista indexada Literatura y Lingüística.

El análisis se construyó a partir de la transcripción de 46 discursos, conferencias y entrevistas orales presidenciales del presidente chileno Sebastián Piñera entre el 18 de septiembre y el 17 de noviembre de 2019, es decir, durante el mes anterior y posterior a la irrupción de la protesta social en Chile (18 de octubre), utilizando los videos y transcripciones oficiales presentes en la web de prensa del gobierno chileno (prensa.presidencia.cl).

Entre las conclusiones, los autores sostienen que Piñera no tiene un discurso plano: su consistencia y continuidad discursiva, junto con los cambios estratégicos y adaptaciones según la coyuntura, revelan que es consciente de su propia discursividad como creadora de realidad y articuladora de lo político.

Además, de que la producción de su discurso responde a una exhaustiva planificación.

Los autores se preguntan si estas elecciones discursivas constituyen evidencias de responsabilidades ante los delitos cometidos en la represión de las protestas sociales y reconocidos por el propio discurso presidencial.

Pero, al menos, afirman que los discursos tienen consecuencias y efectos sociales, cognitivos, morales y materiales; y que es válido estimar que los discursos analizados en el trabajo cargan con un grado de agencia en los cambios que se han producido en las creencias, identidades, prácticas, cuerpos y bienes de la sociedad chilena desde el 18 de octubre de 2019.

El análisis del discurso viene cobrando progresiva importancia en la ciencia social, pues mediante él se negocian e instalan sentidos comunes y valoraciones, se interpretan y visibilizan (o invisibilizan) temas, se construyen identidades y pertenencias, se ponen en escena visiones de la realidad y se ocupan roles y relaciones de poder que tienen efectos simbólicos y materiales concretos, multidireccionales y complejos.

En tal sentido, afirman los autores, el discurso político no solo busca convencer y persuadir, sino sobre todo imponer sentidos ideológicamente orientados que impactan sobre la sociedad y sus instituciones, porque interpretan su historia, sus relaciones, sus roles y sus identidades, desde una posición que muchas veces es de privilegio, elite y poder institucionalizado.

El análisis del discurso político se ocupa de la inequidad social producto de relaciones de dominación discursiva, y sus hallazgos pueden proporcionar evidencias para comprender ciertos aspectos de los procesos políticos que, de otra manera, podrían permanecer ocultos o negados.

De hecho, a través del discurso se producen acciones sobre la realidad, como declarar una guerra o nombrar una ministra, y esta dimensión ilocucionaria y perlocucionaria del lenguaje es central en el caso del discurso político: comunicar en política es hacer política.

A continuación, reproducimos partes sustantivas del estudio:

Durante el mes previo al estallido social (18/09-17/10/19), el presidente Sebastián Piñera dio un total de 30 discursos ante distintos públicos domésticos e internacionales, según información oficial de prensa. Los dos primeros discursos de la serie tuvieron lugar durante la fiesta nacional de Chile, y lo reflejaron mediante alusiones a la familia y la unidad nacional.

Inmediatamente después, Piñera viajó a Nueva York para participar en una serie de eventos como el World Economic Forum y la asamblea general de Naciones Unidas. En todos ellos desplegó un discurso destinado a enfatizar el liderazgo de Chile como nación próspera, democrática y comprometida en la lucha contra el cambio climático y con el multilateralismo como herramienta para superar los conflictos. En contraste, fustigó en varias ocasiones al gobierno de Nicolás Maduro, caracterizándolo como una “dictadura corrupta e incompetente” (22/09/19); el término “dictadura” aparece nueve veces durante este período, siempre asociado a Venezuela.

De regreso a Chile, retomó la agenda doméstica dirigiéndose a públicos heterogéneos como empresarios, pequeños agricultores y adultos mayores. Dominaron este período temas como la sequía que afecta a Chile hace casi una década (la metáfora “terremoto silencioso” es utilizada 10 veces), los incendios forestales y su prevención, las empresas pequeñas y medias (la metáfora “columna vertebral de Chile” es utilizada tres veces), el transporte público, el turismo, los medicamentos y la lucha contra la delincuencia.

En estos discursos, Piñera repitió algunos conceptos e ideas fuerza de su gobierno antes del estallido social. Chile fue conceptualizado como “oasis” e “isla” de crecimiento, democracia
y prosperidad en América Latina: “veamos nuestro continente, América Latina; Argentina y Paraguay en recesión; los grandes, México y Brasil, estancados; Perú y Ecuador, con grave crisis políticas. Y en medio de ese cuadro está Chile, que emerge como un verdadero oasis. Un país que tiene estabilidad política, que está creciendo, que va a liderar el crecimiento de América Latina” (07/10/19).

Además, Piñera se refirió a la necesidad de preservar la unidad nacional (“unamos nuestras fuerzas”) y de cuidar lo construido desde el retorno a la democracia (“cuidemos
nuestro país”, formulación repetida antes y después de las protestas).

Para Piñera, “cada generación enfrenta su propio desafío” (frase utilizada con ligeras variaciones 15 veces durante este período) y la suya es luchar contra el cambio climático y lograr que el país se suba a la revolución tecnológica digital, promoviendo el emprendedorismo y la innovación.

También introdujo en sus discursos alusiones a Dios y a la Biblia (“por sus obras los reconoceréis”).

El viernes 18 de octubre, y luego de una semana de evasiones estudiantiles en el metro de Santiago en protesta por una suba del costo del pasaje, comenzó en Chile un estallido social con pocos antecedentes en su historia. Se produjeron cacerolazos y marchas espontáneas en distintos puntos de la ciudad, así como incendios de decenas de estaciones de metro y autobuses.

La revuelta social se irradió a todo el país, con manifestaciones y saqueos de supermercados, farmacias y pequeños comercios.

Durante el mes transcurrido después del estallido social, el presidente Piñera pronunció 16 discursos. Muchos de estos discursos, emitidos por cadena nacional, incluían decisiones de gobierno de alto impacto, en particular la decisión de decretar Estado de Emergencia en distintas provincias y comunas y designar un general como “Jefe de la Defensa Nacional” con el propósito de “asegurar el orden público” (18/10/19).

Esta decisión implicó la utilización de personal militar para monitorear las zonas declaradas en emergencia, si bien el discurso presidencial atribuye esta responsabilidad al general a cargo: “frente a esta situación, el general Iturriaga, que está a cargo de este Estado de Emergencia, ha podido disponer de 9500 hombres para resguardar la paz” (20/10/19); la formulación “ha podido disponer” borra en el discurso al responsable último de esa disposición.

En algunos de estos discursos, Piñera recicló conceptos y frases del período anterior, como la unidad nacional y las alusiones a la delincuencia, pero desechó otros como el emprendedorismo, la sequía o la innovación tecnológica. Las menciones a Venezuela y el gobierno de Nicolás Maduro desaparecieron por completo, y en su lugar aparecieron frases y temas nuevos vinculados especialmente al actuar de las fuerzas armadas, la violencia y el vandalismo.

A partir del día 25 de octubre comenzó una nueva fase mediante una “agenda social”, que en realidad fue un programa destinado a acelerar la tramitación de proyectos de ley ya presentados y a desempolvar otros de su primer mandato. Piñera había “escuchado con humildad” (n=2) las “legítimas demandas” (n=4) de la sociedad.

El 29 de octubre reconoció que había víctimas fatales y que se investigarían los eventuales atropellos cometidos por las fuerzas del Estado. Tras anunciar el cambio de su gabinete ministerial y la cancelación de dos grandes eventos internacionales, Piñera bajó el ritmo de sus apariciones públicas.

Los discursos restantes oscilaron entre la empatía (“agenda social amplia, profunda y exigente”) y el endurecimiento del tono contra “los violentistas” (n=4), amenazando con nuevas penas y castigos.

El 12 de noviembre, Piñera anunció lo impensable: cambios a la Constitución elaborada por la dictadura de Pinochet. Finalmente, el 17 de noviembre, tras casi una semana de silencio, traspasó otro umbral al reconocer que “se cometieron abusos”. Fue el discurso más empático desde el estallido, y culminó con dos grandes temas de la discursividad de Piñera antes y después del estallido, a saber, el cuidado y Dios: “cuidemos nuestras familias, cuidemos nuestra democracia, cuidemos nuestro maravilloso país. Que Dios bendiga a Chile”.

En ese discurso de cierre de la serie, el presidente explicitó este cambio en sus discursos y posiciones de gobierno, asociados a dos opciones que denominó “el camino de la fuerza” y “el camino de la paz”: “esta noche optamos por el camino de la razón, para darle una oportunidad a la paz” (17/11/19).

Estas acciones, concesiones y cambios políticos y discursivos fueron concomitantes con otros hechos. El 25 de octubre, 1.2 millones de personas marcharon por el centro de Santiago, de manera simultánea con múltiples marchas en todo Chile. El 11 de noviembre se conoció una encuesta que mostraba que la tasa de aprobación de la gestión de Piñera se había desplomado al 15%, el índice más bajo en todo su mandato, que un mes antes estaba en el 34% (CADEM, 04/10/19 y 11/11/19; consultado en cadem.cl).

El 14 de noviembre a la madrugada, la mayoría de los partidos políticos de gobierno y de oposición con presencia parlamentaria firmaron el “Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución” que convocaría a un plebiscito popular para redactar una nueva Constitución nacional.

El 19 de noviembre, parlamentarios de partidos de oposición de izquierda presentaron una acusación constitucional contra el presidente Piñera, con foco en la vulneración de derechos humanos de la ciudadanía durante las manifestaciones. Más importante aún, durante este período se produjeron asesinatos, heridos y detenidos tras el accionar de las fuerzas armadas y policiales.

El informe elaborado a un mes de iniciadas las protestas por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) de Chile relevó un total de 6362 detenidos en comisarías (incluidos 759 niños, niñas y adolescentes) y 2391 heridos (de los cuales 222 sufrieron heridas oculares).

A su vez, el INDH había presentado, a esa fecha, 384 acciones judiciales (seis por homicidio, siete por homicidio frustrado, 273 por torturas y tratos crueles, 66 por violencia sexual, entre otras) en representación de 544 víctimas (INDH, 18/11/19, consultado en indh.cl). Por su parte, Fiscalía de Chile informó de 19 personas fallecidas durante las manifestaciones sociales, dos personas fallecidas bajo custodia del Estado y cinco personas fallecidas por acción de agentes del Estado (Fiscalía, 19/11/19, consultado en twitter.com/fiscaliadechile).

Discursos presidenciales antes y después del 18 de octubre

Para ahondar en los contrastes entre los discursos presidenciales en Chile antes y después del 18 de octubre, se elaboró una nube automática de palabras generada con asistencia de software para cada período.

Como puede apreciarse, el discurso presidencial anterior a la protesta social tiene sobre todo un foco internacionalista, con predominancia de las menciones a “Chile” (n=227) y al “país” (n=128), en general con colocación “mi país”, “el país”, “nuestro país” o “un país” con ciertos atributos (“sólido”, “carbono neutral”, “maravilloso”), junto con el “mundo” (n=155) y los “países” (n=110), que combina con Chile adentro (“Chile es de los países que (…)”), así como con Chile fuera (“países como Alemania y Noruega”). Es también un discurso fuertemente dialógico, con el adverbio de negación “no” (n=321) como el ítem léxico más frecuente (0.72% del corpus).

Estas preferencias están naturalmente asociadas a los foros internacionales de enunciación de algunos de esos discursos, pero también, sin dudas, a una predilección temática e ideológica.

A su vez, se evidencia el uso predominante de la primera persona y del conjunto: “tenemos” (n = 218), “estamos” (n = 208), “nos” (n = 157), “todos” (n = 157), “nuestro” (n = 152), “vamos” (n = 127), “hemos” (n = 114), “nuestros” (n = 109), así como la primera persona singular, como en “yo” (n = 88) y “quiero” (n = 68), que colabora con el posicionamiento de autoridad del estadista.

En contraste, la tercera persona tiene menor frecuencia, como en “está” (n = 178), “son” (n = 145), “ha” (n = 119) y “están” (n = 96).

La frecuencia de palabras de contenido muestra una preocupación por los grandes temas medioambientales, tanto en relación con la -en ese momento- futura Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP) 25 y las declaraciones de Piñera en Naciones Unidas, como con temáticas locales vinculadas a sequía, incendios y bosques (se colocan entre corchetes las colocaciones más frecuentes): “agua”[potable] (n = 110), “bosques”[lluviosos] (n = 59), [nuestro]“planeta”[Tierra] (n = 49), [cambio]“climático” (n = 46), [peor]“sequía” (n = 42), calentamiento”[global] (n = 37), [planeta]“Tierra” (n = 36), “incendios”[forestales] (n = 30).

Los discursos presidenciales también se ocupan de ciertos sectores y elementos de la economía: “tecnología” (n = 46), “comercio” (n = 41), “agricultura” (n =35), “industria” (n = 33) y “turismo” (n = 32); estas últimas dos palabras tienden a aparecer juntas (“industria del turismo”).

Al mismo tiempo, ciertas palabras asociadas al discurso del progreso y la expansión económica muestran predominancia: “mejorar”[la calidad] (n = 40), “esfuerzo”[enorme, tremendo] (n = 37), “calidad”[de vida] (n = 37), [conquistar]“desarrollo” (n = 36). Las referencias a los grupos sociales son más bien genéricas, vacías de contenido, en contraste con el uso de “chilenos” (n = 46) y “compatriotas” (n = 29): “personas” (n = 61), con colocaciones que van desde “en delito flagrante” hasta “al servicio de”; y “ustedes” (n = 40), usado como vocativo.

El presidente Piñera post protestas sociales cambia drásticamente las palabras y temáticas que articulan su discurso, como se ve en la Figura 2.

Ahora el foco deja de estar en el mundo y los países, y aterriza exclusivamente en el ámbito local y en los interlocutores connacionales: “chilenos” (n=107), “Chile” (n=76), en 12 ocasiones en colocación con “carabineros de Chile”, “compatriotas” (n=65) y “país” (n=50).

El mundo prácticamente desaparece del discurso (n = 6), así como la locación discursiva pasa a ser exclusivamente local, santiaguina, cuando anteriormente se desplazaba de la capital chilena a regiones, de Perú a Nueva York. Se destaca la caída en la frecuencia relativa del adverbio “no” (n = 90), un 0.52% del corpus.

La unidad nacional se torna más enfática con el cuantificador “todos” (n = 166), que coloca con “los chilenos”, “los compatriotas”, “los hombres y mujeres”, “ustedes”, al tiempo que continúa la presencia de la primera persona plural con “nuestro” (n=94), “hemos” (n=72), “nuestros” (n=64).

En este sentido, Araya Seguel y Farías Farías (2014) hallaron en un estudio del discurso del presidente Piñera de 2011, frente a las protestas estudiantiles durante su primer mandato, que los términos más frecuentes eran, precisamente, “nuestro” y “todos”; se trata de una misma estrategia de inclusión y consenso frente a la crisis.

En contraste, cae la presencia relativa del pronombre de primera persona singular “yo” (n=24), e irrumpe la tercera persona plural con “han” (n=65) asociada a tres polos principales: los delincuentes (colocación “han afectado”, “han alterado”, “han intentado quemar”, “han desatado”, “han causado tanto daño”), los manifestantes (“han expresado pacíficamente”, “han entregado un mensaje”, “nos han transmitido”), y las fuerzas del orden (“han sido heridos”, “el compromiso que han demostrado”, “han tenido una tarea titánica”).

Esta compleja polisemia del otro en la situación de protesta social, con evaluaciones antagónicas asociadas, puede tal vez explicar la dificultad del mandatario para construir y dar continuidad a un discurso de la guerra y el miedo. Como explica Wodak (2015), un rasgo transversal de los partidos de derecha es la identificación de un grupo minoritario que se construye como peligroso y amenazante al “nosotros” y a “nuestra nación”.

En efecto, el discurso de Piñera de este período incluye mención explícita de las fuerzas armadas y policiales frente a la delincuencia, la emergencia y la violencia, construyendo dos polos irreconciliables: “seguridad”[ciudadana] (n=55), [nuestro]“gobierno” (n=52), “orden”[público] (n=49), [proyecto de, la Constitución y la]“ley” (n=42), [nuestras]“fuerzas”[armadas] (n=34), “carabineros”[de Chile] (n=33), “proteger”[la seguridad ciudadana] (n = 34), por un lado, y “violencia”[y la destrucción, y la delincuencia, y el vandalismo]( n=45), [las víctimas de la]“delincuencia” (n=26), [soluciones a los]“problemas” (n=24), [tanto]“daño”[han causado] (n=18), “urgencia” (n=18), por el otro.

El análisis específico de la colocación de “violencia” es interesante, porque muestra su asociación con la delincuencia y el vandalismo, con consecuencias de destrucción, en oposición a la acción de las fuerzas de seguridad del Estado.

Como se ha estudiado sobre el discurso de la guerra y la violencia (Lukin, 2018), el discurso presidencial establece una frontera polar entre la fuerza legítima del Estado y sus agentes, que se asocia a la consecución de la “guerra” (ver más abajo), y el accionar perverso e ilegal de los “violentistas” y “delincuentes”.

Este discurso del miedo se va suavizando y ajustando con el paso de los días. El 22 de octubre, el presidente Piñera comienza a referirse en su discurso a un enemigo más acotado, “pequeños grupos de delincuentes”, aunque sigue ajustándose a una misma descripción fuertemente estigmatizada.

El análisis de palabras clave con AntConc confirma el contraste, estadísticamente significativo (p < .05), de elecciones léxicas que cambian el foco del discurso presidencial antes y después del 18 de octubre en las siguientes palabras: “mundo”, “países”, “agua”, “tecnología”, “cambio”, “sequía”, “bosques”, “tierra”, “agricultura”, “América”, “industria”, “Latina”, “turismo”, “planeta”; además, el contraste aparece en la primera persona plural de “tenemos” y “estamos” (el contraste en “todos”, “no”, “han” y “yo”, aunque sugerente, no resulta estadísticamente significativo). Un enemigo poderoso, implacable: el discurso de la guerra

A pesar de estos fuertes contrastes entre los discursos antes y después del 18 de octubre, hay evidencias de que ciertos rasgos clave del discurso presidencial, y de la ideología que materializa y reproduce, no se modifican sustancialmente al comenzar las revueltas sociales. En efecto, el análisis cualitativo arroja una llamativa continuidad en la selección léxica y en los focos temáticos inmediatamente antes y después del 18 de octubre, como se ve en la Tabla 2 a continuación.

Como puede apreciarse, en tres días consecutivos previos a las protestas sociales masivas, el presidente Piñera utiliza un mismo discurso del miedo y la guerra, articulado con los mismos recursos lingüísticos, aunque multiplicado para distintos públicos, incluida la industria del turismo: la existencia de un enemigo formidable, poderoso, implacable, que no respeta a la población ni a la propiedad, al que hay que combatir.

Este enemigo se asocia en el discurso a “la delincuencia, el narcotráfico y el terrorismo” y se le atribuyen rasgos atemorizantes como la sofisticación tecnológica, el armamento de guerra, la creatividad criminal, la acción permanente, el respaldo legal y económico, la adaptación y la maldad absoluta (“está dispuesto a cometer las atrocidades más grandes”, 15/10/19).

A este enemigo opone un “nosotros”, con asociaciones diversas, que debe usar “toda la fuerza del mundo” (17/10/19) para combatirlo en una lucha “sin tregua y sin cuartel” (15/10/19).

El discurso de la guerra, como señala Lukin (2018), legitima y normaliza la violencia racionalizada e institucionalizada para un supuesto fin superior de pacificación.

Al culminar esa semana, cuando las protestas sociales habían irrumpido en Chile y se había decretado el Estado de Emergencia, el mandatario reutiliza el mismo discurso en un verdadero copy-and-paste sin solución de continuidad de un solo discurso e ideología: la misma caracterización del otro (“poderoso”, “implacable”, “que no respeta a nada ni a nadie”), junto con las mismas metáforas bélicas (“enemigo”, “combatirlo”) y el miedo (al acecho, sin descanso), en el marco de una “guerra”.

Para conocer la penetración real del discurso de la guerra y el miedo en la presidencia de Piñera, se realizó una búsqueda simple en un corpus ampliado de discursos presidenciales transcritos ofrecidos por la web oficial de prensa de gobierno. La búsqueda arroja 11 declaraciones similares, como muestra la Tabla 3 a continuación.

Tal como puede observarse, durante el año y medio de mandato anterior a las protestas sociales, Piñera utiliza un as de elecciones léxicas calcadas para elaborar un mismo discurso del miedo y la guerra que construye un opuesto entre los ciudadanos de bien y el crimen organizado, enfrentados en una batalla incesante.

El 20 de octubre de 2019, a 48 horas del inicio de las protestas sociales masivas, este discurso encontró un nuevo referente, esta vez más masivo y concreto, en el contexto del Estado de Emergencia. Estos hallazgos revelan que no se trata de un exabrupto, sino de un discurso de gobierno que expresa una ideología específica y consistente.

Este discurso del miedo y la guerra no se restringe a esta manifestación formulaica. En efecto, al rastrear los lexemas (incluyendo distintas clases de palabras y declinaciones) “batalla”, “combate”, “conquista”, “derrota” y “lucha” en los discurso presidenciales y codificar cualitativamente la metáfora de la lucha contra la delincuencia, se ve con claridad: para Sebastián Piñera, “la batalla de nuestra vida” es la lucha contra el cambio climático, los incendios, la sequía y el calentamiento global (n=36); al mismo tiempo, se refiere al combate contra el terrorismo, el crimen y la violencia (n=18).

Estos dos focos, clima y crimen, se sintetizan en esta frase previa a las protestas sociales, que parece dotar al discurso presidencial de una supuesta épica propia: “ninguna generación, como la nuestra, ha enfrentado desafíos tan grandes, tan trascendentes como, por ejemplo, la lucha contra el cambio climático y el calentamiento global y también la lucha contra el crimen organizado” (15/10/19).

Este último uso de la metáfora de la batalla es el que se focaliza en el discurso presidencial después del 18 de octubre: la “batalla que no podemos perder” es, ahora, la batalla contra los “atentados” de la delincuencia (n=9), con solo una mención a la batalla contra el cambio climático al anunciar la no realización de la COP (31/10/2019).

Vale aclarar que, junto con estas batallas, el discurso anterior al 18 de octubre también se refiere a “la gran batalla, la madre de todas las batallas” por la educación de calidad (n=1), a las batallas de la independencia de O’Higgins y San Martín (n=6) y al combate contra “el proteccionismo” económico y la pobreza (n=7), que luego del 18 de octubre tendría una aparición aislada, con un sentido nuevo: “lucha para bajar los precios de los medicamentos” (25/10/2019). Hay continuidad, entonces, en la metáfora de la batalla para distintos focos temáticos de interés del gobierno, como muestra la Tabla 4:

Otra novedad que presenta el discurso presidencial es el uso explícito de la palabra “guerra”, que genera inmediatas asociaciones intertextuales en el imaginario chileno, en especial con “Chile está en este momento en estado de guerra interna”, según declaró Augusto Pinochet tras el golpe de 1973 y en múltiples ocasiones posteriores (Valdivia Ortiz de Zárate, 2010, p. 167).

El presidente Piñera utiliza el término “guerra” 13 veces en 10 discursos previos a las protestas sociales para referirse a la “guerra comercial” o “guerra tarifaria” entre China y Estados Unidos (hay también dos ocurrencias vinculadas a la guerra contra el cambio climático).

El discurso presidencial califica esta guerra de “absurda”; no es una guerra en la que quiera participar, sino una guerra que atañe a otros, sobre la que Piñera propone un enfoque racional y de estadista. Sin embargo, cuando el conflicto llega a tierras chilenas el 18 de octubre, estos usos desaparecen por completo. Ahora, Piñera solo apela al ítem léxico “guerra” en un discurso, el del 20 de octubre, y en dos colocaciones que construyen un nosotros (los chilenos) frente a un ellos (los delincuentes) que se enfrentan:

“Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable” y “ellos están en guerra contra todos los chilenos de buena voluntad”.

El estudio del corpus ampliado demuestra que este uso de “guerra”, al igual que el resto de las evaluaciones y metáforas del discurso de la guerra y el orden, estaba presente en el discurso previo de Piñera desde el comienzo de su mandato, configurando un verdadero discurso de gobierno:

“No solamente nuestro gobierno, [sino] nuestra sociedad está en guerra contra la delincuencia y el narcotráfico. Y todos sabemos que esta es una guerra dura y difícil porque al frente tenemos un enemigo cruel, implacable, poderoso, que no respeta a nada ni a nadie, con tal de conseguir sus perversos objetivos” (11/06/18).

De esta forma, Piñera parece querer reciclar un mismo discurso del miedo y la guerra, pero para un contexto completamente distinto. Como identifica Žižek (2009) para los discursos del presidente Bush respecto de la guerra de Irak y del colapso bursátil de 2008 en Estados Unidos, son dos versiones de un mismo discurso que evoca una amenaza al estilo de vida nacional y que requiere acciones urgentes y firmes para acabar con el peligro.

Es posible que el rechazo social y mediático que causó el uso de “guerra” el 20 de octubre durante el Estado de Emergencia y aplicado al caos social imperante, incluidos los trending topic en Twitter #PiñeraDictador y #NoEstamosEnGuerra, haya forzado que su uso se suspendiera desde entonces en los discursos presidenciales: su presencia es nula en los discursos posteriores al 20 de octubre.

En suma, el discurso no es nuevo, sino que lo que cambia es el referente al que se lo imprime. Se trata de una ideología punitiva y atemorizante (Wodak, 2015), aplicada hasta entonces a la delincuencia, el narcotráfico y el terrorismo, pero que se dirige ahora a una situación de caos social que incluye tanto saqueos y barricadas, como marchas, protestas y caceroleos, en el espacio público común.

El discurso de guerra legitima la declaración de Estado de Emergencia y el uso del monopolio estatal legítimo de la violencia, incluidas las fuerzas armadas, para reprimir la protesta social. Como plantea Malešević (2010), la guerra no es una aberración o una excepción, sino una constante en la historia de las sociedades humanas, en particular como violencia organizada y burocratizada que busca disciplinar organizaciones sociales complejas, jerárquicas y de gran escala.

Al profundizar en el análisis de los cambios discursivos durante las revueltas, una de las diferencias más evidentes consiste en la relación entre el gobierno y las fuerzas armadas y de seguridad: tres semanas después de iniciadas las protestas sociales, el discurso presidencial continúa expresando de forma explícita el apoyo al brazo armado del Estado (“Carabineros de Chile y la Policía de Investigaciones cuentan con el total apoyo y respaldo de nuestro gobierno”, n=2), así como cita la Constitución en tanto aval legal de su rol represivo.

Pero este apoyo explícito se desvanece en el último discurso presidencial, a un mes de iniciado el conflicto, cuando, aún sin mencionar responsables institucionales mediante un uso excesivo de la voz pasiva (“no se respetaron”, “hubo”, “se cometieron”), Piñera se refiere por primera vez a la posible persecución legal de casos de violaciones a los derechos humanos, entendidos como “excesos”: “en algunos casos no se respetaron los protocolos, hubo uso excesivo de la fuerza, se cometieron abusos o delitos y no se respetaron los derechos de todos. Quiero expresar mi solidaridad y condolencias con las personas que fueron víctimas de esa violencia”. Además, pide “condenar en forma categórica y sin ninguna ambigüedad la violencia, la violencia venga de
donde venga”.

De esta forma, la separación entre guerra (violencia legítima del Estado) y violencia (delincuencia de los “violentistas”) se rompe en un giro infrecuente en el discurso político (Lukin, 2018), quizás debido a que siempre se trató de un uso metafórico de la guerra, a la intertextualidad del término, cara a la memoria histórica chilena, con la dictadura militar, o a la dificultad de distinguir un otro claro al que oponer al “nosotros” nacional.

Estas transiciones entre dos discursos presidenciales, antes y después del 12 de noviembre y su “Acuerdo por la Paz”, revelan una construcción discursiva general completamente distinta.

En la Tabla siguiente, se muestra el contraste de palabras más frecuentes y clave (hasta seis ocurrencias) entre los discursos del 18 y 20 de octubre (n = 2403 palabras) y del 12 y 17 de noviembre (n = 2699 palabras)

Conclusiones

Antes del 18 de octubre, Sebastián Piñera reflejaba en sus discursos como presidente de Chile una sensación de autosatisfacción y competencia ante los desafíos. Combinaba el control de la agenda y desplegaba con comodidad una visión de mundo centrada en la eficiencia y la solución de problemas complejos y de largo alcance (cambio climático, terrorismo, situación de Venezuela).

Más aún, ofrecía estos discursos ante públicos dóciles o afines en el ámbito internacional, o ante públicos domésticos frente a quienes se presentaba con soluciones concretas y tono de autoridad. De modo general, los 30 discursos de este período están orientados no solo a la audiencia del presente y al ámbito local, sino a públicos del futuro de alcance más allá de las fronteras: el presidente Piñera estaba diseñando su lugar en la historia como un estadista de nivel mundial.

Sin embargo, después del estallido social, cuando la representación de Chile como “un oasis” regional de crecimiento económico y eficiencia dejó de ser sostenible, el discurso de estadista debió ser abandonado del todo.

Desapareció el tono tecnocrático, multilateral, liberal y antichavista, centrado en el aprovechamiento de las oportunidades de la revolución tecnológica, el emprendedorismo y la lucha contra el cambio climático.

Los 16 discursos posteriores a la revuelta no solo se hicieron más sucintos y espaciados en el tiempo, sino que tuvieron que realizarse a través de cadenas nacionales en las que su auditorio incluía no solo a sus partidarios, sino a públicos escépticos e incluso hostiles.

Los recursos retóricos del presidente comenzaron a operar en un contexto de incertidumbre, riesgo y desacuerdo (Fairclough & Fairclough, 2012).

Su primera elección fue dar centralidad al discurso previo de la guerra y el miedo, identificando al “enemigo poderoso e implacable”, pero ahora para respaldar la acción represiva de las fuerzas armadas y policiales en el espacio público de protestas sociales masivas.

La centralidad que cobró el discurso de la guerra ante la crisis no pudo haber tenido otro objetivo que naturalizar y justificar el uso de la fuerza en toda su dimensión práctica, instalando en el corazón de su discurso una contradicción entre los valores humanistas de su origen socialcristiano y los métodos militaristas heredados de la dictadura militar.

Con el paso de los días y el recrudecimiento de la crisis, Sebastián Piñera y su equipo reconocieron que muchos de sus recursos retóricos se agotaban o no surtían efecto, y se vieron obligados a reemplazarlos por otros.

El discurso de la guerra, no como aspiración de consenso (“contra la pobreza” o “contra el cambio climático”), sino como descripción de una nación en crisis, y pronunciado en una puesta en escena militarizada, tuvo que ser retirado paulatinamente y reemplazado por otro centrado en la empatía y el acuerdo, que aceptaba no solo la legitimidad de las protestas, sino el agotamiento del modelo económico y de la propia Constitución que rige Chile desde los tiempos de Augusto Pinochet.

Del apoyo irrestricto a la labor de la policía y las fuerzas armadas, el mandatario pasó a un reconocimiento de su labor matizado por la ocurrencia de abusos y excesos cometidos contra la población civil.

En ese momento Piñera cruzó una frontera poco traspasada en los discursos de guerra de otros gobiernos: asoció “guerra” (estatal) con “violencia” (criminal) y reconoció el estatus de sus víctimas (“quiero expresarles mi solidaridad”).

A diferencia de lo que sostienen muchos de sus detractores, Piñera no tiene un discurso plano: su consistencia y continuidad discursiva, junto con los cambios estratégicos y adaptaciones según la coyuntura, revelan que es consciente de su propia discursividad como creadora de realidad y articuladora de lo político.

Supera los alcances del presente trabajo establecer si estas elecciones discursivas constituyen evidencias de responsabilidades ante los delitos cometidos en la represión de las protestas sociales y reconocidos por el propio discurso presidencial.

Los discursos operan en contextos complejos, dinámicos y multicausales, sus efectos no son mecánicos ni medibles, y el análisis discursivo es, en última instancia, siempre parcial, contingente, subjetivo y discutible.

Sin embargo, si, como plantea Fairclough (2003), los discursos tienen consecuencias y efectos sociales, cognitivos, morales y materiales; si el discurso político tiene un rol especialmente clave en situaciones de crisis e inestabilidad; si el discurso presidencial en cadena nacional y multiplicación mediática muestra alcances amplios y profundos desde una posición de asimetría de poder; y si los datos textuales constituyen evidencias empíricas diversas, complementarias y fundamentadas de amplia representatividad; entonces es válido estimar que los discursos
analizados en este trabajo cargan con un grado de agencia en los cambios que se han producido en las creencias, identidades, prácticas, cuerpos y bienes de la sociedad chilena desde el 18 de octubre de 2019.

Al mismo tiempo, esta responsabilidad interpela el rol que tendrá el presidencialismo reforzado de Chile en las discusiones de expertos en derecho constitucional y representantes ciudadanos en la futura convención constituyente que elaborará una nueva Constitución para el país.

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(*) Doctor en Lingüística de la Universidad de Valladolid. Académico de la Universidad de O’Higgins, Región de O’Higgins, Chile.

(**) Licenciado en Economía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Profesor de la
Universidad Alberto Hurtado, Región Metropolitana, Chile.

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