Santos: De Premio Nóbel de la Paz a Cipayo Guerrerista Imperial

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Por Alberto Pinzón Sánchez.

¿Recuerdan la antigua fábula del alacrán y la rana cruzando el río, y su respuesta cuando la rana le pregunto por qué le clavaba el aguijón sabiendo que ambos desaparecerían bajo las aguas?  Hay varias versiones: “Es mi naturaleza”, dice que le dijo antes de irse ambos al fondo.

Una versión más literaria y tal vez más amplia dice lo que sigue:

“El escorpión colocado sobre la resbaladiza espalda de la rana, empezaron juntos a cruzar el río. Cuando hubieron llegado a la mitad del trayecto, en una zona del río donde había remolinos, el escorpión picó con su aguijón venenoso a la rana. La rana sintiendo cómo el veneno mortal se extendía por su cuerpo, mientras se ahogaba y con ella el escorpión, pudo sacar las últimas fuerzas que le quedaban para decirle —No entiendo. ¿Por qué lo has hecho? Tú también vas a morir. Entonces, el alacrán la miró y le respondió: —Lo siento ranita. No he podido evitarlo. No puedo dejar de ser quien soy, ni actuar en contra de mi naturaleza, de mi costumbre y de otra forma distinta a como he aprendido a comportarme. Enseguida desaparecieron los dos, el escorpión y la rana, bajo las aguas del río”.

Una aleccionadora enseñanza sobre la naturaleza humana, venida desde la anónima sabiduría de a antigüedad; bien podía aplicarse a la situación actual de Colombia: Un picadura letal del gran simulador colombiano contra todos aquellos que ingenuamente creyeron en sus refinadas maneras del Tahúr y fullero profesional, y contra todos los que en Colombia y el exterior creyeron que a JM Santos, de verdad, lo animaba un profundo y sincero deseo humano de conseguir una real Paz para su atormentado pueblo.

También, un aguijonazo contra todos aquellos que limpiamente han sostenido y creído en la realidad de los indestructibles y centenarios lazos históricos de hermandad y fraternidad, existentes entre los pueblos de Colombia y Venezuela.

Que ese altruismo y nobleza humanas prevalecerían sobre la mezquindad, la perfidia, la hipocresía traicionera y la fullería cínica, que caracterizan la esencia de clase de la vieja oligárquica trasnacional colombiana.

Que más allá de una “blanca palomita de la paz” enhebrada en la solapa del saco de  fino paño inglés, emanaba un sincero y alto humanismo, superior a sus compromisos político-económicos de cipayo violento, cuyo único fin existencial es (como lo hizo su tío abuelo y lo han hecho sus antecesores presidenciales) cumplir “sagradamente” las ordenes provenientes del Gobierno de los EEUU. De aquel gobierno que ha enseñado a sus lacayos que “no hay amistad sino negocios”, fuera de lo cual no hay salvación.

Dos grandes y lamentables hechos sociopolíticos ocurridos en los últimos días en Colombia confirman los dos asertos hechos en mi pasado artículo: uno, sobre la ley de Murphy de que todo lo que va mal tiende a empeorar, y otro, la inseparable relación existente entre los procesos sociales en desarrollo en Colombia y en Venezuela.

Me estoy refiriendo a:

1.La orden de captura emitida por la Fiscalía Vargasllerista contra la cúpula de la guerrilla del ELN agregándole el “refugio” en Venezuela, lo que sepulta definitivamente un posible Acuerdo de paz con el gobierno Santista.

2.La total entrega del mando supremo de las Fuerzas Armadas de Colombia a manos del Almirante Tidd, jefe del comando Sur del US Army, hecha en Bogotá y Tumaco (12.02.2018) tanto por el presidente de Colombia Santos como su vicepresidente general Naranjo; con el objetivo estratégico militar de cerrar de una vez por todas con una fuerza militar colombiana comandada por militares estadounidenses, el cerco político financiero, jurídico (CPI) y diplomático  que gradualmente se ha venido haciendo gradualmente sobre el gobierno de Venezuela. Con lo cual y definitivamente, la paz en Colombia ha quedado supeditada a la solución (presumiblemente violenta) del llamado “problema venezolano”.

Paso por alto la perfidia del presidente y del Estado colombiano en el incumplimiento programado del Acuerdo de paz de la Habana. El sórdido genocidio sistemático de los líderes sociales y desmovilizados.

La campaña violenta, mediática y política de odio contra el nuevo partido político de FARC surgido de la legalidad y legitimidad de un Acuerdo de paz con carácter de tratado internacional.

Minimizo la campaña publicitaria para convertir al candidato presidencial Petro en un monstruo como el “Basilisco” creado por el falangista Laureano Gómez en los años 30 del siglo pasado, hacia donde quieren regresar el progreso social de Colombia.

Y solo menciono los niveles de rechazo de la gestión presidencial después de la caída del puente de Chirajara construido en la vía al Llano por una firma del cacao financiero Sarmiento Angulo (patrocinador económico del trio dominante Santos-Vargas Lleras- Fiscal Martínez que aparece en la foto)  y que desnudó una vez más los niveles de corrupción a los que han conducido a Colombia los dominantes.

IEl hecho  de la agónica debilidad del presidente Santos, después de que su “muleta político-electoral” Vargas Lleras, el vicepresidente y jefe de la mafia de Cambio Radical se desplazara de una inexistente “derecha” hacia la llamada “extrema derecha”, evidenciando que son la misma categoría; más la presión que este verdadero gamonal clientelista hiciera, junto con su Fiscal de bolsillo, para que NO se acordara un nuevo cese de fuegos BILATERAL con la delegación del ELN en Quito, han precipitado el proceso de paz con esa guerrilla hacia el triste final que estamos viendo.

La orden de captura internacional contra la dirección del ELN, que según la Fiscalía se encuentran en Venezuela, es el puntillazo final.

Ya no es solo un pretexto. Es un argumento jurídico para “ir a por ellos” como dicen en España.

Es la confirmación que el nuevo ciclo de violencia proteiforme que se avecina en Colombia ha quedado unido por un lado a los intereses de la “War on Drugs” estadounidense, y por el otro, también, a los “intereses Geoestratégicos y militares de los EEUU” en la extensa región andino-amazónica. Dos políticas imperiales distintas, pero con un solo interés verdadero: ¡“América First”!

Y Santos, el pobrecillo Santos, aquella aristocrática y noble alma inundada por un humanitarismo oceánico, habrá hecho el transito esperado y por muchos profetizado, de Premio Nobel de la paz a cipayo guerrerista de los EEUU.

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