El Cascabel al Gato: ¿Lagos “Salvador”?

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El analista Patricio Navia dijo que Ricardo Lagos cometió el mismo error que Donald Trump: compartir el “equivocado diagnóstico de que sus respectivos países están en crisis y que ellos son los salvadores”. Pocos salen al paso del análisis del ex Presidente; pareciera que su voz es sagrada. Pero hay mucho que confrontar de lo dicho al diario La Tercera.

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Ciertamente se puede compartir esa conclusión al leer lo que el ex presidente chileno señaló en una entrevista de claro corte aspiracional presidencial (con estudiadas fotos y suficiente destaque), en cuanto a que Chile vive una crisis política e institucional y que “es la peor que ha tenido Chile desde que tengo memoria”.

Aclaró: “Dejo aparte, por cierto, el quiebre de nuestra democracia en 1973”.

También Lagos indicó que esta crisis tiene que ver con las instituciones presidencial, parlamentaria, judicial y los partidos políticos.

Hay un par de cuestiones en las que, de inicio, no se puede compartir con el abogado y economista.

La primera, que si se va a hablar de crisis política e institucional en el Chile actual, no se puede soslayar de un plumazo la más profunda y dramática crisis generada con el golpe de Estado de 1973 y que derivó en una dictadura de 17 años que, precisamente, dejó instalado un modelo político-institucional, económico e ideológico que está en la raíz de muchos de los problemas profundos que aquejan al país en el presente.

Si la memoria le da a Lagos para establecer que esta es la peor época que él recuerda del sistema republicano y democrático, no hay que dejar de establecer que para muchos la peor época, con consecuencias a la fecha, fue la dictadura cívico-militar que dejó montado mucho de lo que hoy afecta o sigue afectando los cimientos del país.

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Lo segundo, es que elementos objetivos permiten sostener que lo que caracteriza a este periodo no es “la peor crisis” desde que Lagos tiene memoria, sino la profunda -y en ocasiones confrontacional- evidencia de la contradicción democracia-neoliberalismo, donde chocan de manera explícita y continua las propuestas e ideas progresistas y transformadoras, con las tesis y acciones conservadoras y anti-reformistas.

Este no es un periodo donde lo característico es la crisis política-institucional, sino que es un periodo de agudización de la contradicción democracia-neoliberalismo.

Y eso es lo que cruza profundamente a la sociedad. El ejemplo es que cientos de miles repudian la corrupción en la política, y también se manifiestan en contra de las AFP.

Lo anterior lleva a grupos fácticos, empresariales, financieros, de la derecha, a medios de prensa conservadores, intelectuales retardatarios y neoliberales, a realizar un consistente accionar en contra de las reformas (con los márgenes limitados que tienen), a persistir en desacreditar la institucionalidad presidencial, a transitar mecanismos desestabilizadores como imponer al Tribunal Constitucional por sobre el Parlamento, a defender el modelo económico-financiero, desprestigiar a importantes sectores del movimiento social y sindical, promover la falta de inversión y generar una percepción de desorden y miedo social.

Junto a eso, en este periodo se destapó, con enorme impacto en la ciudadanía, el corrupto vínculo de grupos económicos con partidos políticos, los casos de colusión e irregularidades de importantes consorcios financieros, los fraudes en el Ejército y en el fútbol profesional, irregularidades en algunas entidades estatales, situaciones de corrupción de parlamentarios y el involucramiento de hijos de autoridades en casos de delitos tributarios y financieros (Caso Caval, Caso senador Pizarro, etc.).

En ese contexto, el impulso de reformas en materia tributaria, laboral, educacional, electoral, entre otras, tuvo problemas de implementación y concreción, junto a situaciones de desprolijidad, pero sobre todo, ha sido un proceso bombardeado de manera feroz desde la derecha, el empresariado y grupos fácticos.

Todo ello es parte, solo una parte, de la caracterización de este periodo, que se podría calificar de profunda agudización de la contradicción democracia-neoliberalismo, progresismo-conservadurismo.

La crisis político-institucional se podría situar en la elite, en las entidades políticas y estatales, en los grupos de poder, pero no en el conjunto del país.

Ricardo Lagos, siguiendo su línea de diagnóstico, hizo una afirmación temeraria. “Yo no sé si el país aguanta año y medio esta crisis”. Y habló o agregó a lo de la crisis del país, “una crisis de legitimidad asociada a una crisis de desconfianza”.

Lo primero es discutible desde una perspectiva progresista y democrática tendiente a avanzar en soluciones y no quedarse en ese tipo de diagnósticos que da para mucho, hasta especular que se podría producir una crisis desestabilizadora o derrumbe democrático. Lo segundo es cierto y no lo descubrió Lagos: todo el mundo lo viene diciendo hace tiempo.

Si se habla de los problemas del país y el año y medio que queda, desde la mirada de las fuerzas y sectores progresistas, democráticos y de izquierda, surge el desafío de continuar los pasos de reformas, de transformaciones, de mejora de la calidad de la democracia, de reforzamiento de las políticas públicas con fines sociales, de manejo de la desaceleración económica recurriendo a la inversión e incluso fondos estatales, de transparencia y probidad en la política (ya se verán los efectos de la ley aprobada en ese ámbito), de continuidad en las movilizaciones y demandas sociales y ciudadanas y ojalá en temas como mayor pluralidad en los medios de prensa.

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De alguna manera, sectores políticos progresistas y de izquierda, el movimiento social y sindical, la sociedad civil organizada, apunta a un año y medio para avanzar en cambios, para implementar salidas a la desconfianza y crisis política, para seguir un rumbo de transformaciones. Es la derecha la que quiere impedir aquello y recurre al argumento de que se viene la crisis, la incertidumbre, el desorden, y nadie sabe qué podrá pasar.

En otra parte de la entrevista -que debe haber causado gran alegría en los seguidores de Lagos, como el democratacristiano Ignacio Walker que anunció no ser candidato presidencial si se presenta Ricardo Lagos- el ex presidente coincide con el analista Eugenio Tironi (que expresa diagnósticos similares al ex mandatario) en que “el horizonte presidencial se ha adelantado”.

Sería más preciso afirmar que el horizonte presidencial lo adelantaron. Entre otros, el propio Ricardo Lagos.

En momentos en que se esperaría que personeros identificados con la Nueva Mayoría y que impulsaron a la Presidenta Michelle Bachelet, trabajaran por sacar de buena forma las reformas, contribuyeran a una acertada elaboración e implementación de políticas públicas, respaldaran las respuestas desde el progresismo y la izquierda a los desafíos instalados, reforzaran el debate con las fuerzas de derecha y conservadoras, y apuntaran a la necesidad de construir un futuro programa de gobierno, no suena bien que personajes como Lagos se aparten de esos procesos y se dediquen a hacer diagnósticos y análisis (sobre todo del tono de declarar por sí mismo la peor crisis de Chile), a erigirse como salvadores de la situación con su palabra e inclusive con una posible candidatura presidencial.

Frente a una candidatura presidencial, Lagos dice que prefiere “esperar a que se decanten los hechos”.

¿En la tribuna del análisis sin bajar a la ruda cancha en la que hoy se juega Chile? ¿A la espera que otros generen buenas condiciones para que él arribe con alfombra roja?

El entrevistador de Ricardo Lagos, Héctor Soto, tituló así un recuadro de la nota periodística: “Úsenme para lo grande, no para lo chico”. Y añadió en tono de admiración a su entrevistado: “Quiso ser un estadista, lo fue y lo sigue siendo”.

En rigor, las palabras del titular no coinciden con la estampa de un verdadero estadista. Un Lagos dedicado a lo grande y no queriendo meterse en lo que se llama “chico”, es un Lagos de la elite, de las cúpulas, de las directivas políticas, ubicado en una jaula de la supuesta verdad, de la supuesta primacía, del político sacrosanto, donde anida el autoritarismo y el personalismo.

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Revisando la entrevista, aparte de las diferencias que se pueden tener con sus contenidos, queda la sensación de que Ricardo Lagos no priorizó por lo que están haciendo y llevando adelante -con errores y logros- las fuerzas progresistas y democráticas, lo que están demandando y por lo que están luchando el movimiento social, sindical, medioambiental, cultural, no priorizó por los enormes esfuerzos del Gobierno de Michelle Bachelet precisamente para encarar los problemas y las deficiencias políticas e institucionales.

Lagos priorizó por dibujar un cuadro de crisis, de imperfecciones, de desconfianzas, como el descubridor y constatador privilegiado de la situación del país y como el tácito personaje con capacidad de dar las respuestas, de revertir las cosas, de ser El Salvador.

Fuente: El Siglo

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