Especial Viet Nam: La Ofensiva del Têt y el Triunfo de la Estrategia

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Vietnam, 1968. El 31 de enero, la ofensiva del Têt (1) comienza. Las fuerzas de liberación atacan casi simultáneamente a las posiciones enemigas en todas las grandes ciudades de la mitad sur del país (2), en 36 de las 44 capitales de provincia, así como en otros 64 centros locales.

La planificación de la ofensiva fue meticulosa y la ejecución bien realizada; pero los resultados son discutidos, por las altas pérdidas; no así las consecuencias políticas, especialmente en Estados Unidos. La gran cantidad de soldados estadounidenses muertos durante la ofensiva, unos 4 000, no fue digerido por el pueblo estadounidense.

El rechazo a la guerra en Estados Unidos se acrecentó y ello supuso un giro de la guerra hacia la derrota de la coalición. Algunos autores consideran que se trató de una derrota táctica, ya que además de morir decenas de miles de combatientes norvietnamitas, perdieron la totalidad de lo conquistado. Sin embargo, se considera que fue una victoria estratégica debido al ulterior cambio que provocó en la estrategia militar estadounidense.

Para tener ocupadas a las tropas estadounidenses y survietnamitas, y lograr una gran sorpresa Hanoi preparó tres grandes operaciones:[cita requerida]

– Campaña diplomática ofreciendo nuevas propuestas de paz que desconcertaron al equipo del presidente Lyndon B. Johnson sobre lo que realmente estaban preparando.

– Ataques con varias divisiones e incluso vehículos de combate contra las posiciones de las Fuerzas Especiales en Loc Ninh en las Tierras Altas Centrales. Esta posición era de gran importancia porque cortaba la ruta Ho Chi Minh de camino hacia Saigón. Además, otros autores,4​ añaden el sitio de Khe Sanh como parte de la operación para mantener distraídas a las fuerzas estadounidenses del objetivo principal.

– La fecha para lanzar la operación fue escogida meticulosamente: En esos días muchos soldados del Sur estarían de permiso.

La CIA y otros servicios habían percibido algunos de estos síntomas y habían informado de ello, pero los informes no fueron tenidos lo suficientemente en cuenta por incompletos.

El 30 de enero de 1968, soldados comunistas comenzaron a infiltrarse entre los campesinos de seis provincias distintas para después atacar edificios gubernamentales y cuarteles con armas portátiles y granadas de mortero. Se puso en alerta a todas las fuerzas estadounidenses y se pensaba hacer volver a las vietnamitas, pero por la noche la mayoría de los infiltrados habían caído o habían sido hechos prisioneros, por lo que se creyó que aquello no eran los preludios de la gran ofensiva anunciada por los servicios de inteligencia.

Durante la noche del 30 al 31, de repente, 84 000 combatientes comandados por los dirigentes Chi Fu Lua y Ho Chi Minh reanudaron los ataques por todo el país. El 1 de febrero, los comunistas ya estaban dentro de Saigón, habían atacado 36 de las 44 capitales de provincia, cinco de las seis ciudades autónomas y 64 de las 242 capitales de distrito.

Durante los fuegos artificiales o poco después fueron atacados los principales cuarteles, la Junta de Jefes, la Emisora Nacional de Radio, el cuartel general del ERVN y varias embajadas. Pero una de la que más repercusiones ocasionó posteriormente fue el asalto a la embajada de Estados Unidos por un comando de 19 vietcongs.

La ciudad imperial de Vietnam, Huế, quedó totalmente en poder de los comunistas. Incluso las zonas consideradas seguras también fueron atacadas. Así la provincia costera al sur de Saigón fue tiroteada, el hospital acribillado y varias granadas impactaron junto al edificio.

En el resto del país, los guerrilleros se atrincheraban en las posiciones tomadas y aguardaban el contraataque con todas las armas a su alcance.

La sorpresa fue casi total, pese a las sospechas fundadas que había. El ejército de Vietnam del Sur estaba sintiéndose desbordado; pero los oficiales incompetentes seguían aún fuera de sus puestos, sin dirigir las operaciones. No obstante, para los estadounidenses aquellos ataques constituían una oportunidad de descargar su inmensa potencia de fuego sobre un enemigo atrincherado en lugar de oculto entre la maleza. Esta situación no estaban dispuestos a desaprovecharla.

Las consecuencias

La Ofensiva del Tet resultó muy dañina para las fuerzas del EVN y el Viet Cong, pero lo fue mucho más para la moral de Estados Unidos. En la imagen, varios cuerpos de combatientes del Vietcong yaciendo a la vista de mujeres y niños, mayo de 1968.

Para los militares estadounidenses la victoria era completa, pues habían destruido casi totalmente al Vietcong y a las unidades infiltradas del EVN, unas 37 000 bajas confirmadas y quizá unas 50 000 calculadas por el Pentágono, aunque las de los aliados tampoco fueron desdeñables.

El ejército del Sur resistió con fuerza la ofensiva y no se desmoronó. Tampoco el gobierno de Vietnam del Sur acusó especialmente la presión.

Las fuerzas comunistas no fueron totalmente aniquiladas y en el verano de ese mismo año se habían reestructurado y pudieron lanzar otra ofensiva, llamada la del Mini Tet por su menor tamaño.

Para el pueblo estadounidense la del Tet constituyó una derrota en toda regla.No sólo las optimistas afirmaciones de sus militares habían resultado totalmente equivocadas, sino que los comunistas podían entrar en cualquier lugar de Vietnam del Sur. Se había roto por completo la sensación de ir avanzando en la contienda y se había violado su territorio. Todo el esfuerzo de casi tres años de campaña se demostraba inútil. Para muchos más de los que lo pensaban a principios de año, Vietnam no era más que un matadero y había que ir pensando en abandonarlo.

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Especial Viet Nam (I): El 68 se Iluminó con la Ofensiva del Têt

 

por Pierre Rousset (*).

Durante tres semanas, se pelea en el corazón de Saigón, hasta en el santuario de la embajada norteamericana, parcialmente ocupada por un comando revolucionario. Los zapadores y las fuerzas armadas locales se encuentran generalmente en primera línea, en esta ofensiva sin precedentes.

Las fuerzas regulares obligaron por su parte, al ejército norteamericano a un combate frontal de gran envergadura alrededor de la base de Khe Sanh, cerca de la línea de demarcación entre el Sur y el Norte del país. Hué, en el centro de Vietnam, es conquistada por el Ejército popular.

La batalla de Hué dura hasta el 24 de febrero. Los norteamericanos no logran retomar el control de la ciudadela imperial después de haber destruido bajo los bombardeos el 80 % de este viejo símbolo.

Todo el mes de febrero prosiguieron los combates a través del país. Una segunda oleada de combates alcanza, en mayo, 119 centros urbanos y bases militares. Luego de la tercera oleada, en agosto-septiembre, las fuerzas de liberación atacan más sistemáticamente a las instalaciones norteamericanas. Pero es en febrero cuando se desarrolla el grueso de la ofensiva del Têt en 1968.

El esfuerzo consentido por las fuerzas de liberación durante este año bisagra, es considerable. Sin embargo, frente al potente fuego norteamericano, se produce un reflujo de la oleada revolucionaria. Los EEUU se benefician, al sur de Vietnam, con el monopolio absoluto de la aviación, con una ventaja considerable en armamento pesado, artillería y blindados.

Los portaviones, que aumentan holgadamente, están fuera del alcance. Se inicia un repliegue. Aún no se da la victoria en esta oportunidad. Harán falta siete años más, y cuántas pérdidas, para que la revolución lo logre finalmente.

En EEUU, el golpe es terrible. A pesar de las informaciones recogidas ante el desencadenamiento de la ofensiva, el comando y el gobierno norteamericanos no supieron prevenirla ni prever su amplitud.

El régimen survietnamita y el ejército saigonés hacen una ruin figura. Los combates se desarrollan frente a las cámaras de televisión. Las imágenes de muerte, instantáneas, penetran en los hogares. El movimiento antiguerra toma, en los EEUU, un nuevo vuelo. El sentimiento antiguerra se vuelve verdaderamente un factor político mayor.

La hora de la solidaridad

En el mundo, la hora es de la solidaridad con el pueblo vietnamita. La juventud radicalizada denuncia, desde México a París, la intervención norteamericana. La realidad de la dominación imperialista aparece sin disfraz, en la puesta en escena de esta guerra destructiva, masiva y tecnológica, contra un pueblo pobre que lucha por su derecho a la autodeterminación. La resistencia es heroica, la justicia está de su lado. Aún más, la victoria desde ahora parece posible, incluso si ella se aleja de nuevo en marzo.

El Têt de 1968, galvaniza en muchos países a los sectores radicalizados y contestatarios de la juventud. Un latigazo es dado a las movilizaciones que anuncian el Mayo del 68 francés. Muy sintomáticamente, al grito de “Ho, Ho, Ho Chi Minh – Che, Che, Che Guevara” nuestras manifestaciones toman la delantera.

Comienzan las conferencias de París entre los vietnamitas y los norteamericanos. Pero sólo se trata aún de proseguir en la arena diplomática el combate en curso en el terreno político y militar. Las verdaderas negociaciones se iniciarán unos años más tarde. Ellas desembocarán en los Acuerdos de 1973 y el retiro de las fuerzas norteamericanas de Vietnam.

La ofensiva del Têt es uno de los más grandes acontecimientos políticos y militares de estas últimas décadas y es también uno de los más complejos. Para los “desilusionados” de 1968 y de Vietnam, como para los intelectuales de la nueva derecha, ella es sin embargo simplemente una muestra del “mito” revolucionario, incluso de la creación mediática. Si la televisión no hubiera estado en el lugar, suspira un Kissinger (3), el curso de la guerra de Vietnam habría podido ser cambiado.

Sin embargo, particularmente en este caso, los medios no han creado el hecho. Incluso no han podido amplificarlo, en tanto que era importante por sí mismo. Ellos simplemente han revelado al mundo y a la población norteamericana, para gran perjuicio de Washington, de un gobierno llamado democrático cuya política extranjera sostenía su capacidad de mentir libremente a sus electores. Los medios no han inventado el horror de la agresión imperialista, incluso probablemente jamás pudieron transmitirla en su profunda realidad, vivida.

Una guerra injusta

Si la opinión pública se dio vuelta cada vez más contra la sucia guerra en Vietnam, no era por el hecho de una agitación artificial, sostenida por los periodistas de televisión. Es porque demasiados soldados norteamericanos morían; porque la ofensiva del Têt mostraba que después de años de intervención militar, la victoria de los EEUU se alejaba más que nunca. Esta guerra injusta no tenía fin.

Lejos del mito, los acontecimientos vietnamitas de 1968 fueron reveladores. En su complejidad, ponían bien al día los rasgos esenciales del mundo contemporáneo –aún mucho más de lo que nosotros lo comprendíamos hace veinte años, mientras que nos movilizábamos en defensa de esta lucha de liberación ejemplar.

Nosotros percibimos en el momento, aunque probablemente demasiado superficialmente, lo que revelaba el Têt de 1968 en cuanto al límite de la potencia norteamericana y en cuanto al potencial extraordinario de una resistencia popular. La revolución vietnamita ya había sido, en los años 50, de aquellas que habían hecho fracasar a las grandes potencias clásicas, como Francia y Gran Bretaña.

La victoria de la revolución cubana, en 1959, arrojó un formidable desafío al nuevo gendarme del mundo capitalista, los EEUU, incapaces de imponer su ley al régimen castrista, establecido a lo ancho de sus costas.

La revolución vietnamita es, en los años 60, una de las primeras en sufrir a pleno látigo el esfuerzo de guerra contrarrevolucionaria desplegado por Washington en respuesta al desafío cubano. Detrás de la presencia francesa, la intervención norteamericana en Vietnam comenzó fuerte desde temprano, mucho antes de 1954.

Desde 1961, los consejeros norteamericanos llevaban a cabo su “guerra especial”. Pero es en 1965 que la escalada militar norteamericana comienza verdaderamente con el compromiso total de las fuerzas aéreas sobre el teatro de guerra indochino y el desembarco, en Vietnam del Sur, de un cuerpo expedicionario que alcanza rápidamente los 550.000 hombres.

Con todos los medios de los que dispone, Washington compromete en Vietnam una verdadera parte del dominio imperial. Se trata ante todo de restablecer la credibilidad de la potencia norteamericana, dolorosamente mal ubicada, por la lamentable expedición de la Bahía de los Cochinos en Cuba en 1961.

Al filo de los años, la prueba vietnamita se vuelve una pieza maestra de la política mundial de los EEUU. Y es un fracaso, precisamente anunciado por la ofensiva del Têt en 1968.

Una parte del dominio imperial

El fracaso comienza en el mismo Vietnam. A pesar de la gravedad de los golpes dados a las fuerzas populares, la máquina de guerra norteamericana no logra quebrar el esqueleto de la resistencia; un partido comunista y un movimiento de liberación enraizados en el terreno nacional y social del país.

Ayudada por décadas de experiencia, la resistencia demuestra su dureza y su movilidad. Se adapta a las nuevas condiciones siempre prosiguiendo un combate prolongado. Guarda la iniciativa estratégica, retomando regularmente la iniciativa táctica –y esto, en los terrenos político, militar y luego diplomático. Para Washington no hay victoria militar posible en estas condiciones.

Por el contrario, el imperialismo norteamericano se encuentra prisionero de los mismos medios que él utilizaba en Vietnam. Le hacía falta proteger los cuerpos expedicionarios y el ejército saigonés, reducir pérdidas políticamente insoportables, siempre asegurando el control del territorio a riesgo de ofrecerse a los golpes del enemigo.

El ejército contrarrevolucionario se encuentra en una postura estática. El gobierno norteamericano depende cada vez más de una tecnología pesada y de un régimen corrupto, que él alimenta y que permanece más preocupado por sus luchas fraccionales intestinas que por la conducción del combate contra el comunismo.

Washington lleva hasta el final un esfuerzo de guerra cada vez más costoso y una economía survietnamita cada vez más artificial. Círculo vicioso. No hay victoria política posible frente a la revolución, en tales condiciones. Es el impasse.

La “vietnamización”

El fracaso vietnamita se vuelve para el gobierno norteamericano, un fracaso nacional e internacional. Es con la ofensiva del Têt que la burguesía, la clase política y la casta militar norteamericanas comienzan a tomar conciencia de los límites de su potencia 4. Los recursos norteamericanos no son inagotables. La continuidad del esfuerzo de guerra entra en contradicción con las necesidades de la economía, mientras que se anuncia la crisis del dólar y el fin del período de expansión. El ambiente de los negocios se inquieta. La concentración de esfuerzos militares en Vietnam cuestionan el despliegue mundial de las fuerzas norteamericanas –desde Europa a Medio Oriente, desde el océano Indico al Pacífico Norte- y frena, a falta de medios financieros, la modernización de las armas. Cuando Corea del Norte apresa un navío espía norteamericano, Washington no puede reaccionar. El Pentágono se divide. El costo humano –en vidas norteamericanas, se entiende- se vuelve inaceptable para la población. Es en 1970 que el sentimiento antiguerra logra su punto más elevado en los EEUU. Los políticos se enloquecen.

Ahora bien, la política de “vietnamización” de la guerra, que después de 1968 apunta a reemplazar a los muertos norteamericanos por muertos vietnamitas, exige inversiones materiales masivas. De nuevo, el círculo vicioso.

Harán falta entonces varios años para que la evidencia se imponga a Washington: es necesario negociar, esperando todavía evitar la derrota, pero ya sabiendo que la victoria es imposible. Es sin dudar el Têt de 1968 el que comienza a revelar esta doble realidad: los límites de los recursos del más potente de los imperialismos, y la importancia de los recursos de los cuales puede beneficiarse una resistencia a la vez popular y nacional. Viejas verdades ciertas, pero que había que reactualizar. Son los pueblos de Indochina que debieron y supieron asestar esta demostración en el momento en que la Casa Blanca quería imponer la Pax Americana al mundo entero. Ellos pagaron por hacer esto, un costo muy elevado.

Un abanico de objetivos

La ofensiva del Têt revelaba también este costo y las nuevas dificultades de la lucha revolucionaria. Esto fue mucho menos percibido por nosotros en ese momento. Sabemos que “a la hora de la hoguera, sólo hay que mirar la luz”. No es menos importante reflexionar sobre los problemas de los revolucionarios contemporáneos, con sus rinconcillos oscuros y las contradicciones a las cuales deben hacer frente.

Es en enero de 1968 que el Buró político del Partido Comunista del Vietnam (PCV) tomó la decisión última de provocar la ofensiva del Têt. Debía ser un punto de inflexión en la guerra, torciendo cualitativamente su curso.

La dirección del Partido guardaba prudentemente un abanico bastante abierto de objetivos, que iba desde una hipótesis “alta” (la apertura de una “brecha” que permita ulteriormente una victoria rápida), hasta una hipótesis “baja” (próxima a lo que pasó, con la apertura de una crisis política en los EEUU, el duplicado de las contraofensivas militares duras por parte de Washington, anunciando un proceso combinado de combates y negociaciones).

El resultado de la ofensiva del Têt no estaba adelantado. La situación cambiaba rápidamente desde 1965 y las posibilidades reales debían ser testeadas en el mismo curso de la lucha. El grueso de las fuerzas regulares debían permanecer móviles, para tener tiempo de evaluar la evolución de los combates.

Para obtener el máximo efecto, los levantamientos insurreccionales debían combinarse con las ofensivas propiamente militares y esto sobretodo en las ciudades. En esta perspectiva, el rol de la infraestructura política urbana, clandestina, era decisivo. (5)

La importancia acordada a los levantamientos insurreccionales y a la combinación de todas las formas de lucha es grande, en el pensamiento político-militar vietnamita. Esta sostiene las tradiciones heredadas del Komintern y, sobretodo, la experiencia fundadora de la revolución de agosto de 1945 y el enraizamiento ulterior de una guerrilla en zonas densas de población, a veces limítrofes de la metrópoli saigonesa misma, como en el bastión revolucionario de Cu Chi (6).

Los problemas aparecieron al principio de la ofensiva del Têt en 1968 (las fuerzas regulares no pudieron evolucionar tan libremente como previeron en la región saigonesa).

Sin embargo, numerosos objetivos asignados fueron alcanzados, salvo uno, el mayor: no hubo movimientos insurreccionales en Saigón. En cuanto al costo de la ofensiva, fue muy elevado. Las pérdidas fueron graves. El aparato político clandestino apareció a plena luz para intentar organizar a la población.

Graves pérdidas

Numerosos cuadros sobrevivientes debieron abandonar sus zonas de implantación tradicional, una vez que el respaldo militar se inició, por miedo a la represión. Esta última sin embargo pudo golpear duramente a los militantes, en los meses y años que siguieron. La organización saigonesa, ya limitada en 1968, se encontró peligrosamente debilitada.

Más en general, la revolución temporariamente perdió, después de la ofensiva, el control de una parte de su territorio anterior. En 1969, ni la revolución ni la contrarrevolución están en posición de tomar verdaderamente la iniciativa, a escala nacional. Ambas deben organizar sus fuerzas.

El último balance de la ofensiva del Têt depende entonces por una parte, de la importancia de la manera en la que los adversarios reencaucen sus fuerzas, utilizando sus puntos fuertes y corrigiendo sus puntos débiles.

A fines de 1968, el éxito o el fracaso de la ofensiva del Têt no está aún verdaderamente determinado. Es el PCV quien sabrá asimilar más rápido las lecciones de la experiencia y retomar así la iniciativa. Su pensamiento político-militar, probablemente el más rico entre los movimientos de liberación, continúa evolucionando. Las ofensivas de 1972 y 1975 lo testimonian.

El Têt es claramente una victoria y una victoria clave para el futuro del combate de liberación. Pero el costo es efectivamente muy elevado. Se hace sentir aún hoy, especialmente en el debilitamiento del aparato de cuadros enraizados y experimentados.

Esto pesó evidentemente en los procesos de burocratización que se expresaron luego de la victoria de 1975.

Un debate, a veces severo, se desarrolla en el seno del PCV para saber si no habría sido posible obtener en 1968, los mismos resultados a menor costo, especialmente deteniendo mucho más pronto la ofensiva.

¿Cómo explicar la ausencia de movilizaciones de masas en Saigón, en febrero de 1968?

En primer lugar, por el diluvio de fuego. Las fuerzas norteamericanas utilizaron toda la potencia de su armamento, sin preocuparse de los civiles. Ante una victoria militar de las fuerzas de liberación, paralizando al menos momentáneamente el tiro enemigo, ¿cómo organizar en estas condiciones un movimiento insurreccional?

Las condiciones políticas también debieron pesar. La organización del frente de liberación en la capital probablemente no era bastante fuerte para vencer ella sola, las fuerzas regulares no podían atravesar las defensas norteamericanas.

Finalmente, el país se transformaba social y políticamente, surcado por una guerra cada vez más terrible, por las deportaciones de la población, las medidas sociales contrainsurreccionales, los trastornos económicos.

La ofensiva en Saigón

La ofensiva del Têt de 1968 se desencadena en un momento en el que el sur de Vietnam está en mutación, antes que la dirección del PCV tuviera verdaderamente conciencia de la profundidad de estas transformaciones. Parece, de hecho, que ella no comprenderá la medida del problema plenamente hasta después de 1975.

En este país remodelado por una guerra moderna de una intensidad y de una duración sin precedentes, la cohesión social de los medios populares de Saigón fue minada progresivamente, volviendo tanto más problemática la autoactividad de las masas, tanto más difícil el trabajo de organización.

Con el correr de los años, este problema se iba a agravar; pero la experiencia del Têt en 1968 ya revelaba su importancia. La mayor parte de nosotros no supo, entonces, percibirla.

Por cierto, nosotros analizábamos con una mirada independiente la historia del Partido comunista vietnamita. Pero teníamos aún una mirada ingenua sobre la revolución. Percibíamos la energía casi increíble de tal resistencia victoriosa. No sentíamos verdaderamente lo que tenía de agotador este combate, proseguido durante varias décadas con recursos materiales tan desiguales. No estábamos suficientemente educados en buscar las lecciones en las dificultades y en los fracasos.

Con el paso del tiempo, el Têt y sus consecuencias, por las cuestiones que levanta, se impone como una extraordinaria lección de iniciativa y de realismo revolucionarios.

Un conjunto de experiencias que merecerían ser estudiadas de nuevo, con la ayuda de la documentación hoy disponible sobre Vietnam y las enseñanzas de las revoluciones posteriores. Para muchos de nosotros, hubo tiempo para comprender la importancia del terreno de la acción diplomática, abierta por la ofensiva de 1968.

Sabíamos que el imperialismo norteamericano iba a utilizar las debilidades burocráticas de Moscú, así como las devastaciones de la Revolución cultural maoísta y el conflicto entre China y la URSS, para intentar aislar más las revoluciones indochinas.

Sabíamos hasta qué punto el PCV buscaba preservar su independencia de acción internacional, decidido como estaba a no encontrarse más en la posición subordinada que le fue impuesta después de las negociaciones de Ginebra en 1954 (7).

Reconocemos el derecho absoluto a aquellos que combaten, a determinar los compromisos que pueden juzgar necesarios. Nosotros supimos evitar dos errores mayores. El primero era aquel que conducía a algunos componentes de la solidaridad a confundir su rol con el de un mediador.

Dos personalidades del movimiento antiguerra en los EEUU especialmente, se comprometían directamente sobre el terreno diplomático, buscando proponer fórmulas de compromiso aceptables a la vez para Washington y para los vietnamitas y esto, cuando estos últimos no querían comprometerse directamente, juzgando que la situación aún no lo permitía.

Nosotros comprendimos que el rol de la solidaridad era otro: crear las mejores condiciones para una victoria lo más rápida y completa posible (sin perjuicio de, como a fines de 1972, responder activamente a un llamado de los vietnamitas para apoyar una iniciativa diplomática concreta).

La determinación de eventuales compromisos (que están en el corazón de toda negociación) es efectivamente la responsabilidad única de aquellos que combaten, solo ellos pueden juzgar la realidad de las relaciones de fuerza que condicionan las elecciones diplomáticas.

Tampoco hemos seguido a aquellos que veían en la política de negociación de los vietnamitas una prueba de su voluntad de capitulación, percepción peligrosamente errónea defendida especialmente por una minoría en nuestro propio movimiento, a partir de un análisis profundamente incorrecto de la naturaleza del Partido Comunista del Vietnam. No hemos visto entonces, en el desbloqueo de las conversaciones de París en 1972-73 un signo de retroceso de la lucha, sino por el contrario, una avanzada del combate revolucionario.

Medíamos sin embargo con dificultad las sujeciones propias de la acción diplomática en un período defensivo. Escarmentados por dolorosas experiencias pasadas en el movimiento obrero, permanecíamos en este terreno un poquito ultraizquierdistas. Sólo habíamos estudiado demasiado parcialmente la experiencia fundadora de la revolución rusa.

La negociación ruso-alemana de Brest-Litovsk en 1917-18 –negación deslumbrante de toda diplomacia secreta- nos ocultaba los problemas puestos por la de Rapallo en 1922, donde la diplomacia secreta ocupaba un lugar central. La experiencia vietnamita de 1968-73 fue para muchos de nosotros, la ocasión de estudiar por primera vez las acciones del combate en la arena internacional en toda su complejidad, lo que por ejemplo nos ayudó para analizar mejor la acción, en este dominio, de los Sandinistas, después de la victoria de la revolución nicaragüense.

Nosotros no hemos, dicho esto, nunca sido “izquierdistas” en el terreno de la solidaridad militante internacional.

Radicalización de la juventud

La solidaridad internacional y el movimiento antiguerra en los EEUU eran indispensables para la victoria de los revolucionarios indochinos. Fortalecerlos era un deber, un imperativo. La lucha de los pueblos indochinos ha jugado, por su lado, efectivamente un rol ejemplar que ayudó a la emergencia de nuevas generaciones revolucionarias en el mundo. También abrió una brecha que facilitó las luchas de liberación, de antiguas colonias portuguesas de Africa y en Nicaragua.

La solidaridad internacional siempre fue más allá de las exigencias de la situación y se puede decir que la Indochina revolucionaria ha dado de hecho al mundo, por su combate, lo que no recibió de apoyo internacional.

La ayuda soviética y china han jugado por cierto un rol importante. Pero jamás estuvieron a la altura de las apuestas y las necesidades –peor aún, son acompañadas de presiones inaceptables. La movilización del movimiento obrero en los países imperialitas, ha sido tardía, demasiado frágil, por culpa ante todo de las direcciones reformistas.

Incluso en Francia, la explosión de Mayo del 68, centrando la atención de todos sobre las luchas político-sociales nacionales, interrumpió la continuidad de las movilizaciones de solidaridad en un momento sin embargo crucial. Las organizaciones de antes de Mayo (como el Comité Vietnam nacional, CVN) prácticamente dejaron de existir.

Hubo que relanzar, a contracorriente, un nuevo movimiento, el Frente de solidaridad Indochino (FSI) en 1969-70. Estuvimos entre aquellos, los primeros, que han permitido esta renovación de la acción internacionalista, especialmente con personalidades intelectuales militantes.

Todo el tiempo perdido en el terreno de la solidaridad internacional, todas las evasivas criminales, todas las divisiones son pagadas caras en Indochina: con años de guerra, destrucciones, agotamientos suplementarios. ¡Los “decepcionados de Vietnam” no deberían olvidarlo!

Así mismo, las guerras sino-indochinas de 1978-79, con efectos desastrosos en la región como en el plano internacional, no deben borrar la lección de internacionalismo que fue Indochina para la generación militante de 1968 (8).

Los vietnamitas necesitaban una solidaridad que fuera más dinámica y más amplia, que fuera capaz de imponerse aún más allá de las rivalidades y las querellas de los partidos y sectas. Lo hacían saber claramente. Prestos a trabajar en estos dominios con todos, el Frente Nacional de liberación tenía necesidad de una solidaridad sin precondiciones, sin un pensamiento atrasado.

Esto fue, para nosotros, el aprendizaje práctico de una concepción verdaderamente unitaria de la solidaridad, a contracorriente de muchos de los sectarismos de organización: “Todo por Vietnam, todo por Indochina”.

Este fue un aprendizaje saludable, siempre de actualidad, para Nicaragua, Salvador, Filipinas, Sudáfrica, aún para muchas otras luchas. Aún más allá del cinismo o la fatiga desilusionada de numerosos viejos militantes de la generación de 1968, el internacionalismo es un “estado de espíritu” de hace veinte años que merece ser preservado y despertado aún hoy.

(*) Veterano militante de la IV Internacional, cuyo trabajo de solidaridad con Asia ha sido fundamental, actualmente publica la página web Europe Solidaire Sans Frontieres.

Fuente: Sin Permiso

Notas:

1) El Têt es el nombre del año nuevo vietnamita que se celebra alrededor de un mes después del año nuevo cristiano.

2) Recordemos que de 1954 a 1975, Vietnam fue dividido en dos por una “línea de demarcación” separando al Norte el territorio controlado por la República democrática del Vietnam (RDVN), revolucionaria y al Sur, el territorio controlado por la República del Vietnam, régimen neocolonial. Las fuerzas norteamericanas tomaron, durante este período, la continuidad de las fuerzas francesas en la parte meridional del país.

3) Uno de los principales artesanos de la política extranjera norteamericana durante estos años de guerra y el jefe de la delegación norteamericana en las negociaciones de París.

4) El último libro de Gabriel Kolko presenta un análisis muy rico e interesante de la evolución global de la guerra de Vietnam y de la política norteamericana: “Vietnam, Anatomy of a War 1940-1975”, Allen & Unwin, Londres, Sydney, 1986.

5) Destacamos que ante la ausencia de una documentación suficiente, una parte de esta descripción guarda un carácter hipotético.

6) La zona de Cu Chi se volvió célebre por su extraordinaria red de túneles que permitía a la resistencia armada actuar hasta en las retaguardias enemigas.

7) En 1954, durante las negociaciones con Francia, Moscú y Pekín impusieron una serie de graves compromisos a las fuerzas revolucionarias vietnamitas, laosianas y camboyanas.

8) Para una reflexión sobre la crisis sino-indochina y el período posterior a 1975, ver “La crisis sino-indochina”, resolución del XI Congreso mundial de la Cuarta Internacional, noviembre de 1979, Inprecor N° 196 del 13 de mayo de 1985 y N° 197 del 27 de mayo de 1985.

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Especial Viet Nam (II): La Guerra del Pueblo en Vietnam del Sur

 

por Le Duan (*)

La Ofensiva del Tet en Vietnam fue posible por la consolidación política de Le Duan, secretario general del PCV desde 1960, y la prioridad otorgada a la liberación del país, frente a las posiciones de otras corrientes del partido, la dirección soviética y china. Tras la Ofensiva del Tet, esta oposición a su orientación política y militar volvió a reforzarse a nivel interno e internacional. El texto que reproducimos, escrito después de la muerte de Ho Chi Minh en 1969, fue una reivindicación de sus posiciones políticas en el debate abierto por la sucesión del fundador y principal dirigente del PCV. Le Duan acabaría imponiéndose en estos debates y lograría conducir a los revolucionarios vietnamitas a la victoria en el Sur en 1975, siete años más tarde de la Ofensiva del Tet. SP

Inmediatamente después de la conquista del poder en todo el territorio nacional, nuestro pueblo tuvo que alzarse para resistir a los colonialistas franceses que retornaron para restablecer su dominación sobre el país con la ayuda de los intervencionistas yanquis. Esta primera magnífica resistencia, continuación de la Revolución de Agosto, es una guerra de liberación nacional por la salvaguardia de la Patria, dirigida con una justa línea política y militar por la clase obrera cuyo representante es nuestro Partido.

Esta línea es la de la guerra de todo el pueblo, el cual conduce un combate total, prolongado, apoyándose en lo esencial en sus propias fuerzas. La guerra del pueblo combina las inmensas fuerzas políticas de las masas populares con las fuerzas armadas, sirviendo aquellas como base para crear y desarrollar las fuerzas armadas populares y hace de la construcción de las tres categorías de fuerzas armadas la armazón de la lucha de todo el pueblo. Basándose en la lucha armada como forma esencial de lucha, la guerra del pueblo la combina en una cierta medida con la lucha política en la retaguardia del enemigo sin menospreciar tampoco la lucha en el plano económico.

De este modo nosotros hemos podido aprovechar al máximo la absoluta superioridad de nuestro pueblo en el plano moral y político y obtener beneficio de los factores favorables inherentes a la nueva época, superando las dificultades y las debilidades propias de un pequeño país con una atrasada economía agrícola, cuyas fuerzas armadas son modestas y que en un primer período se encuentra cercado por todas partes por el sistema imperialista. Finalmente, luego de nueve años de gloriosa lucha nuestro pueblo y nuestro ejército derrotaron a cerca de medio millón de soldados profesionales de una potencia imperialista.

Esta guerra del pueblo y la victoria de Dien Bien Phu, que es su símbolo, son una epopeya que se inscribe en la historia de nuestro pueblo como un Bach Dang, un Chi Lang o un Dong Da del siglo XX [Tres de los más brillantes triunfos decisivos obtenidos por el pueblo vietnamita sobre los invasores en los siglos XIII, XV y XVIII, respectivamente (N. del T.)] y como un brillante hecho de armas en la historia del mundo que abre una amplia brecha en la fortaleza de la esclavitud colonial instituida por el imperialismo.

La revolución sudvietnamita es el florecimiento a un nivel más elevado y en nuevas condiciones de la experiencia adquirida por nuestro pueblo durante la Revolución de Agosto de 1945 y la guerra de resistencia contra los franceses.

El régimen de opresión de Vietnam del Sur atravesó una grave crisis hacia fines de 1959 y comienzos de 1960. El enemigo, aunque continuaba siendo relativamente fuerte en las ciudades, no podía asegurar ya una administración normal en numerosas y vastas regiones porque su aparato básico de poder fantoche estaba parcialmente debilitado e impotente.

Por otro lado, las masas populares, en particular la mayoría del campesinado estaban en efervescencia revolucionaria y de terminadas a empeñarse en una lucha a muerte contra el enemigo. Así, maduró una situación revolucionaria que permitió la sublevación de las masas rurales, las insurrecciones parciales tendientes a romper el eslabón más débil del sistema administrativo del enemigo.

Las “sublevaciones en cadena” sobrevenidas en este período constituyeron un salto importante que confirió a la revolución sudvietnamita una posición ofensiva y extendió, combinando simultáneamente una lucha político-militar, el auge revolucionario a todo el país.

Con la transformación de la revolución en una guerra encarnizada se fue acentuando cada día la lucha militar y jugando un papel cada vez más importante. La derrota militar del enemigo se convierte en una necesidad para hacer triunfar la resistencia y la revolución.

La lucha armada es una forma fundamental de lucha, decisiva para aniquilar a las fuerzas militares del enemigo permitiendo con ello deshacer todos sus manejos políticos y bélicos. Sin embargo, la lucha armada continúa ligada estrecha y constantemente a la lucha política; ésta guía a las masas que prosiguen sus insurrecciones para romper el cerco enemigo, para conquistar y preservar su soberanía, para dar impulso al movimiento revolucionario. La lucha política de las masas es tan fundamental como la lucha armada; juega un papel determinante en todas las fases y en el triunfo de la revolución sudvietnamita. Las fuerzas políticas representan no sólo la apoyatura de las fuerzas militares, sino que también se han erigido en un ejército político de masas bien organizado, en una fuerza esencial en la lucha política en las zonas aún controladas por el enemigo, incluso en aquellas donde están concentradas sus fuerzas armadas, políticas y económicas.

Conducir paralelamente la lucha armada y la lucha política, tal es la forma fundamental de la violencia revolucionaria en Vietnam del Sur, en tanto que la combinación de estas dos formas de lucha constituye la regla fundamental que rige los métodos de acción revolucionaria.

La síntesis de estas dos eficaces puntas de la embestida ha decuplicado la fuerza de los catorce millones de compatriotas nuestros del Sud y les ha permitido romper todos los designios y maniobras mili tares y políticas de los norteamericanos y fantoches, partiendo de quebrantar y, finalmente aniquilar, la voluntad de combate de los imperialistas yanquis.

El pueblo sudvietnamita, al tiempo que pone en práctica esas dos formas fundamentales de lucha, da un fuerte impulso también a la labor de explicación y de agitación hacia las tropas enemigas, para despertar la conciencia de los G.I. [infantería norteamericana] y, sobre todo, de los soldados del ejército fantoche, ganarlos para la causa revolucionaria y hacer fracasar así la cruel y pérfida política de los imperialistas yanquis que tratan de “hacer combatir a los vietnamitas contra los vietnamitas”.

He aquí también una dirección estratégica del ataque, un problema fundamental en la labor revolucionaria para la realización de la consigna “alianza de los obreros, campesinos y soldados”, que apunta a derribar el yugo neocolonialista y a derrotar la agresión norteamericana.

Combinar la insurrección de las masas con la guerra revolucionaria, así se ha desarrollado la revolución sudvietnamita, iniciada con las insurrecciones parciales en las regiones rurales que fueron seguidas de inmediato por las insurrecciones de masas estrechamente ligadas a la guerra revolucionaria, las que se fueron intensificando ininterrumpidamente.

Las insurrecciones amplían nuestras bases territoriales, acrecientan nuestras fuerzas, impulsan a desarrollar y aumentar la potencia de la guerra revolucionaria. Recíprocamente, la intensificación de la guerra revolucionaria acelera la madurez y la ampliación’ en creciente escala de las condiciones favorables para las insurrecciones.

El período de ofensivas y de insurrecciones simultáneas, iniciado con el Tét de 1968 es el necesario resultado del proceso revolucionario y la etapa superior de la coordinación de la lucha militar y política.

Un problema de alcance estratégico de la revolución en el Sur es el de definir bien la posición estratégica de las tres zonas: la montañosa, las llanuras, las ciudades. Es sobre esta, base que debe ser realizada la combinación de las dos formas de lucha —la militar y la política— conducidas paralelamente, o sea el combate y los levantamientos de masas, haciéndolo en niveles diferentes en relación con las particularidades de cada zona y acorde al desarrollo de la revolución.

Atacar al enemigo en las tres zonas estratégicas constituye un rasgo especifico del método de acción revolucionaria en el Vietnam del Sur. Este principio rector deriva de la síntesis y la generalización de las experiencias revolucionarias en nuestro país.

La revolución vietnamita, tomada en el conjunto de su desarrollo, consideró siempre a los obreros y a los campesinos como el grueso de sus fuerzas, atribuyendo igual importancia al movimiento revolucionario en el campo y en las ciudades; se empeñó en construir sólidas bases en las regiones montañosas y en las planicies sin dejar de crear puntos de apoyo en las ciudades, desencadenó insurrecciones tanto en las regiones rurales como en los centros urbanos.

En una palabra, insurrecciones parciales, paralelamente lucha militar y política, ofensiva contra el enemigo desde tres direcciones (acción militar, acción política, labor de explicación y de agitación hacia las tropas enemigas), combinación de la insurrección de masas con la guerra revolucionaria, ofensivas en las tres zonas estratégicas, estos son los rasgos más típicos de los métodos de acción revolucionaria en el Vietnam del Sur.

No hay que ver en ellos fórmulas rígidas, sin ligazón mutua, por el contrario, muy flexibles, muy vivaces formas y procedimientos de luchas, ligados orgánicamente entre sí. Estos han hecho expandir al máximo la fuerza, el coraje, la inteligencia y el genio creador de millones de personas de las masas populares; todos saben cómo atacar al enemigo, como preservar y desarrollar sus fuerzas, como conducir un combate de largo aliento tratando de crearse momentos favorables para obtener cada día mayores éxitos y avanzar hacia la victoria total.

La resistencia actual de nuestro pueblo, contra el imperialismo yanqui y por la salvación nacional, tan to como aquella que fue conducida anteriormente contra el colonialismo francés, es una guerra del pueblo llevada a un alto grado de desarrollo.

Al norte, hemos desarrollado una guerra de auto defensa contra una guerra norteamericana de destrucción aérea y naval de una envergadura aun jamás alcanzada. Después de cuatro años de un combate sumamente heroico, nuestro pueblo y sus fuerzas armadas han derrotado completamente esa empresa de destrucción. He aquí un nuevo desarrollo, lleno de significación, de nuestra guerra del pueblo.

Esta es una victoria de grandes alcances. Aseguró la defensa del Norte socialista, gran retaguardia de la revolución para todo el país, destruyó un terreno importante de la feroz guerra de agresión de los imperialistas yanquis y asestó un rudo golpe a su iniciativa de combate.

Ella confirma la justa línea de nuestro Partido que llama a todo el pueblo al combate, al pueblo enteró a tomar en sus manos la defensa nacional y a adaptar nuestra economía a las circunstancias.

Ella testimonia la poderosa vitalidad del socialismo, la inmensa fuerza del poder democrático popular en el Norte, nuestra inquebrantable decisión de resistir a los imperialistas yanquis y el prodigioso heroísmo revolucionario de nuestro pueblo y de sus fuerzas armadas.

Como lo demostrara el Presidente Ho Chi Minh, “Aquella es la victoria de la justa línea revolucionaria de nuestro Partido, la victoria del ardiente patriotismo y del poderío de nuestro pueblo estrechamente unido y decidido a combatir y a triunfar, la victoria del régimen socialista. Es el triunfo común de nuestras fuerzas armadas y de nuestro pueblo tanto en el Norte como en el Sur. Es también la victoria de los pueblos de los países hermanos y de todos nuestros amigos de los cinco continentes”.

La guerra del pueblo en Vietnam del Sur es una guerra revolucionaria, una guerra de liberación nacional que se enfrenta a una “guerra especial” típica, es decir, a la más importante y feroz “guerra local” que haya conducido el imperialismo yanqui.

La actual línea de la guerra del pueblo en Vietnam del Sur, elaborada bajo la dirección del Frente Nacional de Liberación, es determinada por la justa causa de nuestra guerra de liberación nacional y por el carácter profundamente popular de la revolución sudvietnamita. Tiene su sostén en el ardiente patriotismo y en el espíritu revolucionario radical de las masas sudvietnamitas resueltas a alzarse para conquistar y defender sus sagrados derechos nacionales pisoteados por los imperialistas yanquis y sus lacayos.

Esta línea asimiló la ciencia militar marxista-leninista como también las preciosas experiencias de los países socialistas hermanos, para aplicarlas creadóramente a las condiciones de nuestro país. Ella recoge y desarrolla a un nivel muy alto las riquísimas experiencias adquiridas por la revolución vietnamita en cuanto a las insurrecciones populares y la guerra del pueblo, continuando nuestras gloriosas tradiciones nacionales de lucha contra la invasión extranjera y el genio militar de nuestros abuelos.

La guerra popular en Vietnam del Sur es una “guerra del pueblo y por el pueblo”, una guerra de todo el pueblo librada en todos los planos, conducida, según las leyes generales que rigen los métodos de acción revolucionaria en Vietnam del Sur, que alcanza un nivel muy alto de desarrollo. Comprende la lucha militar y la lucha política que se desarrolla a partir del movimiento insurreccional de las masas.

Ella se inspira de cabo a rabo en una concepción estratégica de ofensiva, propia de la Revolución sudvietnamita con posterioridad al viraje producido por las “insurrecciones en cadena” de los años 1959-1960. Su ubicación ofensiva contra la “guerra especial” tuvo como base la absoluta superioridad del punto de vista político y moral y la aplastante superioridad de la fuerza de las masas revolucionarias resueltas a conquistar su derecho a la vida, alzadas en una lucha a muerte contra los agresores y los traidores.

Esta posición de ofensiva mantenida sin interrupción se desarrollé incesantemente desde grados inferiores para alcanzar grados cada vez más elevados; parcial al comienzo, la ofensiva se generalizó gracias a los duros golpes, militares y políticos, asestados con creciente fuerza.

El conjunto del desarrollo de la guerra revolucionaria se identifica, con el de la aplicación de la concepción estratégica de ofensiva, concepción de una resuelta ofensiva continuada, cada día más poderosa, en la que alternan avances graduales y saltos.

En el curso de este proceso puede darse una etapa defensiva en algunos momentos y en ciertos lugares, pero nunca es más que una cuestión de táctica momentánea tendiente a crear condiciones favorables para proseguir la ofensiva.

Es gracias a esta estrategia de ofensiva que la población sudvietnamita y sus fuerzas armadas pudieron inflingir derrotas a la política neocolonialista norteamericana, derribar la dictadura fascista de Ngo Dinh Diem, ajustar cuentas con la “guerra especial” y actualmente batir a los imperialistas yanquis en su “guerra local” elevada al más alto peldaño de la escalada.

La estrategia ofensiva de la guerra popular moviliza a todo el pueblo para el combate apoyándose en el poderío combinado de las fuerzas militares y políticas y en la conjugación de las dos formas de lucha, la armada y la política. Es la estrategia de la ofensiva conducida en las tres zonas estratégicas y coordinando la acción de las tres categorías de tropas con los levantamientos revolucionarios de las masas.

Ella combina las operaciones armadas con la conquista por el pueblo de su derecho a la soberanía, con el ejercicio del poder que permita destruir a las fuerzas enemigas y con ello afirmar, por la recíproca, la soberanía conquistada. Impulsa a la continua búsqueda de la iniciativa tanto estratégica como operacional sobre el conjunto del escenario bélico; condena al enemigo a la expectativa, a la pasividad frente a nuestros métodos de combate, extiende su dispositivo, cerca sus tropas por todas partes, las dispersa y permite dominarlas constantemente.

La capacidad ofensiva de la guerra del pueblo está estrechamente ligada a una justa apreciación de las características y de la evolución de la correlación de fuerzas entre la población y sus fuerzas armadas de una parte y los agresores yanquis y sus lacayos de la otra.

El enemigo, aunque dispone de numerosos efectivos y medios técnicos, presenta debilidades fundamentales e irreductibles. Por el contrario, el pueblo sudvietnamita y sus fuerzas armadas poseen, a la par que debilidades, puntos fuertes fundamentales. Sabiendo desarrollar sus puntos fuertes, golpeando al enemigo en sus puntos débiles, las fuerzas revolucionarias han sabido apoderarse de la iniciativa para las ofensivas y decuplicar su capacidad de ataque.

Lo que importa para conducir una estrategia ofensiva es resolver bien una serie de problemas concernientes al arte militar, a las formas tácticas y a las modalidades de combate. En este cuadro el pueblo sudvietnamita y sus fuerzas armadas crearon apropiados métodos de combate, métodos originales, de una diversidad muy rica y flexible, muy eficaces por que permiten asestar severos golpes al enemigo al precio de pérdidas mínimas.

Se trata de coordinar las operaciones de guerrilla efectuadas por las tropas regionales y las milicias populares con aquellas practicadas por las tropas regulares en formaciones con centradas. Se trata de combinar las operaciones de pequeña, mediana y gran envergadura, lo que permite elevar nuestra capacidad de destrucción y simultáneamente extender la conquista del derecho a la soberanía popular en las tres zonas estratégicas.

Se trata de vencer a un enemigo superior en número con la calidad de las fuerzas armadas revolucionarias, de situarse constantemente en una posición de fuerza para poder vencer el gran número por medio de pequeños efectivos, obtener grandes medios sirviéndose de pequeños medios.

Métodos de combate enérgicos, audaces, inteligentes, haciendo valer el secreto y la sorpresa, conducidos tanto con una sola arma como con varias armas combinadas, golpeando al enemigo en los lugares más vulnerables y sensibles, en los puntos vitales para obtener resultados muy grandes.

Teniendo la total libertad de elección, nosotros lanzamos resueltos ataques cuya iniciativa tenemos plenamente, obstaculizando al enemigo en la puesta en práctica de sus métodos favoritos de combate, bloqueándole toda iniciativa táctica y tornando impotentes todas sus reacciones y sus medidas de defensa.

Es decir, combinar diferentes métodos y formas de ofensiva para aniquilar al enemigo, poner en movimiento todas las fuerzas, las armas y los medios de los que se dispone, aprovechar a fondo las condiciones del terreno y del tiempo, atacar al enemigo en todas las eventualidades, cuando avanza y cuando retrocede, en cualquier lugar y en todo momento, allí donde está débil y restaura sus fuerzas como también allí donde está fuerte y en guardia.

Ellas son formas tácticas y modalidades de combate basadas en el dinamismo, la inteligencia y el genio creador de los cuadros y de los combatientes, de las Fuerzas Armadas de Liberación, como asimismo de nuestros heroicos hermanos del Sur, patriotas ardientes de elevada conciencia de sus derechos nacionales y de los intereses de clase que no sólo se atreven a batirse y están resueltos a ello, sino que también saben cómo combatir y vencer en las formas más favorables.

El principio estratégico de la guerra del pueblo en Vietnam del Sur consiste en conducir una guerra prolongada reforzándose en el curso de la lucha y por medio de la misma. Esta ley había regido ya la guerra por la liberación nacional y la defensa de la Patria sostenida por nuestro pueblo en el curso del pasado cuarto de siglo.

En la actual guerra de liberación, la población del Sur y sus fuerzas armadas enfrentan a los EE.UU., agresivo cabecilla del imperialismo, un enemigo que posee un numeroso ejército, un equipo moderno, un potencial militar y económico muy superior al nuestro. Se necesita tiempo para destruir paso a paso las fuerzas del enemigo, limitar sus puntos fuertes y ahondar sus debilidades; sostener y desarrollar nuestras propias fuerzas armadas y políticas, modificar la relación de fuerzas de más en más a nuestro favor, actuar de modo tal que cuanto más dura la guerra más se debilita el enemigo, más aumenta nuestro poderío y mayores son nuestras victorias.

Esta guerra prolongada es una ofensiva interrumpida en el curso de la cual nosotros atacamos con una amplitud cada vez mayor, rechazamos al adversario paso a pase, hacemos fracasar cada uno da sus objetivos estratégicos para llegar finalmente a su derrota total.

Durante este largo proceso nosotros podemos producir saltos muy importantes que modifiquen la situación, las fuerzas de ambos lados y la coyuntura de la guerra, si sabemos desarrollar al máximo nuestros propios esfuerzos, aprovechar a fondo las condiciones objetivas favorables, suscitar dificultades al adversario y explotar sus debilidades, asegurar una dirección estratégica justa e incisiva, elegir bien la orientación, los objetivos y el momento, asestar severos golpes al enemigo en los puntos neurálgicos, obtener grandes victorias militares y combinar en fin, hábilmente, la lucha armada y la lucha política, los ataques y las insurrecciones.

En el curso de la guerra de liberación en el Vietnam del Sur, tales saltos se han producido con la batalla de Binh Gia (invierno de 1964 – primavera de 1965), la apertura del frente Tri-Tién [cerca del paralelo 17] en 1967, las ofensivas y los levantamientos generalizados del Tet de 1968.

Estos avances prueban que el pueblo sud-vietnamita y sus fuerzas armadas supieron elegir sensatamente los blancos para sus ataques, combinar acertadamente las operaciones de envergadura pequeña, media y grande, supieron lanzar raids fulminantes, audaces e imprevisibles en el cuadro de una guerra ininterrumpida y de largo aliento.

Sobre la base de la tenaz prosecución de una guerra prolonga da las fuerzas revolucionarias han desplegado esfuerzos muy grandes en todos los planos para crear se condiciones favorables, ganar tiempo y obtener éxitos cada día superiores.

Un importante principio rector en este método de guerra es el de coordinar el aniquilamiento de las fuerzas enemigas con la conquista y mantenimiento de la soberanía popular, lo cual debe permitir aniquilar al enemigo y la destrucción del mismo facilita la extensión y la afirmación mayores de la soberanía.

En cualquier guerra es evidentemente necesario —si se quiere obtener la victoria— destruir a las fuerzas militares enemigas. Más hay diferentes maneras de lograrlo: la elección depende de la concepción estratégica y tiene relación con diversos factores, entre ellos, el carácter de la guerra, los objetivos a los que apuntan los combates, las dimensiones del teatro de operaciones.

La guerra del pueblo en Vietnam del Sur es una guerra revolucionaria que se ha desarrollado a partir de un movimiento insurreccional de masas para derribar el poderío de los imperialistas yanquis y sus sirvientes. En el curso de la guerra no existen sólo acciones militares emprendidas por las fuerzas armadas sino también el movimiento popular de lucha política que, conducido de diferentes formas, alcanza el más alto nivel con los levantamientos ininterrumpidos de las grandes masas por la conquista de su derecho a la soberanía, en distintos grados, de acuerdo a las condiciones concretas de cada lugar en las tres zonas estratégicas.

Éstas sublevaciones, abarcando vastas regiones y repitiéndose con frecuencia, apuntan a derribar paso a paso el poder básico de los fantoches y a romper todas las formas de coerción instituidas por el ene migo; las sublevaciones constituyen muy importantes puntas del ataque que combinadas con las operaciones militares favorecen la acción de las fuerzas armadas para aniquilar al enemigo.

Las actividades operacionales de las fuerzas armadas revolucionarias, a más del aniquilamiento del enemigo, tienen, por la recíproca, el efecto de estimular la lucha política, en particular el respaldo a las masas en sus levantamientos para romper el cerco de las fuerzas enemigas, conquistar el derecho a la soberanía e implantar, de una u otra forma, el poder revolucionario.

Unir la destrucción de las fuerzas enemigas con la conquista y salvaguardia del derecho del pueblo a su soberanía, tal es el secreto del éxito en la insurrección armada y la guerra revolucionaria en el Vietnam del Sur. Sin embargo, no se trata solamente de unir las exigencias de la lucha militar a las de las insurrecciones para la conquista gradual del poder; se trata de crearse la propia posición estratégica en una guerra popular.

Desde el punto de vista militar, el Vietnam del Sur es un exiguo teatro de guerra, con una densidad muy alta de tropas enemigas; la población y las fuerzas armadas del Sur combaten sobre su propio territorio, conduciendo la guerra revolucionaria sobre la base de una participación general del pueblo y apoyándose en fuerzas militares y políticas.

Es por esto que importa crearnos una situación estratégica ventajosa y condenar al enemigo a una ubicación estratégica desfavorable. El mejor medio para ello es conquistar la soberanía para destruir al enemigo y destruir al enemigo para obtener la soberanía.

La conquista de la soberanía, convertirse en dueño de su destino, significa para la población y sus fuerzas semiarmadas el alzamiento resuelto para liberarse del yugo de los yanquis y sus fantoches, com batir al enemigo en sus propios campos, en sus propias aldeas, jardines y calles; significa aferrarse al terreno, ser el dueño de la tierra y del poder —con distintos grados—, ser el amo de la situación.

Cada aldea, cada caserío se convierte en una fortaleza, cada habitante en un combatiente que trata por sí mismo de encontrar el medio más apropiado para golpear al enemigo a través de la acción política, de la acción militar, de la labor de esclarecimiento hacia las tropas enemigas, aprovechando para ello todos los medios, todas las armas disponibles.

Ser los amos significa, para las fuerzas armadas revolucionarias, desplegar de un modo racional las tres categorías de tropas en todas las áreas cruciales y en las tres zonas estratégicas: en las zonas liberadas, en las que son trabajadas constantemente; en las zonas “pacificadas” por el enemigo y en aquellas aledañas a sus bases; significa apoyarse en el pueblo que se ha erigido en el dueño de un país y en el crecimiento ininterrumpido de las fuerzas políticas de las masas, para transformar a todo el Sur en un campo de batalla preparado de antemano para crear una disposición de fuerzas en el terreno a nuestro favor.

En tal disposición, las fuerzas armadas de liberación pueden atacar al enemigo con suma movilidad y flexibilidad, constriñéndolo, sin pausa, a un cerco y a un ataque político y militar.

Se trata aquí de una disposición de fuerzas propia de una guerra del pueblo; se combate al enemigo en lo político y lo militar a la vez, con la ofensiva armada y la insurrección popular, con la guerrilla y la guerra regular, todo ello en las tres zonas estratégicas.

Disposición de fuerzas propia de una guerra sin frente definido, en la cual el campo de batalla está por doquier, de modo tal que más de un millón de yanquis y fantoches revelan constantemente sus fallas y debilidades, diseminados de norte a sur, cercados, dispersos, atacados por todos los costados.

¿Permanecen a la defensiva?: su coraza está llena de defectos. ¿Lanzan ofensivas?: las deben desatar entonces sobre un terreno preparado de antemano por las fuerzas armadas revolucionarias y la población.

Las tropas enemigas, sumergidas en el océano de la guerra del pueblo, pese a sus enormes efectivos y medios modernos de guerra, están dispersas, debilitadas e incapacitadas para poner en práctica sus métodos favoritos de guerra. Por el contrario, las fuerzas armadas y la población pueden cercar de continuo al enemigo, atacar y sublevarse, conservar la iniciativa, atacar al enemigo de frente o tomarlo por la espalda, en cualquier lugar y en todo momento.

El resultado más acentuado de esta dirección estratégica es el de reducir al enemigo a, la pasividad frente a la situación estratégica de ofensiva en todos los planos y a los métodos de guerra de las fuerzas armadas revolucionarias, de arrinconarlo a cada instante a una situación política pasiva y a una situación estratégica crítica, de sumirlo en el desconcierto para elegir entre la dispersión y la concentración de fuerzas, entre las operaciones para “pacificar” y aquellas para “investigar y destruir”, entre la defensiva y la ofensiva.

De ello se sigue que el poderoso ejército de agresión del enemigo se ve extremadamente débil; dotado de modernas armas y de numerosos medios de desplazamiento, revela no obstante una pobre eficacia de combate; es de un gran poderío pero de una perfecta inoperancia.

Por el contrario, las fuerzas armadas populares atacan siempre desde una posición de fuerza, gracias a su organización racional, a su elevada calidad combativa, a sus modalidades apropiadas de combate, hábiles y flexibles, que se pueden apoyar, por otra parte, en una ventajosa posición estratégica.

Y cuanto más combaten más ganan en fuerza, rendimiento y eficacia. Y esto se repite en cada combate y campaña, así como desde el punto de vista de la estrategia general.

Estos son éxitos de la invencible línea de la guerra del pueblo, de la aplicación de la estrategia de ofensiva, de éxitos en el arte de combatir al grande con el pequeño, de derrotar a los muchos con los pocos, de vencer al número con la calidad, de saber limitar el poderío del enemigo en el campo de batalla al tiempo que se desarrolla al máximo el poderío de nuestras propias fuerzas militares y políticas, de atacar siempre al enemigo partiendo de una situación de iniciativa, de crearse siempre una posición de fuerza para atacar y vencer al enemigo en una lucha prolongada.

La guerra del pueblo que se está desarrollando en el Sur es un grandioso fresco, lleno de vida, que ilustra maravillosamente esta profética observación de Engels:

“Un pueblo que quiere conquistar su independencia no podría acantonarse en los métodos de guerra ordinarios. Insurrección de masas, guerra revolucionaria, destacamentos de guerrilla por doquier, he aquí el único método de combate gracias al cual un pueblo pequeño puede vencer a una gran nación, un pequeño ejército oponerse a un ejército más fuerte”.

La resistencia patriótica de nuestro pueblo contra la agresión norteamericana ha entrado en su décimo año y ha pasado, a partir del Tet de 1968, a una nueva etapa, de las más gloriosas, signada por victorias sumamente importantes que conducirán al triunfo final.

El imperialismo yanqui, que ha sufrido grandes derrotas a lo largo y ancho de nuestro país, se debate con muchas dificultades tanto en EE.UU. como en el mundo. Más, de naturaleza pérfida y obstinada, pro sigue sin embargo su guerra de agresión.

“La resistencia contra la agresión norteamericana puede prolongarse. Nuestros compatriotas pueden tener que asumir nuevos sacrificios en bienes y en vidas. Sea como fuere estamos resueltos a combatir a los agresores yanquis, hasta la victoria total.”

Esto es lo que nos recomendó nuestro Presidente Ho Chi Minh. Cumpliendo su legado, estamos decididos a combatir el tiempo que sea necesario hasta que el enemigo abandone sus designios agresivos, retire todas sus tropas, respete la soberanía de nuestro pueblo y nuestra integridad territorial.

Nuestro Partido todo, nuestro pueblo entero, todas nuestras fuerzas que avanzan y dar un poderoso impulso a la resistencia contra la agresión yanqui, por la salvación nacional hasta la victoria total, a fin de liberar el Sur, defender el Norte, avanzar hacia la reunificación pacífica de la Patria.

Combatir y vencer a los imperialistas yanquis es una apremiante exigencia de la revolución vietnamita y de la revolución mundial, de nuestra vida actual y de la felicidad de las futuras generaciones. He allí el gran honor, la grandeza, el deber de nuestro Partido y de nuestro pueblo hacia la Patria y hacia los pueblos revolucionarios del mundo.

Estamos decididos a cumplir la gloriosa misión que nos ha confiado la historia, dispuestos a sobrellevar las peores privaciones y a asumir los más grandes sacrificios por más prolongada y encarnizada que sea la resistencia.

Tenemos la firme convicción que nuestros compatriotas y combatientes en el Sur, dirigidos por el Frente Nacional de Liberación y por el Gobierno provisional revolucionario de la República de Vietnam del Sur, seguros de la invencible línea de la guerra del pueblo, seguros de su coraje, de su inteligencia y de sus talentos militares, obtendrán con certeza la victoria total, mediante la gran unión combatiente de nuestros 30 millones de compatriotas en todo el país y la inmensa ayuda de nuestros hermanos y amigos en el mundo.

El Presidente Ho Chi Minh dijo, haciendo el balance de la larga y gloriosa lucha revolucionaria de nuestro pueblo bajo la experimentada dirección del Partido:

“Nuestro pueblo es un pueblo heroico. Hemos derrocado a los fascistas japoneses, vencido a los colonialistas franceses y hoy estamos firmemente decididos a batir a los agresores imperialistas norteamericanos”.

Nuestra actual resistencia a la agresión yanqui, por la salvación nacional es más importante en la gloriosa historia de lucha de nuestro pueblo contra la agresión extranjera; al mismo tiempo está escribiendo una de las más bellas páginas de la historia de la lucha de los pueblos revolucionarios del mundo contra el imperialismo en nuestra época.

La revolución nacional democrática popular en nuestro país, ha contribuido con su rica experiencia al desarrollo de la teoría revolucionaria, de los pueblos coloniales y dependientes en lucha contra el viejo y el nuevo colonialismo.

Nuestro pueblo va resueltamente hacia adelante, seguro de las preciosas enseñanzas de su propia revolución. El conducirá la resistencia contra la agresión yanqui a la victoria total, completará la revolución nacional democrática popular en todo el país y así aportará una digna contribución a la lucha común de los pueblos del mundo por la paz, la independencia nacional, la democracia y el socialismo.

(*) (1907-1986) Fue uno de los fundadores del Partido Comunista Indochino en 1930 y paso diez años en las cárceles coloniales francesas. Liberado en 1945, fue nombrado secretario general del Partido Comunista de Vietnam en 1960, La victoria de su orientación política, que priorizaba la liberación de Vietnam del Sur, fue esencial en el desarrollo de la guerra hasta su victoria en 1975. Opuesto a las reformas de mercado (doi moi), su muerte supuso un giro sustancial en la orientación del PCV y el desarrollo del capitalismo en el país.

Fuente: Observatorio de Conflictos

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Especial Viet Nam (III): La Guerra de Vietnam, una Visión Vietnamita

 

por Ron Jacobs

Hace cincuenta años las fuerzas revolucionarias vietnamitas del sur, junto con unidades del ejército regular del norte lanzaron una ofensiva militar contra las fuerzas militares vietnamitas del sur y estadounidenses. Esta ofensiva, conocida como la Ofensiva del Tet, ya que tuvo lugar durante la fiesta del Tet, involucró a cientos de miles de combatientes de ambos lados y provocó miles de víctimas.

Los residentes en Estados Unidos, muchos de los cuales con parientes en el ejército de su país, vieron por televisión como la Embajada de Estados Unidos en Saigón (hoy Ho Chi Minh) fue atacada. Mientras tanto, más cerca de la línea imaginaria del paralelo 17º que divide el norte del sur de Vietnam, se desarrollaba una batalla durísima en el pueblo de Khe Sanh.

Las fuerzas vietnamitas del sur (ARVN) y de Estados Unidos acabarían por declarar la victoria, volarían su base y la abandonarían a principios de julio de 1968.

La intención de las fuerzas antiimperialistas en esta ofensiva era provocar un levantamiento popular entre la población civil del sur de Vietnam. Los cuadros políticos comunistas había educado y organizado a los vietnamitas al sur del paralelo 17º desde mucho antes que las fuerzas independentistas derrotaran al ejército colonial francés en Dien Bien Phu.

Aunque no hubo una revuelta popular en 1968, el efecto de la ofensiva las fuerzas revolucionarias en los Estados Unidos fue tal que finalmente opuso a la población contra la guerra. En otras palabras, fue el principio del fin de la creencia popular entre los estadounidenses de que una victoria militar de Estados Unidos / ARVN era posible.

De hecho, en tres meses, el presidente Lyndon Johnson había declarado que no se presentaría a la reelección y puso fin a los bombardeos aéreos estadounidenses. Por desgracia, la participación estadounidense continuaría a un ritmo asesino cinco años más.

Después de la salida de la mayoría de las fuerzas de Estados Unidos en 1973, la ayuda estadounidense a su régimen cliente en Saigón continuó hasta la rendición del régimen en mayo de 1975.

Los párrafos anteriores resumen una visión común de la guerra de Estados Unidos contra los vietnamitas. Esta visión tiende a menospreciar a los actores principales de la guerra: el pueblo vietnamita. Lo que a su vez, ha hecho que la historia de la guerra esté incompleta.

A pesar de que varios individuos que lucharon contra el ejército de Estados Unidos y sus cómplices vietnamitas han escrito historias personales -el general Giap probablemente el más importante de ellos-, que yo sepa no ha habido ninguna historia escrita en inglés objetiva y que incluya la perspectiva vietnamita.

Además, no ha habido ninguna historia escrita en la que el autor haya tenido acceso a los archivos previamente clasificados del gobierno de Hanoi. La publicación en 2017 de la La Guerra de Hanoi: Una historia internacional de la guerra por la paz en Vietnam debería cambiar esto.

Lien-Hang T. Nguyen, la autora de este nuevo trabajo, es una profesora de historia. Nació en Vietnam en 1974. Sus padres abandonaron el país en 1975. Su interés parece estar inspirado tanto por su historia personal como el deseo de presentar el punto de vista de los vietnamitas de la “guerra por la paz” en términos que re-evalúen su papel: transformándolos en un pueblo decidido a forjar su propio destino, no sólo como un pueblo que luchaba contra un agresor cuya presencia en el país es percibida por muchos como un “error” de política exterior.

Al igual que cualquier historia, ésta no es completa. Sin embargo, es una visión detallada de las complejidades del esfuerzo revolucionario vietnamita y su utilización de medios militares, relaciones públicas y diplomacia en la larga lucha para lograr su objetivo de independencia.

Crucial en el relato de Nguyen es lo que podríamos considerar una especie de revisionismo. Esto es más evidente en su conclusión de que hubo dos hombres esenciales en la guerra de Vietnam en contra de Washington y Saigón. A pesar de lo admitido comúnmente, el lector descubre que sus nombres no son Giap o Ho Chi Minh, sino Le Duan y Le Duc Tho.

Para aquellos que recuerdan (y los que han estudiado este período de la historia) el nombre de Le Duc Tho sea probablemente familiar. Después de todo, se le concedió (junto con Henry Kissinger) el Premio Nobel de la Paz en 1973 por su labor en las negociaciones de París para la paz en Vietnam.

También que rechazó el premio porque la guerra continuaba, en gran parte porque los EE.UU. se negaron a mantener los términos del acuerdo. Le Duan, sin embargo, es menos conocida para el lector occidental. Nació en el sur de Vietnam y llegó a la cima del Partido Comunista de Vietnam, convirtiéndose en secretario general en 1960.

Según Nguyen, fueron Le Duan y Le Duc Tho, los que insistieron que el objetivo principal del Partido y los vietnamitas después de los Acuerdos de Ginebra de 1954 debía ser la liberación del Sur.

Lo que entró en conflicto con los que consideraban que el objetivo principal debía ser la industrialización de la parte norte del país, mientras se libraba una prolongada guerra de guerrillas en el sur. Fue este debate el que provocó muchos de los zig zags en la conducción vietnamita de la guerra, especialmente antes de que los EE.UU. comenzasen su escalada en 1965.

Después de este giro de los acontecimientos, Nguyen sostiene que los debates giraron menos sobre la industrialización en el norte y más sobre las diversas estrategias militares.

Esta no es una historia abiertamente antiimperialista. Tampoco es lo contrario. Es una visión global de los métodos utilizados por el gobierno de Hanoi para avanzar su objetivo de reunificar Vietnam.

Al relatar su historia, la autora ofrece una visión detallada de la forma en Hanoi utilizó sus fuerzas armadas, su cuerpo diplomático y la opinión pública internacional para ganar la lucha por la independencia vietnamita.

Aunque a veces minusvalora ciertos aspectos de la campaña sangrienta y genocida de Washington contra Vietnam y el resto de Indochina, su enfoque en el gobierno de Hanoi y de sus miembros dan al lector una perspectiva muy necesaria que sitúa el papel frontal y central de los vietnamitas.

Es un texto que evita la extendida arrogancia estadounidense en la mayoría de las historias en inglés de la guerra. Hay un axioma conocido que la historia la escriben los que ganan.

Este no ha sido el caso en la mayoría de las historias en inglés de lo Nguyen llama “la guerra por la paz” de Vietnam.  La Guerra de Hanoi bien podría ser la primera (1).

Nota del Traductor: Tal vez merece la pena citar como precedente de la obra reseñada los libros de Ang Cheng Guan sobre la Guerra de Vietnam desde una perspectiva vietnamita, que la autora cita, entre otros, en la bibliografia utilizada. Sin olvidar al periodista australiano Wilfred Burchett, que tuvo acceso directo a la dirección vietnamita en aquellos años. O el libro de Pierre Rousset, Le parti communiste vietnamien, más conocido para toda una generación de militantes europeos y latinoamericanos. Doctorado por la SOAS de Londres, el Prof Ang Cheng Guan es actualmente enseñante en el Instituto Nacional de Educación de la Universidad Nacional de Tecnología de Singapur. Los interesados pueden consultar un resumen de sus trabajos en “The Vietnam War From The Communist Perspective”.

(*) autor de Daydream Sunset: Sixties Counterculture in the Seventies publicado por CounterPunch. Su última obra es un folleto titulado El capitalismo: ese es el problema.

Fuente: Counterpunch

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