Qué Hacer ante la “Etapa Participativa” de Bachelet: De la Decisión Individual a la Decisión Política Colectiva

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Este lento proceso constituyente que todavía no se inicia ha tenido múltiples eventos y, por ello, ha permitido la discusión de distintos aspectos relacionados con el ejercicio del poder constituyente bajo circunstancias reales, es decir, bajo circunstancias de vulnerabilidad económica, subalternidad simbólica y subordinación política.

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Digo esto pues si bien para la teoría del poder constituyente es clarísimo, como he expuesto anteriormente, que el único ejercicio legítimo de dicho poder es a través de un mandato emanado directamente del pueblo, sin intermediación del texto constitucional vigente, Bachelet ha optado por otro camino: no el de la legitimidad constituyente del pueblo, sino el de la legalidad constitucional del texto constitucional vigente.

Ese texto constitucional vigente es el de la Transición, y eso circunscribe radicalmente las posibilidades constituyentes del proceso constituyente de Bachelet; pues cualquier iniciativa que se quiera llevar a cabo tendrá que cumplir con los requisitos legales establecidos en dicho texto, lo que le entrega en bandeja la llave del proceso a los parlamentarios, y, en consecuencia, a la expresión política del empresariado, los parlamentarios de la derecha y los operadores políticos del ‘partido del orden’ concertacionista.

Con todo ello, Bachelet ha situado el proceso constituyente en el plano de las desigualdades de clase de que está hecho materialmente nuestro orden concreto, disgregando la posibilidad de construir unitariamente una única voluntad del pueblo a través de una asamblea constituyente soberana, y alertándonos de que en este proceso constituyente, y pese a las apariencias de inclusión y transparencia, la capacidad de cada quien de incidir dependerá, una vez más, tal como ocurrió en los procesos constituyentes de 1833, 1925, y 1973, de la fuerza que cada quien tenga para imponer sus intereses y sus concepciones ideológicas.

La discusión del día, entonces, se canaliza a través de aquella clásica pregunta: ¿qué hacer? ¿Qué hacer ante la actual coyuntura, particularmente, ante la “etapa participativa” del itinerario constitucional de Bachelet?

Por supuesto, la respuesta a esta interrogante deberá ser distinta y será distinta según sea la identidad material y política de quien la formule.

No la responderán de la misma manera sujetos elitarios, comprometidos con el orden concreto existente, y sujetos subalternos, para los cuales la constitución neoliberal del orden concreto existente es causa de su subordinación, su subalternidad y su vulnerabilidad.

Tampoco la responderán de la misma manera individuos bien pensantes pero que actúan como ciudadanos desnudos, carentes de militancia social o compromisos ideológicos, e individuos que encuentren su propia identidad en una franja social subalterna de cuyos intereses se hagan voz.

Creo que esa precisión es fundamental para entender en qué plano deben dar la discusión los militantes del movimiento social, particularmente quienes han decidido iniciar una “transición a la organización”; llevar a cabo un proceso de emergencia política a partir de la fuerza acumulada en la expresión espontánea del descontento de las masas desposeídas y endeudadas.

Para estos sujetos, la pregunta sobre qué hacer no debe ser formulada en el plano individual, en el cual la decisión sobre si participar o no de los cabildos dependerá de las motivaciones y posibilidades que cada quien tenga, sino en el plano de la decisión política colectiva.

Incluso más, la coyuntura hace posible, dado que no estamos frente a un escenario de lucha social abierta y declarada sino frente a uno de lucha social soterrada y confusa, separar ambos planos; mantener la libertad individual sobre si concurrir físicamente o no a una reunión de este tipo, al tiempo que, en el plano de la organización, se enfrenta la discusión y se resuelve con pretensiones de totalidad, de construcción de una voluntad unitaria expresada públicamente con una sola voz.

Esto es particularmente cierto respecto de una instancia de participación que ni es vinculante ni tiene pretensiones de alcance universal, de que se logre que una gran mayoría de la población participe en ella (no será así). En este contexto, la participación individual puede permanecer como un asunto contingente, en que cada quien pueda decidir en conciencia si sumarse o no; pero la discusión sobre la decisión política colectiva debe ser enfrentada como un debate sobre el futuro de la organización y sobre la relación que esa organización tendrá con el movimiento y el mundo a los cuales se debe.

Por ello, quizás la pregunta, en este momento de la lucha, no sea estrictamente qué hacer, sino más bien qué decir cuando se hace aquello que se hace, y a quién se le habla. Para una orgánica emergente y desperdigada, es a través de dicho discurso que se establecerá el posicionamiento concreto que se tenga ante el pacto de la Transición, no a través de la presencia o ausencia en iniciativas locales de conversación.

Esta distinción permite darle continuidad a una discusión que abordé en una anterior columna escrita con Leandro Paredes para la Fundación Poder. En dicha columna, sostuvimos que para los militantes de la izquierda que nace, la ‘coyuntura constituyente’ que Bachelet ha generado –y que de constituyente no tiene nada, debimos haber precisado, puesto que se somete a las exigencias de la legalidad constitucional en lugar de apoyarse en la legitimidad constituyente del pueblo– es un ‘canto de sirena’; una distracción que encierra considerables peligros, puesto que detrás de ella está la ilusión de que el pacto de la Transición está resquebrajándose y que, dentro de la Nueva Mayoría, existe la posibilidad de introducir una cuña entre el ‘partido del orden’ y los sectores ‘progresistas’, dándole a estos últimos la posición hegemónica que jamás han tenido dentro de la Concertación/Nueva Mayoría en la medida en que a esta coalición entren, formal o informalmente, adicionales fuerzas políticas y sociales pertenecientes al campo subalterno.

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Todo esto está escrito, insisto, desde una postura que se interroga a sí misma por el posicionamiento político colectivo que adoptará frente al pacto de la Transición y, particularmente, frente a su ‘consejo de administración’ de turno, el bacheletismo. Esa pregunta es una condición de posibilidad para cualquier orgánica que se quiera construir a sí misma en condiciones de autonomía respecto del pacto político de la Transición.

Esto es, como se ve, una tautología innegable; para construir una izquierda que quiera representar a las clases subalternas y desposeídas, hay que construir una izquierda autónoma del pacto político que resguarda los intereses empresariales; y para lograr ese objetivo, cada paso que dicha izquierda dé debe ir acompañada de la pregunta sobre cómo evadir compromisos políticos con dicho pacto que puedan limitar su capacidad de “desencadenar la destrucción violenta” de los instrumentos que posibilitan la dominación de clase, incluso de aquellos que difuminan o invisibilizan dicha dominación.

En las circunstancias históricas que se viven en el Chile postdictatorial, para tal izquierda, dicha autonomía no constituye una apuesta para ganar pureza ideológica o moral, sino una condición ineludible para construir una alternativa que derribe el pacto de la Transición.

Incluso más, desde la escritura de dicha columna he llegado a pensar que la discusión que ha surgido en el mundo de la militancia de izquierda sobre si concurrir o no a las actividades de la ‘etapa participativa’ del itinerario Bachelet pareciera sugerir que uno de los objetivos tácticos del proceso constituyente de Bachelet es tensar a la izquierda que nace; cansarla, lograr que se disgregue.

Asumamos que la idea de que hay una disputa interna dentro de la Nueva Mayoría es una ilusión, pues el sentido de la acción política del gobierno, expresada en los resultados de las reformas tributaria, educacional y laboral, evidencia que no existe ni surgirá una recomposición de clase de la orientación política de la remozada Concertación.[1]

Pero evidenciemos que sí se está instalando una cuña dentro de la izquierda emergente (quizás más de una) en torno a dicha participación; y eso es preocupante, en la medida en que la criatura que ha de nacer todavía no termina de hacerlo.

Por esto, me parece urgente que la discusión dentro de dicha izquierda distinga con cuidado la discusión en el plano individual respecto de la discusión en el plano colectivo. Cuando los debates internos no están dados en un nivel político –es decir, en esta etapa, en el nivel del discurso que acompaña a la acción– dichos debates pueden dañar el proceso de emergencia.

Que uno, muchos, incluso que la totalidad de los militantes de una organización acudan, en cuanto individuos, a las instancias del proceso Bachelet, no hará mayores diferencias en un proceso destinado a cumplir históricamente un papel testimonial; no hace mucho daño, no hace mucho bien tampoco, y desde luego puede ser tremendamente satisfactorio desde el punto de vista personal, al permitirle a uno conocer a nuevas personas, nuevas experiencias, y nuevos sueños y deseos de otro orden concreto.

Pero la pregunta colectiva es con qué discurso político colectivo actuarán coordinadamente quienes asistan, quienes se resten deliberadamente de asistir, y quienes queriéndolo no puedan asistir pues sus vidas no se lo permiten; pues es a través de dicho discurso político colectivo que le darán sentido a la actuación que cada quien contingentemente adopte.

En esta etapa de la lucha social, esa es la pregunta colectiva a que nos enfrenta la participación consultiva a que nos invita Bachelet: la pregunta por el discurso que, fijándole futuros desafíos, le da sentido a nuestra acción.

La acción individual permanece en el plano de la contingencia; da lo mismo si se asiste o no a los cabildos, y quienes quieran asistir, por supuesto que deben hacer lo posible por conocer y recoger las motivaciones de quienes contingentemente hayan acudido allí. Lo importante, ya que en los cabildos no se decidirá nada, es qué dicen públicamente los militantes; qué meta proclaman que debe ser lograda en el mediano plazo. Esa meta, como ya ha sido dicho, consiste en crear condiciones que permitan constitucionalizar la salida del neoliberalismo.

Eso lo pueden decir los militantes en los cabildos, por supuesto, si deciden acudir a ellos. Más importante todavía, ya que es este el camino por el cual ha optado el movimiento social debido a las características de su composición de clase, también lo han de decir en los espacios donde realmente se está destruyendo el sentido común neoliberal: en los espacios de resistencia, en la movilización callejera que interrumpe la cotidianeidad denunciando su injusticia.

No está de más aprovechar de decir algo aquí respecto al hito actual, contingente, de la coyuntura Bachelet: los encuentros locales autoconvocados. ¿Qué características materiales y políticas distinguen a estos encuentros locales?

Hay que señalar al respecto que ellos están irremediablemente amarrados a la forma Bachelet de gobernar. Por un lado son abiertos, en el sentido de que son autoconvocados y los contenidos de sus actas serán públicos; dos rasgos que, comprensiblemente, logran despertar el entusiasmo de quienes buscan espacios de participación porque hasta el momento han carecido de ellos, así como de quienes desean sentirse parte de procesos históricos.

Por el otro, son consultivos, en cuanto no son vinculantes, al igual que no han sido vinculantes las infinitas comisiones que Bachelet ha convocado a lo largo de sus dos gobiernos. Esto último nos provee de pistas sobre cuál será su destino. Mencionemos, debido a que debe estar fresca en la memoria, el pésimo resultado del informe de la Comisión Engels sobre corrupción y política; aquellas de sus propuestas que realmente podían crear una brecha entre el empresariado y la clase política duermen el sueño de los justos.

En cuanto a su apertura, la etapa de encuentros locales se asemeja mucho a la iniciativa Marca tu Voto: la participación en esta iniciativa era abierta, y cada quien podía decidir libremente si se sumaba o no sin asumir compromisos políticos u orgánicos de ningún tipo, al punto que incluso gente que vota por los partidos de la derecha estuvo dispuesta a marcar AC.

La tenue orgánica que surgió, encarnada en el Movimiento Marca AC, revela las posibilidades y las limitaciones, en un sentido político, de este tipo de iniciativas: ciertamente, surgieron nuevas redes y nuevas articulaciones, pero en la mayoría de los casos estos productos estaban circunscritos o bien a la academia y la intelectualidad o bien a un activismo de base que ya tenía sus propias orgánicas y espacios.

Tengo la intuición de que algo parecido ocurrirá con los cabildos Bachelet.

En cuanto a su carácter consultivo, la etapa de cabildos también se asemeja mucho al acto de marcar el voto, el cual fue siempre entendido, incluso por los propios gestores de la iniciativa Marca tu Voto, como un acto consultivo; como una gestualidad que quería expresarle a la clase política una frustración con lo concreto existente y una ambición de la gestación de una nueva concreción, de una nueva positividad, de una nueva Constitución social y política.

Pero, ¿ese deseo no había sido ya expresado en las calles, por la movilización social? Incluso más, ¿no había sido esa expresión mucho más radical, en la medida en que involucró a través de su espontaneidad una acumulación social de fuerza autónoma de las clases subalternas, particularmente de aquellos cuya composición de clase está determinada por las transformaciones productivas de un modelo en que la certificación universitaria adquirida mediante la deuda ha pasado a ser incluso una exigencia para la ocupación de posiciones laborales subalternas y precarizadas económicamente?

Esa movilización espontánea fue la condición de posibilidad de que hoy existan, al margen del pacto de la Transición, diversas fuerzas políticas que dan el paso hacia la organización y resuelven acometer el desafío, parafraseando a Negri, de unificar políticamente desde adentro, no desde el exterior, aquellas fuerzas de clase que han expresado en el último decenio su oposición al orden concreto protegido por dicho pacto.

Si es que hay algo que la izquierda que nace debe hacer, es deberse al itinerario constituyente del movimiento social, no al itinerario constitucional Bachelet; especialmente, esa izquierda debe deberse a las luchas que evidencian los puntos muertos del modo de producción y dominación existente, y cuya resolución socavará los fundamentos del mismo.

En definitiva, es innegable que muchos de los sujetos que han llevado a cabo encuentros locales y que han participado de ellos pertenecen a las clases subalternas, así como a la militancia que aspira a representar a dichas clases. Seguramente, mucho de lo que ha sido expuesto ahí son las frustraciones y los sueños de país de dichos sujetos.

Por supuesto, no podemos menospreciar ninguna de estas expresiones. Por otro lado, también se han dado excelentes razones para no concurrir personalmente a estas actividades. Pero lo importante no es que zanjemos entre un conjunto u otro de argumentos sobre si acudir o no acudir; lo importante para el movimiento social y para la militancia de izquierda es que insistamos en todos los espacios en que contingentemente estemos en que una nueva constitución es sólo aquella que constitucionaliza la salida del neoliberalismo, y que este proceso no está diseñado ni se está llevando a cabo bajo condiciones que hagan probable dicha salida.

La pregunta para la organización que emerge, y el debate que debe dar, no puede consistir en un debate sobre si asistir o no a los espacios realizados al alero del itinerario Bachelet; la pregunta que dicha organización debe hacerse, y el debate que debe dar, es qué discurso político colectivo unifica la acción, y qué metas de largo plano deben ser identificadas a través de dicho discurso como hitos que restituyan el poder constituyente a las manos del pueblo, su legítimo depositario.

Para esa orgánica que emerge, lo importante es el posicionamiento político frente al itinerario Bachelet, posicionamiento que se establece mediante un discurso político colectivo de rechazo al pacto de la Transición; lo único que ello excluye es la participación en cuanto colectivo, esto es, el esfuerzo orgánico de hacer que el itinerario colectivo de Bachelet resulte, no la asistencia individual.

Sea lo que sea que se haga, el discurso a enarbolar debe ser uno de crítica dura al itinerario constituyente de Bachelet, que ha ofrecido una “faramalla de participación” (Bachelet dixit) en lugar de un procedimiento para constitucionalizar la salida del neoliberalismo.

Fuente: Red Seca

[1] Interesantemente, la discusión entre la derecha y la Nueva Mayoría se ha centrado en la conveniencia de que los partidos políticos participen de los cabildos Bachelet. La derecha se ha opuesto, honrando su genealogía gremialista, con el argumento de que los partidos políticos no deben intervenir en el proceso de expresión de la sociedad.

Las organizaciones partidarias de la Nueva Mayoría, invocando el buen argumento de que el prejuicio contra las organizaciones partidarias es una mistificación ideológica hermanada con el sueño de la despolitización de la sociedad, han intentado eludir la prohibición existente de que los dirigentes partidarios convoquen a cabildos.

Pero esas discusiones son posibles y relevantes sólo si nos mantenemos dentro del eje pinochetismo-democratización que ha estructurado la Transición. Por supuesto que planteadas así las cosas, tiene la razón la Nueva Mayoría.

Lo que ocurre es que el movimiento de las clases subalternas rechaza esa dicotomía entre pinochetismo y democracia, pues sabe que con la Transición, la alegría no llegó; y en lugar de ella propone la dicotomía clasista entre representación política de las clases dominantes y la representación política de las clases subalternas, desde la cual las acciones que restituyen confianza a los integrantes del pacto de la Transición es una forma de dar la espalda al programa de mediano plazo de derribar dicho pacto.

Por ello está fuera de discusión la posibilidad de que una organización de los subalternos decida volcar sus fuerzas a intentar que el proceso constituyente Bachelet tenga éxito.

 

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