Informe Especial Brasil: El Fascismo Llegó, la Lucha Sigue

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Pasado el impacto inicial, porque de sorpresa ya no puede hablarse, viene el análisis. El análisis de las causas que pueden llevar a los pueblos a votar por sus verdugos. Y sobre todo, el análisis de las posibles consecuencias que traerá consigo la elección de un belicoso ultraderechista en el mayor país de América Latina.

El avance del neofascismo-neoliberalismo, después de la salida de Lula en el poder y la inconsistencia de la expresidente Dilma Rousseff que sufrió un golpe jurídico de Estado conocido como impeachment, abrió las puertas del ultraderechista brasileño Jair Bolsonaro, recibiendo la mesa servida por el ilegal presidente Tremer, quien sustituyó ilegalmente a Dilma en la presidencia.

Jair Bolsonaro, formado en la academia militar Agulhas Negras, servidor de las Fuerzas Armadas brasileñas, entre sus seguidores mayoritarios destacan militares conservadores, familias blancas y empresarios y latifundistas ricos, más las iglesias evangélicas que controlan espiritualmente casi el treinta por ciento de la población en Brasil.

La ultraderecha brasileña, con apoyo del Instituto Atlas Network (USA-Departamento de Estado), en alianza con la Fundación Pensar de Macri, y con un buen uso de falsas noticias por redes sociales sacó ventajas de los errores que se fueron acumulando desde que Lula asumió la presidencia en el año 2003, seguido por Dilma.

Si bien es cierto que con Lula se avanzó hacia la igualdad social así como en la lucha contra el racismo y la discriminación, sacando a más de veinte millones de afrodescendientes de la pobreza absoluta, también es cierto que unos de los más graves errores es no haber atacado con firmeza la corrupción ante lo cual su Partido de los Trabajadores (PT) se hizo la vista gorda.

El repunte de huelgas obreras, las grandes movilizaciones estudiantiles durante el gobierno de Dilma, la caída del PIB del país, el PT las subestimó, no entendió el momento crítico que vivía el país. El proyecto conocido como Plan de Aceleramiento Económico de Dilma fracasó, se vio como pañitos de aguas tibia ante la crisis estructural que se vivía mientras que una cúpula del PT gozaba de grandes privilegios.

El programa de Bolsonaro es clarísimo, como militar de formación se apoya en los sectores más fascistas del sector militar como ya algunos de estos geniales lo han expresado, acabará con las acciones afirmativas hacia los afrodescendientes, está en contra del aborto, el matrimonio de un mismo sexo, gays, lesbianas, el feminismo, la liberación de la marihuana, apoyará la uniformidad religiosa, es decir no aceptará las religiones ni indígenas ni africanas, ni el islam, y lo más cumbre es que se saldrá de los acuerdos de París sobre el cambio climático, lo cual significa acelerar la destrucción del pulmón más grande mundo, la Amazonia.

El modelo Trump avanzó como un cáncer en Latinoamérica y la alianza neofascista es un hecho entre Argentina, Chile, Paraguay y Colombia, más su periferia donde entra Costa Rica, Perú, lamentablemente Ecuador y Honduras.

Indice

  1. Informe postelectoral Brasil: Bolsonaro, presidente y ‘Messias’ por Guillermo Javier González
  2. La elección terminó, pero la lucha está apenas comenzando por Frente Brasil Popular y Frente Pueblo sin miedo
  3. ¿Por qué Brasil votó así? por Alfredo Serrano Mancilla
  4. Brasil: Tempestad después de la calma por Moisés Pérez Mok
  5. La derrota cultural y electoral ¿llevará a la reconstrucción del campo popular? por Aram Aharonian
  6. ¿Por qué la gente vota a fascistas? por Bernardo Coronel
  7. El Fascista que Llevamos Dentro por Ilka Oliva Corado
  8. La tristeza no es solo brasileña por Gustavo Vega

Informe postelectoral Brasil: Bolsonaro, presidente y ‘Messias’

Guillermo Javier González (*)

El domingo 28 de octubre se llevó a cabo la segunda vuelta de las elecciones generales en Brasil. Como era de esperarse tras la holgada victoria de la primera vuelta, Jair Messias Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL), se alzó con la Presidencia al obtener el 55,13% de los votos válidos, superando por 10 puntos porcentuales a su contrincante, Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores (PT), quien -aún recortándole más de 6 puntos y casi duplicándolo en cantidad de votos nuevos cosechados- quedó muy lejos de la epopeya.

El excapitán del Ejército se impuso en 16 de los 27 estados, confirmando en el quinto balotaje consecutivo que dirime la Presidencia en Brasil –el primero que el PT no gana– que resulta casi imposible revertir el resultado adverso de una primera vuelta.

En esta oportunidad las encuestadoras han estado muy acertadas, registrando el repunte de Haddad en la semana previa, que no alcanzó para torcer el rumbo y soñar con el milagro de un resultado que tenía muy poco de misterio e intriga.

Sin embargo, Bolsonaro –que no ha dudado a lo largo de toda la campaña en evidenciar su desprecio por las reglas del juego democrático– no la tendrá fácil ya que, como se advertía, a causa de la “gran fragmentación partidaria en el mapa político estatal y legislativo, sumada a la enorme polarización político–ideológica que supuso la instalación de Jair Bolsonaro, la gobernabilidad de quien gane la Presidencia no será sencilla”[i].

En relación a las gobernaciones, la jornada mostró la inclinación de la ciudadanía a votar por opciones novedosas, destacando las victorias de partidos que no contaban con ningún gobierno regional por sobre las malas performances de los partidos más tradicionales, los que, en todos los casos, verán reducir su presencia territorial a manos de partidos con poca o ninguna experiencia en la gestión estatal.

La sociedad se inclinó mayoritariamente por un cambio de paradigma y, por primera vez desde Collor de Mello, el presidente electo no será ni del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) –partido que ni siquiera ingresó al balotaje, luego de 6 elecciones seguidas en las que no bajó del segundo lugar– ni del PT –partido que había ganado los últimos 4 comicios–.

Al parecer, en esta época el cambio es la consigna.

La victoria de las grandes urbes

El ‘petismo’ sigue reafirmando que su bastión es la región Nordeste del país, donde se impuso en los 9 estados que la componen, a los que sumó 2 estados de la región Norte: Pará y Tocantins. Un resultado que no sorprende, dado que corresponde a la zona más pobre, la que cuenta con más familias que se han beneficiado de programas como Bolsa Familia. Sin embargo, quedó evidenciado que aquellos votos no eran suficientes. Bolsonaro derrotó a Haddad en los 16 estados restantes, pertenecientes a la región Sudeste –la más industrializada–, a la región Sur y a la Centro-Oeste –las más agrícolas– en su totalidad, así como a la mayoría de los estados de la región Norte.

Balotaje 10 ciudades más ricas

Balotaje 10 ciudades más pobres

Al indagar más detenidamente la forma en que la población votó según los niveles de ingreso, podemos observar que Bolsonaro se impuso holgadamente en 9 de las 10 ciudades más ricas del país –todas del Sur y Sudeste–, con rentas por hogar superiores a los 700 reales por mes.

Por el contrario, Haddad ganó de forma aplastante en las 10 ciudades más pobres –Norte y Nordeste–, aquéllas con rentas por hogar inferiores a los 250 reales por mes. Números muy similares había arrojado ya la primera vuelta, en la que Bolsonaro había ganado “en 239 de los 283 municipios con más de 100.000 habitantes, el 84% del total”[ii].

Estos datos reflejan que, si bien el nivel socioeconómico y la fractura regional son factores determinantes para entender los resultados, debemos adicionar las aspiraciones poblacionales de las grandes urbes, con demandas actuales y globales como la seguridad y el combate al narcotráfico, aspectos sumamente relevantes en la definición del voto.

Probablemente sean estos tan sólo algunos de los múltiples factores que explican las preferencias electorales. Pero de lo que no quedan dudas es de la magnitud en que la introyección de estas diferencias en cada individuo lo inclina a votar por una u otra opción.

Balotaje gobernaciones

En cuanto a las elecciones para gobernadores, se pueden encontrar algunas claves de sumo interés. En primer lugar, se observa una gran diferencia con lo ocurrido en la primera vuelta, en la que en 7 de los 13 estados que decidieron gobernador se trató de la reelección de quien se encuentra en funciones.

En esta oportunidad, en cambio, sólo hubo 3 reelecciones contra 11 nuevos gobernantes.

En segundo lugar, y este es un dato que debería decirnos mucho, entre las 17 gobernaciones en las que no ha sido reelecto el gobernador en funciones, tan sólo en 1 caso –Paraíba– se mantuvo el partido bajo un nuevo candidato, mientras que los otros 16 estados que no tuvieron reelección vieron cambiar su signo político.

En un análisis más detallado de los principales partidos que se alzaron con las gobernaciones se puede observar lo siguiente:

– El PSL fue el mayor ganador de la jornada también en la esfera estatal, habiendo ganado los 3 balotajes que disputaba. Además no poseía gobernaciones, por lo que lo suyo ha sido todo ganancia.

– El PT poseía 5 gobernaciones y a partir de ahora tendrá 4, todas ellas en el Nordeste –destaca la pérdida por su peso específico de Minas Gerais a manos del joven Partido Novo (NOVO)–.

– El Movimiento Democrático Brasileño (MDB) disputaba 3 balotajes, de los cuales ganó 2 y perdió el restante. Sin embargo, su saldo es muy negativo, puesto que tenía 6 gobernaciones y quedará con tan sólo la mitad, sumado a que perdió 2 de las más importantes, Rio de Janeiro y Rio Grande do Sul.

– El Partido Democrático Laborista (PDT) tenía 2 gobernaciones y tan sólo pudo revalidar en Amapá, perdiendo los otros 3 balotajes que disputaba en Amazonas, Mato Grosso do Sul y Rio Grande do Norte.

– El Partido Socialista Brasileño (PSB) es otro de los perdedores, puesto que fue derrotado en sus 4 balotajes y en lugar de 4 gobernaciones contará con 3, habiendo además perdido en la disputa más anhelada, São Paulo, con el PSDB.

– El PSDB disputaba 6 balotajes, de los cuales ganó 3 –entre ellos 2 de los más importantes, como Rio Grande do Sul y São Paulo, su principal bastión el cual conservó gracias a una ajustadísima victoria– y perdió otros 3 –el más destacable fue el de Minas Gerais por una diferencia abrumadora, obteniendo tan sólo el 28,20% de los votos–. Verá reducir sus gobernaciones de 4 a 3.

– El Partido Social Democrático (PSD) tenía 2, misma cantidad que consiguió en estos balotajes.

– Demócratas (DEM) había conseguido 2 gobernaciones en primera vuelta, no teniendo que defender ninguna por lo que su saldo también ha sido positivo.

– El Partido Social Cristiano (PSC) también ha salido victorioso, ya que no poseía gobernaciones y se impuso en los 2 balotajes a los que accedió, uno de ellos de suma importancia: Rio de Janeiro.

Futuro incierto

El mapa político de Brasil sufrirá grandes reconfiguraciones. Los partidos de la ‘vieja guardia’ han salido gravemente heridos de la crisis social, política y económica desencadenada a partir del impeachment y destitución de Dilma Rousseff.

Todos han debido pagar el precio, sin distinción de víctimas y victimarios. Y, del mismo modo, todos deberán replantearse sus lineamientos a seguir y sus estrategias a futuro, pues ha sido por demás evidente que la sociedad, con un gran revés general, así lo demandó.

Como suele ocurrir en épocas de crisis, el tembladeral ha sido capitalizado. Y en esta oportunidad el beneficiado es un candidato que, desde la total incorrección política, ha arribado a un lugar al que, luego de 27 años consecutivos como diputado, probablemente nunca imaginó llegar.

Nosotros tampoco.

(*) Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires.

Fuente: Celag

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La elección terminó, pero la lucha está apenas comenzando

Frente Brasil Popular, Frente Pueblo sin miedo

Vivimos un proceso electoral totalmente atípico. Desde el cierre del período militar no teníamos la prisión política de un líder, como la de Luiz Inacio Lula da Silva, injustamente condenado, y que tuvo su candidatura impugnada por el Tribunal Superior Electoral.

Un proceso en que fuerzas que actuaban hasta entonces en las bodegas del país, emergieron la disputa presidencial provocando una gran ola de odio y violencia contra el pueblo brasileño.

Nuestra candidatura fue una respuesta democrática al arbitrio que contamina el escenario político desde el golpe parlamentario que en 2016 derribó a la presidenta Dilma Rousseff.

Enfrentamos abusos y vilezas practicados por corrientes comprometidas con mezquinos intereses antipopulares, antidemocráticos y antinacionales.

La elección de Bolsonaro representa una ruptura política, cuyos signos están representados en el asesinato de Marielle, de Moa Katendê – líder negro, capoeirista en Bahía, Charlione – joven cearense que aún ayer participaba de una caravana electoral en apoyo al candidato Haddad.

Ellos amenazan nuestras vidas porque luchamos por un país igual y justo.

Incluso bajo balas, resistimos en defensa de la soberanía nacional, violada de tantas maneras en los últimos dos años.

Protegido por sectores del sistema judicial y de los medios monopolistas, el candidato diputado Bolsonaro se quedó de manos libres para financiar su máquina de mentiras con dinero clandestino, incitar la violencia contra sus adversarios, huir de debates públicos y burlar reglas electorales.

Estas fuerzas, a través de la tramoya y de la truculencia, con maniobras aún sujetas a investigaciones y juicios, llegaron a la Presidencia de la República.

A pesar de tantos obstáculos, nuestra alianza organizó una poderosa resistencia por todo el país, que llevó a la realización de la segunda vuelta y a un formidable movimiento en defensa de la civilización contra la barbarie, de la democracia contra la dictadura, del amor contra el odio.

En esa segunda vuelta, que cerró ayer, hombres y mujeres de todos los cuadrantes se manifestaron a favor de los pilares constitucionales de nuestro país.

Esta jornada jamás habría sido posible, sin embargo, sin la dedicación y la valentía de los movimientos sociales y sectores democráticos de la sociedad.

Continuaremos defendiendo la Constitución, la diversidad social, los derechos de todos y todas, un Brasil de todos y combatir el peligro de la dictadura, la eliminación de las conquistas sociales, la venta del patrimonio público, la entrega de las riquezas nacionales, el racismo y la misoginia, la homofobia y la amenaza de la violencia institucionalizada.

En este momento, es fundamental continuar juntos y cohesionados en torno a la democracia, la soberanía nacional y los derechos.

No debemos dejar caer por el miedo, pues tenemos unos a otros. A diferencia de lo que piensan, el pueblo brasileño sabrá resistir.

28 de octubre de 2018

Frente Brasil Popular
Frente Pueblo sin miedo

Fuente: Alainet

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¿Por qué Brasil votó así?

Alfredo Serrano Mancilla

¿Por qué ganó Jair Bolsonaro con más de 57 millones de votos y 11 puntos de diferencia con respecto al candidato del PT, Fernando Haddad? Esta es la pregunta que medio mundo se está haciendo luego del resultado electoral en Brasil. No hay respuesta sencilla ni basada en un único argumento.

Son múltiples los factores, algunos propios de un clima global y otros más ajustados al contexto nacional. Aquí se esbozan algunas ideas para comprender este fenómeno.

1. La volatilidad de las preferencias electorales. Cada día la realidad es más efímera. Todo cambia a una velocidad incomprensible. En la actualidad, con un simple clic somos capaces de cambiar de país, de conversación, de relaciones personales…

Las nuevas tecnologías y las redes sociales permiten creer que todo se puede modificar en un segundo. Esto se va instalando como marco lógico hasta el punto de tener un poder de influencia mayor de lo previsto a la hora de tomar decisiones en otros asuntos.

En lo electoral, en un marco de crisis de representatividad de los partidos tradicionales, también está presente esta nueva manera de actuar, que se percibe en un patrón electoral volátil, en el que el voto se mueve de lado a lado sin tiempo real para que se produzcan grandes cambios estructurales en el medio. Un dato lo ejemplifica: Dilma Rousseff obtuvo casi 55 millones de votos hace cuatro años; ahora Bolsonaro, la antítesis, 57 millones.

2. Cuando la democracia ya es cualquier cosa. Decía Gilbert Rist que “el desarrollo ya puede ser concebido como cualquier cosa” porque “el desarrollo es la construcción de una letrina allá donde se necesita, pero también es un rascacielos en una gran ciudad”.

Lo mismo puede suceder con el término democracia, cuando ésta se basa en un mínimo excesivamente mínimo. Así, tan vaciada de contenido, limitada a un voto cada cuatro años, sin importar nada más que eso, entonces, la ciudadanía puede llegar a frivolizarla tanto como cualquier votación que se produce para elegir al ganador de un reality show.

Esta democracia tan banalizada, en forma light, es un terreno demasiado fértil para que los candidatos poco demócratas sea elegidos.

3. Una nueva cancha embarrada de juego. Vale todo. En el caso de Brasil, la elección se dio luego de un golpe parlamentario que arrebató a Dilma su condición de presidenta electa y con Lula, el candidato mejor valorado, en la cárcel.

Además, como así también pasó en la campaña del 2014 con la muerte de Ocampo, esta vez, también apareció un hecho sospechoso: la puñalada que sufrió Bolsonaro, que tuvo un tratamiento mediático de telenovela con final feliz.

Y tampoco hay que olvidar las fake news que se fueron propagando gracias a un control del uso de datos privados, de teléfonos, con el envío masivo de mensajes de WhatsApp. Se mire por donde se mire, en estos tiempos que corren, ya no hay elecciones en condiciones limpias.

4. Cuando gana lo auténtico y no lo políticamente correcto. Viendo a Bolsonaro, a uno se le caen todos los mitos del marketing electoral de los últimos años. Pareciera que nace un contramanual de Durán Barba. Ni globos de colores ni mensaje de felicidad eterna; ni ambientalismo ni animalismos.

En el caso de Bolsonaro, así como ocurrió con Trump, venció lo genuino, el “no disimular casi nada”. Decirle al pan, pan, y al vino, vino. Un lenguaje más directo, sin rodeos, sin diplomacia, en el que la mayoría de la ciudadanía se siente reflejada.

5. El odio y el “que se vayan todos”. El hartazgo se impone. Se creó un clima de opinión, en gran medida provocado por los medios de comunicación, marcado por la animadversión y hostilidad. La corrupción fue una de las principales variables elegida para crear un ambiente antipetista. Pero también se utilizó la elevada inseguridad, para construir ese sentimiento de repulsión contra el estatus quo.

En el caso brasileño, como así ocurrió también con Trump, se impone cada vez más una propuesta del anti, del rechazo, del encono, buscando una mayor sintonía con aquella sensación de infelicidad que tiene una buena parte de la ciudadanía que vive en condiciones económicas y materiales muy negativas.

6. La mentira que nos contaron: era mejor no confrontar. Fue absolutamente desacertado creer que había un exceso de confrontación por parte de muchos líderes-presidentes representantes del progresismo latinoamericano.

¿Cómo encaja Bolsonaro en este paradigma? ¿Y Trump?

Por lo visto electoralmente, a la ciudadanía le agrada mucho más aquel político que interpela de frente en vez de ser una suerte de “chicha ni limoná”. Debemos distinguir mejor entre el porcentaje de imagen favorable y la verdadera intención de voto; e incluso puede ocurrir que se puede ganar elecciones a pesar de tener un alto porcentaje de rechazo en las encuestas.

7. El repliegue sobre el individuo. El Balón de Oro en fútbol es casi tan importante como un campeonato; Messi es tan poderoso o más que un club de fútbol.

El personalismo en la política pisa fuerte. Es por ello que Bolsonaro no necesitó ni de partidos ni de ningún gran movimiento colectivo que lo arropara. Una suerte de superhéroe que muchos aspiran a ser.

8. Regresa el nacionalismo en la época global. Nunca dejó de ser un valor, pero ahora el nacionalismo retoma un papel más protagónico en una era donde todo es global. La gente busca mucho más aferrarse a algo cercano, a un referente más nacional. Bolsonaro lo logró mostrándose como militar, con un lenguaje de repulsión a todo lo que tuviera que ver con lo extranjero.

9. El laberinto de nuestras burbujas. Un mal endémico es querer hacer análisis en función de nuestro particular focus group entre la gente más cercana que nos rodea. O mucho peor aún es preguntarnos lo siguiente: ¿por qué la gente vota a un fascista, homofóbico y que defiende a la dictadura?

Esto es tener mal el foco de mira. ¿Por qué? Pues seguramente porque no hay 57 millones de brasileños y brasileñas que tienen esos mismos valores. Lo cierto es que cada quién tiene la información que tiene, que le llega por muchas vías diferentes, y no siempre es la misma que tenemos en ciertos círculos endogámicos en los que el deber ser, en lo ético y en lo político, prevalece por encima de cualquier mirada de lo que está ocurriendo en cada esquina.

Entre tantas otras, las razones aquí expuestas en su conjunto hacen que hoy estemos ante un país, Brasil, que ha elegido mayoritariamente a Bolsonaro, con el 55% de los votos. Sin embargo, lo difícil está en otro punto: a partir de ahora saber cómo hacer para que no lleguen más Bolsonaros a ser elegidos presidentes de cualquier país.

(*) Director de CELAG

Fuente: CELAG

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Brasil: Tempestad después de la calma

Moisés Pérez Mok

Que el ultraderechista Jair Bolsonaro ganara con holgura la Presidencia de Brasil en un segundo turno que transcurrió en calma, no significa que en el horizonte cercano dejen de avizorarse indicios claros de una tempestad.

El capitán retirado del Ejército y candidato del Partido Social Liberal (PSL) obtuvo en las urnas electrónicas (de las cuales dijo desconfiar más de una vez) cerca de 57 millones 800 mil votos, el 55,14 por ciento de los válidos, para aventajar al aspirante del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, que alcanzó poco más de 47 millones de sufragios.

Quizás el resultado hubiera sido otro si más de 31 millones 360 mil brasileños no se rehusaran a ejercer su derecho al voto y otros 11 millones no sufragaran en blanco o nulo. Mas, lo cierto es que a partir del 1 de enero de 2019 quien ocupará el sillón presidencial en el Palacio de Planalto será Bolsonaro.

Pretendidamente ‘fuera del sistema’, al cual durante toda la campaña prometió combatir, Bolsonaro lleva 27 años como diputado federal; una gestión con muy escasos frutos (apenas fueron aprobados tres proyectos de su autoría y todos considerados insignificantes) y no pocos escándalos.

Estos últimos causados por su carácter misógino y homofóbico; su manifiesto racismo y su postura en defensa del régimen dictatorial y la tortura; o por tomar partido a favor de la esterilización de los pobres ‘para combatir la miseria y los crímenes’, y porque las mujeres reciban salarios menores que los hombres, entre otros.

En pleno apogeo de la campaña por el segundo turno volvió a llamar la atención, entonces por advertir a sus adversarios políticos, en particular al PT, que a partir del próximo año seguían sus reglas de juego o, en caso contrario, serían encarcelados o expulsados del país.

Estado mínimo y militarismo

Profesor del Instituto de Economía de la Universidad de Campinas (Unicamp) Pedro Rossi advirtió en un reciente artículo que en el horizonte de un gobierno de Bolsonaro no hay nada que apunte hacia la recuperación económica y la generación de empleo en un país que tiene hoy más de 12 millones de desocupados.

El programa económico del futuro mandatario tiene dos ejes centrales y contradictorios: de un lado una propuesta de reducción sustancial del Estado (ya confirmó que el número de ministerios pasará de 29 a 15) y de otro el militarismo, cuyo elevado costo fiscal podría asumirse solo revocando el techo de gastos impuesto por el Gobierno de Michel Temer o con un fuerte recorte de los gastos sociales.

Se trata, remarcó el académico, de un proyecto de Estado máximo para la seguridad y mínimo para los derechos sociales que tiene ‘todo para dar errado’.

De otro lado, la elección del ultraderechista fue vista, aún antes de consumarse, como una amenaza no solo para el mundo, sino también para la democracia en esta nación.

Las ideas de Bolsonaro ‘representan una amenaza mortal’ a la libertad, a los derechos fundamentales, a la obtención de cualquier equilibrio de la Tierra en relación con el cambio climático y a la joven democracia brasileña, advirtieron intelectuales y políticos europeos y de esta nación sudamericana en un manifiesto internacional.

El documento, difundido por el periódico británico The Guardian, enfatizó que Brasil está pasando por la peor crisis de su historia desde el golpe cívico-militar y el establecimiento de la dictadura en 1964 y fustigó el odio y la violencia claramente instigados por el exmilitar y sus representantes electos.

Mientras, otro manifiesto -éste rubricado por el premio Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel, la activista estadounidense Angela Davis, el cineasta griego Costa-Gravas y la expresidenta argentina Cristina Fernández , entre otros- expresa el más profundo rechazo al representante de la extrema derecha y remarca que ‘entre democracia y fascismo no puede haber neutralidad’.

La elección del 28 de octubre es de trascendental importancia para decidir entre la libertad y el pluralismo y el oscurantismo autoritario, y tendrá impactos duraderos no sólo para Brasil, sino para toda América Latina y el Caribe y el mundo, alertó.

Fuente: Prensa Latina

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La derrota cultural y electoral ¿llevará a la reconstrucción del campo popular?

Aram Aharonian (*).

El ultraderechista Jair Bolsonaro fue electo presidente de Brasil para los próximos cuatro años, un resultado que consolida la ofensiva de las fuerzas conservadores en la región, y pone en jaque a las fuerzas progresistas del país, que de ahora en más deberán centrarse en la resistencia y en la reconstrucción de partidos y movimientos sociales.

No hubo milagros y prácticamente se repitieron los guarismos de la primera vuelta: la imposición del imaginario colectivo desde los sectores de la derecha fue contundente antes de la primera vuelta presidencial, y cuando el progresismo reaccionó, se encontró desvalido en medio de una guerra para la que no estaba preparado.

No se trata de una derrota electoral: eso no sería tan grave, sino de una derrota cultural que comenzó a salir a la superficie desde el inicio del segundo mandato de Dilma Rousseff. Y, aprovechando esa derrota e impedir que Luiz Inácio Lula da Silva fuera presidente de Brasil por tercera vez, la derecha brasileña y el poder fáctico optaron por destruir al país, sin importarle las consecuencias, con el apoyo militante, mediático (y financiero) de las iglesias evangélicas, en especial las pentecostales.

Las evangélicas se convirtieron (ante el repliegue de la Iglesia Católica y de su opción por los pobres) en un aparato político -no solo en Brasil sino en varios países de Latinoamérica y el Caribe-, eficaz no solo por la acción cotidiana y persistente de sus pastores-agitadores y la difusión mediática de sus mensajes (son propietarios de la segunda red de televisión del país, la Record) sino por su incidencia en el sector más conservador brasileño.

Este sector (se calcula en un 30% de la población), está arraigado en los sectores más atrasados incluso del sector popular y ha mostrado, a la largo de las últimas dos décadas, preferencias políticas inestables, ya que desde principios de siglo apoyaron al PT (y se mantuvieron allí gracias a las políticas sociales de sus gobiernos), y ahora cortaron sus amarras y respalda a Bolsonaro, gracias en parte a la campaña de la prensa hegemónica que atribuyó la enorme corrupción del país solo a los trabalhistas.

Un estudio sobre consumo y política entre jóvenes de las periferias de las grandes ciudades, de las investigadoras Rosana Pinheiro-Machado y Lucia Mury Scalco (Universidad Federal de Río Grande do Sul) señala que “se puede inferir que la adhesión bolsonarista tiene alguna de sus raíces en el propio modelo de desarrollo lulista enfocado en la agencia individual y en el consumo –y no en el cambio estructural de los bienes públicos vinculado a un proceso de movilización colectiva”.

Este argumento es legítimo aunque incompleto, añaden, ya que las políticas liberales tenían potencia política, además de que el ideal de la felicidad era algo finalmente avistado en el horizonte de los ciudadanos de baja renta. Esperanza y odio son categorías excluyentes pero cohabitan ganando mayor o menor espacio según el contexto, y por eso no se puede hablar exclusivamente de un viraje conservador.

También puede inferirse que el crecimiento del bolsonarismo en las periferias es fruto del golpe de 2016. El lulismo fue incapaz de promover cambios estructurales y la agenda de austeridad del gobierno de facto de Temer profundizó la exclusión. La violencia estructural –el racismo, la discriminación de clase, el patriarcado anclado en la figura del supermacho- y la presencia de la iglesia, del narcotráfico y de la policía siempre fueron los modelos preponderantes junto –claro está- con las prácticas cotidianas de resistencia, creatividad, amor y reciprocidad, señalan las investigadoras.

Lo que puede ocurrir en el Brasil de 2019 es algo peor que la dictadura de 1964, porque esa fue resultado de un golpe castrense que derrocó a un presidente constitucional, nacionalista y popular, Joao Goulart. Ahora, los herederos de la dictadura llegan a través de las urnas al poder, obviamente tras el sacudón del golpe policial-judicial-parlamentario con apoyo militar de 2016.

Jair Messias Bolsonaro dice que el error de la dictadura fue no haber matado y desaparecido tanta gente como lo hizo Augusto Pinochet en Chile Adriano Diodo, ex presidente de la Comisión de la Verdad, señala que el surgimiento de Bolsonaro muestra que la dictadura venció la batalla ideológica gracias a la amnesia dictada por los medios y la impunidad dada por la ley de Amnistía decretada en 1979 por el general dictador (y exjefe del servicio secreto) Joao Baptista Figueiredo, que sigue en vigor.

Según Temer, “la transición comenzará el lunes o el martes” y los integrantes de su Gobierno pondrán a disposición del presidente electo “toda la información necesaria”.

Pese a la tardía remontada del candidato del PT Fernando Haddad en la última semana, su comando de campaña sabía que el “milagro” era difícil de construir en tan poco tiempo, después que su partido perdió mucho tiempo confiando en que el gobierno de facto permitiría a Lula participar en la contienda electoral.

Las palabras de Bolsonaro no dejan margen a ninguna duda, transparentan sus intenciones y su personalidad homofóbica, misógina, xenófoba, de odio a los negros, a los pobres, a los campesinos sin tierra, a los pobladores sin techo. A pesar de todo eso, muchos de ellos votaron por él.

La izquierda

¿Quién nos salva de los salvadores de la Patria? Se pregunta el catedrático y periodista Gilberto Maringoni, quien señala que cada 30 años aparece uno, abrazado por los medios hegemónicos, en medio de la crisis. En 1960 fue la tragedia con Janio Quadros, en 1990 la farsa de Collor de Mello, y en 2018 Bolsonaro, tragedia y engaño al mismo tiempo y mezclados.

Son aventureros irresponsables y rabiosos, con un discurso monocordio: barrer la corrupción, terminar con los robos. Todos presentan soluciones simples para problemas complejos, todos seducen a los incautos, todos tienen seguidores casi fanáticos, que no oyen voces diferentes. Los dos primeros llevaron al país al borde del abismo. El tercero dará un paso al frente, agrega.

El PT apostó a que el candidato sería Lula, que según las encuestas tenía más del 45% en la intención de votos a mediados de agosto, en la ingenua creencia que el aparato institucional del gobierno de facto (además del determinante poder fáctico) lo iban a permitir. Desde la caída de Dilma Rousseff no se vio intento alguno de rearmar una fuerza progresista, antifascista… hasta las últimas dos semanas de la campaña.

Los movimientos sociales que llevaron a Lula y al PT al poder, habían sido desarmados: cooptados por el Estado en parte, sin mayor participación real en el tipo de democracia impuesta por el PT. Los antes poderosas centrales sindicales, el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra, el de los Sin Techo, entre muchos otros, habían abandonado las calles.

No se trabajó en construir un movimiento, una fuerza progresista; no surgieron nuevos cuadros (políticos, administrativos, gerenciales). Todo quedó cobijado bajo la figura del caudillo.

Entonces, no sorprende que la izquierda brasileña no se dio por enterada de que en el mundo se imponía un nuevo tipo de guerra y redujo su accionar a la denuncia permanente, generalmente desoída e invisibilizada. Este tipo de campañas, habituales en las democracias formales, junto al uso de los perfiles de los usuarios de redes sociales para manipular la opinión pública, ya había sido usado en la campaña de Barack Obama antes que en la de Donald Trump.

Uno de los problemas mayores de la izquierda (no solo la brasileña, claro) es su endogamia: sus mensajes van dirigidos a los ya convencidos. Incluso se busca solidaridad internacional, como si lo que escribiera un notable intelectual del exterior pudiera influir en el imaginario colectivo y sustituir toda la basura informativa lanzada por los medios hegemónicos y las llamadas redes sociales.

El otro es que es, comunicacionalmente, reactiva y no proactiva. Está siempre denunciando al enemigo y a la vez adoptando la agenda de éste (incluso cuando está en poder), en lugar de difundir las informaciones propias, emanadas de una agenda propia.

El pensamiento crítico no aparece por arte de magia: precisa lectura, reflexión, debate…hay que cultivarlo. Y hay que reinventar las formas de intervención, sin olvidar que aún en estas guerras cibernéticas, la confianza personal, el trabajo de base, d alfabetización política, determina la posibilidad de sumar.

El zig-zag del fake-candidato

Disminuir la diferencia alcanzada por Bolsonaro en la primera vuelta sería un logro importante, ya que el adversario, aunque ganase la disputa electoral, estaría bajo fuerte presión al asumir el 1º de enero, analizó el último jueves el comando de campaña petista. Algo similar dijo el viernes último Lula desde su celda, al cumplir 73 años: es importante, como mínimo, que de las urnas salga una oposición fortalecida.

En las últimas semanas Bolsonaro tuvo un recorrido sinuoso y un significativo vuelco, sobre todo luego de conocerse las declaraciones de uno de sus hijos, quien recordó que para cerrar la Corte Suprema del país no se requería más que un soldado y un cabo, luego de asegurar que mandará a los “rojos” (del PT y sus aliados) a la cárcel o al exilio y decretará que movimientos sociales sean considerados grupos terroristas.

El candidato de la ultraderecha comenzó por imponer silencio absoluto a sus asesores, tratando de divulgar en las redes sociales declaraciones para construir una imagen de tranquilidad y pacificación nacional, todo lo contrario a los dichos en los últimos meses. Incluso, habló de su respeto absoluto a la Constitución, hizo un llamado para unir a todos los brasileños y garantizó que sabrá respetar opiniones divergentes.

Las declaraciones de Paulo Guedes, su “futuro” ministro de Economía, habían encendido luces de alarma, incluso en el establishment, sumándose a sus propias idas y venidas en sus proyectos económicos, lo que demostraba que no había proyecto de país. Pero eso no era importante para él, a sabiendas que el modelo se lo iban a imponer desde afuera.

Brasil se llenó en los últimos dos meses de fábricas de mentiras, que utilizaron la data y los perfiles, que los mismos usuarios proporcionaron a las megaempresas y son vendidos –por ejemplo por Facebook- para que empresas nada éticas como Cambridge Analytica los usen para las campañas de Whatsapp, tuit, y otras redes sociales.

Estos servicios, develó la misma prensa hegemónica, eran pagados por el llamado poder fáctico, los empresarios que se beneficiarán con las mentiras propagadas y prepagadas. Hoy las guerras se producen tras la propagación de mentiras, como sucedió en Libia y Túnez, en Irak, Afganistán, Egipto y Siria, ahora en Yemen y Venezuela. Construyen la “verdad” requerida por Estados Unidos y sus socios trasnacionales y locales.

En el caso de Brasil, la siembra del odio al PT, comenzó en el segundo mandato de Lula, y creció exponencialmente a partir del gobierno de Dilma Rousseff. Anclados en medias verdades, como los casos de corrupción, los grupos de poder fueron fertilizando mentes y preparando el terreno para las elecciones de este año, señala la analista Elaine Tavares de la Universidad de Santa Catarina.

Lo que no esperaban, quizá, es que un candidato, fuera del circuito tradicional de los partidos y de los grupos de poder, sintetizara de manera tan acabada toda la carga de prejuicio, moralismo, miedo y odio que la clase dominante, que tras el susto inicial, ya se va acercando al candidato fascista, porque reconoce que él hoy comanda a las masas y eso es todo lo que interesa. Bolsonaro es el mascarón de proa de las elites económicas.

Rematar la Amazonia

El frente más poderoso del Congreso –la bancada del ganado-, que reúne a latifundistas, grileiros (criminales que se apropian de tierras públicas a través de sicarios), representantes del agronegocio y parlamentarios conservadores ha tenido con el gobierno de facto de Michel Temer un papel muy activo en el avance sobre las áreas protegidas de la Amazonia.

La intención de Bolsonaro, amparado en la bancada mayoría es la de transformar las tierras indígenas y las áreas de conservación, hoy las principales barreras contra la devastación y deforestación de la selva, en pastizales para ganados, plantaciones de soja y extracción mineral. Obviamente apoyan a Bolsonaro, que sumará 52 diputados a la bancada, y ya anunció la fusión del ministerio del Ambiente con el de Agricultura, en menos de un representante de la bancada del ganado.

El ultraderechista habló de limitar las multas ambientales, que terminará con el “activismo chiita ambiental”, anunció que no habrá más tierras para indígenas y que éstas se podrán vender. Su concepto de democracia es original: “las minorías tienen que inclinarse ante la mayoría” o “simplemente desaparecer”.

Poder copado

El Ejecutivo está en manos de usurpadores y el poder Judicial está copado por magistrados ultraderechistas (muchos de ellos propuestos por el PT), que promovieron la censura previa, prohibieron el libre debate y suspendieron incluso, en los dos últimos días de la campaña, la libertad de reunión y de opinión en varias universidades, el secuestro de material y suspensión de sus actividades académicas con las comunidades. Y a ellos se suman los militares, en actividad o retirados (ahora hasta parlamentarios).

El Tribunal Supremo Electoral, convertido en cuartel general del bolsonarismo, fabricó órdenes para favorecer al candidato ultraderechista mientras ordenaba mantener la propaganda calumniosa contra Fernando Haddad, donde lo califican de pedófilo. Una forma de ajusticiamiento que quizá usen las milicias verdes bolsonaristas de ganar las elecciones, para dejar fuera de combate a las personas que piensan diferente.

Hoy, los dos meses que separan de la asunción del nuevo presidente marcarán el paso de la política y el futuro del Brasil. Y da la oportunidad de que el movimiento antifascista, progresista, de izquierda, que comenzó a diseñarse desde las bases sirva para la reconstrucción del espacio popular, de la mano de los movimientos sociales. La construcción siempre se hace desde abajo: lo único que se construye desde arriba es un pozo. Este pozo.

(*) Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Fuente: Alainet

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¿Por qué la gente vota a fascistas?

Bernardo Coronel

Los fascistas se caracterizan por su brutalidad y primitivismo. Trump, Macri y Bolsonaro son buenos ejemplos. Sin embargo, en el siglo de los revolucionarios avances tecnológicos, del conocimiento, de conquistas en derechos humanos y de “primaveras democráticas”, la gente sigue votando a fascistas.

El cambio de las condiciones materiales no cambia la ideología

La visión estalinista positivista hasta hora sigue sosteniendo que cambiando la base material económica, cambiaría la conciencia de la gente, es decir, si socializamos los medios de producción todos seremos socialistas. Las cosas no son así. Bastó el decreto de un par de burócratas para la extinción de la Unión Soviética, y no hubo ninguna rebelión popular en contra. Lula sacó a más de 30 millones de la pobreza y convirtió a Brasil en la quinta potencia económica mundial. Lula está hoy en la cárcel y los millones que dejaron de ser pobres ya ni se acuerdan de él.

Una revolución es estéril si no está acompañada de un cambio de conciencia, lugar donde se da la verdadera lucha revolucionaria.

“El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa”, decía el Che para escandalizar al dogma soviético en los años 60. He ahí el error de los gobiernos progresistas, se preocuparon en la redistribución de la renta sin preocuparse en la formación política de la gente, dejando ese espacio a los medios de comunicación y las iglesias pentecostales que envenenan las mentes con la “prosperidad individualista”.

Después de la derrota en las elecciones parlamentarias del 2015, Maduro se lamentó por la ingratitud de los miles de venezolanos que fueron beneficiados por el programa de viviendas, pero que no fueron a votar por el PSUV.

Una vivienda sirve para mejorar las condiciones de vida de la gente, pero no para cambiar su conciencia.

Sectores del campo popular en nuestro país siguen sosteniendo que la profundización de la pobreza, inherente al neoliberalismo, conduciría a una rebelión popular.

Tampoco es así.

En la miseria extrema la gente opta por otra salida extrema: el fascismo, que es más afín a su conciencia liberal e individualista, formateada por siglos de capitalismo. Así fue en los años 30 en Europa y así es ahora, con Trump, Macri y Bolsonaro.

El fascismo con su discurso contra la corrupción, la inseguridad, la globalización, está ocupando hábilmente el vacío que la izquierda abandonó. Es el mismo discurso que hacía Hitler arengando a la clase obrera alemana contra las atrocidades que produjo el liberalismo con la crisis económica de 1929.

En Paraguay, la crisis económica de mediados del 90, que llevó a la desaparición de una treintena de bancos y financieras, no elevó a los altares a la izquierda, sino a Lino Oviedo, un militar nazifascista, que convirtió presidente a Cubas Grau, con el ferviente apoyo del partido colorado.

El capitalismo no tiene solución

Bolsonaro así como Trump son la expresión de un agobiado capitalismo, que intenta remendar el orden neoliberal y el reformismo de izquierda en crisis.

Son una respuesta a la crisis sistémica de este modelo capitalista, que casi colapsó el orden financiero mundial en el 2008, y que algunos analistas presagian volverá a corto plazo con más violencia, a pesar de Bolsonaro y Trump.

Fuente: Rebelión

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El Fascista que Llevamos Dentro

Ilka Oliva Corado

Para que un fascista gane la presidencia de un país se necesitan millones de fascistas que en tiempos de democracia acaben con la misma dándole su voto a un extremista de derecha. Porque una cosa es una dictadura sangrienta y otra es que millones de personas por su propia voluntad voten por un fascista y lo hagan presidente.

El nombre del fascista es lo de menos, estamos rodeados de ellos, nosotros somos ellos: todos tenemos un fascista en nuestras familias, amistades, conocidos, compañeros de trabajo, en nuestra comunidad, nosotros mismos tenemos algo de fascistas. ¿No? Veámonos en un espejo. Tengamos las agallas y la responsabilidad de hacernos cargo de lo que somos y lo que representamos: de lo que nutrimos. Porque nosotros y solo nosotros somos los que mantenemos este sistema vigente.

Por solapar cualquier tipo de violencia por mínima que sea, por alimentar estereotipos, por ese ego que no nos cabe en el pecho, por el descaro de solapar en lugar de denunciar y provocar un cambio, por pequeño que sea. Por cómodos y defender nuestra pequeña burbuja de fantasía de una holgada estabilidad y con eso arremeter contra quienes ponen el lomo para que nosotros podamos joderlo todo con nuestras mentes colonizadas.

Somos machistas, misóginos, patriarcales; somos racistas a morir, clasistas como solo nosotros mismos, no hay quién nos gane, homofóbicos y; es muy fácil que con ese tipo de mediocridad llegue un representante de la ultraderecha y nos encienda el odio de un chispazo y arrasemos con todo pensando como buenos idiotas que los perjudicados serán otros.

Entonces señalamos: la culpa es de los pobres que se dejan manipular por los medios de comunicación: cuando sabemos que el obrero, el que trabaja de sol a sol ni a televisión ni a radio llega, apenas tiene para comer un tiempo al día si bien le va.

Yo al oprimido le perdono todo, porque no ha tenido una sola oportunidad en la vida y se ha fajado buscándola, pero responsabilizo de un voto al fascismo a quien ha tenido acceso a la educación, quien se ha formado un criterio propio y ha podido discernir y que aun así vota para joder al de abajo. Estas personas merecen cadena perpetua: por traidores e inhumanos.

Explicaciones científicas, psicológicas y políticas las hay, somos buenos para culpar a otros. Ahí están quienes en el caso de Brasil han culpado a los gobiernos de Lula y Dilma, ¿pero qué pueden hacer 15 años de democracia ante 500 años de opresión?

La lucha es monumental, en 15 años no se logran resolver los problemas de siglos no de décadas. Esto es un proceso largo en el que debemos contribuir todos. Tenemos que arrancar la raíz y la raíz es un sistema patriarcal y misógino primordialmente.

¿Fallaron? ¿Y si fallaron por qué hubo tanta vida en Brasil en 15 años?

Lo que sucede es que fueron mal agradecidos con quienes les dieron de comer.

Culpamos a los injerencistas, pero es que las injerencias pueden llegar pero si la gente no se vende, si la gente tiene integridad y respeto y amor a su pueblo no hay quién les abra la puerta desde dentro para dejarlos pasar. La culpa no es de los injerencistas, la responsabilidad absoluta es de quienes desde dentro venden a sus pueblos. Dejemos de culpar Trump, es cómodo culpar para desligarnos de nuestras responsabilidades. Trump es un mortal como nosotros, de Bolsonaros están llenas las calles.

Hasta que no nos hagamos responsables de nuestros propios actos, de lo que solapamos y de lo que nutrimos, Latinoamérica ni el mundo cambiarán. Hay un fascista en cada uno de nosotros, unos son más visibles que otros pero el ADN lo tenemos. ¿Qué haremos al respecto? ¿Seguir culpando a otros? ¿A los medios de comunicación? ¿A los injerencistas? ¿A los pobres?

Pobres somos nosotros: en espíritu, agallas y cerebro.

Fuente: Blog de la autora

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La tristeza no es solo Brasilera

Gustavo Vega

El ultraderechista Jair Bolsonaro fue el primer presidente brasileño electo sin el voto de la población más pobre pero igualmente obtuvo el triunfo: 55 por ciento frente al 45 de Fernando Haddad, el candidato de Lula. Como si estuviera en plena Guerra Fría, prometió combatir “el comunismo, el socialismo y el populismo”.

A las 7 de la tarde la televisión mostró el habitual videograph de Urgente. A esa hora, Jair Bolsonaro ya sepultaba los sueños de garantías democráticas para las minorías brasileñas con un triunfo arrollador.

El nuevo presidente del gigante de América Latina encarna desde hoy la nueva mayoría que explica con creces el 55,1 por ciento que sacó en la segunda vuelta. Fernando Haddad, el candidato del PT, llegó al 44,90 % escrutado el 100 por ciento de las urnas electrónicas.

La ola ultraderechista cabalgada desde su cresta por un militar racista y reivindicador de la última dictadura invadió las costas de Río de Janeiro convirtiendo a la ciudad en una postal difícil de creer, ahí donde reina el carnaval.

El mandatario electo le habló al país desde su casa, acompañado por su esposa Michelle y una traductora para sordomudos. Dijo: “Lo que ocurrió en las urnas no fue la victoria de un partido más, es la celebración de un país por la libertad”.

Abajo, junto al mar, la glamorosa Barra da Tijuca se vestía de fiesta para celebrar la victoria de “Mito”, el hombre que asumirá su cargo el 1º de enero de 2019 en un país de 208 millones de habitantes. El presidente electo cosechó el apoyo de 57.795.271 de electores contra los 47.035.345 que votaron al profesor universitario que llegó al ballotage corriendo siempre desde atrás.

Dos horas después del cierre de los comicios en las principales ciudades del país, ya estaba el resultado puesto. Brasil tiene cuatro husos horarios distintos y en el nordeste los resultados de la votación se conocieron más tarde. No hubo suspenso, ni siquiera la posibilidad de un desenlace reñido que habían disparado como posibilidad algunas encuestas de los días previos con Haddad acercándose al militar. Conocida su derrota, el candidato del PT dijo palabras de contención para la militancia de su partido:

“Vamos a seguir continuando con la caminata y reconectándonos con los pobres de este país. Cuenten con nosotros, la vida está hecha de coraje”.

Brasil, más allá de sus fronteras, se identifica ahora con la cara de un dirigente político misógino y xenófobo, que no parece creíble en su moderación impostada de estas horas. Pero se legitimó en los comicios, y si cumple con la mitad de sus frases de campaña, llevará al país más grande de América Latina por un camino oscurantista, de imprevisibles consecuencias.

Desde 1945 que un militar no llegaba al gobierno por la vía democrática.

El último fue Eurico Dutra. El candidato del PSL (Partido Social Liberal) será el presidente 42º y el octavo desde el fin de la larga dictadura militar (1964-1985). Bolsonaro consiguió superar en el ballottage sus números de la primera vuelta, como era previsible. Mejoró de manera ostensible su performance con nueve puntos porcentuales más y pasó del 46 % del primer turno al 55,1. Haddad también elevó sus guarismos del 29 por ciento al 44,90. Pero esos números ni siquiera le permitieron discutirle la elección al candidato vencedor.

En su discurso como flamante presidente electo, Bolsonaro dejó frases que resumen su ideario, entre ultramontano y provocador. El nuevo hombre fuerte de Brasil declaró: “Nunca estuve solo, siempre sentí la presencia de Dios y la fuerza del pueblo brasileño” y siguió con sus frases litúrgicas, como si estuviera en un templo:

“Este gobierno será un defensor de la constitución, de la democracia y de la libertad. Esta es una promesa no de un partido, no es la palabra de un hombre, es un juramento a Dios”.

Por varios pasajes, en ésas, sus primeras frases como ganador de la elección más importante de la historia reciente del país, Bolsonaro pareció mutar del candidato en campaña que restringiría los derechos de las minorías al presidente electo de la concordia y la tolerancia como bien supremo.

“La libertad es un principio fundamental, libertad de ir y venir, andar por las calles en todos los lugares de este país. La libertad de emprender, la libertad política y religiosa, de formar y tener opinión, de hacer elecciones y ser respetado por ellas”.

Tampoco parecieron creíbles sus palabras que procuran concordia:

“No hay brasileños del sur o del norte, somos todos un solo país, somos todos una sola nación, una nación democrática”. Después de mostrarse acompañado por su esposa en las palabras iniciales desde su casa, apareció en público con el frustrado candidato a senador Magno Malta que lo tomó de las manos y lo invitó a compartir una oración. El personaje, poseído como si fuera un pastor evangélico de las iglesias electrónicas, dejó algunas frases de antología que hicieron emocionar al nuevo mandatario.

“Los tentáculos de la izquierda no serán arrancados sin la mano de Dios, comencemos orando”, invitó. La escena la completaban otros colaboradores y seguidores de Bolsonaro como el actor porno Alexandre Frota y el probable ministro Ónix Lorenzoni, un político derechista de Río Grande do Sul.

El capitán retirado del ejército y hasta hoy diputado federal no fue el único ganador de su partido. Los dos militares y un empresario candidatos a gobernadores del PSL que alcanzaron la segunda vuelta, también triunfaron en los estados donde se presentaron. El llamado comandante Moisés se impuso en Santa Catarina con un contundente 71 por ciento de los votos. Otro uniformado, el coronel Marcos Rocha, venció en Rondonia con el 66,3 % y en Roraima la victoria fue para Antonio Denarium, un hacendado ganadero con el 53,8 %.

Había en juego trece gobernaciones más el distrito federal de Brasilia. En los tres más importantes del país, San Pablo, Minas Gerais y Río de Janeiro, se impusieron candidatos de derecha que acompañaron la postulación presidencial de Bolsonaro.

En el distrito más poblado del país, el empresario paulista Joao Doria ganó con el 51,7 de los votos y retuvo un bastión histórico del PSDB. En Río el éxito fue para Wilson Witzel (por el 59,9 %) del Partido Social Cristiano (PSC), un ex infante de marina y ex juez que surfeó sobre la ola militarizada que guió a Bolsonaro hacia el Planalto.

Una joven fuerza de derecha, el Partido Novo, se impuso en Minas Gerais con el empresario Romeu Zema por el astronómico porcentaje del 71 %, en el mismo distrito donde la ex presidenta Dilma Rousseff salió cuarta y no pudo lograr la senaduría a la que aspiraba.

El mapa político de Brasil tuvo un fuerte corrimiento hacia la derecha más rancia, en su formulación militar, empresaria y evangélica. Una combinación que se expresó durante toda la campaña con altos picos de fundamentalismo. Como si hubiera regresado al país más poderoso de América Latina, la vieja alianza entre la cruz y la espada.

Bajo la bendición del capital financiero y el Departamento de Estado de EE.UU, con su arsenal tecnológico volcado a las redes sociales y las iglesias de pastores grandilocuentes dispuestos a realizar una nueva cruzada de la fe.

Fuente: Página 12

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