El Perdón Perfecto de Comaneci

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18 de julio de 1976. Juegos Olímpicos de Montreal, Canadá. No son los giros mortales –si cae, podría romperse el cuello; si cae, podría confirmar las leyes de la física y romper algo peor: la fantasía circense que hechiza- con los que vuela y se suspende en el aire con la soberbia de un planeador.

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No es el estirarse como si fuera de goma, pasando de una barra a otra con la fuerza de un gorila en el cuerpo de un pájaro; no es, definitivamente, la pequeña sonrisa de infante tras el salto ornamental que la aterriza con un equilibrio de otro planeta, erguida y plástica como una muñeca, sobre la colchoneta.

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Todo eso, más que agradar, asusta: a los 14 años nadie había desafiado la gravedad con tal grado de perfección. Uno mira el video, se detiene, lo repasa, lo atrasa, lo adelanta. Nadia Comaneci es aterradoramente irreal.

Esa presencia, lejos de ser cercana, huye y se encapsula en una blancura que ciega: pálida, extremadamente pálida, flota en un vals etéreo donde nadie es invitado.

Es una década agitada y el peso de la historia parece caer inexorablemente sobre la gimnasta. Es difícil no pensar que, mientras la preferida del dictador rumano Nicolae Ceaucescu se convierte en tapa de todos los diarios, en esos meses los militares argentinos perfeccionaban la tortura en los campos de concentración.

La perfección y el horror, sin embargo, conviven en un mismo espacio y tiempo. El solipsismo de Nadia es signo de que algo siniestro, escondido detrás de las capas de niña-genia, podría estar ocurriendo. O podría ocurrir en cualquier instante.

Que la gimnasta rumana haya obtenido el primer diez en la historia de los Juegos Olímpicos, cuando los relojes sólo estaban preparados para marcar 9.95, tampoco dice demasiado. Ese es un mero dato estadístico. Es otra cosa la que se sale de registro.

Lo que verdaderamente perturba, a cuarenta años de la leyenda y después de haber visto epopeyas semejantes como la del histriónico Usain Bolt en pruebas de atletismo, es la soledad de Comaneci tras el récord histórico. Bolt agitó las banderas de Jamaica, habló a las cámaras, bailó al compás del fuego de la pista. Comaneci agitó las palmas al cielo cual si estuviera pidiendo perdón.

¿Cómo es que nadie corrió a abrazarla después de tamaña proeza? ¿Por qué todo siguió igual, por qué nadie se atrevió a romper los muros de las tribunas y la intentó acariciar para comprobar que era humana?  

Dos escenas sintetizan el hielo que ningún aplauso de las 18 mil personas del estadio de Montreal pudo vencer. La entrenadora camina hacia el vestuario y Comaneci la sigue, con la cabeza gacha, sin haber recibido siquiera una mirada. Y la siguiente competidora, una gimnasta que luego pasó desapercibida y merecidamente olvidada, subió rápidamente las escaleras ignorando que había ocurrido una especie de terremoto entre las barras.

¿De qué forma no electrocutarse al volver a tocar el hierro?

Nadia saluda al público casi por obligación, una y otra vez, y luego sigue la marcha: abandona el complejo de barras con el brillo de la cinta blanca en el pelo atado, lo único que resplandece en un rostro condenado a sufrir. Los muslos lucen compactos, seguros de sí mismo, guiando unos pasos que son más castrenses que atléticos.

Todo el cuerpo parece ir por otro carril que la emoción. Como si cualquier idea de felicidad o placer le estuviera prohibida. Y después, muchos años después, la veríamos como invitada especial de ignotos programas televisivos como una madura guapa y cordial, repasando mil veces los pasos de la gloria.

Pero sería tarde: cada 18 de julio mirará a cámara y le responderemos: “No te creemos, Nadia, esa empatía es sobreactuada”.

Aquellas piruetas siguen siendo de los secretos más enigmáticos de la historia del deporte, guardado bajo siete llaves.

¿Qué pasó por su cabeza al salir del rapto hipnótico por el que colapsaron las pantallas? ¿Cuál fue su pulso cardíaco? ¿Sabe que se convirtió en una estrella mundial, que desafió un límite imposible de volver a superar?

¿O bien Nadia se aleja con la distancia de una fría y racional ejecutora, a sabiendas de haber cumplido una tarea minuciosamente planificada y ordenada por un ente superior?

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Fuente: Anfibia

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