Avaluada en Más de $3 Mil Millones: La Casita en la Pradera de Piñera No Aparece en su Declaración de Patrimonio

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No, no es ilegal vivir en una casa que figura a nombre de los hijos. Pero tratándose de un Presidente de la República, multimillonario por lo demás, y considerando cuestiones tributarias -sin perjuicio de la obligación legal de la declaración de patrimonio- el hecho es, por decir lo menos, irregular y sospechoso.


La historia fue destapada por el periódico electrónico El Dínamo, en el reportaje Toda la historia de la casa presidencial: está avaluada en $3 mil millones y no figura en la declaración de patrimonio de Piñera

Es esencia, plantea el reportaje, “la propiedad de 5.840,8 metros cuadrados en la que está emplazada su casa no está a su nombre. Y, por lo tanto, no aparece registrada en su declaración de patrimonio e intereses, a pesar de estar avaluada por el Fisco en más de $3 mil millones”.

La casa ubicada en Camino de la Viña del sector San Damián, en Las Condes, tiene  el rótulo de dirección 11381. Sin embargo, la dirección legal, que posee ROL registrado en el Servicio de Impuestos Internos, corresponde al número 11385, referente al sitio 1B-C.

Agrega el reportaje:

“La adquisición se realizó, según se informa en los registros del Conservador de Bienes Raíces de Santiago, el 27 de enero de 1995. Ese día Inversiones Santa Cecilia pagó UF79.667,20 al difunto (en 2013) empresario inmobiliario Juan Carlos Kantor Edelstein, padre de la actual ministra del deporte nombrada por Piñera, Pauline Kantor.

Luego de esto, en medio de movimientos empresariales del holding de Piñera, la propiedad fue traspasada a Inversiones Bancard Limitada y, en 2007, fue vendida en partes iguales a los hijos del Presidente: Juan Sebastián, Cristóbal, Magdalena y María Cecilia Piñera Morel. Esto, por el precio de $1.286 millones”.

Estos también aparecen como dueños de una propiedad colindante, un terreno de 6.097,8 metros cuadrados que da a Avenida Charles Hamilton 11350, y que está avaluado por el Fisco en $1.427 millones, adquirido por los hijos de Piñera el 25 de enero 2008 en $1.075.5 millones.

Agrega la nota periodística que la propiedad en su conjunto asciende a los 11.938,6 metros cuadrados.

Es lo mismo que ha sucedido con gran parte del patrimonio de Piñera: por alguna razón,  que sólo ellos conocen, ha sido traspasado a nombre de los hijos.

Y no es que Piñera se los haya cedido para que tengan con qué enfrentar la vejez, y tampoco, que los generosos hijos cedan su propiedad, para que sus padres pasen la suya.

No, la cosa no va por el amor filial.

Lo más probable es que se trate de de una maniobra, primero, para ocultar el verdadero monto de su fortuna, y desde luego, casi con seguridad, para reducir carga tributaria.

No en vano, su asesor en estas materias ha sido Fernando Barros Tocornal, uno de los abogados tributaristas que fueron investigados por los periodistas Juan Andrés Guzmán y Jorge Rojas en el libro “Empresarios zombis. La mayor elusión tributaria de la elite chilena”, una indagatoria de más de ocho años que muestra cómo entre los años noventa y dos mil, varios de los más prósperos empresarios chilenos declararon ante la autoridad enormes pérdidas tributarias que les permitieron eludir impuestos, Piñera en primer lugar.

La investigación concluyó que Fernando Barros asesoró a Piñera en la compra de la menos tres empresas “zombis”, más otra que adquirió para Leonidas Vial. Ambas pertenecían a Manuel Cruzat, empresario que quebró en los 80 y que fue el mentor de Piñera y de Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín, controladores del grupo Penta y también compradores de zombis en la hora cero.

“Todos ellos forman un círculo que compartía datos, información y una forma de ver el sistema de impuestos”, explica el autor del libro.

Guzmán explicó que la reducción de impuestos que obtuvieron los empresarios de la hora cero, abrió el apetito de otros y pronto las empresas de Cruzat se acabaron. Para satisfacer la “necesidad” del mercado de eludir impuestos, los tributaristas comenzaron a revivir otras zombis, de bastante peor calidad y que llevó al Servicio de Impuestos Internos a cuestionar estas operaciones.

Hay piñeristas irreductibles, como los encuestólogos Roberto Izikson y Roberto Méndez, que plantean la peregrina tesis, de que estos asuntos no dañan a Piñera, porque la gente sabe como es, y así lo acepta.

Además de inmoral, el argumento es una ordalía de la profunda corrupción en que se han enfangado la élite empresarial y la derecha chilena; una élite irresponsable que hoy gobierna para sus exclusivos intereses.

Aparte del síndrome de Estocolmo, que como se sabe, consiste en el vínculo afectivo con quien nos hace daño, no hay una explicación racional para la extraña conducta de los que eligieron a Piñera por segunda vez.

Pues, con su pan que se lo coman.

Pero hay también otro sector sano de la sociedad que no acepta un Presidente delincuente, que no sólo no se arrepiente de sus trapacerías, sino que ha levantado una densa e inextricable red de sociedades de inversión, -a nombre de sus hijos- para evadir lo que hacen todos los chilenos con el IVA: pagar impuestos.

Es el sector de chilenos que no termina de asombrarse por la inagotable capacidad de Piñera para hacer trampas. Pero, como dijo Martín Fierro, no hay tiempo que no se acabe ni cuero que no se corte.

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