El Dilema del PS: Entre la Tercera Vía y el Reformismo de Izquierda

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¿Tiene sentido y viabilidad política el desafío de un auténtico reformismo al interior del Partido Socialista de Chile? ¿Qué sintonía tiene con su historia fundacional y reciente, una propuesta que cuestione la Tercera Vía y avance hacia un reformismo con acento popular? ¿Qué relevancia tienen para las respuestas a estas preguntas las dificultades que está experimentando la candidatura de Ricardo Lagos en el seno del PS?

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Es cierto que desde abril de 1933 han pasado muchas cosas y mucho tiempo y que el PS está lejos de aquella fisonomía fundacional y del proyecto nacional-popular que encarnaba y que concitó el apoyo de las masas. También es cierto que atrás quedó el periodo de leninización del partido y también la experiencia de la “vía chilena al socialismo”.

De igual forma, es efectivo que la “renovación” del socialismo –en total sintonía con lo que hizo el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en el Programa de Bad Godesberg de 1959, que terminó influyendo en toda la socialdemocracia europea– derivó, como plantea Carlos Altamirano, en un “flagrante acomodamiento a las ‘oportunidades’ que la coyuntura le presentó”.

Probablemente ni Eduard Bernstein habría estado de acuerdo con la deriva del PS, ya que el viejo “revisionista” siempre postuló un reformismo consecuente.

La lección política más relevante de estas décadas (1933-2016) ha sido valorizar las libertades civiles y políticas, sin que ello implique una renuncia al carácter transformador y pluriclasista del partido. Dichas libertades, como es evidente, no son suficientes en el esquema heredado del dictador, y cuya superación recién ahora comienza, siendo el proceso constituyente una oportunidad histórica para su fortalecimiento.

La misión del partido no se agota, como creen algunas de sus facciones, en darle gobernabilidad al país invocando para ello responsabilidad con el signo del Gobierno al que se apoya y la militancia del gobernante.

No basta, para estar a la altura de los desafíos país –dado el efecto negativo que han generado las facciones, manifestado como pérdida de identidad y carencia de un auténtico proyecto socialista democrático–, con sentirse parte de La Moneda, si, por cobijarse en su alero, se renuncia a la tarea esencial que justificó en la década de 1930 la fundación del partido.

Su meta no es el Gobierno por el Gobierno, sino el ejercicio del poder con vocación transformadora en un contexto de respeto de las libertades civiles y políticas y profundización de la distribución del mismo. A esta tarea de perfeccionamiento de la democracia se ha renunciado tácitamente y con ello se ha limitado severamente la lucha por los derechos sociales, económicos y culturales.

Esta conducta deslavada lo está vaciando de su sentido de existencia.

Así, por una errada comprensión del alcance de la responsabilidad de dar estabilidad al Gobierno y gobernante, desde inicios del Gobierno de Aylwin se inició su pérdida de raigambre en la sociedad y empezó a declinar su capacidad de propuesta y de acción contra las desigualdades.

Esta “misión política” se vio reforzada con la llegada de la Tercera Vía al socialismo chileno –“la renovación de la socialdemocracia a la antigua”, según Anthony Giddens– y el PS se transformó en un dedicado y laborioso administrador del “modelo” económico impuesto por la dictadura.

El lenguaje dejó de utilizar la figura del chorreo que fue sustituida por la del crecimiento y el equilibrio estructural: lo que implicaba en buenas cuentas lo mismo, porque la satisfacción de las necesidades de la sociedad iba a depender de lo que la economía generara como sobrante, descontadas las utilidades.

Justo cuando en el XXX° Congreso del PS, a través del documento “Hacia una estrategia de Desarrollo Inclusivo y Sostenible”, se mostraban algunos brotes de un auténtico reformismo que permitiera al PS el reencuentro con su historia, y se generaba una oportunidad  de debate ante esta situación de parálisis transformadora, irrumpe Ricardo Lagos.

La abrupta renuncia de Isabel Allende a su candidatura presidencial no puede dejar de recordar el duro golpe que le propinó Felipe González y sus “barones” a Pedro Sánchez, quien terminó defenestrado de la Secretaría General del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) por mantener su negativa a investir a Mariano Rajoy e intentar una alianza con Unidos Podemos y otras fuerzas nacionalistas.

En efecto, la operación que hizo desistir a Allende, organizada y proveniente, en palabras de Ernesto Águila, de la “solución elitaria/conservadora” que representa Ricardo Lagos –y guardando las debidas proporciones–, es una suerte de ofensiva del “felipismo” criollo.

El ex Presidente vendría a representar en el actual orden socioeconómico, y así lo ha entendido el gran empresariado, que se ha declarado aliviado y cómodo con su candidatura y la de Piñera, una bandera de derecha en el ecosistema socialdemócrata.

La Tercera Vía tendría con Lagos una nueva oportunidad y, por ende, también el modelo económico legado por De Castro y compañía.
 
Ahora bien, si acaso el PS se pone bajo el liderazgo de Lagos, se advierten grandes dificultades para que los sectores de izquierda del partido logren empujarlo hacia una línea ideológica que avance hacia un reformismo de izquierda consecuente con su tradición histórica y consustanciado con los actuales y grandes desafíos que tiene el país en materia de igualdad y bienestar. Más bien, continuará el predominio de las formas y líderes que han aniquilado la posibilidad de construir una estrategia reformista socialista y democrática.

En ese caso, seguirá siendo una máquina electoral, burocrática y con un elitismo anclado ideológicamente en la bancarrota de la Tercera Vía.

Si el PS se declara “laguista”, coincidiendo con eso con el gran empresariado y los intereses transnacionales, entonces una corrección al alza de la degradación política y la entropía que se está llevando por delante al viejo Partido Socialista será imposible. El Partido se habrá terminado de vaciar, será irrecuperable y no habrá un Jeremy Corbyn a la chilena.

En esos escombros del desmoronado PS no habrá más que mimetización con el presente, y la perspectiva de futuro estará cancelada. En dichas circunstancias se volverá ilusorio querer influir sobre las fuerzas conservadoras del partido. Sería un sinsentido, una pérdida de tiempo, y tendríamos que aceptar definitivamente –siguiendo el diagnóstico de Luis Thielemann– “que no hay con qué reconstruir un partido auténticamente socialista y democrático para el presente”.

Tarde o temprano la Tercera Vía condenará a muerte al PS o lo reducirá a su mínima expresión. Así, vale la pena señalar que el PSOE desde el 2012 ha perdido cerca de 40 mil militantes, y después de la crisis que generó su abstención en la investidura de Rajoy, que permitió un nuevo Gobierno del Partido Popular, el socialismo español se ha hundido electoralmente, según el pronóstico del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

En efecto, los socialistas caen un poco más de 5 puntos respecto a las elecciones del 26 de junio (22,66%) y se quedan en un 17% de los votos, lo que supondría el mínimo histórico del PSOE.

El declive también afecta al SPÖ de Austria, que ha pasado del 51% del voto en 1979 al 27% actual; al SPD alemán, que llegó a concentrar un 46% del voto en 1972 para decaer a la fecha con un 27% de los apoyos; el SAP de Suecia tenía el 50% de los sufragios en 1968 y ahora solo cuenta con el 31% de las preferencias; y en Grecia el PASOK fue de un 43,9% de las preferencias en 2009 al 4,7% en 2015. En Francia, la desaprobación que sufre el presidente socialista François Hollande es categórica, apenas tiene un 4% de popularidad, lo que lo ha transformado en el Presidente de Francia menos popular desde la Segunda Guerra Mundial.

Este sombrío panorama tiene como una de sus causas, y conviene no perderlo de vista, la falta de voluntad política de avanzar con seguridad en la recuperación de los derechos civiles y políticos y, en particular, del derecho a la libre autodeterminación conculcado con el crimen del golpe de Estado de 1973.

La omisión del partido no solo ha estado en su tibio y casi nulo accionar en favor de los derechos sociales, económicos y culturales, sino, principalmente, en no ocuparse de crear las condiciones para una sana política, esto es, un sistema participativo auténticamente democrático. La crisis de los partidos, que es también crisis del PSCH, se explica por su negligente conducta en materia de promoción de una “buena política”.

Si en el pueblo socialista, la militancia de base del PSCH, todavía existe una verdadera voluntad de reformismo de izquierda, habrá capacidad para generar y recrear las condiciones de posibilidad de una sociedad justa y redistributiva del poder, el ingreso y la riqueza, aunado a un compromiso democrático y de sustentabilidad e inclusión para hoy y mañana.

No se trata de reeditar consignas autoritarias, sino de promover auténticas democracias.

El PS no debe olvidar que se fundó para mejorar el destino de los trabajadores, no debe abandonar la centralidad del trabajo. No debe perder de vista que si elige darles la espalda a las preocupaciones de las clases trabajadoras (medias y populares), convirtiéndose en el estandarte de otros intereses, entonces los trabajadores actuarán como en el caso de los de Estados Unidos, que a causa de su frustración y rabia, terminaron definitivamente en  brazos del trumpismo de ultraderecha, que se quedó con el descontento popular.

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En definitiva, la arquitectura de la victoria de Trump es en gran parte el mapa de la desindustrialización y el empobrecimiento de Estados Unidos, inseparables ambos del proyecto neoliberal.

Para ello debe dar una batalla por las ideas del socialismo y del humanismo democrático, en el campo de la representación y de la movilización social. Debe remontar la ola neoliberal y sus estragos para construir una sociedad integrada y tendencialmente armónica. Para dicho fin es necesario atemperar con determinación las desigualdades, abatir la pobreza, edificar y conservar cohesión social. Asumiendo que ello demandará la administración del conflicto que pueda generar tal voluntad de cambio.

Requiere reivindicar lo público y más concretamente lo estatal, combatir los privilegios, atender también otras demandas civiles, libertarias e igualitarias, provenientes de minorías y crear un basamento de satisfactores materiales y culturales universales garantizados (salud, educación y pensiones) en el marco político de una Constitución generada por una Asamblea Constituyente que consagre el Estado Social y Democrático de Derecho.

¿Tiene alguna relevancia para el socialismo chileno el camino por el que transita la ultraderecha populista nacionalista europea, que tiene motivos para felicitarse porque progresa sin parar? ¿Tiene respuesta el socialismo democrático para lo anterior?

Por ahora, evidentemente no. Los socialdemócratas encantados con la Tercera Vía están totalmente sobrepasados por la historia y la evolución del capitalismo globalizado, del que ya no comprenden –o no quieren comprender porque se han hecho élite– ni los resortes, ni los límites, ni sus formas de dominación, y están completamente absortos ante la emergencia del trumpismo y del Brexit.

En la crisis, los grandes perdedores son los partidos socialdemócratas, los que, como dice Mauricio Salgado, “por resignación o convicción”, han renunciado a su histórico espacio donde proponer y avanzar de verdad con una agenda basada en la solidaridad y la justicia.

La defensa de los derechos sociales y del trabajo frente al capital, ese era el papel histórico de la socialdemocracia, y eso es a lo que han renunciado. Esto, además, explica el surgimiento de Sanders, Zyriza, Podemos y Die Linke.

Con buen criterio afirma Agustín Basave, el ex presidente del Partido de la Revolución Democrática (PRD) de México, al enjuiciar la Tercera Vía:

“El error de la socialdemocracia frente a la globalización fue mimetizarse con el presente para evitar ser asociada al pasado, en vez de buscar una nueva identidad en el futuro.”

En palabras de  Zygmunt Bauman: “La desgracia de la socialdemocracia actual es que no hay una visión alternativa, una utopía.”

El PS debe alejarse del fracasado experimento de la Tercera Vía y procurar definir un proyecto socialista creíble y deseable, que suponga una transformación de lo existente, un horizonte emancipatorio, que implique niveles de autogestión, cogestión, cooperación, elementos de planificación racional y democrática de la economía, derechos sociales garantizados, que avance con determinación taciturna en un modelo de desarrollo distinto al extractivista, que se ocupe con decisión de la desigualdad y la concentración de la riqueza, la cual ha podido ser posible, también, como advierte José Gabriel Palma, “con la colaboración de los renovados y su Tercera Vía”.

Debe ocuparse de definir los alcances del humanismo socialista, en medio de una sociedad en que el sentido mismo de lo humano está amenazado por una ciencia y tecnología que están entregadas a la avaricia del capitalismo. Y en que la naturaleza emerge amenazando la identidad que entrega la pertenencia a una determinada geografía.

Dicho sentido implicará, seguramente, una búsqueda en la identidad que nos es común como sociedad iberoamericana.

El proyecto socialista debe también contener altas dosis de descentralización política y debe ocuparse activamente de la sostenibilidad ambiental/física de Chile y, por sobre todo, la ampliación de la democracia hacia esferas participativas, deliberativas y directas.

Un proyecto donde tengan éxito las cualidades de la cooperación, solidaridad, empatía, inclusión, cosmopolitismo y fracasen las del egoísmo, discriminación, consumismo, individualismo extremo, competencia, violencia, racismo, xenofobia, la regresión al nacionalismo nativista, la opacidad y el autoritarismo, eliminando de frente la fuente estructural de la corrupción y su capacidad invasiva y de contagio.

EL PS tiene asimismo el reto de reconstruir para los trabajadores una percepción emocional colectiva vinculada a la ciudadanía democrática, esto es, que pertenecen a una misma comunidad todos los individuos que libremente participan en la toma de decisiones sobre su futuro colectivo. La democracia es el instrumento de transformación colectiva mediante el cual el mundo del trabajo debe reconquistar la hegemonía perdida frente al capital.

Al Partido Socialista debe preocuparle de manera principal la actual coyuntura mundial y nacional y emplearla como incentivo para la transformación de su propia práctica política. De lo contrario, se perderá una de las ocasiones más propicias –por la impugnación que está recibiendo el neoliberalismo– para transformar el sistema socioeconómico que padecemos y terminar con la distopía neoliberal.

EL PS debe  construir alternativa en el tejido social, especialmente en esa gran masa de trabajadores que se abstiene de la política o bien vota derecha,  y debe dejar atrás aquella izquierda-élite, dedicada casi en exclusiva a la gestión del statu quo,  cada vez más desconectada de la realidad concreta de las clases trabajadoras (esfuerzo que en este momento lleva adelante Jeremy Corbyn en el Partido Laborista en contra de las élites del Nuevo Laborismo formadas –y también satisfechas– en la Tercera Vía del blairismo).

Si el PS logra anclarse en el reformismo de izquierda, que reivindica el poder de la política y la democracia para transformar a Chile, juntando  voluntad política y mayoría social –lo que supone un proceso de confluencia con otras fuerzas de izquierda democrática y progresistas, para aunar todos los esfuerzos y las fuerzas que quieran ir más allá del capitalismo neoliberal–, esperamos que siempre tenga presente en su brújula lo que Thomas Meyer le ha planteado a la desorientada, atormentada  y en declive socialdemocracia alemana, esto es, “ir más allá de los objetivos que resultan alcanzables hoy y mañana, no como un utopismo del mero deseo, sino como una utopía realista con fundamentos concretos y viables (…)”.

Sin perder de vista la valorización que el socialismo chileno ha hecho de las libertades civiles y políticas, lo que exige una Constitución auténtica como marco de la buena política, se trata –siguiendo a Meyer– “de renovar a tiempo los cinco grandes objetivos perseguidos históricamente por la socialdemocracia: igualdad, superación de la sociedad de clases, Estado social universal que asegure la inclusión, seguridad social y humana y predominio de las decisiones políticas democráticas frente al poder de la gran propiedad y los mercados”.

Fuente: El Mostrador

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