La Normalidad se Desborda: Trump y Nuestro Antídoto

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El triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses del  martes 8 de noviembre ha desatado una oleada mundial de estupor, miedo y repulsión. Sin duda hay razones para ello. La unanimidad en las reacciones a la barbarie es siempre reconfortante, pues proporciona en momentos de conmoción la calidez y seguridad de formar parte de un amplio sentido común.  

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El problema es que para sostener esa unanimidad hace falta presentar al amenazante como alguien ajeno a la comunidad, como un extraño, como un intruso. Si en esa irrupción han mediado unas elecciones, entonces no queda otra que culpar en exclusiva a quienes se supone que le han votado, una tarea más fácil cuando parece tratarse de gente precaria, en paro y sin estudios, pues, en el fondo, siempre fueron “los otros”.

Una vez acotado “el nosotros”, las voces de la intelectualidad sensata conforman el mantra que acompaña al duelo por la normalidad perdida, como si esta hubiera sido un dechado de virtudes o no contuviera las causas de su propia disrupción.

El problema es que muchos de los discursos que se lamentan de la llegada de Trump a la Casa Blanca no sirvieron para evitarlo. Poco sentido tiene ahora utilizar como medicina paliativa lo que antes falló como antídoto. De hecho el triunfo de Trump es precisamente el fracaso de esos discursos del establishment político y mediático, pero no porque el de Trump representara una alternativa con respecto a ellos, sino porque cubría sus vacíos, denunciaba su hipocresía y se alimentaba además de su misma lógica, aunque llevándola, eso sí, al extremo.

Es cierto que la llegada de Trump representa un cambio importante en la política norteamericana, pero este cambio es sobre todo un cambio de intensidad. Trump es una subida de alto voltaje en la red eléctrica del sistema político norteamericano que amenaza con fundir sus plomos.

Trump ha roto las mediaciones entre economía y política, que tan útiles resultaban para disimular y garantizar la supeditación de esta a aquella. Ha derrotado a quien servía de puente entre Wall Street y la Casa Blanca y ha entrado directamente –como un empresario triunfante, como un elefante en una cacharrería– al despacho oval desde de su casino de Las Vegas.

Después de las décadas que llevamos escuchando hablar, desde templados púlpitos y doctos cenáculos, de la necesidad de trasladar al ámbito de la política la más eficaz y desideologizada gestión económica, no deberíamos extrañarnos tanto de que un magnate haya alcanzado la presidencia de los EEUU. Trump es, en ese sentido, una exageración descontrolada de aquello por lo que algunos moderados venían apostando. Es cierto que también representa novedades o intentos de vuelta al pasado. Su discurso ha logrado conectar con la añoranza por un viejo capitalismo nacional proteccionista y productivo que nunca existió del todo y del que él no fue precisamente un ejemplo. Pero la nostalgia ha funcionado por contraste con un capitalismo globalizado muy real que se lleva la producción de las ciudades obreras al extranjero y genera todavía mayor desprotección.

Por falso que sea, Trump ha sabido presentarse como la cara visible de la gran empresa familiar que crea puestos de trabajo en el país y protege a su gente, frente al egoísmo real de multinacionales regidas por los grandes y discretos accionistas con los que tan bien se llevaba Hillary Clinton. La dinámica bipartidista y el sistema electoral férreamente mayoritario de EEUU, que aquí algunos vienen elogiando, conducen a estos peligrosos juegos de espejos deformantes y ha abocado a mucha gente a tener que elegir entre una mentira reconfortante o una verdad ya insufrible.

Si todo se rige por una lógica binaria o se encierra en falsas y pobres disyuntivas se corre el riesgo de que el hartazgo hacia las formas arteras de una candidata lleve a no ver tan repugnantes las maneras soeces del otro.    

Trump es un desborde de la normalidad y por eso ha funcionado tan bien en el mundo hiperbólico de la televisión y el espectáculo, donde, no ahora, sino desde hace décadas, vienen confinándose y recreándose los conflictos políticos. En el plató televisivo Trump ha pulverizado, por su experiencia y también por exceso, el concepto clásico de representación. Mucha gente ha presenciado el show como un duelo entre el auténtico Trump y la impostora Hillary.

 El problema es que esa gente no ha dejado de creer en los actores profesionales para descubrir siempre a la persona peligrosa que hay detrás, sino para creerse directamente a uno de los personajes. El exceso de teatralización en la política ha vuelto más verosímil al histrión recién llegado que a la actriz profesional a la que al cabo de tantos años se le veían los trucos.  ¿Qué personaje es ese que además de crédito ha suscitado identificación? El mismo que acopia buena parte de los estereotipos sublimados en el discurso político del establishment o exaltados más zafiamente en la cultura basura que, también aquí, se emite en prime time.

Quien mire a Donald Trump se encontrará con un personaje-referente muy familiar: el hombre hecho a sí mismo, el triunfador rápido de casino, el born again, el que consigue a la chica guapa como si fuera un trofeo de caza, el gracioso cargante, desinhibido y zafio o el policía colérico dispuesto a limpiar las calles de “la chusma” saltándose las trabas burocráticas que le imponen desde arriba quienes no la sufren.

Sorprende que apenas se haya penalizado electoralmente el machismo asqueroso y semidelictivo de Trump, pero también deberían sorprendernos los modelos de mujer que se ensalzan todos los días en los anuncios de las calles de Nueva York o de cualquier ciudad del mundo, esos que están más cerca de las Misses de las que se rodeaba el magnate que de cualquier mujer empoderada. En definitiva, habría que mirar hacia dentro de la comunidad y ver de qué normalidad se ha estado alimentando la bestia todos estos años.

Trump se ha hecho eco del grito de dolor de una parte de la clase obrera blanca del interior y del miedo de las clases medias que con la crisis han perdido o ven amenazado su estatus. Su habilidad ha consistido en canalizar esa rabia y frustración en distintas direcciones, pero aprovechando algunos cauces que ya existían. Buena parte de la ira la ha proyectado hacia abajo, hacia el inmigrante recién llegado o sin papeles.

Para ello ha cogido el relevo de las leyes migratorias de Bush, ha reavivado la asociación entre islam y terrorismo post 11S y ha hecho uso de un repertorio muy socorrido en la larga tradición de la derecha reaccionaria y xenófoba también europea: la construcción del chivo expiatorio, la supuesta amenaza a una identidad nacional idealizada, el miedo a perder lo poco que se tiene si se incorpora más gente al reparto de escasez o el alivio sádico que a algunos proporciona desquitarse de la humillación que te inflige el de arriba reproduciéndola sobre el de abajo.

Otra parte de la rabia la ha proyectado muy parcialmente hacia arriba, hacia un sector de las finanzas.  Obviamente no lo ha hecho desde una perspectiva social y redistributiva, sino explotando el victimismo del falso emprendedor que quiere montar su negocio para dar trabajo y no recibe el crédito de unos pocos codiciosos, que nunca tienen nombre y, según él, tampoco clase social.

Finalmente, buena parte de esa rabia se ha proyectado sobre la clase política en general y la demócrata en particular. A lo primero han ayudado los altos niveles de corrupción de Washington, pero también el espejismo de la completa autonomía de la política y la consideración del político como responsable de todos los males y depósito fundamental de la hostilidad; un discurso muy neoliberal y mainstream también en Europa, pensado para que esta hostilidad nunca llegue a los grandes empresarios que, como él, mandan en el día a día de la gente.

En cuanto a lo segundo, Trump ha recogido el hastío creciente frente al clasismo y la prepotencia cultural de la progresía demócrata de la costa este, aquella que desde su cómoda vida de profesionales reconocidos e ilustrados defendía en abstracto los derechos (básicamente culturales) de las minorías, daba por muerta a la clase obrera y se  burlaba de la cerrazón de los rednecks del interior.

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La candidata Hillary Clinton era un acopio de todo aquello que venía siendo objeto de fobia y de lo que podía ser acusada por aquel que, reuniendo vicios quizá peores, no iba a ser tachado de lo mismo: la política profesional de toda la vida, la lobbista de Wall Street partidaria del libre comercio, la demócrata a favor de la guerra global y la progresista intelectualmente soberbia frente al payaso ignorante con el que se han identificado, de manera más bruta o inteligentemente cínica, quienes venían sufriendo idéntico desprecio.  

Habrá que tomar nota del agotamiento, también en España, de una progresía que ha dejado de entender el mundo porque lo mira a través de sus privilegios y que tras tanto tiempo disfrutándolos es objeto de un rechazo popular creciente. También de cómo ese rechazo popular ha llevado a algunos a ver con mejores ojos a una derecha que los ostenta de manera natural.

Hillary era la representante de una normalidad que genera sufrimiento y cuya desigualdad extrema ya no puede ocultarse bajo el discurso, ahora translúcido, de una supuesta moderación. Esos discursos tan prudentes como herméticos olvidan, consciente o inconscientemente,  que ahí fuera hay mucha gente machacada, hastiada o asustada dispuesta a arriesgarse a un cambio aunque sea a peor, así como una colección de oportunistas preparados para brindarles esa oportunidad llevando al extremo los mitos de su cotidianidad, el Make america great again en el caso de Trump. Por eso no se puede  aspirar a frenar a la bestia desde una actitud defensiva y conservadora que la presenta como una amenaza para un orden que a muchos les resulta ya insufrible, sino a la ofensiva, presentándola como un subproducto (o sobreproducto) de este.  

En momentos de excepción es fundamental la pasión con que se vive el voto. No solo porque el día de las elecciones ayuda a que la gente venza la modorra o los obstáculos burocráticos, y por tanto sociales, que en muchos países como EEUU filtran la voluntad popular. También porque esa pasión ejerce un efecto movilizador y multiplicador en el entorno inmediato del votante que puede ser determinante.

En Estados Unidos ha ganado quien más entusiasmo ha despertado en sus acólitos, todo el día haciendo campaña y con el voto preparado desde primera hora, pero sobre todo ha perdido quien más desgana generaba en sus potenciales votantes. Aquí también sería interesante analizar con qué pasiones o desilusiones de un tipo u otro se han afrontado y se afrontarán los procesos electorales.     

No hay que culpar a la gente desesperada que vota barbaridades desde ninguna actitud de superioridad, pero tampoco exculparla desde cualquier comprensión paternalista igual de despreciativa. Hay que entender que cuando la gente está mal y quiere cambiar algo lo hace con los recursos políticos y culturales, con los valores e imaginarios que tiene más a mano, y que la mayor parte de las veces estos no son los valores e imaginarios fraternos y emancipadores de las asociaciones vecinales, movimientos sociales, fundaciones culturales, partidos o sindicatos que en la mayoría de los países occidentales han venido retrocediendo (por acoso ajeno y errores propios) en las últimas décadas.

La rabia, en el caso concreto de EEUU, es que en estos años se había producido una reactivación de estos movimientos e imaginarios liberadores (Occupy Wall Street, protestas contra los tratados de libre comercio, Black lives matter) que reconectaba con la larga y fértil tradición de luchas por los derechos civiles y sociales que tan bien nos contó Howard Zinn en su La otra historia de los Estados Unidos.

Buena parte de ese impulso dio energía y posibilidad de triunfo (que no garantía) a la candidatura de Bernie Sanders. Pero desde la moderación, desde el realismo, desde el cálculo erróneo hecho con los parámetros científicos de clase media acomodada, desde el miedo propio al cambio, se pensó que eso no valdría para frenar la amenaza.

Ahora hay que replantearse cómo hacer oposición allí donde la barbarie ha cobrado una forma más brutal, y cómo evitarla y buscarla alternativa en cualquier otro lado. No creo que para eso baste un populismo de izquierdas basado en la simple premisa de que la rabia de la gente corriente, simples seres maleables, pueda redireccionarse, desde arriba y mediáticamente, en un sentido emancipador si encuentra voz y cauce en un Trump a la inversa.

De hecho, no habría que ponérselo fácil a quienes ya están tratando de asociar cualquier alternativa, por tratarse de algo excepcional, al monstruo surgido de su normalidad. Hacen falta liderazgos populares atrevidos y nada remilgados que hablen claro y entusiasmen, pero la pasión, para ser emancipadora, necesita ser una pasión razonada, socialmente activa y organizada.

En los últimos días en Europa hay quien se consuela presentando a Trump como un animal genuinamente americano (qué lejos queda la memoria de Jesús Gil o Silvio Berlusconi y qué poco nos estamos tomando en serio el avance de Marine Le Pen). En el caso de España nos repetimos para aliviarnos que aquí no ha habido neofascismo gracias al antídoto del 15M. Y eso es cierto, pero no se puede vivir toda la vida de las rentas.

El antídoto del 15M va perdiendo propiedades a medida que se han ido desarticulando los espacios de aprendizaje, confraternización y resistencia de la gente y habrá que ver, cuando llegue más pobreza, desigualdad, miedo y frustración, qué va a tener a mano, además de la televisión, para enfrentarlo.  

No nos fiemos sin más de la gente, de nosotros, ni dejemos de confiar en ella. “Soy basura/ pero aún sigo levantando este pequeño ramo de flores salvajes / la democracia está llegando ya a EEUU”, cantaba Leonard Cohen.

(*) Profesor en la Universidad de Extremadura.

Fuente: Contexto y Acción

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