La Verdad Escondida tras la Marcha de Cristiano Ronaldo

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por Esteban Urreiztieta, Orfeo Suárez.

El salón no tiene fin. Las mesas se suceden perfectamente alineadas sobre un suelo negro, como en un expositor.

Un libro del diseñador Tom Ford, quien fuera director creativo de Gucci e Yves Saint Laurent, y un álbum fotográfico de Marilyn Monroe están dispuestos como si jamás hubieran sido consultados. Si no fuera por unas fotos familiares en las esquinas, se diría que es un lugar inhabitado.

Esta tarde, sin embargo, se acumulan los huéspedes, porque Cristiano Ronaldo ha mandado llamar a su gente de confianza, a sus asesores, en busca de un culpable. Quiere saber quién es el responsable de los problemas fiscales que le amenazan con el peor de los calificativos para su orgullo y su ego: el de delincuente.

La reunión se produjo el 11 de mayo de 2017, el día en que se inició la verdadera cuenta atrás de su marcha del Real Madrid, consumada el 11 de julio de 2018, después de pagar 18,8 millones de euros a Hacienda y reconocer cuatro delitos fiscales.

Atrás quedaron 14 meses de thriller, entre reproches, goles, traiciones y títulos que llevaron al límite de su paciencia a Zinedine Zidane.

“Resolved lo de Cristiano como sea, porque no habla de otra cosa en el vestuario, es insoportable”, rogó a la directiva. El francés se anticipó a Cristiano y se fue con sus razones y sus secretos, después de que la tensión generada por el portugués llegara al máximo en el césped de Kiev, con la decimotercera Champions caliente.

El aquelarre empezó en silencio. Nadie hablaba. Los asistentes temían la reacción de Cristiano, que prefirió convocar a todos en la casa de su agente y padrino, Jorge Mendes, ambos vecinos en la urbanización La Finca de Madrid. El jugador hizo de ese lugar el castillo kafkiano en el que se aisló del club, de la ciudad y hasta del país en el que trabajaba.

El ídolo era, en realidad, un hombre solo que se ejercitaba en su casa hasta provocar la preocupación de los servicios médicos del Madrid, inquietos por su sobreentrenamiento; que pedía a un restaurante próximo que le llevara la comida a casa porque no soportaba la tortura de la fama, y que pagaba 25.000 euros mensuales a un chófer porque en el mundo de la desconfianza, la confianza es un tesoro. Ese día, en cambio, su rostro era el de alguien confundido.

“¿Quién es el responsable de todo eso?”, preguntó. El silencio podía masticarse. “¡Doctor, yo le dije que no quería riesgos!”, exclamó. El doctor era el abogado Carlos Osorio, hombre de confianza del clan Mendes y responsable de la arquitectura societaria y fiscal de sus futbolistas. Osorio es una de las personas a las que Cristiano paga por encima de las tarifas habituales para sentirse seguro.

Carlos Osorio, abogado portugués de Cristiano Ronaldo, descansa tras una de las tensas reuniones en la lujosa urbanización madrileña de La Finca para abordar la crisis fiscal del jugador.

“No tengo estudios. Lo único que he hecho en mi vida es jugar al fútbol, pero no soy tonto y no me fío de nadie. Por eso cuando contrato a un asesor siempre le pago el 30% más de lo que pide, porque no quiero problemas”, comentó a los primeros en llegar.

“Vamos a luchar a muerte”

“Cris, el responsable soy yo. Tranquilo, todo está bien y vamos a luchar este tema a muerte hasta el final”, contestó Osorio. Varios de los asistentes sabían que las cosas no estaban bien, discrepaban de lo que había hecho el abogado portugués, pero callaban. Uno de los problemas de los ídolos del fútbol es que no tienen masa crítica, porque los entornos callan para no ofender y proteger su posición y su dinero.

José María Alonso, decano del Colegio de Abogados de Madrid, y los penalistas recomendados por el Madrid, de la firma Baker & McKenzie, eran otros de los asistentes. Todos conocían la grave situación fiscal de Cristiano, que ya había sido desvelada a la opinión pública por EL MUNDO, como miembro del consorcio de investigación de Football Leaks.

La investigación descubrió el entramado societario mediante el cual el futbolista había desviado durante años sus astronómicos ingresos por derechos de imagen. La cantidad ascendía a los 150 millones de euros. Hacienda había decidido dar un paso al frente para acabar con la impunidad en el fútbol, pero, al contrario que en el caso de Messi, en el seno de la Agencia Tributaria existían discrepancias acerca de si el caso del portugués debía ser canalizado por la vía penal o la administrativa. La duda era compartida, incluso, por el ex ministro Cristóbal Montoro.

Sin la amenaza del delito y de la cárcel, en cambio, el poder de la propia Hacienda decrecía, por lo que el debate técnico que propiciaba el hecho de que Cristiano hubiera regularizado una importante cantidad (5,6 millones de euros) en 2014 para evitar el dolo, no debía prosperar. Para poner a la estrella y a todo el fútbol contra las cuerdas, había que llevar los casos al umbral del delito, al aprovechar que las cantidades reclamadas superan en la mayoría de los casos los 120.000 euros, dados los abultados ingresos de los profesionales.

Cristiano tardó meses en escuchar con crudeza la realidad para aceptar un pacto con Hacienda, porque en aquella reunión la mayoría insistió en lo contrario, ante las preguntas sin respuesta del colérico futbolista: “¡Yo nunca dije que no se pagaran impuestos! ¡Quiero saber qué ha pasado! No entiendo nada, los impuestos los pagan los patrocinadores. ¿Por qué me acusan a mí?”.

El jugador confundía la forma de negociar con los clubes y la que se lleva a cabo con los patrocinadores. Decía estar convencido de que a Tollin Associates, su sociedad offshore, sólo llegaba dinero neto, que ya había pagado impuestos en origen. Tampoco Cristiano podía entender el motivo por el que no tuvo problemas en Inglaterra y sí en España.

La razón es que la fiscalidad británica permite desviar el 50% de los derechos de imagen de los futbolistas a sociedades radicadas fuera del país. Cristiano preguntó a Osorio al llegar a España, y el asesor se dirigió al bufete Garrigues. Nadie cambió nada. Los contactos en el entorno del futbolista continuaron en busca de una solución, ya sin Cristiano presente, pero siempre en locales de alto standing de la capital.

Mendes recibió un curioso regalo de uno de los asesores, un libro del fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, acompañado del siguiente mensaje: “Siempre que tengo un problema y quiero ver la luz, recurro a esta lectura”. Cristiano, en cambio, creía que el único todopoderoso que podía librarlo de Hacienda era Florentino Pérez.

La lógica del portugués era, de hecho, la misma que había desarrollado Leo Messi, su íntimo Mascherano y otros futbolistas del Barcelona. Condenados ambos por delito, al segundo le parecía impensable que pudiera llegar a semejante situación como futbolista del Barça. Advertido de sus problemas antes de su condena, confesaba en una reunión privada:

“No hay problema, me ha dicho Xavi que [Josep] Sánchez Llibre, de Convergència, nos lo arregla en Madrid”.

La formación catalana había sido clave, 20 años atrás, para el pacto que desembocó en la fórmula salarial del 85/15, por la que Hacienda permitía a los deportistas profesionales tributar el 15% de sus ingresos en los clubes como derecho de imagen. Los tiempos, sin embargo, habían cambiado.

Cristiano esperaba, además, otra cosa, y era que el Madrid lo compensara en la subida de su contrato con los pagos que había realizado y realizaría a Hacienda. Sabía que el Barça lo haría de un modo encubierto con Messi, al renovar su contrato. Osorio, por su parte, había descubierto una cláusula en su contrato por la que el club debía hacerse cargo de las contingencias fiscales.

El jugador amenazó al club con airearlo, pero estaba equivocado, ya que las contingencias se referían exclusivamente a su salario, negociado en neto, y no al resto de los ingresos comerciales de Cristiano, causa real de su conflicto con Hacienda. Florentino intentó poner cortafuegos a la difusión mediática del conflicto, pero entendió que el Madrid no debía interceder ante Hacienda. Era su problema. Cristiano lo interpretó como una traición. La decisión de marcharse tomaba forma.

“Por detrás de Di Stéfano”

La primera oportunidad de salir se la brindó el Milan, club que intentaba devolver al primer plano el magnate chino Li Yonghong, al hacerse con el 99% de las acciones del club lombardo en 2017. Le ofreció 150 millones de euros netos en cinco años. El consejero delegado Marco Fassone se hizo cargo de las negociaciones personalmente. Cristiano se sintió tentado, pero dijo no.

Su apetito por ganar le aferraba al Madrid, pese a que la desafección crecía. Incluso llegó a creer que era injustamente tratado por ser calificado como el segundo jugador más importante en la historia del Madrid. “Siempre me ponen por detrás de Di Stéfano. Ya no sé qué más tengo que hacer”, clamaba entre sus íntimos, desatado en su bucle de megalomanía.

La renovación de Messi, que pasó a ganar el doble que Cristiano, y la llegada de Neymar al PSG lo habían relegado al tercer escalón de los jugadores mejor pagados. La prestación del futbolista, en cambio, crecía en uno de los mejores años de la historia del club, camino del primer doblete del Madrid (Liga y Champions en la temporada 2016/17), medio siglo después.

A Cristiano le llegó el mensaje de que todo cambiaría si en Cardiff levantaba de nuevo la Champions. “Es una falta de respeto que yo, el Balón de Oro, gane menos que Messi y Neymar. No es dinero, es estatus, respeto”, repetía, mientras en la guardia de corps de Florentino se escuchaba:

“No sabemos cuál va a ser el presente de Cristiano en el Madrid, pero está claro que no le queda un gran futuro”.

Finalmente, sin embargo, el club le trasladó una oferta. Cristiano pasaría de 21 a 25 millones netos al año y sólo podría alcanzar los 30, la cifra que se había marcado el jugador, mediante variables. Entonces tomó la decisión definitiva. Empezaba una nueva temporada y Cristiano ya sabía que sería la última.

“No me fui y me arrepiento”, repetía a Mendes, que siempre le hizo ver la conveniencia de alcanzar un acuerdo con el Madrid y acabar su carrera en España. En el club, en cambio, creían que era su representante quien lo alentaba a marcharse en busca de otra comisión millonaria.

En el Bernabéu sólo atendieron la llamada de un equipo, el Manchester United, que se ofreció a acogerlo pero sin un gran desembolso. Mendes insistió a Florentino, que jamás pensó en la marcha del portugués, y el presidente, habituado a los tahúres, le lanzó un órdago: “Si traes 100 millones, es tuyo”. Los encontró.

Antes de la final de Kiev, donde el Madrid ganaría su decimotercera Champions, la ruptura era ya irreversible para Cristiano, pero un buen mercader como Mendes nunca da las cosas por perdidas. El PSG trasladó su interés al agente, aunque con una condición de riesgo:

“Si lo fichamos, tiene que ser el último día del mercado, el 31 de agosto, para no dar oportunidad al Madrid a ir a por Neymar o Mbappé”.

Demasiada incertidumbre, pensó el futbolista. Para el portugués, después de triunfar en Inglaterra y España, Italia era un destino apetecible. En diciembre, Cristiano pidió a su agente que sondeara a la Juventus:

“Me gusta porque es un club organizado y no olvido que intentaron ficharme cuando estaba en el Sporting de Lisboa”.

Cristiano Ronaldo a su llegada al centro médico de la Juventus antes de pasar reconocimiento médico.

Tenía entonces 17 años y la Juve propuso al club lisboeta un canje con el chileno Marcelo Salas. En esas fechas también se acercó el Barça, con Carles Rexach como enviado, pero el club azulgrana no escuchó su consejo y optó por Quaresma.

“La Juve ha llegado a dos finales en los últimos años. Conmigo puede ganar la Champions”, insistió Cristiano para que Mendes sondeara a Andrea Agnelli.

El día en que el Madrid debía enfrentarse a los blanquinegros, en cuartos, el agente tuvo la primera aproximación. “Cristiano quiere fichar por la Juve pero lo importante es que tengáis la posibilidad de hacerlo y eso sólo puede decirlo Agnelli”, transmitió el agente.

Por la noche, la chilena del astro despertó los aplausos de los tifosi. Para un Cristiano con manía persecutoria, fue un punto de inflexión emocional. Otro club del Calcio hizo llegar su interés a Mendes. Fue el Nápoles, mediante la llamada de un viejo conocido, Carlo Ancelotti: “Jorge, quiero a Cristiano. Llama al presidente”. El agente lo hizo por cortesía, pero Aurelio de Laurentiis le expuso que la operación llevaría a la quiebra al club.

Agnelli, en cambio, entendió el fichaje como una oportunidad de devolver a la Juve al primer plano de las grandes marcas del fútbol. Su competitividad no había bajado, pero estaba penalizada por la depresión del fútbol italiano. Una estrella como Cristiano no sólo le daría más gol, sino más cotización en un fútbol que funciona como las productoras de cine: la industria necesita estrellas.

El anunció de su llegada confirmaría su tesis, al disparar el valor de las acciones de un club que cotiza en bolsa. Con un nuevo estadio, en proceso de construcción de una gran ciudad deportiva y en manos del heredero de una de las sagas más ricas de Italia, la gran estrella cerraba el círculo. Puede discutirse si Cristiano es mejor o peor que Messi, si es o no el número uno en el campo, pero nadie duda de que lo es en el escaparate.
“He dado mi palabra”

A pesar de todo, Mendes mantuvo abierta hasta el último momento la vía del Madrid; sabía que Florentino siempre hace una última jugada. La hizo, pero ya no había marcha atrás para Cristiano: “He dado mi palabra a quien me ha valorado cuando el Madrid no lo hacía. Si ahora viene Florentino y me da el doble, me da igual. Me voy a la Juve”.

Agnelli había trasladado a Cristiano otra razón para su tranquilidad: un modelo fiscal fijo y seguridad jurídica. En España, el sector del fútbol siente actualmente que no existe a efectos fiscales.

Una vez decidido su destino deportivo, debía resolver su situación judicial en nuestro país. La desconfianza en el despacho Baker & McKenzie creció tras la controvertida declaración ante la jueza en Pozuelo de Alarcón. Todo el episodio fue controlado desde la T4 del Bernabéu, como llaman a la planta noble del estadio.

El abogado de confianza de Florentino, Chitín del Valle, asistió personalmente a la declaración y el jugador recibió la orden desde el Bernabéu de no hablar. El atril dispuesto por sus asesores de comunicación se quedó solo. Desorientados por la situación, un alto dirigente de un club español le dijo a Mendes, también acusado como colaborador necesario, que debían cambiar de estrategia y de asesores. La recomendación fue que se pusieran en manos del ex magistrado José Antonio Choclán.

Al recibir la oferta, lo primero que hizo Choclán fue incorporar al caso a los fiscalistas de Equipo Económico y coordinarse con el letrado de Mendes, Carlos Sáiz. A Cristiano le hablaron claro: había que convencer a la juez de que no había delito o pactar. Llegar a juicio era un riesgo. Sabían que la Fiscalía iba a pedir 16 años de cárcel para el futbolista y 80 millones. La Abogacía del Estado pretendía elevar la cifra nada menos que a 20.

Eso dificultaba inicialmente un pacto, al que se oponía Osorio, pero a Cristiano le insistían: “Tú sabes meterle un gol al Atlético, pero al Estado no le metes ni uno”. “Ir a juicio es una ruleta rusa”, le repetían. Las palabras de la instructora, tras escuchar la contundente exposición de los fiscalistas de Equipo Económico, con Manuel De Vicente-Tutor al frente, dejó la suerte echada: “Aquí ustedes sostienen una postura y Hacienda, la contraria”. Estaba claro que abriría juicio oral.

El acuerdo era necesario. Había que ponerse a trabajar, pero en silencio. Las revelaciones de este periódico, que destaparon la negociación con la Agencia Tributaria, tensaron la interlocución con las actuarias. Hacienda dijo que no negociaba con contribuyentes imputados. A partir de ahí entró en acción el abogado del Estado Edmundo Bal, que consideró razonable la propuesta del jugador, al aceptar cuatro delitos fiscales. En total, pagaría 18,8 millones de eurospor todos los conceptos, cantidades defraudadas y sanciones.

Cristiano tuvo la propuesta sobre la mesa una semana. Osorio le insistía en que no firmara. “No soy un delincuente”, se repetía. Finalmente, le hicieron entender que el riesgo de cárcel era real. Estampó su firma, con la mente en Turín y un desafío: “Ahora verá Florentino de lo que soy capaz”.

Fuente: El Mundo

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