Agustín, el Príncipe de las Tinieblas

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Dijo un amigo: “Primero murió el príncipe y luego se abrieron las puertas del infierno, a 6.9, para recibirlo con par de horas de diferencia”. De todas las figuras con las que se puede asociar a Agustín Edwards, la de agente de una potencia extranjera es la que personalmente favorezco.

Esta especie de “Malinche a la chilena”, no es una invención antojadiza.

Hay muchos registros oficiales, e investigaciones escritas por periodistas e historiadores, a quienes no se podría acusar de pertenecer al aquelarre comunista, que revelan sus actividades conspirativas, en los años 70, cuando Edwards recomendó, entre otras, la “neutralización” del general Schneider. También se conocen sus actividades durante su “exilio” en Estados Unidos; con quien y para quien trabajaba.

Siempre he considerado que, de vez en cuando, hacer un ejercicio de memoria es importante. Cuando te dicen: “Pero eso ya se sabe”; respondo: “¿Quiénes lo saben?, ¿Cuántos lo saben?”.
Cada cierto tiempo recordar hace bien. Por eso, el día que se anunció la muerte de Agustín Edwards Eastman, busqué entre mis libros una biografía de Kissinger escrita en los años 90 por Walter Isaacson, uno de los importantes biógrafos estadounidenses, en la que aparece breve, pero reveladoramente nuestro personaje.

Traduzco:

Agustín Edwards, propietario del diario más respetado de Chile, estaba visitando Washington para propagar la alarma sobre la elección de Salvador Allende. Se estaba alojando en la casa de su amigo Donald Kendall, el presidente de la Pepsi Cola, que había dado a Nixon su primera cartera internacional de clientes al comienzo de los años 60, cuando el derrotado político californiano se había mudado a Nueva York y se había incorporado a la oficina de abogados de John Mitchell.

Por lo tanto, había una buena cantidad de antiguos vínculos privados involucrados cuando el Fiscal General Mitchell concertó una cita para que Edwards y Kendall tomaran desayuno con Kissinger esa mañana del martes 15 de septiembre de 1970.

La reunión duró más de una hora. Más tarde, Kissinger se reunió en privado con Mitchell y con David Rockefeller, presidente del Chase Manhattan Bank, que tenía intereses económicos en Chile incluso mayores que los de Pepsi Cola.

Kissinger estaba convencido de que los EE.UU. deberían hacer más para impedir que Allende tomara el mando. Llamó a Richard Helms, el director de la CIA, y le pidió que se reuniera con Kendall y Edwards en el hotel Hilton de Washington donde esos dos habían arrendado una habitación para reuniones discretas.

Helms recuerda que: “Ellos querían encontrar la manera de asegurarse de que Allende no llegara a tomar el poder”.

Incluso descontando las tres crisis que se le venían, la agenda de Kissinger estaba llena. Ese martes, dio a la prensa una sesión informativa de una hora sobre el decreto de ayuda al extranjero; se reunió otra vez con los embajadores de Yugoslavia y España; tuvo una corta conversación con el profesor Sam Huntington, uno de sus pocos colegas de Harvard que aún lo apoyaban; almorzó con Robert McNamara; y se reunió dos veces con el presidente Nixon.

Además, le dio información y antecedentes a William F. Buckley, Jr., y a su editor en jefe de la National Review, James Burnham. Kissinger había conocido a Buckey invitándolo regularmente a dar conferencias en su Seminario Internacional en Harvard en los años 50. Buckley había tenido por lo menos veinte sesiones privadas de información mientras Kissinger estuvo en la Secretaría de Estado.

Después de esta sesión, Buckley escribió una columna insistiendo que Allende había obtenido solamente un 36 % de los votos y por lo tanto, no debía asumir la presidencia.
A Burnham, por otra parte, le disgustó Kissinger ese día—lo encontró manipulador e hipócrita—y nunca volvió a verlo.

A las 3:00 pm., Nixon se reunió con Kissinger, Helms y Mitchell en la Oficina Oval para lo que sería una de las reuniones más funestas sobre Chile. Duró solo trece minutos. Nixon ladró órdenes mientras se sentaba encorvado sobre su escritorio. Quería que impidieran que Allende llegara al poder. Helms tomó una sola página de notas, exiguas pero vívidas, sobre lo que Nixon decía:
“No preocuparse de los riesgos. No involucrar a la embajada. $ 10 millones de dólares disponibles y más si fuera necesario. Trabajo a tiempo completo para los mejores hombres que tengamos…Hagan chillar a la economía. 48 horas para un plan de acción”.

Helms diría más tarde: “Si alguna vez llevé el bastón de mariscal en mi mochila a la salida de la Oficina Oval, fue ese día.

Este fue el comienzo de lo que sería conocido como la Vía II, un plan de acción ultra secreto para la CIA, que sería implementado al mismo tiempo que el plan Vía I que buscaba anular la ventaja de Allende en el Congreso chileno.

El embajador Korry, el Departamento de Estado, y ni siquiera el Comité de los 40 fueron informados de la Vía II.

Kissinger tenía pocos escrúpulos sobre la intervención en Chile. Como dijo en una reunión del Comité de los 40, solo medio en broma:

“No veo por qué tenemos que permitir que un país se vuelva marxista solo porque su pueblo es irresponsable”.

Su actitud ante la realpolitik trataba los intereses de los EE.UU como los supremos, y las preocupaciones morales acerca de la soberanía de otras naciones como secundarias. Kissinger veía a Chile vinculado a una amplia gama de pruebas a la determinación geopolítica de los EE.UU. Los soviéticos estaban tratando de sacar ventajas de la situación en Jordania, Vietnam y en Cienfuegos. “La reacción hay que verla en ese contexto”, aseguraría más tarde.

Kissinger volvió a la Oficina Oval poco después de las 5:00 pm. Para discutir las decisiones sobre Vietnam, Chile y Jordania, en privado con el presidente. Helms se dirigió a Langley (cuartel de la CIA) donde se reunió a las 5:45 con Thomas Karamessines, director de la división de operaciones encubiertas, y con William Broe, de la división Latinoamericana, para establecer un equipo de trabajo dedicado a Chile. Pocos, incluso en Langley, sabrían de la existencia de este grupo.

De: Kissinger: a biography. Walter Isaacson

Fuente: Primera Piedra

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