Actualidad de la Vía Chilena al Socialismo

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por Hernán González

En pocos días, se celebra la promulgación, hace cuarenta y nueve años, de la ley 17.450 o Nacionalización del Cobre, bajo la presidencia del doctor Salvador Allende Gossens durante el período de la Unidad Popular.

Este solo acontecimiento marca un hito en el proceso de democratización de la sociedad chilena; construcción de soberanía e independencia y de lucha contra el subdesarrollo de nuestro país.

Comparado con la chabacanería de los fraudes del milocagate y del pacogate, y la ofensa que significa que el 75% de los excedentes que produce CODELCO vayan a parar a las FFAA -o sea, a financiar estos mega latrocinios-, este acontecimiento brilla y lo seguirá haciendo como uno de los logros más importantes del pueblo, los trabajadores y de la superioridad política y moral de la izquierda.

Esa reserva moral, sin embargo, representa un frágil punto de apoyo cuando la ultraderecha, el militarismo, las bandas de narcotraficantes y el lumpen cantado por los bardos del trap y reggaetoneros de dudoso talento pero financiados y promovidos por la industria de la entretención masiva, avanzan sin contrapesos en una carrera desbocada a la barbarie.

Ser allendista; reivindicar a la Unidad Popular y la Vía Chilena al Socialismo, como la creación más original del pueblo y especialmente, su actualidad para el pensamiento y la práctica de la izquierda, es hoy por hoy lo más auténticamente revolucionario y progresista, sólo siempre y cuando lo pongamos en la perspectiva de las tareas del momento y no como pura nostalgia o ejercicio intelectual.

La Vía Chilena no fue solamente una valorización instrumental de las relaciones entre democracia y socialismo, sino -tal como sostuvieron Luis Corvalán, el propio Alllende y los demás dirigentes de la UP tanto en sus escritos como en sus actuaciones prácticas- una concepción del tránsito del capitalismo al socialismo de nuevo tipo.

Una concepción que entiende la independencia nacional, la realización plena de la democracia y del ejercicio del poder por los trabajadores en beneficio de las mayorías-en el marco de una institucionalidad democrática cada vez más profunda producto de las propias luchas populares-, como un proceso continuo de cambio revolucionario y que era el socialismo en pleno desarrollo, es decir con todas sus contradicciones, avances y retrocesos permenentes.

En los años sesenta y setenta, fue objeto de un acalorado debate entre las direcciones del PC y el PS; pero que también involucró posiciones maximalistas como las que sostenían el MIR, el MAPU y el autodenominado Polo Revolucionario -que incluía a sectores socialistas como los “elenos”-.

Este debate ponía permanentemente en tensión sus fuerzas, lamentablemente sin que entonces se comprendiera su significado y alcances, e incluso los peligros que implicaba su dispersión, pese a su riqueza teórica y fecundidad política.

La Revolución “con empanadas y vino tinto”, como la llamaba Allende, no fue la conclusión de un congreso ni de un seminario académico. Fue el resultado de la experiencia de lucha de las masas, de explotados, sometidos, discriminados, excluídos y excluídas.

Trabajadores y trabajadoras, jóvenes, campesinos, pobladores, artistas, profesionales y técnicos que, desde a lo menos la década del treinta del siglo pasado, luchaban por la democracia, la soberanía nacional, la justicia y la igualdad entendida en un sentido concreto: democracia, justicia e igualdad en la política, en el trabajo, en el barrio, en el liceo y la universidad.

Del debate de la izquierda; debate franco, muchas veces fuerte pero que apuntaba siempre a la unidad, nunca a la exclusión.

Centrado en las tareas del momento y los intereses del pueblo, no en doctrinarismos pedantes; en la resolución de problemas de dirección política en la que las masas participaban cotidiamente en asambleas de vecinos, sindicales, de campesinos, centros de estudiantes, reuniones de partidos de masas en que militaban cientos de miles.

Fuente: Blog del autor

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