Once Tesis sobre la Crisis de Concentración de la Sociedad Chilena

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por Rafael Alvear Moreno (*).

La algidez de los acontecimientos transforma en superfluo cualquier intento de resumen.

Por ello, parto directamente con la pregunta que nos convoca: ¿cómo explicar esta suerte de estallido social que estamos presenciando en Chile? ¿Cómo ofrecer interpretaciones plausibles para el surgimiento de algo que ha sido tan anunciado al interior de las ciencias sociales y que, una vez emergido, genera en todo caso tanto asombro?

La máxima sociológica de que la sociedad corre siempre a mayor velocidad que los desarrollos intelectuales o teóricos que procuran aprehenderla no necesita de mayor argumentación.

La sociedad siempre se le escapa a quien intenta atraparla –como líquido en las manos. Sin embargo, arriesgando con chocar una vez más contra esta archi-demostrada premisa que indica la necesidad de esperar a que las circunstancias decanten para dejar reposar la reflexión y superar la ansiedad del comprender, quiero aventurarme a desplegar algunas tesis sobre la materia.

Éstas, por cierto, si bien se enmarcan en el trabajo que he comenzado a desarrollar a inicios de año –tomando prestado algunos avances de la sociología al respecto–, aún no pueden ser comprendidas como producto resultante de la investigación, sino que como intuiciones aún por contrastar en lo venidero[1]:

(1) La sociedad chilena se inserta en una región específica de la sociedad moderna (Latinoamérica), la que surge grosso modo a partir de un proceso de diferenciación de esferas[2]. Este proceso de diferenciación, que la sociología ha intentado describir desde sus inicios, ha supuesto la emergencia gradual de sistemas específicos como la economía, la política, la salud, la ciencia, la educación, el derecho, etc. que hoy se observan por doquier en el país.

La sociedad moderna aparece así como un cúmulo de esferas o sistemas diferenciados por funciones específicas. En el marco de tal esquema, cada uno de estos sistemas ha recorrido un camino propio de desarrollo o crecimiento. A diferencia de lo que usualmente afirman los economistas, no sólo la economía crece, sino también la política (con sus burocracias y tareas organizativas), la ciencia (con sus desarrollos tecnológicos), el derecho (con sus leyes), la salud (con sus posibilidades terapéuticas), etc.

Esta circunstancia de desarrollo societal cuasi-evolutivo no flota meramente en lo teórico, sino que se muestra incluso tangible: así como el crecimiento del sistema económico puede observarse cristalizado en instituciones bancarias o empresas, el crecimiento del sistema político lo hace en el Estado, el crecimiento científico y educacional en las universidades, el crecimiento del sistema de salud en las clínicas y hospitales, y el crecimiento jurídico en la autoridad judicial, entre muchos otros casos.

(2) El crecimiento general de la sociedad moderna no queda exento, en todo caso, de dinámicas internas abiertamente paradójicas –lógicas dialécticas que, como veremos, pueden corroborarse para el caso chileno. Al respecto, fundado en sus estudios económico-empíricos, Marx sostiene que el proceso de crecimiento del sistema económico iría acompañado por una tendencia a una “concentración” de los medios y resultados de la producción, que correría en paralelo a la conocida acumulación de capital como “premisa de la forma específica de producción capitalista”[3].

Si bien Marx asume hacia el final del primer tomo de El Capital la imposibilidad de mostrar allí en profundidad la dinámica que explica esta concentración, dicha tendencia sería resultado del desarrollo progresivo de las famosas fuerzas productivas que impulsan a una asimétrica división entre los “señores del capital” –subdivididos en grandes y pequeños– y la masa de “trabajadores”, fraccionando con ello los resultados o prestaciones de la creciente producción.

“En una sociedad cuya prosperidad crece”, dice Marx, “los capitalistas grandes” se impondrían tanto a los “pequeños” como a los obreros, generando así concentración[4]. Sin embargo, a pesar de su meticulosa observación, Marx parece quedarse corto en el análisis, en tanto circunscribe las consecuencias del funcionamiento concentrador de la modernidad a la mera dimensión económico-materialista de la sociedad.

(3) Buscando transportar la relevancia del núcleo de esta lógica para la totalidad de la sociedad, quiero sostener que sería posible abstraer la idea de concentración vislumbrada por Marx para las innumerables esferas o sistemas sociales –sistemas que, como se ha señalado, también han de observarse en Chile. Cimentado en lógicas de diferenciación secundadas por dinámicas de crecimiento, la sociedad moderna –tanto en Europa como Latinoamérica– tendería a reproducir en cada una de sus esferas parciales dinámicas de concentración (ya sea económica, política, científica, educacional, jurídica, de salud, etc.). A diferencia del diagnóstico de Marx, y a pesar de la relevancia que tiene el dinero para entablar y/o subsanar diferentes lógicas de concentración, quiero plantear que todos los sistemas abrigarían una tendencia particular a concentrar los rendimientos o prestaciones generados por los mismos en su desarrollo o crecimiento interno.

Con esto me refiero: al dinero o propiedad (economía), a la formación de burocracias y tareas de organización (política), a los desarrollos tecnológicos (ciencia), al acceso a medicamentos y terapias (salud), a la obtención de competencias y certificados (educación), a la regulación de conflictos (derecho), etc., por sólo mencionar algunos ejemplos cotidianos[5]. La tesis de la concentración ha de diluir entonces el cariz meramente económico para adoptar así una diversidad de caras.

(4) La tendencia a la concentración de rendimientos o prestaciones de las distintas esferas sociales supone a su vez la generación de esquemas modernos de estratificación, los que se manifiestan concretamente mediante diferentes grados de inclusión/exclusión en los diversos sistemas.

Al respecto, quiero plantear preliminarmente 4 niveles de inclusión/exclusión que atraviesan a la sociedad, a saber: inclusión plena, regular, precaria y abierta exclusión. Estos niveles darían cuenta de un proceso de concentración de rendimientos o prestaciones que terminaría redundando en una gradación cualitativa de los mismos.

Mientras los plenamente incluidos concentran el uso boyante de los rendimientos o prestaciones de cada sistema social, los regularmente incluidos y los precariamente incluidos deambularían contingentemente entre la concentración de prestaciones medias y la mera concentración de desventajas –aspirando así con algo de suerte a obtener rendimientos ciertamente insuficientes.

La diversidad de intensidades de inclusión entre quienes pueden acceder a clínicas privadas de excepción y quienes deambulan entre la asistencia a clínicas privadas de rango medio u hospitales públicos, puede servir como ejemplo ilustrativo en el caso del sistema de salud. Por otro lado, quienes se encuentran en circunstancias de marginalidad plena permanecen en una situación de exclusión aún más difícil de graficar.

(5) Cuando la estratificación que aparece con aquellos procesos de concentración se sostiene en el tiempo, como puede intuirse en el caso chileno, podría tener lugar simultáneamente una suerte de homogenización de las posiciones y dinámicas sistémicas –la movilidad social se vuelve entonces escasa[6].

En la medida en que, por ejemplo, son siempre los mismos, quienes disfrutan de la concentración, accediendo así de manera plena (prácticamente sin restricciones) a los rendimientos de los sistemas (esto es, al dinero o propiedad en la economía, a cargos de toma de decisiones en la política, a clínicas privilegiadas en la salud, a colegios de calidad en la educación, etc.), se pierde la diversidad de opciones alcanzada en el crecimiento interno y, con ello además, la capacidad de adaptación a los cambios o necesidades del entorno.

De tal modo, queda abierta la contracara crítica del problema: la concentración reiterativa de rendimientos podría detonar una situación que Aldo Mascareño ha recepcionado sociológicamente como lock in (cierre)[7], entendido este último como una dinámica interna a los sistemas que emerge cuando se produce “una repetición irreflexiva”, que genera inercia y limita “la relación” del sistema (económico, político, de salud, educacional, jurídico, religioso, etc.) con respecto al entorno (pensemos sobre todo en quienes necesitan de prestaciones específicas de las esferas señaladas).

(6) La emergencia de la mencionada espiral propia del lock-in –promovida por la estratificación resultante de los procesos de concentración– fomentaría una pérdida de sensibilidad frente al entorno, erigiéndose como una especie de trampa sostenida en el “patrón conductual” concentrador de los sistemas. Esta trampa inercial en la que se encierra el sistema mismo tendría la particularidad de terminar por contribuir a inmunizar, reproducir e incrementar incluso la concentración ya existente.

Así se observa dicha dinámica, cuando a la concentración económica del dinero por parte de un grupo específico de privilegiados, por mencionar un ejemplo, el sistema responde con una rebaja de impuestos a quienes tienen más. Respecto de la concentración del poder de toma de decisiones por parte de un grupo de personeros políticos, esto mismo se observa cuando el sistema permite la reproducción perpetua de quienes han accedido a cargos de elección pública.

Frente a la concentración del sistema de pensiones –como se vió hace poco–, el sistema responde asimismo con los mencionados procesos de inmunización, reproducción e incremento de la concentración, cuando propone hacer un aumento de 20 mil pesos para las pensiones solidarias. En todos estos casos, en vez de atacar la lógica de la concentración, el sistema responde irreflexivamente con su patrón de conducta, solidificando aquella espiral.

(7) Pues bien, tan pronto como se arriba a dicha dinámica inercial de concentración, el esquema de estratificación generado por la misma (la diferencia entre inclusiones plenas, regulares, precarias e inexistentes) comenzaría a prevalecer por sobre la función original de la esfera social respectiva, poniéndola incluso en entredicho. Si el ejercicio de la función de un sistema se mide, entre otras formas, por sus rendimientos o prestaciones, una concentración irreflexiva y estratificante de los mismos afectaría directamente su ejercicio.

En tales casos, no sería la función original del sistema la que prevalecería (piénsese por ejemplo en la función de tratar o prevenir enfermedades para el sistema de salud), sino que la mera diferencia de concentración de rendimientospara su ejercicio (qué tipo de plan de salud se tiene).

Así, la diversidad de esferas sociales quedaría de facto cuasi-paralizada para una masa amplia de la población, volviéndose entonces absolutamente disfuncional para éstos[8]. De tal modo, esta suerte de imposición del primado de los esquemas de estratificación amenazaría al sistema respectivo, pudiendo abrir un momento regresivo de crisis –afectando con ello a éste y a los sujetos allí implicados. Una cesura asoma entonces en el horizonte.

(8) Una vez que se detona la crisis, aparece un momento de explosión de contingencia. Al respecto, las teorías de la evolución de la sociedad nos han enseñado acerca de tres mecanismos primordiales: variación, selección y reestabilización[9]. Mientras, en el marco de la crisis nacional, la variación remite a la novedad emergente emanada de la ciudadanía, la selección se refiere a la determinación de alguna de las ofertas que aparecen con aquella variación o de un relativo retorno al estado anterior.

De esta forma, luego de que la variación fundamental ha ocurrido (a partir de la primera ola de protestas con la que se encumbran las demandas sociales), quiero sostener que es en aquella selección donde se juega el momento clave del “partido-crítico”. Aquí tiene lugar, como se desprende de lo anterior, una tensión de alto calibre entre las pulsiones transformadoras, que procuran cambiar el status quo, y las continuistas, que apuntan a cuidar el orden predeterminado.

Las primeras pueden ser observadas, con distanciada cercanía al concepto de lucha de clases de Marx, a partir de las protestas que se han visto en las últimas semanas, presionando a la institucionalidad a procesar sus demandas. Las segundas pueden ser entendidas, en conexión con las perspectivas más conservadoras respecto de lo establecido, con base en los incesantes intentos del gobierno por estirar el conflicto (ganar tiempo) y abstenerse de canalizar el fondo del descontento esgrimido.

Es en esta disputa donde probablemente nos encontramos todavía.

(9) A partir de aquel período de convulsión social, la sociedad institucional ha de procesar luego una forma particular de reestabilización, la que apunta a: estabilizar un orden nuevo (más cercano, aunque nunca idéntico, a las demandas de la población) o bien estabilizar una suerte de retrotraimiento parcial del orden previo a la crisis (con parches destinados a amortiguar el desajuste sensorial-colectivo proveniente de la crisis). De ahí que la disputa entre las luchas sociales y las decisiones gubernamentales por hacerse del momento cúlmine de la crisis resulte central.

En la práctica, esto significa lograr un giro de timón (por ejemplo hacia un orden sociopolítico de nuevo cuño –llámese: nueva Constitución vía Asamblea Constituyente, término del sistema de AFP, cambio estructural del sistema de salud, etc.–) o hacer triunfar la tesis de la vuelta a la normalidad (a partir de un cierto retorno a los esquemas de dirección y ordenamiento social previos). Por ello no debe sorprender tanto la magnitud de la organización social (con la aparición descolgada de flagrantes expresiones delictivas e incendiarias), ni tampoco la sistemática represión en la que ha incurrido el Estado con sus policías y el llamado de militares a la calle (incluidas las violaciones de derechos humanos). Lo que está en juego parece tener mucho valor para los actores involucrados; aunque ambos caminos supongan desafíos y problemas ciertamente difíciles.

(10) El desafío de quienes han salido a la calle para reclamar por demandas históricas reside en impulsar una transformación que le ponga freno efectivo a las lógicas de concentración antes descritas. En este sentido, si bien la tendencia a la concentración parece ser una dinámica consustancial a la sociedad moderna, el mismo Marx entendía que una tendencia inherente no puede ser equiparada sin más a la idea de una realización inherente.

Así como Marx apuntaba a una socialización de los rendimientos de la producción económica, el cariz sociopolítico detrás de las movilizaciones actuales se entabla hacia una suerte de socialización de los rendimientos o prestaciones en la diversidad de esferas sociales. Por cierto que el horizonte de aquello que Marx comprendía tan mecánicamente por comunismo ha desaparecido. La sociedad actual ya no cree ni en fantasmas ni en ángeles mesiánicos.

Sin embargo, el enfoque de igualitarismo basal que se desprende de este proyecto es tomado como insumo para una horizontalización no sólo anclada normativamente, sino que, como se ha mostrado aquí, sistémicamente funcional. ¿Cómo generar aquel cambio sin insertar un nuevo trauma para el devenir de la sociedad?, ¿Cómo transformar la legitimidad del movimiento en legalidad institucional?, esas parecen ser algunas de las preguntas a debatir. De ahí que pensar en gradualidades y/o priorizaciones resulte recomendable, si no se quiere naufragar en la ansiedad del cambio y el ahorro reflexivo de los slogans.

(11) El desafío de tendencia oficialista de propugnar la vuelta a una suerte de normalidad perdida descansa, por su parte, en promover un relativo retorno al ordenamiento social previo a la crisis (retirando el estado de excepción y los militares de las calles). Para ello, las reformas y cambios estarían, como se ha dicho, enfocadas meramente en anestesiar el descontento. La oferta no deja en todo caso de ser seductora para una parte de la población: vuelta a una cierta cotidianeidad anterior a las protestas junto con la bonificación en cuestiones específicas (pensiones, pasajes de metro, cuentas de luz, medicamentos, etc.).

La reciente apertura a debatir el tema constitucional es incluso síntoma de lo anterior en tanto se ofrece al Congreso como el “Constituyente”, suponiendo así una inmunización, reproducción y profundización de la concentración política antes referida. La pregunta que se levanta es por tanto evidente: ¿cómo asegurarse de que lo ocurrido quede bajo piso y no vuelva a aparecer? El problema de la tesis de la normalidad es que intenta normalizar una cuestión difícilmente normalizable, a saber: los fundamentos sociales (concentradores) de la crisis. Al carecer de solución para los problemas estructurales de concentración, la perspectiva conservadora sólo se ofrece como una suerte de Verschiebung (prórroga) de la crisis. Como la verticalización resultaría meramente maquillada, los factores sistémico-objetivos persistirían de fondo, con lo cual la crisis permanece latente y posible de resurgir en cualquier momento.

La sociedad chilena se bate así en una disyuntiva que, a pesar de los contrapesos y las dificultades, es sano que experimente. Cuando se habla tan frecuentemente de la falta de control respecto del futuro, la discusión acerca de los procesos de concentración y los polos de tensión que han emergido con la crisis, ofrece perspectivas para intentar tomar las riendas de lo que al menos puede dominarse: la voluntad de lo que se pretende hacer.

Que el resultado que aparezca luego resulta en gran medida incontrolable es una evidencia que hay en todo caso que considerar. Sin embargo, como se suele afirmar en la cotidianeidad, las crisis no sólo suponen conflictos, sino también oportunidades –abriendo contingencias previamente amarradas. Si esto es así, y las crisis hacen posible cosas que antes no lo eran, parece indicado aprovechar el momento para reflexionar al menos sobre la sociedad que tenemos y/o queremos construir.

Es pues en estos momentos de crisis donde la recurrente impotencia agencial de los sujetos puede ser canalizada de forma creativa.

¿Qué hacer al respecto?

Esta es una pregunta que vale la pena tematizar colectivamente. Contra el reclamo de Marx en su tesis 11 sobre Feuerbach [10], parece indicado seguir emprendiendo el vuelo interpretativo en la búsqueda por poner a disposición nuevas aristas para el debate. Y es que solo un conocimiento profundo de lo que ocurre en la sociedad puede ofrecer pilares sólidos para el quehacer práctico y así aventurarse a resolver de mejor forma las demandas que la misma sociedad exige [11].

(*) Doctor en Sociología por la Universidad de Flensburg.

Fuente: Red Seca

Notas:

[1] Aquí me refiero a mi proyecto Fondecyt de Postdoctorado (N° 3190389), titulado “La sociedad moderna a la luz de sus crisis. La concentración como contracara crítica a la diferenciación funcional”.

[2] Para advertir las particularidades de la sociedad latinoamericana en referencia a la sociedad mundial, véase, por ejemplo, Mascareño, Aldo (2010). “Diferenciación y contingencia en América Latina”. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Alberto Hurtado.

[3] Marx, Karl (1971a). “Das Kapital”, en: Karl Marx/Friedrich Engels, MEW, Bd. 23, Berlin: Dietz, 652.

[4] Marx, Karl (2001). “Manuscritos económicos y filosóficos de 1844”. Link Internet (15.10.2018): https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man1.htm

[5] Véase Luhmann, Niklas (2017). “Systemtheorie der Gesellschaft“. Frankfurt am Main: Suhrkamp, 802ss.

[6] Véase, por ejemplo, el informe de la OECD del año 2018: “A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility”. OECD Publishing, Paris. Aquí se indica, entre otras cosas, que en Chile los niños de familias de bajos recursos demoran en promedio seis generaciones –aproximadamente 150 años– para lograr alcanzar ingresos medios.

[7] Mascareño, Aldo (2018). “De la crisis a las transiciones críticas en sistemas complejos: Hacia una actualización de la teoría de sistemas sociales”. En Theorein 3, pp. 109-143.

[8] Como muestra: en el primer semestre del 2018 fallecieron, según el Ministerio de Salud, 9.724 personas mientras esperaban por un especialista.

[9] Véase Luhmann, Niklas (1997). “Die Gesellschaft der Gesellschaft“. Frankfurt am Main: Suhrkamp, 413ss; también para contrastar: Brunkhorst, Hauke (2014). “Critical Theory of Legal Revolutions. Evolutionary Perspectives”. London: Bloomsbury.

[10] Aquí sostiene: “Los filósofos solo han interpretado el mundo de diversas formas, pero de lo que se trata es de transformarlo” Link de Internet (Octubre de 2019): http://www.mlwerke.de/me/me03/me03_005.htm.

[11] Sobre la dialéctica entre comprensión e intervención, véase Alvear, Rafael y Christoph Haker (En prensa). “Kritische Systemtheorie und Kritische Theorie sozialer Systeme. Plädoyer für eine fruchtbare Unterscheidung“. En Revista Leviathan.

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