Burgos Goza de Buena Salud

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Jorge Burgos dejó atrás el cansancio que –según sus declaraciones– lo llevó a renunciar al Ministerio del Interior hace justo dos meses. Se fue de viaje y regresó al ruedo político con más energías que nunca. Por lo menos, nunca antes se le vio con tantos bríos, ni tan tajante en sus opiniones políticas.

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Su retorno a escena con una entrevista dominical en El Mercurio –de esas bien pensadas y planificadas– resultó sin duda atronadora. Sin matices ni ambigüedades, no solo sostuvo que “el país se ha descarrillado” sino que, además, apuntó directo al culpable: el Partido Comunista.

A solo 60 días de abandonar el Gobierno –agotado y delicado de salud–, Burgos reaparece rozagante, como recién salido de una cura de sueño que le borró la memoria inmediata y lo dejó con la mirada clavada en la Guerra Fría.

Sus últimas declaraciones resultan incomprensibles para un político que estuvo más de dos años en el Gobierno, tuvo la mayor incumbencia dentro del gabinete y renunció agradeciendo a la Presidenta por la confianza que le otorgó en dos ministerios fundamentales: Defensa e Interior.

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Como él mismo explicó en su momento, ser ministro del Interior significa estar a cargo de la conducción política, ejerciendo el liderazgo en el comité político del Gobierno y trabajando “aperradamente” (así lo dijo el día en que renunció) con la Presidenta de la República. Cabe preguntarse, entonces, qué responsabilidad tiene el ex ministro en el “descarrilamiento” que describe.

Su análisis, completamente desapegado de la gestión gubernamental y sin mediar autocrítica alguna, parece más propio de un opinólogo que de un destacado dirigente de la coalición oficialista que ocupó incluso la Vicepresidencia de la nación. Apenas 60 días después de dejar La Moneda, Jorge Burgos parece haber olvidado que compartió la gestión gubernamental y que, por lo tanto, los errores y carencias del Gobierno también le son propios.   

Tanto o más sorprendente que su falta de autocrítica es su instalación del Partido Comunista como el principal culpable de los problemas del país. Hasta donde se sabe, el PC no tuvo más injerencia que otros en el programa de Gobierno ni tampoco ha sido determinante en sus proyectos de ley. Aunque Burgos les enrostra a los comunistas el haber votado en contra de la propuesta del salario mínimo (¡es lo menos que se puede esperar del partido que busca representar a quienes reciben ese sueldo!), lo cierto es que basta revisar debates públicos y votaciones legislativas para comprobar que, durante este Gobierno, la Democracia Cristiana ha sido bastante más díscola que el PC.

Diversos dirigentes democratacristianos no solo han entorpecido la despenalización del aborto sino que han corcoveado –mucho más allá de cualquier legítimo perfeccionamiento– ante cada una de las reformas emblemáticas de la Presidenta Bachelet: tributaria, educacional, laboral y constitucional.

Ignorar la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética para convertir al PC en el gran adversario resulta, por decir lo menos, fuera de época. ¡El Muro cayó en 1989! Pero además de añeja, la estrategia resulta perjudicial y mezquina para con el Gobierno y la Nueva Mayoría, coalición que aún está vigente y en la cual el partido de Burgos sigue plenamente activo. De hecho, nada indica que la DC pretenda abandonar el Gobierno antes del año y medio que le queda. Por el contrario, aceptó encantada que otro de sus militantes históricos, Mario Fernández, asumiera la tarea dejada por Burgos en Interior.

Sin embargo, todo indica que el debate abierto por Burgos tiene menos que ver con su persona que con la ansiedad y confusión que recorre a su partido.

La Democracia Cristiana parece estar viviendo el síndrome del partido agotado que busca poner huevos en todas las canastas para no quedar fuera de juego.

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Imposible no recordar lo ocurrido con el Partido Radical. Después de gobernar entre 1938 y 1952, tras pelearse con los comunistas y promulgar la llamada “Ley Maldita”, fue decayendo electoralmente hasta que, a fines de los años 60, se dividió definitivamente en varias tendencias, sin mayor relevancia política, que iban desde la derecha hasta la izquierda revolucionaria.

En las últimas décadas, la DC comenzó a vivir un abandono similar de parte de la ciudadanía. Desde el retorno a la democracia, el declive electoral de la DC ha sido sistemático. Así lo demuestran las elecciones de concejales, que son las que mejor grafican el apoyo de cada partido. A fines del año 2000, la DC obtuvo más de un millón 400 mil votos, mientras en 2012 no llegó a los 700 mil votos. Alguien puede pensar que la comparación es impropia, ya que esta fue la primera elección con voto voluntario. Es verdad, pero en 2008 –con voto obligatorio– la DC apenas obtuvo 84 mil votos más.

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Hace dos meses Jorge Burgos era ministro del Interior y, por lo tanto, tiene un conocimiento privilegiado de la marcha del país. Sin embargo, al instalarse nuevamente en la arena política, poco y nada propone para superar los diversos problemas que afectan a los chilenos. Prefirió, en cambio, una confrontación ideológica que sin duda agitó los ánimos de la elite política, pero probablemente dejó indiferente a la inmensa mayoría. Cuesta imaginar que un debate de esta naturaleza logre seducir a los votantes en octubre próximo.

La ciudadanía sigue a la espera de líderes que convoquen a un debate serio y estimulante sobre el futuro del país. Sin falsos enemigos, sin poderes fácticos que torpedeen los cambios, sin políticos que ignoran su responsabilidad.

Fuente: El Mostrador

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