Muchos Discursos se Entrecruzan en Chile

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por Juan Chaneton (*).

Es Chile un país tan largo… mil cosas pueden pasar… Lo decían los Quilapayún hace medio siglo y la realidad ha ido más allá, pues donde están ocurriendo esas mil cosas es en el vasto, largo y ancho continente sudamericano.

También en la América Central, por cierto, donde, a estas horas, toca a rebato la hartura de unos pueblos que tanto en Costa Rica como en Haití están avisando precisamente eso, que están hartos.

Como decía Hayek, si la democracia no sirve para aplicar el modelo de mercado libre y un sistema de precios acorde a él, pues entonces hay que derogar la democracia.

Es una manera de decir una verdad sin tener la intención de decirla: el fundamentalismo de mercado tiene sus límites políticos y, llevado al extremo que prescribe la teoría, no cierra sin muertos.

Hayek no lo decía porque la palabra prohibida es uno de los sistemas de exclusión que afectan al discurso: nadie puede decir cualquier cosa, en cualquier lado y sin tener en cuenta rituales y circunstancias… y hasta el buen gusto.

Agotado el matrimonio entre socialdemocracia y mercado que brotó por todos lados luego de la segunda guerra, el relevo fue, por fin, la propuesta de Hayek, que la venía anunciando sin que nadie le llevara mucho el apunte hasta que, por fin, su profecía de colapso se cumplió sola y por el mero transcurso del tiempo.

Fue, así, Chile el lugar donde anidó el huevo neoliberal a ultranza. Fue el Chile de Pinochet a partir de 1973.

Con la política dando cobertura al modelo excluidor y concentrador, se sucedieron en el país trasandino gobiernos de amplia coalición cristiano-socialdemócrata o de talante abiertamente conservador. Hasta el día de hoy, ninguno puede decir que no tiene responsabilidad en las espantosas condiciones de vida del pueblo chileno.

Todos aplicaron el mismo libreto hayekiano, en mayor o menor medida, y en el marco de una constitución diseñada por… Pinochet. Es la Constitución con la que gobernó Bachelet y la misma con que lo hace Piñera hoy.

El Chile de la administración Piñera mostraba, hasta hoy, unos datos de la «macro» que hacían decir al periodismo que milita en el neoliberalismo que la «Suiza latinoamericana» (que había dejado de ser el Uruguay, sobre todo desde que empezó a ganar el Frente Amplio) exhibía una estabilidad envidiable, unas cuentas saneadas, un país en orden y en marcha sostenida hacia la modernidad.

Pero por debajo latía la miseria, la desigualdad, la carencia absoluta de obra social para el trabajador y el desempleado. Se batía, hasta hoy, el parche de la pobreza en niveles casi mínimos, pero se computaba como trabajo estable el que era precario y temporal y como desocupado reciente (y que por ende, podía volver pronto al mercado laboral) al que no trabajaba desde hacía una década.

La pobreza en Chile, hoy, asciende a casi el 30 %, midiendo como ocupados sólo a los que realmente lo están, esto es, los trabajadores en blanco; e incluyendo también a los que están incorporados al sistema de pensiones.

El bluff del éxito chileno en la economía pasaba también por alto el hecho de que su actividad productiva está obsoleta en cuanto a incorporación de nuevas tecnologías. Esto hace que la productividad, en Chile, sea la más baja de Latinoamérica y que, por ello, las empresas paguen salarios también muy bajos.

Así las cosas, los analistas de la derecha, azorados, se preguntan por qué los países que «hicieron bien las cosas» está tan mal ahora. La respuesta, claro, es que no hicieron bien las cosas, salvo para una minoría. Teléfono para Espert aquí, que ayer no más, en el debate, puso a Chile entre los ejemplos a imitar.

Se trata de una crisis económica que ha derivado rápido hacia una crisis política del sistema de partidos y, por ende, a una crisis de autoridad del propio presidente que, a estas horas, luce como un hombre que ha perdido el control y debería renunciar.

Son los militares, una vez más en Chile, los que -como también ocurre en Ecuador- lo sostienen.

Y el diseño de un modelo bordaberrizado («presidente» civil y poder real de los militares) es una de las opciones, aunque no necesariamente la más sensata.

Lo cierto es que ya hay nostálgicos de Pinochet que están proponiendo, otra vez, la mano dura.

Algo de lo que, de fondo, está ocurriendo es que el neoliberalismo, atrapado in fraganti en su mentira fundante, se ve obligado (en Chile, en Ecuador, en Argentina) a apelar, de apuro, a una agenda no neoliberal, es decir, a medidas de intervencionismo estatal en la economía.

La debilidad estructural del sistema, ahora, se manifiesta con su rostro más duro. La movilización y la lucha de calles están madurando un liderazgo. Hoy la protesta luce horizontal, caótica y espontánea.

Al parecer los de arriba ya no pueden seguir viviendo como antes y los de abajo no quieren seguir viviendo como hasta ahora.

Es lo que se infiere no sólo de la lucha de calles sino también de los fantasmas que oprimen el cerebro de algunos responsables morales del incendio: «vamos tener que disminuir nuestros privilegios», dijo la «primera dama» chilena.

Está fraguando un nuevo liderazgo y lo cierto es que, al impugnar a la derecha y al centroizquierda que ya gobernó (Bachelet, Lagos) el pueblo en la calle está tendiendo a impugnar también el organigrama institucional de la Constitución pinochetista, y tal deriva siempre exhibe, como punto de arribo, la Asamblea Constituyente.

Chile es un país concentrado tanto en la economía como en la política. Un país al que se presentaba como modelo pero que sólo era un país minero, turístico y financiarizado y con la producción oligopolizada, no podía terminar sino como lo está haciendo.

En Chile, de un modo u otro, ya nada volverá a ser lo que era.

Y Chile marca, hoy como ayer, un camino. Con Macri reelecto sólo habría destino de incendio para la Argentina. Con Alberto Fernández ese destino se evita sólo si se toman las decisiones geopolíticas y geoestratégicas que la realidad impone.

El mundo tiende a la multipolaridad y encerrarse en la tradicional y ya fracasada relación privilegiada con los EE.UU. -como quiere Pichetto- sólo conduciría, más temprano o más tarde, a la crisis de poder también aquí.

Piñera hace lo que hacen todos cuando las papas queman: llama a los que antes no llamó para que compartan las quemaduras del incendio. Pero los convocados de urgencia han dicho que no irán.

Se trata de todo un arco progresista variopinto en el que destaca el Partido Comunista, con una importante representación parlamentaria y, sobre todo, con arraigo popular, experiencia de gobierno y con no malas credenciales de moralidad en lo que hace a la corrupción.

Por su parte, el Partido Demócrata Cristiano y el Partido por la Democracia, ambos de centroizquierda, sí acudirían al diálogo, por lo menos al cierre de esta nota, aunque el último puso como condición que se debata la idea de rebajar el sueldo de los parlamentarios.

Debería tomar nota la dirigencia argentina: la clase política, en nuestro rioplatense país, se aumentó las «dietas» en un 32 %, acaba de informar Canal 26 , hoy ‎22/‎10/‎2019.

Esto recién empieza en América Latina. La restauración neoliberal está mostrando signos de agotamiento antes de tiempo. Pero las embajadas estadounidenses en la región trabajan duro y en ilegítimo concúbito con las derechas y -también, y esto no es lo menos relevante- con reputados aliados o amigos que anidan junto a nosotros en el seno de las herramientas que no está resultando fácil construir.

Ahí está la OEA llamado a reunión especial al grupo de Lima -que incluye a la «Venezuela» de Guaidó- para tratar nada menos que la «situación boliviana».

Evo Moral fue reelecto pero ya han logrado instalar la sospecha de que fue con fraude, primer paso para empezar a decir luego que en la «dictadura» de Morales hay «crisis humanitaria».

Esto recién empieza, pero parece que hubiera empezado hace mucho tiempo.

¿Que resultará de nuestro querido Chile, pueblo bravo que por la razón y la fuerza (como decía Miguel Enríquez) pugnó ayer, como pugna hoy, por ser un país verdaderamente libre?

¿Será la tumba de los libres o el asilo contra la opresión, como dice el Himno nacional del país hermano?

Y por fin, este «discurso» que dice el pueblo chileno hoy, ¿es «texto fundador» que, en tanto tal, no tiene nada detrás de sí?; ¿o es mero «comentario» de un texto ya dicho, entre 1970 y 1973, por el espíritu de ese mismo pueblo que luchaba ayer y lucha hoy?

(*) Abogado, periodista, escritor argentino. .

Fuente: Alainet

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