Piñera, la Herencia de los Piraña y el Desplome Institucional

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por Edison Ortiz (*).

Al desplome de los institutos armados y de orden, de los dos relatos religiosos más importantes del país, de la crisis de legitimidad de nuestros principales actores públicos y que tiene como epicentro hoy al Poder Judicial y al Ministerio Público, se suma, además, el ethos empresarial predominante que se instaló allá por la década del sesenta y uno de cuyos mayores referentes hoy en día, es el presidente de la república.

Aquellos que no alcanzamos a participar de la vieja república, la que se extinguió con todas su virtudes y defectos el 11 de septiembre de 1973, que nos involucramos en política en los agitados años ochenta, y que bordeamos el medio siglo de vida, seguramente asistimos a la crisis más profunda de nuestra institucionalidad de la que tengamos memoria.

Al desplome de los institutos armados y de orden, de los dos relatos religiosos más importantes del país, de la crisis de legitimidad de nuestros principales actores públicos y que tiene como epicentro hoy al Poder Judicial y al Ministerio Público, se suma, además, el ethos empresarial predominante que se instaló allá por la década del sesenta y uno de cuyos mayores referentes hoy en día, es el presidente de la república.

Del grupo Piraña al presidente Piñera

Se ha hecho costumbre –y nosotros también nos hemos habituado a ello– que el presidente Sebastián Piñera tienda a normalizar sus ilegalismos o ilícitos, permanentemente.

Aquello que comenzó con el Banco de Talca y que culminó con sus hijos acompañándolo en la gira presidencial a China, haciéndose presentes en las principales mesas de negociación, no son sino la expresión de una larga lista de movimientos muy discutibles del actual mandatario y una de cuyas últimas aristas ha sido el rol que desempeñó José Tomas Daire en dicho periplo.

Como no recordar, por ejemplo, el caso Chispas, donde hizo uso de información privilegiada en beneficio propio; las acciones de LAN adquiridas con uso de información también privilegiada, situación que, en su oportunidad, le valió una multa de la Superintendencia de Valores y Seguros (SVS).

Como olvidar su rol en el caso Cascadas, dónde entró y salió como accionistas recaudando en esa pasada más de U$ 213 millones.

Ponce Lerou señaló, a modo de defensa en el caso que lo involucraba directamente, que “si su excelencia el Presidente de la República no hubiese participado en las Cascadas, no habría caso Cascadas”, lo que fue entendido como una provocación del cuestionado empresario.

Todos recordarán el rol de Bancard, una de sus empresas, en la compra de la pesquera peruana Exalmar mientras se desarrollaba el juicio en La Haya.

Todavía está en la retina de muchos –aunque fue un problema que afectó transversalmente a las dos principales coaliciones políticas– el financiamiento ilegal de su campaña por Penta y SQM, que significó la formalización de su ex administrador electoral, Santiago Valdés.

Aún, también está en nuestra memoria la bajada de la minera Barrancón y la aparición de Dominga, que operaría en el mismo sector de la anterior y que era de propiedad de la familia Piñera.

Uno de los últimos capítulos de está constante y recurrente manera de enfrentar los negocios –y también la vida– ha sido su papel como empresario zombie, pionero en la compra de empresas quebradas usando las pérdidas para esconder utilidades y así eludir impuestos. Bancard (hoy Odisea), por ejemplo, el family office de los Piñera Morel, cargaba con una pérdida tributaria de $44 mil millones, monto que consumió los $39 mil millones en utilidades que Inversiones Bancard generó entre 1997 y 2004.

Ese mero ejercicio contable le permitió eludir el pago de $2.862 millones, como nos lo recordó no hace mucho este mismo medio.

Y eso, solo por hacer un breve resumen de lo que se conoce públicamente. Seguramente, el futuro nos deparará más sorpresas en ese sentido.

Aparte de poner el foco en los constantes y permanentes ilegalismos a los que nos tiene acostumbrado el presidente, es interesante, además, preguntarse en qué momento de nuestra historia nacional se instaló un modelo empresarial que flirtea con la delincuencia, normalizando muchas conductas que no solo son antiéticas, sino que rayan en la ilegalidad y que, peor aún, han sido copiadas, transformándose, para no pocos chilenos y chilenas, en dignas de imitación.

De otra manera no se entiende lo que ocurre con el conjunto del sistema político, el Ministerio Público, la corrupción en las Fuerzas Armadas y de Orden y el despelote en las iglesias. Y qué decir, de la delincuencia de bajo pueblo y del mundo narco siempre sobre expuestas por los medios que controlan los mismos grupos empresariales que instalaron la lógica de la selva en los negocios.

Y si bien es cierto que la corrupción no es algo nuevo en la política chilena, como lo demostró Hernán Ramirez Necochea en relación a la Guerra del Pacífico y el llamado fondo del soborno que emplearon los ingleses para comprar miembros activos del parlamento chileno, lo novedoso de hoy es que las cifras son siderales. Ya no se trata de camionetas, ni regalos, ni un pequeño estipendio para el parlamentario o funcionario público; se trata, lisa y llanamente, de corrupción a gran escala.

De San Alberto Hurtado al grupo Piraña

Entre las muchas obras notables que se le reconocen al padre jesuita, está la de haber contribuido significativamente a formar la elite dirigencial de la Democracia Cristiana (DC) chilena o, por lo menos, influir sobre sus padres fundadores, en especial, mediante su labor en el colegio San Ignacio.

Gabriel Valdés, en sus memorias, lo recuerda de esa manera:

“Quien revolucionó el colegio por su personalidad, jovialidad, su encanto persuasivo y su intensa piedad fue el padre Alberto Hurtado. Desde el principio me produjo una fuerte impresión: alegre y sonriente, siempre me invitaba a conversar”.

Mediante su rol en la Juventud Obrera Católica (JOC), el futuro santo católico habría sido clave en la formulación del comunitarismo del que hizo gala la DC en sus mejores años, aunque el religioso fue también trascendental en otro proceso que, por sus consecuencias futuras, resultó ser absolutamente contrario al espíritu comunistarista: la fundación del grupo Unión Social de Empresarios Cristianos (Usec), de mayo de 1948.

En una época en que parte importante de la doctrina DC se basaba en la secuencia de encíclicas que proponían que el empresario y el trabajador eran ambos hijos de Dios y, por tanto, era posible un diálogo que llevara a la construcción de la paz social, no resultaba un imposible unificar tras un mismo propósito a dos grupos que en la ideología marxista eran irreconciliables.

Y como si la historia tuviera su propia trama oculta, no resulta un accidente señalar que, quien dirige la Usec hoy en día, es Álvaro Cruzat, de filiación gremialista y sobrino de uno de los empresarios más significativos de hace algunas décadas y que, para los fines de esta columna, resulta crucial para explicar el ethos empresarial vigente y las características que rodean la figura presidencial. Se trata nada más y nada menos que de Manuel Cruzat, quien influyó significativamente sobre la generación de empresarios que tan bien representa Sebastián Piñera.

Cruzat, de una impronta católica muy conservadora, se vinculó tempranamente con el gobierno de la revolución en libertad que encabezaba Eduardo Frei Montalva quien, se había encargado personalmente de derrotar al grupo comunitarista que se nucleó alrededor de la falange con el apoyo de la Usec.

Ricardo Claro, quien también perteneció al mítico grupo Piraña, dirá más tarde que su fortuna la amasó durante el gobierno democratacristiano.

Frei Montalva, Cruzat, el grupo Piraña y la irrupción de la corrupción a gran escala

El texto Crónica secreta de la economía chilena, de Carlos Tromben, señala que el inicio del mito empresarial se remonta a la década de 1960, cuando formó parte del grupo Piraña -adjetivizados así por la voracidad con que crecían- que encabezaba Fernando Larraín.

Según el texto, cuando el grupo se dividió y Cruzat recibió el mandato de reorganizar las empresas, surgió lo que se conoció en la jerga del autor como “el submarino amarillo”, que “al igual que en la película animada de 1966, cuyos protagonistas son versiones psicodélicas de Los Beatles, El Submarino Amarillo de Manuel Cruzat es una embarcación surrealista cuyo combustible es el dinero ajeno”.

Operan tras bambalinas, como un submarino y en el contexto de un gobierno que tiene mucha inversión debido a la Alianza para el Progreso, las principales promesas de campaña, y un grupo empresarial dispuesto a colaborarles.

Por aquella época se rumorea que, Maruja Ruiz Tagle, esposa de Frei Montalva, se habría hecho representante de la Mitsubishi con la flota de vehículos que reemplazó al tranvía eléctrico en Santiago.

Es en ese tiempo también, cuando nace Sigdo Koppers y los contratos del Estado sea por Corvi (luego Minvu), MOP y diversas transacciones, presagian un futuro feliz para los inversionistas con nexos con el fIsco.

No olvidar que Mitsubishi, desde 1997, siendo presidente Eduardo Frei Ruiz Tagle, se transforma en parte de las empresas Sigdo Koppers (60% de la participación), a la que estuvo vinculada históricamente la tradicional familia DC.

Es por aquel tiempo que, el viejo Angelini y Jorge Awad, inician sus negocios en gran escala.

Pero volvamos al grupo Piraña. A veces, se quedaban sin dinero ajeno y debían volver a la superficie para reabastecerse y es ahí donde empezaban sus problemas, ya que “unos desagradables personajes llamados abogados interponen acciones judiciales en contra de Manuel Cruzat Infante: acusaciones hirientes como la estafa, la apropiación indebida, las operaciones con partes relacionadas y contratos financieros truchos”, son parte del menú permanente del nuevo equipo.

Toda una escuela que hoy domina no solo el mundo empresarial, sino que, además, ha colonizado los demás poderes del Estado al punto de sumergirnos en la crisis política más profunda que hayamos tenido desde el retorno a la democracia.

Generaciones enteras se formaron en esa escuela que tuvo como epicentro a la Pontificia Universidad Católica (PUC), transformándose, muchos de ellos, en parte de la tripulación del Submarino Amarillo de Cruzat.

Una larga lista donde se incluye el joven Piñera, aunque sea brevemente, pues pronto descubrirá que puede navegar por sí mismo bajo el agua con el mismo combustible; el triunvirato de Carlos Eugenio Lavín, Carlos ‘choclo’ Délano y “Hugolín Bravo”, quienes alcanzaron notoriedad pública por su papel en el caso Penta, el cual separó a los dos primeros del tercero y mostró todos esos negocios irregulares que hoy se conocen.

La inmensa mayoría de ellos eran ingenieros comerciales de la PUC y dónde destacó de manera excepcional Manuel Cruzat Infante: “maestro de las artes ocultas de la navegación submarina, incluyendo la cartografía flexible, la transformación de dinero del futuro en dinero del presente y el uso mágico de instrumentos financieros”.

En esa escuela hizo carrera el actual presidente de la república. De ahí su pulsión permanente a andar, casi siempre, por los límites de la vida, como acaba de ejemplificarlo su reciente viaje a China.

Cruzat sobrevivió a la Unidad Popular y participó del “Ladrillo”. Una vez derrotado el proyecto popular, sus amigos y ex alumnos estuvieron disponibles y decididos a instalar el primer experimento monetarista en América Latina que tanto sangre, dolor y lágrimas le costó al pueblo chileno.

El maestro Cruzat, ya antes de la crisis de 1982, se había transformado en, tal vez, el empresario más significativo del país, al punto que la revista Qué Pasa de septiembre de 1981 lo caracterizo así:

“Es el más joven y estudioso de los diez ricos. Pasan semanas sin que se aparezca por la oficina, dedicándose concentradamente durante todo ese tiempo a la investigación de temas que le interesan, cuyos conocimientos y conclusiones aplica posteriormente en sus negocios”.

Para el autor de este inédito texto, Cruzat “vivía en un espacio-tiempo propio, mezcla del antiguo patrón de fundo con el urdidor de complejos esquemas financieros cuya gestión delegaba en testaferros, rara vez firmando un papel. Así fue creando un sofisticado esquema que permitió al grupo crecer en base a deuda y capital ajeno, el que se desplegó a través de un denso entramado de sociedades inmobiliarias y de inversión”, en el contexto de un capitalismo salvaje que se consolidaba en Chile.

Y allí, en ese espacio-tiempo que va de Frei Montalva a Pinochet, es que se forma el empresariado que hoy nos domina, el del uso y abuso del eufemístico termino de “uso de información privilegiada” (María Olivia Monckeberg) y que nos tiene como nos tiene.

Como se sabe, Cruzat no sobrevivió a la crisis financiera de 1982, aunque ello no impidió que se transformará en un mito empresarial y su grupo Piraña en un modelo a imitar por el nuevo ethos empresarial que muy bien caricaturizó Coco Legrand en su época con el personaje del “cuesco Cabrera”, el ejecutivo joven, neoliberal, con postgrados en Estados Unidos y con una ambición sin límites.

El “cuesco”, era sin duda, el joven Piñera.

De la información privilegiada al Chile actual: la ironía de un mito

El actual presidente Sebastián Piñera heredó de Manuel Cruzat esa cultura empresarial y la llevó al límite. Es bien conocida la anécdota que lo grafica de pies a cabeza, lo distanció definitivamente y para siempre del empresario Ricardo Claro, quien cumplió a cabalidad su palabra empeñada: mientras él estuviera vivo, Sebastián Piñera no sería presidente.

La performance de sus hijos en China, es otra arista más de esa manera de concebir y enfrentar el mundo.

El ethos Piraña hace trizas nuestra democracia

Esa ética empresarial, y sus figuras principales que se fortalecieron y multiplicaron en dictadura, contra todo pronóstico (con la amenaza permanente de la derecha sobre la ingobernabilidad de la Concertación), se consolidaron con la transición, pero adquirieron también, una nueva dimensión: la política.

Sebastián Piñera, cuya leyenda dice que votó por el NO, pero se hizo millonario al alero de los partidarios del SI, se transformó prontamente en un ícono a imitar en los inicios de una transición que no quiso revisar la venta irregular de empresas públicas, a pesar de lo enunciado en su programa, en especial aquellas privatizadas post plebiscito, ni tampoco se arriesgó a promover y consolidar una nueva ética empresarial que superará el ethos piraña sesentero.

Por el contrario, la nueva elite política, en vez de cambiar ese modelo salvaje, fue seducida prontamente por el patrón piraña hasta ser colonizada absolutamente como lo pudimos constar en los casos Corpesca, Penta, Caval y SQM.

El actual mandatario abrazó rápidamente una carrera senatorial por RN, luego que Aylwin, se cuenta, le hubiese dicho que si quería ser presidenciable DC, tenía que ponerse en la fila y ésta, por aquel entonces, era bastante larga.

Optó, entonces, por transformarse rápidamente en el nuevo ícono transicional –¿se acuerdan de la patrulla juvenil?- que mejor hizo la síntesis entre lo que ocurriría entre política y dinero.

Los testimonios de Enrique Correa, transformado en uno de los principales lobistas de la plaza, de la dramática mutación de Jaime Estévez, Ricardo Solari, Osvaldo Puccio, o del mismísimo ex presidente Frei Ruiz Tagle, que no se suelta de Piñera, mientras usa su cargo para exportar vinos a Asia, dan cuenta de cómo el poder empresarial colonizó a la política y también al mundo progresista, al punto que, por esa relación incestuosa, el sistema político esté enfrentando su peor momento.

Epilogo: Hacia un nuevo ideario empresarial… y político

El modelo exitoso, en lo personal, empleado por el actual mandatario para hacerse con la presidencia de la república -que, por cierto, se asemeja más a una operación en la bolsa para agrandar el patrimonio familiar y personal que a un noble ideal asumido para perfeccionar nuestra alicaída democracia– no resiste más.

La crisis en las Fuerzas Armadas y de Orden, la del Ministerio Público, cuyo epicentro rasca es lo que sucede en nuestra querida Rancagua; la crisis del modelo Piraña que impulsó Manuel Cruzat, tampoco aguantan más.

Se hace urgente, justa y necesaria, una nueva ética empresarial y política que, sin caer en la utopía, posibilite que ambas dimensiones del quehacer público tengan límites precisos para desarrollar una institucionalidad sana que permita recuperar la confianza en las instituciones y en la fe pública.

De lo contrario, será muy difícil convencer a narcos y a los delincuentes de poca monta que hacen portonazos, de que están equivocados, cuando hoy, tienen verdaderas escuelas del delito si miran a nuestras elites.

Más difícil será aún convencer a millones de chilenos que miran estupefactos cómo se hace trizas nuestra institucionalidad, para que vayan a votar en la próxima elección.

Y la cosa se puede poner todavía más grave.

(*) Doctor en Historia.

Fuente: El Desconcierto

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