Bien podría ser el argumento de una película pornográfica: un hombre fantasea con dos jóvenes huérfanas. Juliette es morena, atractiva y prostituta sin escrúpulos. Su hermana Justine, dos años más joven con apenas 12 cumplidos, tiene enormes ojos azules, piel de durazno y un aspecto virginal.

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Tras la muerte de sus padres, cada una escoge un camino distinto para sobrevivir, pero ambas sucumben, de una forma u otra, a las perversiones libertinas de la época: mientras Juliette se entrega al erotismo sin oponer resistencia, Justine es forzada a entrar en un espiral de degradación y a renunciar a su deseo de mantenerse en la virtud.

Como ya supondrá el lector, esta es en realidad la sinopsis de Justine o las desgracias de la virtud, un clásico de la literatura que aborda el libertinaje sexual en una sociedad moralmente venida a menos.

El Marqués de Sade retrata las bajezas humanas. Deja al lector con resaca moral, como si imaginar sus relatos produjera lo mismo que una borrachera.

Leer Justine incomoda. Y no solo porque algunas escenas logran sonrojar a cualquier cristiano.

También, porque su perspectiva a la hora de abordar la sexualidad es algo más que inquietante. Una pulsión sexual masculina recorre la historia: en las orgías que imaginó, las mujeres ­–siempre jóvenes, siempre hermosas– son objetos de placer.

Justine es forzada a hacer obscenidades de todo tipo, tocamientos, felaciones, exploraciones lésbicas. En contra de su voluntad, es suspendida en el aire con cuerdas que hacen sangrar sus partes más nobles y debe mantener relaciones sexuales con viejos pervertidos. Si reemplazamos algunas palabras, actualizamos escenarios y cambiamos a Justine por, digamos, Amarna Miller, encontramos que la visión de Sade es similar a cierta pornografía mainstream.

En Justine, el escritor pone de manifiesto un deseo masculino infinito. Y justamente en esto radica su actualidad: aún hoy, dos siglos después, muchas imágenes sexuales que componen el imaginario social son producidas por hombres.

En el caso específico de la historia de Sade, los abusadores de Justine, de otras adolescentes e, incluso, de sus esposas, no logran satisfacerse y parecen necesitar peores vejaciones cada vez. Esta dinámica reduce el papel de las mujeres al de víctimas, tal y como es en un sector del porno en donde se crean secuencias visuales para procurar el placer masculino.

Así las cosas, vale la pena preguntarse: ¿serían otras las imágenes de Justine si hubiese sido una fantasía creada por una mujer?

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La artista vasca Ana Laura Aláez se planteó esta posibilidad y, a manera de respuesta alternativa, creó la pintura Sade (1999). Refiriéndose a esta ficción, Aláez explica:

“¿Quién iba a creer en una escritora con gustos sexuales tan excéntricos? Una hembra hubiera sido acusada de emascular la propia naturaleza, de ser simplemente una pecadora. Los adjetivos aplicados a aquellas mujeres que por la razón que sea destacan sin disculparse, han sido a menudo los mismos: tontas, brujas, locas, zorras”.

En la obra, la fantasía femenina no es un asunto reproductivo, un deber marital o un tema de hombres. Es procurar el propio placer: mirarse al espejo desnuda, mimarse con maquillaje, envolverse en la sensualidad que esa mujer construye para sí.

Existe, sin embargo, una trasgresión liberadora en Justine: las narraciones pornográficas que vieron la luz en 1971 estallaron como un grito en medio del silencio y llamaron la atención sobre el placer sexual, un tema que aún hoy hace arquear las cejas en algunos sectores.

Todavía ahora retumban y abren nuevos debates.

Doscientos años después del Marqués hay muchas otras maneras de entender la sexualidad, más plurales y menos binarias. Cierto es que nadie queda indiferente luego de leerlo.

Fuente: Librújula

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