Emperador de la Posverdad: Piñera Falsificó Hasta el Patio de los Naranjos

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Aparte de su epidermis desopilante, el episodio de las naranjas falsa de Piñera es de la mayor gravedad, pues revela la esencia profunda de este gobierno empresarial: si la realidad no coincide con sus intereses, peor para la realidad. En rigor, un autorretrato de la postverdad, las “fake news” y la plusmentira.


Posverdad, mentira emotiva, o política posfactual es un neologismo​ que describe la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales, en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales, distorsionadas por la complicidad del sistema mediático.

Piñera se ha valido de la mentira sistemática, las verdades a medias, el gato por liebre y la letra chica, como un particular sello de su “arte” de hacer política. De allí que engañar al Presidente del Gobierno español, con naranjos falsificados con naranjas verdaderas le haya parecido una trivialidad, algo así como un detalle de diseño escenográfico.

Tanto que el funcionario que realizó la peculiar operación, lo hizo a la vista de los periodistas acreditados en La Moneda, sin que el jefe que se lo ordenó, el asesor al que se le ocurrió, si es que no fue el propio Piñera, repararan que estaban manipulando de una manera frívola y cínica, uno de los símbolos de nuestra alicaída tradición republicana.

El objetivo era claro y sencillo: reforzar los naranjos del emblemático patio para que se vieran más “cargados” a ojos de la ilustre visita.

En esa dudosa costumbre de aparentar lo que no es, en función de razones de Estado, Piñera no es ni siquiera original.

Federico I de Hohenstaufen, más conocido por Barbarroja, primer emperador  del Sacro Imperio Romano Germánico, se valió de tretas de equivalente ralea, tales como implantar tres momias falsas de los Reyes Magos en la catedral de Colonia, u ordenar la santificación de Carlomagno, con el fin de persuadir a los renuentes súdbitos de las ciudades italianas, acerca de la divinidad de su origen, operaciones descritas por destreza y erudición por Umberto Eco, en su novela Baudolino.

Guardando las debidas proporciones, es lo que hizo Piñera, entrado el siglo XXI, en el Patio de los  Naranjos, una tradición de casi seis décadas, con árboles plantados en 1943, bajo el gobierno de Juan Antonio Ríos, que incluso resistieron y sobrevivieron al bombardeo de La Moneda.

En esencia, es lo mismo que hizo Piñera la mañana del martes, cuando fue a Quintero a vender la pomada de un “nuevo trato” con esa zona de sacrificio, en circunstancias de que hace unas pocas semanas envió el proyecto de “modernización” del Servicio de Evaluación Ambiental, que en última instancia, redundará en nuevas zonas de sacrificio, en nombre del “crecimiento” y la “inversión”; o cuando envió un veto a la plurianualidad del reajuste del salario mínimo, aprobada por el Congreso, maniobra miserable que busca ahorrarle al fisco y el empresariado, medio punto porcentual en el reajuste de 2019, a pretexto del “mayor reajuste del salario mínimo desde 1990”.

Evidentemente, y como es apenas natural, el tema sacudió a las redes sociales, cuyos usuarios optaron para agarrar a Piñera para la chacota.

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