El Fascismo No es una Bestia Inevitable

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por Hernán González (*)

En las últimas semanas, el acontecimiento político más importante y que ha ocupado a la opinión pública mundial, ha sido el intento de golpe de Estado en Venezuela, con el fantasmak “presidente” Guaidó.

La trama ha sido más o menos la siguiente.

Primero, desconocimiento anticipado de las elecciones presidenciales en ese país y consecuentemente, del presidente electo, Nicolás Maduro Moros, incluso antes de que asumiera. Esto es algo inédito en la historia, aunque muy similar a la derrota del PT en las elecciones presidenciales en Brasil.

Es decir, profecías autocumplidas de las derechas criollas, los medios y el imperialismo.

Luego, reconocimiento de la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, por contraposición a la Asamblea Constituyente, de mayoría chavista por parte de varios países empezando obviamente por los Estados Unidos.

A esto siguió la autoproclamación de un diputado opositor como presidente “encargado” y reconocimiento de éste como legítimo Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, por parte del imperialismo y sus países aliados -y vasallos-.

Una suerte de versión posmoderna de la “dualidad de poder” de la que hablaba Trotsky a comienzos del siglo XX para referirse a las condiciones del triunfo bolchevique en la Rusia zarista.

Pero como las masas no son protagonistas de esta dualidad –a menos que consideráramos como tales a las guarimbas fascistas- sino dos poderes del Estado y en este caso, el “cuarto poder”, como llamaba Ruy Mauro Marini en los ochenta a las FFAA, están del lado de la revolución, se impone la necesidad de una intervención militar.

Para eso anuncia el envío de “ayuda humanitaria”, a través del gobierno del Presidente encargado ignorando a las Naciones Unidas y todo el sistema de relaciones internacionales; se mantienen las delegaciones diplomáticas de los países que lo reconocen aún cuando incluso Caracas rompiera relaciones con ellos, etc. Es decir, se usa toda clase de provocaciones para encontrar un pretexto, una coyuntura propicia para la intervención militar.

Todo esto ha sido tan evidente y sin disimulos que no vale la pena insistir en ello.

Sin embargo, ha habido muchas declaraciones y opiniones al respecto, las que se podrían resumirse como sigue:

– Los que saludan la autoproclamación de Gauidó y las amenazas de intervención.

– Los que no están “ni con unos ni con otros” –una versión diferente de la concepción liberal de la libertad como posibilidad- y quieren una solución dialogada de la crisis.

– Y los que estamos con Maduro y la revolución bolivariana y contra la invasión yanqui de Venezuela.

Aparentemente, para el imperialismo y para la izquierda el asunto es claro. Se ha hablado con insistencia del petróleo y las enormes riquezas de Venezuela como motivación principal para la grotesca farsa. Es indudable.

Pero el asunto es todavía más grave, pues se trata para el Gobierno de los Estados Unidos, de la recuperación de su “patio trasero” y la consolidación de su hegemonía en la región, que es su retaguardia estratégica en el escenario de disputas con otras potencias mundiales.

Acá tiene abundante mano de obra, recursos y un gigantesco mercado.

Para nosotros, la izquierda, obviamente significa defender la escuálida autonomía que tenemos como continente; lo poco de soberanía que nos queda.

Sin embargo, para cierta izquierda se trata de una contradicción que por décadas movilizó sus esfuerzos y que explica su política frente a los acontecimientos recientes. Se trata de la contradicción entre autoritarismo y progresismo. Y en esa configuración tan etérea las determinaciones que los caracterizan se distribuyen por igual entre los términos en disputa sin encontrar nunca un punto en que se fije la contradicción.

Así se habló por ejemplo por mucho tiempo de la “derecha democrática”; de los liberales sociales y los neoliberales; etc. Y en esa arrogancia tan clasemediera del que como decía Gramsci “logró arrebatarle una licenciatura a la desidia de sus maestros”, todo lo que toma posición y la sostiene es motejado de dogmático; retrógrado; maniqueo.

De lo que se trata es que el imperialismo quiere dar un golpe mortal a todos los movimientos sociales; partidos de izquierda; los pocos gobiernos progresistas que quedan en la región y también a los sectores de centro que no se pongan a disposición de su política –para lo cual hasta ahora ha contado con la candidez de los librepensadores de todos los colores-.

Para eso tiene que destruir-como de hecho ha sido- la legalidad internacional; las reglas más básicas de la diplomacia y el sistema de regulación de conflictos bélicos. Lo mismo ha hecho Trump en su propio país desde que asumió.

Algo muy similar a lo que hizo Hitler a mediados del siglo XX. Esto es el fascismo sin tapujos ni disimulos de ninguna especie. Y ese es el problema que tanto la izquierda como la humanidad tienen al frente.

Como se ha dicho muchas veces, para eso cuenta, ha contado, con la maquinaria más enorme y sofisticada en la historia de manipulación psicológica de masas. La transmisión por TV de la Guerra del Golfo, a estas alturas, parece una película en blanco y negro de la Segunda Guerra.

Ahora los medios han sido una parte fundamental de la guerra.

Ahora bien, el triunfo del fascismo en América Latina nuevamente –lo que sería una versión remasterizada y recargada de lo que fue en el siglo XX- no es una fatalidad inevitable.

Pero se requiere voluntad, convicción y claridad política para enfrentarlo.

Churchill y De Gaulle, siendo todo lo conservadores que eran, no se confundieron –como sí lo han hecho muchos estos días- para tomar posición frente al fascismo.

Bertrand Russell y Albert Einstein, pese a no ser de izquierda ni antiimperialistas, fueron implacables activistas por el desarme, la paz mundial y contra las guerras de intervención.

Porque incluso es una cuestión de sentido común, en el que la retórica pseudoteórica resulta ridícula.

Si para algo ha de servir esta coyuntura, es precisamente para poner un límite entre el fascismo y la democracia y quienes pretenden ponerse en medio van a ser barridos por las circunstancias y seguramente lo lamentarán cuando tengamos bases militares yanquis en nuestro territorio.

Y por otra parte, y quizás el elemento ausente en nuestro país hasta ahora, para nuclear a la izquierda, apurar los procesos de convergencia de un sector político que se encuentra distribuido por todo el país y que cruza a la sociedad entera.

Se trata de movimientos sociales y activistas de diversas causas; militantes de diferentes partidos políticos; gente de diversas generaciones, género y orientación sexual pero que comparten algo profundo y poderoso: su aspiración a una sociedad que supere la división de los hombres en clases sociales y en que el producto del esfuerzo y la inteligencia de la humanidad y la naturaleza se la apropian algunos, como recientemente hemos visto ´por los medios en el grotesco incidente del presidente de GASCO expulsando de una playa a un grupo de mujeres.

Hoy es la defensa de Venezuela y del gobierno del Presidente Maduro como ayer la defensa de la revolución sandinista frente a la agresión siniestra y alevosa de la contra y antes también la lucha contra Pinochet, Videla, Stroessner y tantos otros.

La lucha contra la intervención imperialista en Venezuela no es para quienes tomamos partido, una lucha por la defensa de unos principios abstractos.

Es una lucha por la defensa de soberanía y la autodeterminación de nuestros pueblos, única posibilidad de emprender el camino a una sociedad mejor. Ya lo hemos vivido antes, con el fascismo impuesto y dominando sin contrapesos, es si no imposible, un camino más doloroso y con un costo inexcusable para nuestro pueblo.

(*) Profesor y artista plástico, miembro del directorio comunal del Colegio de Profesores de peñalolén y socio de la APECH.

Fuente: Blog del autor

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