Historias de Insurrección (I): El Rayo Verde contra la Yuta

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por Francisco Herreros.

Aparte de su masividad, coraje y decisión, la insurrección chilena ha asombrado al mundo por su creatividad.

La evasión del ferrocarril subterráneo de los estudiantes chilenos, ya ha sido replicada en Londres y Nueva York.

La variedad, ingenio, empatía y síntesis de las pancartas, hacen palidecer el mayo del 68, en París.

Si bien el uso de punteros láser como arma de combate contra policías antimotines tuvo su origen en Hong Kong, es indiscutible que en Chile se generalizó, lo cual capturó la atención de la prensa mundial y generó millones de posteos en redes sociales.

En eso, Carabineros de Chile tuvo una no tan modesta contribución.

En efecto, el 9 de noviembre publicó en su cuenta de twitter que los pilotos del helicóptero institucional son afectados por emisiones láser:

Es evidente que el funcionario que redactó el mensaje, lo hizo desde la lógica de las relaciones públicas.

Pero olvidó una de las reglas básicas de la guerra: nunca dar a conocer debilidades propias al adversario.

Sucedió lo que tenía que pasar.

A partir de ese momento, el uso de punteros láser, en el arsenal de la primera línea, se difundió de manera exponencial.

Dos días más tarde, el láser tuvo protagonismo importante en el asedio a la subcomisaría de Lo Hermida, en Peñalolén.

Un momento estelar, desde el punto de vista de la cobertura de la prensa internacional, fue el derribo de un dron, en la Plaza de la Dignidad (Baquedano-Italia), el 12 de noviembre, mediante la concentración focal de cientos de punteros láser, entre el general alborozo de la multitud que aguantaba, allí, esa tarde-noche.

Fue objeto de publicación de medios de primer nivel, tales como El País, El Universal, The Guardian, Clarín, Página 12, La Vanguardia, El Comercio, La Jornada, Público y El Espectador, entre muchos otros.

No podía faltar la polémica sobre la tenue e irreductible factibilidad.

Y como en toda polémica, no podía faltar el filisteísmo académico.

Es el caso de Ricardo Finger, investigador del Departamento de Astronomía de la Universidad de Chile e ingeniero del Laboratorio de Ondas Milimétricas, quién despachó la siguiente hipotesis:

«Lo que uno sí puede hacer es, con cálculos de física básica, decir lo que no ocurrió. Por comparación, la cantidad de energía que emiten los punteros láser por unidad de tiempo, lo que se llama la potencia de un puntero, está en el orden de los miliwatts y los más potentes -fuera de los utilizados en laboratorios- están en el orden de los 5 miliwatts o 10 miliwatts. La energía que el Sol emite frente a un objeto de este tamaño, al mediodía, es cercana a los 10 watts, por lo que para igualar esta potencia se requeriría que mil láseres apuntaran al dron simultáneamente».

En rigor, y dadas las proporciones de la revolución criolla, no es descartable.

Pero desde que hablar es gratis, opiniones hay para el mundo.

Otro «experto» consultado por los periodistas, el gerente general de Drones de Carreras Chile, Ivo Zuffi, considera que los sensores del dron pudieron ser afectados por la concentración de punteros láser:

“Hay que entender que algunos sensores de esos drones son una especie de cámara de video donde hasta el sol puede afectarles, de hecho no recomiendan volar sobre patrones repetidos, porque el dron se pierde. La verdad con la cantidad de láser que estaban apuntando ese dron, existe una posibilidad de que la causa de la caída se pueda dar en una situación como ésta, más allá de que no existe certeza de lo que pasó acá realmente”.

Hay miradas más etéreas.

La escena fue celebrada en el mundo como una hazaña de comportamiento o estética cyberpunk, una especie de triunfo de la organización civil, en un escenario donde se confrontan la tecnología artesanal e improvisada de los insurrectos y el arsenal tecnológico de la represión policial.

El siguiente episodio de la batalla entre punteros láser y porras policiales, mejor no hubiera ocurrido.

Se trata de la trágica muerte de Abel Acuña, en la masiva protesta del 17 de noviembre, en la plaza de la dignidad, horas después de conocido el infamante acuerdo por la paz y nueva constitución.

Sufrió un ataque cardio-respiratorio que lo derribó de inmediato, ante la alarma de los presentes.

La agresión de Carabineros, con bombas lacrimógenas y chorros de agua del guanaco, dificultó la tarea del personal médico de emergencia.

Lo cierto, e inevitable, es que Abel murió.

¿Se habría salvado sin la intervención policial?

Solo lo sabe Dios, en caso de existir.

¿El respeto a los protocolos?

Muy bien, gracias.

En cada caso se han instruido los sumarios administrativos correspondientes; sin perjuicio de que el voluble y nervioso general director, Mario Rozas, los absolvió a todos, de modo anticipado.

Y en este punto reaparecen los temibles punteros láser.

Hierático, Rozas los incluyó en la suma de razones por las que agredieron al equipo médico:

«El área de operaciones fue muy compleja, ya que se registraban graves alteraciones de orden público. Había más de 1000 personas, lanzamiento de artefactos incendiarios al personal que estaba en el lugar, además de la oscuridad producto de los destrozos de las luminarias y el uso de punteros láser color verde, impidieron el normal funcionamiento de los carros lanza aguas…poca visibilidad, condiciones adversas”.

Naturalmente, comprobado el éxito no letal de la tecnología, en Plaza Dignidad, centenares de rayos verdes abruman, aturden y desconciertan a la primera línea policial.

A título de bonus-track, el siguiente trabajo in situ, del canal argentino de Telenoticias, el 13 de noviembre, registra el valeroso comportamiento de la primera línea, que los turulatos y reiterativos reporteros de la televisión chilena no pueden mostrar, protegidos como están, en departamentos de altura.

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