Reforma de la Educación y Teatro del Absurdo: Una Reflexión desde el Análisis de Clases

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Pareciera que no se puede avanzar para ningún lado. Los estudiantes parecen no ver salida a sus demandas y acciones, las cuales –especialmente las tomas– estarían cada vez más desacreditadas. Por su lado, su oponente, el gobierno actual y en especial el Ministerio de Educación, parecen resignados a que más de lo que se ha hecho no se puede hacer, imposible.

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Y la sospecha es que el tercer actor en esta comedia es tan poderoso que no es posible hacerle mella. Hablamos del poder del gran empresariado transnacional y nacional que controla la economía y la política en Chile.

La educación no es una excepción, actúan allí los sostenedores del capitalismo jerárquico, que según el académico del MIT, Christian M. Schneider, de libre mercado no tiene nada ¿Habrá que recurrir a los consejos de Gramsci acerca de la lucha contra hegemónica, a la formación de alianzas de clase en la guerra de posiciones?

Estamos en tal situación – casi del sin sentido – que algunos podrían creer que este conflicto ha llegado a un punto en que más bien esto parece una obra del teatro del absurdo.

La mayoría de la gente apoyaba la reforma por la educación, luchó por llevarla adelante. Hoy, muchos de ellos no saben qué se está haciendo por la reforma ‘que ya está en ‘marcha’, según el MINEDUC.
Otros se sienten traicionados, o sentencian que esta reforma no tiene ‘estatura’ por su poca profundidad, como señalan los Rectores de las universidades del CRUCH al Mercurio (10/07/16).

Los estudiantes creen que no hay voluntad política en el gobierno para impulsarla con mayor decisión, por ello lo transforman en su enemigo principal.  

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Pero a los cabros los apremian otras cosas también, como las vacaciones de invierno, la lluvia y el frío, el estancamiento de tomas cada día más solitarias, casi diríamos recintos escolares controlados por unos pocos estudiantes en su interior. Claramente, no es la mayoría la que está adentro.

Aquellos que no están en la ocupación, duermen hasta tarde en sus casas, ante la desesperación de sus padres por la pérdida que significa un tiempo tan largo sin clases. Las tocatas los atraen, seguramente por la búsqueda de diversión y el sentimiento de solidaridad y libertad de esas pocas horas de distracción con sus compañeras y compañeros.

Al final, lo absurdo es que los estudiantes, sin querer y debido al prolongado uso de esta forma de lucha, la toma, en vez de fortalecer a la educación pública, están logrando lo contrario. Se estaría provocando la eventual retirada de estudiantes de las escuelas públicas.  

Los padres de muchos estudiantes estarían volviendo su mirada hacia la educación particular subvencionada, dónde no se perderían clases como en la ‘incontrolable’ e incierta escuela pública, que paradójicamente intentan defender.  

El gobierno sigue planteando que se está trabajando en la inclusión social, en la calidad y en la participación, las claves en que se monta el proceso de fortalecimiento de la educación pública, desde ahí se debiera desmontar más tarde la municipalización de la educación.  Primero, en los territorios de anticipación y luego, a través de los Servicios Locales de Educación (SLE), parte de la llamada ley por una ‘Nueva Educación Pública’ (NEP).

En este camino, se haría carne la reforma en la gente. Sin embargo, esto no sería tan así, porque el movimiento estudiantil no confía en la institucionalidad, así como mucha gente no confía en la mal llamada ‘clase política’, heredera de quienes trataron de sepultar a la educación pública durante 35 años, y que aún está en peligro de extinción, de no salir la reforma adelante.  

Pero fiel al teatro del absurdo, es impredecible lo que viene. Más aún, una vez que se ingresa el proyecto de ley de educación superior, parece incluso más solitaria la reforma de la educación en su conjunto.  No encuentra aliados por ninguna parte. La razón sería que la ley no ‘toca a nadie’, ‘queda bien con Dios y con el Diablo’.

En otras palabras, no remueve las causas centrales de la crisis de la educación superior, aunque ella plantee la gratuidad gradual como algo irrenunciable. ‘Sí o sí’ dijo la Presidenta.  

Sin embargo, una letra no tan chica dice que esto dependerá del grado de crecimiento económico del país. O sea, en un país dependiente del mercado externo, que sobre todo vende materias primas sin agregarle valor a sus productos, la seguridad de que la gratuidad esté garantizada, es también absurda. Como absurdo es que después de que haya habido un ‘milico-gate’, todavía se destine el 10% de las ganancias del cobre a las fuerzas armadas (Herreros, 2016). Muchos, y con justa razón, podrían pensar que una fuente de recursos como esa garantizará la gratuidad, así como se le ha garantizado esos recursos a las FF AA todos estos años, desde que Pinochet lo impuso.

Pero más allá de la incerteza acerca de qué pasará con la gratuidad, el problema de fondo es que los estudiantes ‘quieren’ pero no pueden. El gobierno por su lado parece ‘querer’ pero tampoco poder. El tribunal constitucional se lo ha demostrado al menos en un par de ocasiones.

Sin embargo, el que parece que ‘quiere’ y ‘puede’ siempre, es el gran empresariado y sus voceros en la política chilena, algunos de los cuales son incluso parte de la alianza de gobierno. Este es el caso de Ricardo Lagos, el Presidente mejor evaluado por los empresarios desde la vuelta a la democracia, hasta el día de hoy.  

Los de la Derecha tradicional no son ninguna novedad al respecto, más bien un dato de la causa.

Bien, pero toda esta aparente comedia de errores tiene su explicación, la madeja tiene un principio, y un fin.  Se hace cada vez más evidente que la estructura de clases, después del golpe militar, fue ajustada y consolidada en clave neoliberal de modo tal que las relaciones entre las clases en Chile son profundamente desiguales, expresadas principalmente en el control de la economía, del poder político y comunicacional, lo que revela una extrema acumulación de capital y concentración de riqueza. Según Valenzuela, (El Mostrador, 09/01/ 2016), El 10% más rico gana 26 veces más que el 10% más pobre.

Lo terrible de la lapidaria cifra anterior, es que esto se manifiesta nítidamente -ideológica y culturalmente- en los altos niveles de hegemonía de la clase dirigente por sobre todos los demás sectores de la sociedad. La educación es el ejemplo más fresco y elocuente al respecto.

Ni decenas de marchas, ni millones de personas demandando gratuidad y fin al lucro, han hecho suficiente mella como para que la reforma gane aliados y aumente su accionar hacia un cambio social más profundo. Pero nobleza obliga, se debe reconocer, que si no es por ello no estaríamos debatiendo, ni siquiera hablando de reforma. Lo que es un avance respecto a 10 años atrás.

Pero desde el termómetro de la correlación de fuerzas de clase se revela el peso abrumador de aquellos minoritarios dueños del capital, de la televisión, de la política, del futbol, de las carreteras, del agua, de la luz, del gas, de los minerales, de los árboles, del mar, de los peces, del subsuelo, de todo!! . . . Y en gran medida, de la educación.

Lamentablemente el concepto de hegemonía nos dice que a esto consentimos millones, por inercia, desesperanza, ignorancia o en conciencia. Como en esas otras áreas de la actividad económica, política y social del país, los poderosos se han prácticamente adueñado de la educación y la han transformado en un negocio fabuloso, no de libre mercado, sino de carteles, que se concentran, que se coluden.  

Según el Senador Carlos Montes, (en programa televisivo Estado Nacional; 10/07/2016), las universidades estatales tienen una matrícula del 14.8% mientras el promedio de matrícula pública en los países de la OCDE es del 71%!!  

El capital controla a la educación superior, le otorga el carácter de clase que éste tiene, esto es, de desigualdad, segregación, lucro, acumulación de capital y concentración de riqueza, entre sus males más reconocibles.  Las universidades públicas antes de 1980, tenían un carácter nacional. Eso fue abolido.

Las privadas, sin embargo, si pueden promover sus servicios en las diversas regiones del país. Su peso y control de la matrícula es tan abrumador, que el negocio de la educación es para las empresas que las controlan, insustituible. Como señala el actual proyecto de ley de Educación Superior que ingreso al Congreso, hoy son las universidades privadas las que concentran el 75% de la matrícula universitaria (20% las privadas dentro del CRUCH, el 55% el resto de las universidades privadas).

Como apunta Sepulveda (CIPER, 7/7/2016), la nueva ley no podrá impedir la reproducción de la acumulación de capital en la educación superior privada. En virtud de reflejar esto, cito textual:

El artículo 134 del proyecto de ley establece: “Las instituciones de educación superior que estén organizadas como personas jurídicas de derecho privado sin fines de lucro no podrán realizar actos, contratos, convenciones u operaciones” con fundadores, asociados y miembros de la institución. Tampoco con controladores, integrantes del directorio, rectores, parientes hasta el segundo grado de consanguinidad y sociedades en las que estas mismas personas participen. Pero queda una ventana abierta.

El artículo siguiente, el 135, fija las condiciones bajo las cuales sí se podrán realizar contratos con sociedades o personas relacionadas que no sean las mencionadas anteriormente, lo que incluye a las sociedades que participan de las entidades sin fines de lucro que son miembros de las corporaciones. De acuerdo al proyecto, estos contratos “deberán contribuir al interés de la institución de educación superior y al cumplimiento de sus fines; ajustarse en precio, términos y condiciones de equidad similares a las que habitualmente prevalecen en el mercado en el lugar y tiempo de su celebración”.

Esta ventana abierta nos sugiere que la concentración va a continuar. El premio es muy tentador. No por nada, el gran capital no sólo concentra el 75% de la matrícula universitaria, sino también el 91,7% de la educación técnica, CFT e IP. (Simonsen en La Tercera, 12/09/2012).

Por lo tanto, el ‘capitalismo jerárquico’ en un país pequeño como es Chile, no desarrolla la economía social de mercado, sólo tiene espacio para reproducirse él, en forma de monopolios u oligopolios, nos afirma Schneider. Botones de muestra han sido la colusión del papel higiénico; de las cadenas de farmacias; de los pollos, de los supermercados y malls, etc.  

No es libre mercado la tendencia, sino la formación de carteles en la economía, que se sirven de sus siervos en la política, a quienes compran para sus fines de acumulación de capital y concentración de riqueza.  En realidad, lo extraño sería que no fuera así.

Todo esto quiere decir que la ausencia de una clara posición de clases en la nueva ley, es causa y efecto de una hegemonía que se reproducirá como lo ha hecho hasta hoy, por más de 25 años. Esto es, una dominación por consentimiento, por engaño, por efecto placebo, si se quiere.

Estas formaciones de conciencias hegemonizadas son tan brutales, que después del desprestigio de políticos envueltos en causas de corrupción y falta a la probidad ampliamente conocidas, aparecen en plena campaña electoral municipal y presidencial, y la gente probablemente votará a muchos de ellos.

Entonces, en el aparente teatro del absurdo dónde unos dicen que la reforma está en marcha, mientras los otros les dicen que esa no es la reforma que querían, lo cierto parece ser que quienes toman palco en este teatro del absurdo, que seguramente ellos mismos promueven, los poderosos dueños del capital, saldrán airosos, intocables tras esta nueva ley de educación superior. Ellos seguirán siendo los que ‘quieren’ y los que ‘pueden’, al menos en el corto plazo.

No obstante, ese escenario lamentable en el cual, a veces las revoluciones o el descontento social llegan donde no pensaron, esto es, a escenarios más conservadores que los que esperaron lograr, aún hay esperanza. Porque si los de abajo se siguen pauperizando y por lo tanto siguen ‘queriendo’, y los de arriba no pueden y pierden su legitimidad por esa presión social, las cosas pueden cambiar para mejor y la reforma puede llegar a tener la profundidad necesaria.  

Se trataría entonces de que los que hasta ahora ‘quieren’ pero no ‘pueden’, desde la calle y desde las instituciones del Estado, no se vean como enemigos, sino más bien constituyan alianzas y acuerdos, mayorías, en el escenario de una ‘guerra de posiciones’, como diría Antonio Gramsci, para avanzar hacia una reforma de consenso con una fuerte base de sustentación social.

Difícil lo que se viene, pero el cambio social nunca ha sido gratis, sin conflicto y sin crisis, sin lucha de clases. Eso la clase dirigente del gran empresariado transnacional y nacional lo sabe perfectamente.

Lo demostró el 11 de septiembre de 1973 cuando leyó que había que pasar de la lucha de clases cotidiana  a la  ‘guerra de clases’ (Milliband, 1973). Porque, como dijera Cohen, si bien se puede corregir la literalidad de la famosa frase de Marx que señalaba que ‘la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases’, se puede afirmar sin apelación, que las transformaciones sociales más trascendentales en la historia de la humanidad si han sido producto de la lucha de clases.

(*) Sociológo especializado en análisis político

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