Para el Reestablecimiento de la Verdad Histórica: Aylwin, la Democracia Cristiana y el Golpe

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Gutemberg Martinez miente o está desinformado cuando dijo en El Mercurio que Aylwin esperó expectante una carta de Allende sobre la salida plebiscitaria como vía de resolver el conflicto, pero que es carta nunca llegó. Eso es falso. La carta fue enviada el 23 de agosto de 1973, y representaba, probablemente, la última oportunidad para salvar la democracia.

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Aylwin, como sucedió invariablemente durante el proceso de diálogo convocado por el Cardenal Silva Henríquez: simulaba aceptar, pero a la reunión siguiente acudía con nuevas exigencias.

En rigor, la directiva de la DC ya se había decantado por el golpe.

La noche del 10 de septiembre de 1973, la Comisión Política del partido Comunista emitió una declaración denominada Cada Cual a Sus Puestos de Combate, que alcanzó a ser incluida en la edición de El Siglo del 11 de septiembre, y que en sus párrafos medulares señalaba:

“El partido Comunista se dirige a los trabajadores de la ciudad y del campo, al pueblo chileno, a todas las fuerzas democráticas, haciendo un llamado fervoroso y urgente para que cada cual tome su puesto de combate dispuestos a repeler la intentona de los reaccionarios que se empeñan en echar abajo el Gobierno Constitucional en el curso de los próximos días.

Los golpistas han avanzado peligrosamente. Algunos proclaman sin tapujos que ha llegado la hora de lograr sus propósitos por cualquier medio. Con tal fin han concentrado todos sus esfuerzos para lanzar esta semana el paro sedicioso a cuantos sectores responden a sus influencias o son arrastrados por las amenazas terroristas o el dinero extranjero que corre a raudales. Por eso maniobraron hasta lograr que el Colegio Médico cometiera la felonía de romper el acuerdo de vuelta al trabajo a que había llegado con el Gobierno. Esta es la primera vez que un cuerpo de profesionales universitarios falta a su palabra. Lo hace por imposición de la derecha ultrarreaccionaria que en este caso concreto no trepidó en derribar una directiva encabezada por un demócrata cristiano”.  

A reglón seguido, la declaración del PCCh responsabilizó a la directiva de la DC de sumarse a la sedición:

“Simultáneamente la dirección del Partido Demócrata Cristiano se suma a los que quieren la caída del Gobierno poniendo en práctica diversas fórmulas, las que revisten de apariencias democráticas y hasta constitucionalistas. Este y no otro es el significado de la proposición que formula para que renuncien simultáneamente el Presidente de la República y los parlamentarios de ambas ramas del Congreso.
El señor Aylwin, en discurso pronunciado el 26 de julio, había declarado que su partido ‘repudia toda solución que implique la búsqueda de salidas políticas al margen de la Constitución y la ley, y el desencadenamiento de la violencia, el fomento del odio y del enfrentamiento físico a través de golpes de Estado o de la guerra civil o cualquier medio directo o solapado que conduzca al derrocamiento del Gobierno’.

Y más adelante, agregó:

‘Lo he dicho varias veces y repito una vez más: mientras haya una posibilidad de salida democrática, nuestro deber es buscarla’. Los demócrata-cristianos aparecen faltando a su palabra. El acuerdo que su partido aprobó en la Cámara, junto con los nacionales, acusando al Gobierno de supuestas ilegalidades, el apoyo abierto que prestan a los paros sediciosos, y la proposición ya mencionada de plantear la renuncia del Presidente de la República y de los parlamentarios, demuestran que, en forma solapada y, en ocasiones directa, lo que buscan es el derrocamiento del Gobierno”. (…)

Ahora el país se puede explicar por qué la dirección demócrata cristiana no ha tenido ni una palabra de condenación contra el terrorismo fascista ni las declaraciones abiertamente sediciosas de la derecha, y por qué los demócrata cristianos, que tienen influencias en el transporte, el comercio y en los colegios profesionales, no han movido un dedo para facilitar la solución de los conflictos. Ello explica también por qué el señor Aylwin aceptó primero, formalmente, el llamado al diálogo hecho a través del Cardenal y se apresuró enseguida a darlo por cancelado.

Por lo tanto, aunque entre los golpistas se pueden observar variantes, en los hechos sus acciones se complementan, se apoyan mutuamente y buscan el mismo objetivo. Ellos se guían por el adagio que dice: una mano lava a la otra y las dos lavan la cara”.  

En línea con la posición del partido, de evitar la guerra civil y lograr una salida democrática a la crisis, incluida una fórmula plebiscitaria, la declaración del 10 de septiembre agregó:
“El partido Comunista expresa su convencimiento de que hay y puede haber soluciones verdaderamente democráticas, pudiendo llegarse incluso a una consulta popular a través de un plebiscito. La mayoría del país no quiere el trastorno institucional, ni el caos ni la guerra civil, y está por los cambios y no por la vuelta al pasado. Esta es la base social y política que podría conducir a una solución acorde con los sentimientos e intereses mayoritarios de los chilenos. Y en su concreción, deben asumir responsabilidades los sectores democráticos de oposición”. (1)

(…)

Por aquellos días se habían sucedido en ominoso torbellino el “tancazo” del 29 de Junio del coronel Souper, el asesinato del edecán naval, comandante Arturo Araya Peters, perpetrado por un comando de Patria y Libertad y la conspiración de un sector de la oficialidad del Ejército que concluyó con la renuncia del general Prats.

La suerte de la democracia pendía del resultado del diálogo entre Patricio Aylwin y el Presidente Allende, el que fracasaría finalmente porque ante cada principio de acuerdo alcanzado, Aylwin corría unos metros la empalizada, elevando unilateralmente las exigencias hasta el grado del chantaje.

Aún en este clima cargado de presagios, cuando los conjurados sólo esperaban la mejor oportunidad para descargar el zarpazo, había voces dentro de la DC que anticipaban con clarividencia lo que significaría, incluso para el partido, un golpe militar que terminara con la democracia. Es el caso de la siguiente carta de  Radomiro Tomic a Patricio Aylwin:

“En el partido se diseñan tres actitudes genéricas susceptibles de sub-clasificaciones ajenas al propósito de esta carta: los que quieren la caída del Gobierno; los que están por contribuir lealmente con los medios al alcance de la DC para que esto no ocurra, y los que reaccionan a los estímulos inmediatos creados por Allende, La UP o los militares, eludiendo plantearse el fondo del problema de la crisis institucional inminente y de sus consecuencias; lo cual los lleva, a veces, a compartir parcialmente el criterio de los que creen que un golpe de Estado es inevitable y tal vez deseable, y otras veces, el de aquellos que creen que detrás del Golpe de Estado sólo es concebible el establecimiento de una dictadura, en un proceso cuyas exigencias terminarán por triturar la fundamentación moral e ideológica de la DC y su respaldo popular, sindical y juvenil. (…) No quiero disimularte los hechos que determinan esta ansiedad.

Creo que la declaración circunstanciada de la Directiva Nacional que aparece hoy en los diarios (Emplazamiento DC al Gobierno, lo titula El Mercurio); más la agresiva ‘declaración conjunta’ de todos los grupos parlamentarios de la oposición anunciando una sesión especial el próximo martes para ‘reestablecer la legalidad’; más el silencio desconcertante del Congreso Nacional que controlamos en sus dos ramas frente a la sublevación a cañonazos del viernes pasado; más los titulares de La Prensa, configuran un cuadro de hechos y decisiones políticas que desbordan, sobrepasan y desfiguran lo que me ha perecido que es tu propia apreciación de la gravedad de las amenazas que penden sobre la constitucionalidad y del país, y sobre la línea de conducta que corresponde a la DC.

Si así no fuera, lo lamentaría profundamente, porque ‘la unidad de acción de la oposición’ en estos días y circunstancias, es un error fatal para la DC y mortal para la democracia en Chile. Las declaraciones parlamentarias en conjunto y la acción parlamentaria en conjunto, llevarán irrevocablemente a la acción unida de la oposición; cerrará definitivamente toda posibilidad de diálogo con el Gobierno, y sellará el enfrentamiento violento y sangriento como único desenlace, y con ello, el futuro de la DC”. (2)  

Cuando el drama nacional avanzaba, tal como una tragedia griega, hacia un final predeterminado, posiciones como la de Tomic ya habían perdido su capacidad de influencia, así como tampoco encontraba eco la consigna del partido Comunista, que proclamaba No a la Guerra Civil.

La historia registra que la decisión del Presidente Allende, de convocar un referendum para entregar al pueblo la decisión sobre la crisis política e institucional,  el cual se proponía anunciar el mismo 11 de septiembre en la Universidad Técnica, adelantó la fecha del Golpe, previsto inicialmente para el 14 de septiembre.

Pocos días después, cuando todavía no se acallaban los ecos de los fusilamientos a mansalva, y miles de partidarios del derrocado Gobierno eran brutalmente torturados en los campos de concentración, Frei explicaba la “gesta” a Mariano Rumor, presidente de la Unión Demócrata Cristiana, en los siguientes términos:

“Ya en el año 1973 no cabía duda de que estábamos viviendo un régimen absolutamente anormal y que eran pocos los pasos que quedaban por dar para instaurar en plenitud en Chile una dictadura totalitaria. (…) El caso chileno es un buen ejemplo de cómo un intenso aparataje de propaganda es capaz de presentar las mayores falsedades y convertirlas en realidad. Fueron miles los que escucharon decir a la Radio de Moscú que habían muerto 700 mil personas, en dos días. Otros hablaban de 30.000 y que corrían ríos de sangre en Santiago. Para nosotros una sola vida humana no tiene precio. No decimos esto por disminuir la tragedia a que el país fue llevado, pero según nuestras informaciones, los muertos no llegarían a dos mil, lo que es bien diferente a tan burdas mentiras. (…)

Las Fuerzas Armadas -estamos convencidos- no actuaron por ambición. Más aún, se resistieron largamente a hacerlo. Su fracaso ahora sería el fracaso del país y nos precipitaría en un callejón sin salida. Por eso los chilenos, en su inmensa mayoría, más allá de toda consideración partidista, quieren ayudar, porque creen que ésta es la condición para que se restablezca la paz y la libertad en Chile. Cuanto más pronto se destierre el odio y se recupere económicamente el país, más rápida será la salida”.

La directiva nacional de la DC emitió una declaración oficial el 12 de septiembre de 1973, que en sus principales acápites señala:

“Los antecedentes demuestran que las FF.AA. y Carabineros no buscaron el poder. Sus tradiciones institucionales y la historia republicana de nuestra Patria inspiran la confianza de que tan pronto sean cumplidas las tareas que ellas han asumido para evitar los graves peligros de destrucción y totalitarismo que amenazaban a la nación chilena, devolverán el poder al pueblo soberano para que libre y democráticamente decida sobre el destino patrio”.

Salvo el pequeño detalle de que la paz y la libertad tardaron apenas 17 años en ser reestablecidas; que las Fuerzas Armadas, instrumentadas por la derecha, se valieron del terrorismo de Estado para instaurar un régimen socioeconómico regresivo, que borró de una plumada conquistas sociales arduamente obtenidas, y que aún no se recupera un sistema democrático que merezca tal calificación, para la DC todo estaría perfecto en el mejor de los mundos, salvo el pequeño detalle de que los visionarios anticipos de Tomic y Garcés se cumplieron de manera inexorable.

Vaciado de contenido ideológico y abandonados los principios que le dieron sentido histórico, la DC hoy es un partido a la deriva, en sostenido proceso de declinación, que no ofrece mucho más que la administración del actual status quo y marketing electoral orientado a captar el voto de los sectores medios.

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Pero como alguien dijo con acierto, no hay demasiadas razones para que éstos voten por la copia si pueden hacerlo por el original.  (3)

Notas:

(1) Francisco Herreros; Del Gobierno del Pueblo a la Rebelión Popular; Historia del Partido Comunista 1970-1990; Editorial Siglo XXI; pags 157 a 159.

(2) Ibidem, pags. 170 y 171.

(3) Ibidem, pag. 180.  

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