Ni a un Metro con la Música. El Acto Fallido…

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Por Herr Direktor (*).

Si no fuera por la seguidilla de reacciones que han causado las bases del concurso Música a un Metro, realizado por Metro S.A para “incluir” a los músicos y artistas en sus dependencias, muy probablemente la realidad de miles de artistas que hacen de los espacios públicos su escenario, seguiría sin ser visibilizada.


En este contexto, lo mejor que le podría haber pasado a los artistas urbanos es la oportunidad que Metro les ha dado para visibilizar sus reales demandas, ya que al igual como fue la llegada al poder de Piñera y la Alianza por Chile, la desproporcionada desidia, y la perversa ignorancia con que han actuado, deja en evidencia lo que para el poder en particular y la sociedad chilena en general significa el arte y la cultura.

Veo acá dos dimensiones del asunto. Por un lado está una aceptación natural y espontánea de las dinámicas del músico y el artista urbano con la gente y su cotidianidad. Una generosidad maravillosa que hace pervivir los colores en las esquinas, y las melodías en el aire. Por otro, está el prejuicio muy naturalizado de que el arte no es un trabajo, y que la actividad cultural es necesariamente un hobby al que hay que darle una importancia relativa, superficial, mediana, leve, secundaria.

Es curioso. Música a un Metro, no sólo busca seleccionar, juzgar, docilizar, censurar y controlar el ejercicio artístico, sino que a su vez institucionaliza de manera latente una ambivalencia ya generalizada en el mundo social; admiramos a los artistas pero no respetamos a los artistas; sabemos que el arte es importante, pero no nos importa…

Más curioso aún es que el programa de Metro S.A siga aquellos formatos donde la música y el arte se dibujan como una práctica basada en la competencia, donde unos pocos obtendrán la legitimación de otros pocos, cuestión que derivará en la segmentación y homogeneización de talentos que seguirán creyendo que el arte es cuestión de criterios subjetivos, y que si no luchan por sobresalir, se hundirán en la ruina, y verán alejarse el tan extásico, egótico y neoliberal éxito.

Recordé las palabras de David Grohl a un medio norteamericano; “no quiero que mi hijo piense que la única manera de ser un músico es hacer cola en una audición de concurso de canciones, y luego terminar teniendo que aguantar que un “ricachón” te diga que no eres un buen cantante. Para mí la música no es eso.”

El meollo del asunto es que la reacción contra Metro ha sido desproporcionada, no por ser injusta sino más bien por, a través del ataque, excluir del debate un asunto fundamental, lo que realmente esta medida representa; la institucionalización del poco respeto por la dignidad del trabajador de la cultura.

Esto, por supuesto, no le compete sólo a los músicos urbanos, sino a toda la fauna del mundo cultural. Es una oportunidad para desjerarquizar el arte. Porque al menos en esta parte del espectáculo, ni el mainstream ni los músicos callejeros deben sobreponer su protagonismo. Se trata, como nunca, de la visibilidad de un asunto que Metro pone en evidencia, pero que hace mucho tiempo, desde el apagón cultural, viene acentuándose en colegios, escuelas, universidades, televisión y en la propia industria de la música; el desprecio y el temor inusitado por aquello que nos remueve el corazón y nos conecta con la esencia de aquello que nos conecta…


Cada día en los vagones del Metro el arte aparece. Día a día la cultura en las calles aflora. Día a día las guitarras, las voces, los tambores, acordeones, cellos, violines, zampoñas, charangos y quenas son parte de nuestro inconsciente. Se hacen parte de la historia inmediata y remota. Eso es de un valor esencial en días en que la banda sonora de nuestra vida es la publicidad mediatizada a través de televisores que repiten y repiten frases sin sentido aparente, pero que tras la careta de inocente guía comercial, se esconde la perversa intencionalidad de dirigir nuestros anhelos y deseos. Ya sabemos de consumo. Somos el país neoliberal por excelencia. Pero eso no implica aceptar la indiferencia ante lo que nos explota en la cara.

Intentar regular una actividad que está autoregulada parece un despropósito. Años de historia avalan la actividad del juglar, o del arlequín, o del hippie que le pone color a una tarde de lunes donde la mayoría de los rostros parecen tan abrumados por la actividad que dejan de parecerse a sí mismos. La música interviene. No importa su “calidad”, eso también se autorregula, el espectador es libre de sonreír por alegría o vergüenza. Es libre de moverse de su sitio, ignorar, o simplemente no dar una moneda. Al revés también opera, la calidad se premia y se agradece. Aún así, la libertad de los espacios, al ser restringida, atenta contra la belleza del ejercicio artístico, porque es preferible el espontáneo atrevimiento de un amateur, al monopolio y la reproducción de estereotipos “artísticos” que suenan más bien a modelos de belleza y conducta funcionales e integrados a un sistema que dociliza cualquier intento de espontánea manifestación.

Música a un Metro evidencia nuestra concepción del arte como actividad secundaria, pero que en la apariencia busca mostrarse como importante, aunque en la práctica se le tema, se le persiga, se le precarice, se le cuestione, y se le reprima (triste realidad).

A través de la historia el ejercicio del control ha partido por un ataque directo a la cultura, porque es ahí donde el pueblo se ha educado. Gigante es el aporte contracultural de los músicos urbanos durante la dictadura. Ellos y ellas fueron los que permitieron que el canto no se apagara y que la moral de un pueblo acallado siguiera susurrando resistencia. Un amigo me decía que políticamente se educó con La Polla Records, y otro, que sabía todo lo que sabía de ética por Patricio Manns y la Violeta. Música a un Metro es un acto fallido de esta sociedad inmediatista que ve el valor en la actividad comercial, pero que ignora el esencial aporte de quienes se atreven a cantar o brillar a través de un instrumento, haciendo de la vida, sin miedo ni censuras, un espontáneo ejercicio de libertad.

(*) Sociólogo, director de LaPala; vocalista de Keko Yoma y músico urbano

Fuente: La Pala

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