Documento para el Debate: La DC en la Encrucijada

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1.- La DC y el siglo XXI: Un cambio de paradigma. Mucha agua ha corrido bajo los puentes de la Historia, desde que la DC, como Falange, irrumpió en la vida política nacional allá por la década de los 30 del siglo XX.

Eran los tiempos en que el capitalismo era desafiado por el socialismo y que, después de la Segunda Guerra Mundial, daría lugar a lo que se denominó “La Guerra Fría”, que contaminó la política mundial hasta la caída del Muro y de la Unión Soviética en 1989-1991. Eran también los tiempos del “Estado Nacional”, donde la globalización y la revolución de las comunicaciones y el transporte no estaban presentes. Era otro mundo, distinto al que enfrentamos hoy en el siglo XXI.

En ese escenario, los padres fundadores situaron a la Falange más allá del capitalismo y del socialismo. Éste había tenido la osadía de desafiar al capitalismo mediante un proyecto alternativo concreto surgido de la Revolución de Octubre, en virtud del cual, sostenía que había una manera diferente de organizar la sociedad, que se tradujo en el modelo de los socialismos reales encarnados en la Unión Soviética. Todos sabemos cómo terminó este experimento que devino en el más brutal de los totalitarismos y que llevó a un autor a señalar que la disputa había terminado con el triunfo final del capitalismo y de la democracia liberal.

Era el fin de la historia según este profesor.

Terminó, por lo tanto —de la manera en que todos conocemos— uno de los elementos centrales con que los fundadores de la Falange se encontraban en su escenario político en los años ’30 al situarse más allá del capitalismo y del socialismo; éste ha salido hoy del escenario en la versión señalada.

También salió del escenario el cerrado Estado Nacional, dando paso a la globalización y a las comunicaciones mundiales en tiempo real.

Hoy, en el siglo XXI, vivimos sin el socialismo real y con un capitalismo triunfante a nivel mundial y con la revolución de las comunicaciones y del transporte. Este es el mundo en que hoy día vivimos.

¿Cómo debemos enfrentar, en consecuencia, los democratacristianos, este mundo del siglo XXI, que es diametralmente distinto al escenario que vivieron los fundadores al tomar la decisión de desprenderse del viejo tronco conservador?

Hoy, el desafío es cómo enfrentamos el capitalismo y el mundo globalizado.

Mejor dicho, qué pensamos hoy los democratacristianos del tipo de capitalismo que tenemos específicamente en Chile. Está claro que las puertas del Estado Nacional se abrieron y hoy tenemos una economía abierta al mundo y dependiente de los centros de poder mundial, económicos y financieros.

De las opiniones que hemos escuchado a diversos actores de nuestro partido, con ocasión del debate que el país ha presenciado con motivo de la implementación del programa de gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, me surgen dudas de si realmente, como sería necesario, tenemos claridad acerca del tipo y modelo capitalista que tenemos en nuestro país. Probablemente, si tuviéramos esa claridad, podríamos comprender mejor la verdadera naturaleza de dicho programa y no generar tantas dudas entre nosotros que terminan contagiando de incertidumbres a la opinión pública que busca y necesita, en el mundo de hoy, certezas para confiar en los conductores del Estado.

Los democratacristianos creemos en el ser humano y en su capacidad para crear artefactos, herramientas e instituciones; de ello da cuenta la abundancia de bienes y servicios con que hoy cuenta la humanidad. Ésta es la capacidad emprendedora del hombre cumpliendo el mandato bíblico de dominar la tierra y multiplicarse. Es la inteligencia humana que en su largo caminar ha desarrollado la ciencia y la tecnología. Por lo tanto, la DC está a favor de los emprendedores que conforman empresas de todo tipo.

Está claro también que el intercambio de bienes y servicios acompaña desde siempre a la humanidad y que mucho antes que existiera el sistema capitalista funcionaba lo que pudiéramos llamar una economía de mercado (un claro ejemplo de esto lo tenemos en Chile, donde el pueblo mapuche durante los siglos XVII, XVIII y XIX no tenía Estado ni sistema capitalista, pero contaba con una dinámica economía de mercado).

El sistema capitalista, como forma de organizar la economía, es de reciente data: unos 300 o 400 años, y su desarrollo ha estado pleno de debates y controversias, fundamentalmente en el último siglo por medio de las diversas escuelas económicas.

Entonces, el problema, para la DC, es tener claridad respecto de esta particular forma de organizar la economía nacional y mundial, considerando que el sistema capitalista tiene diversos modelos de implementación. Ése es el punto. Toco este tema, porque, según entiendo, nuestros fundamentos nos situaron más allá del sistema capitalista.

Pero temo que nunca la DC se planteó este tema seriamente, más allá de las voces que uno ha escuchado en el sentido de ser un partido anticapitalista. Aunque, para ser justos, durante la dictadura camaradas encabezados por Alejandro Foxley fueron muy críticos del modelo que se estaba implantando por los llamados Chicago Boys.

Porque, seamos claros, el modelo en Chile no se instauró en democracia: se instauró por la fuerza de una dictadura cívico-militar.

Sin embargo, a mi juicio, el debate sigue pendiente con ocasión —como hemos tenido oportunidad de presenciar— de la implementación del programa del gobierno de la Nueva Mayoría, que significó un cierto cambio de rumbo respecto de lo que, como Concertación, veníamos haciendo y que puso  en cuestión la naturaleza del mismo.

Mi punto es, en consecuencia, que la DC tiene una tarea pendiente en orden a que nunca se ha planteado, seriamente, cuál es su visión actual, en pleno siglo XXI, respecto del modelo de capitalismo que tenemos en nuestro país implantado por la dictadura; y, si dicho modelo, se aviene o no con los principios éticos que iluminan o debieran iluminar nuestra acción política.

Porque la pregunta es, a estas alturas, qué nos diferencia de la derecha en esta materia. Lo digo por el debate que se ha suscitado, no sólo a propósito de la carta de los 26, sino de las declaraciones de connotados personeros democratacristianos.

El sistema capitalista tiene diversos modelos particulares que le dan a cada uno características propias. Así, no es lo mismo el modelo escandinavo, o el alemán o el asiático o el norteamericano, y por supuesto el chileno.

La forma como se implantó en Chile el particular modelo capitalista que tenemos, se expresa, en su estructura jurídica institucional, en la gestación de la Constitución de 1980 y que dan cuenta las actas de la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución establecida por Pinochet.

Al respecto hay que leer los magníficos tomos, desde el punto de vista jurídico, de la obra de don Enrique Evans de la Cuadra llamada “Los Derechos Constitucionales tomo l y tomo ll”, donde consta el debate producido al efecto. En ese debate queda claro cómo la educación y la libertad de enseñanza, la salud y la seguridad social pasan a ser bienes de consumo entregados al mercado, teniendo el estado solamente un rol subsidiario y “fiscalizador”.

Y lo mismo pasa con el Estado, el que para tener una empresa debe ser autorizado por una ley de quórum calificado, pero las normas de funcionamiento y operatividad de dichas empresas deben ser aquellas aplicables al sector privado. Es decir, el Estado empresario actúa conforme a las normas del mercado. Así lo hace hoy, por ejemplo, TVN (¿qué tiene de público hoy este canal que debe  autofinanciarse y competir de acuerdo a las normas del mercado con los otros canales de televisión?); lo mismo podemos decir del BancoEstado (¿)( ex Banco del Estado); o del Metro (y la posible y futura AFP estatal ¿aparte de que el propietario será el Estado, acaso no deberá ir a la competencia en el mercado y regirse por las mismas normas de las otras AFP?).

Ésa es la semilla y la base del modelo de capitalismo que tenemos en Chile, inspirado en las ideas del neoliberalismo de Von Mises, Von Hayek, Friedman y otros. En Chile, tenemos un sistema capitalista bajo el modelo conocido como neoliberal.

Para la DC es fundamental tenerlo presente y hacer la distinción entre los distintos modelos de capitalismo, porque uno se da cuenta, al escuchar a muchos de nuestros dirigentes, que tal claridad conceptual no existe. Si uno compara el modelo neoliberal con nuestros principios doctrinarios no puede menos de cuestionar y rechazar este modelo impuesto por la dictadura.

Es fundamental tener claridad conceptual sobre esta materia para, a la luz de nuestros valores y principios, tener una postura política clara que ofrecer al país y no una confusión de ideas que, con razón, llevan a la opinión pública, en general, de acusarnos de ser la nada misma.

Entonces, se trata de examinar si a la luz de lo que es el modelo neoliberal, éste se aviene o no con lo que son nuestros principios y valores.

Este modelo, el neoliberal, se caracteriza por los siguientes principios:

a) El individualismo, donde la sociedad no existe, sólo existe el individuo, según palabras de Margaret Tatcher.

El individuo sólo por sí y ante sí haciendo uso de su libertad y autonomía toma sus propias decisiones, persiguiendo libremente sus intereses económicos. El hombre ya no es hermano del hombre, sino que cada uno debe velar por sí mismo según sus particulares intereses.

b) El mercado, no sólo como un buen instrumento para asignar los recursos, sino como la panacea para todos los asuntos humanos. Los seres humanos viven eligiendo y lo hacen mediante el sistema de precios que tienen todas las cosas. El mercado es el dios que guía las acciones del individuo que vela por sus propios intereses. Todo tiene un precio en la vida, y así vemos que hoy debemos pagar por todo: todo se vende y se compra, y ahí el consumismo exacerbado, que lo motiva también el mismo mercado. Éste se autorregula y por ello mientras menos Estado, mejor. El sistema de precios y la autorregulación son los ejes estructurantes, más la acción individual del consumidor. Todo al mercado (Interesante sería que los camaradas leyeran el libro de Michael Sandel “Lo que el dinero no puede comprar”, respecto de los límites morales del mercado).

c) Inhibición del Estado. Mientras menos Estado mejor. Todo va al mercado: la educación, la salud la previsión, etc. El Estado deberá ocuparse sólo de la Defensa Nacional y de la Seguridad Pública. O sea un Estado Gendarme. Y además crear un marco estable de instituciones jurídicas para el funcionamiento del mercado.

¿Éste es el modelo de sociedad que propiciamos los democratacristianos?

¿Es el individualismo el fundamento de la vida en sociedad?

¿Estamos de acuerdo que la única variable que tomamos en cuenta los seres humanos para nuestras decisiones es el sistema de precios de las cosas?

¿Estamos de acuerdo que el mercado se auto regula y por lo tanto debemos dejarlo que funcione solo y mientras menos interferencias tenga es mejor para todos?

¿Estamos de acuerdo que la educación, la salud y la previsión son bienes de consumo y por ello deben ir al mercado para venderlos y comprarlos conforme a las reglas de la competencia?

¿Acaso la educación, la salud y la previsión para la vejez no son bienes intangibles que dicen directa relación con la dignidad y la espiritualidad del ser humano y que, por lo tanto, dichos bienes no pueden ser comparados con una bolsa de cemento?

¿Estamos de acuerdo con que el Estado sólo tiene el rol de gendarme, limitado a la defensa nacional, la seguridad pública y los mecanismos legales para que el mercado funcione?

Digamos que el nombre de nuestro partido responde claramente a lo que somos. Si somos demócratas es porque creemos que la democracia es el mejor sistema de convivencia entre los seres humanos, permitiéndonos organizarnos, tomar decisiones colectivas para establecer la forma más correcta de vivir y respetar los derechos humanos.

Si nos identificamos como cristianos es que tenemos en el Cristianismo la fuente de nuestros principios éticos que iluminan nuestra acción para tomar decisiones políticas, para pasar de LO QUE ES al mundo de LO QUE DEBE SER. Porque el mundo, históricamente, siempre se ha movido entre la estabilidad y el cambio y, por lo tanto, somos los propios seres humanos los que debemos decidir cuál es la manera más correcta de vivir. Al tomar esas decisiones que permitan el cambio y el avance de la sociedad serán esos principios, esos valores los que iluminarán nuestra acción política.

Es la ética y la política la que nos permite convivir correctamente entre los seres humanos. Porque, si todo quedara entregado al mercado y su autorregulación ¿para qué serviría la democracia? Seríamos simplemente unos autómatas.

El Cristianismo, encarnado en la persona de Jesucristo, es una de las mayores revoluciones religiosas y morales que ha vivido la historia de la humanidad, en cuanto cambió dos paradigmas centrales en orden a que los seres humanos somos iguales en origen y destino —la igualdad de los hombres y mujeres— y en orden a que el hombre no es tu enemigo sino que es tu hermano ¿Puede haber algo más ajeno a estos principios paradigmáticos que el individualismo, que ve en el hombre el lobo del hombre?

El individualismo es ajeno a nuestros principios doctrinarios. Nuestro entorno es la comunidad. ¿Acaso no decíamos —en otros tiempos— que queríamos construir una sociedad comunitaria? Naturalmente que todos entendemos que no nos estábamos refiriendo a la forma de producir bienes y servicios —aunque una cierta forma de organización productiva podría ser posible— sino que el concepto se refería a una categoría ética que debía guiar nuestra acción con los otros seres humanos para conformar una sociedad basada en la solidaridad y la colaboración, y no en la competencia destructiva del “homo homini lupus”.

Jesucristo estableció que todos los hombres son hermanos —ricos y pobres por igual— pero a la hora de las incompatibilidades su opción fue por los pobres y necesitados.

Entonces está claro que nuestra doctrina basada en dichos principios éticos nos lleva a estar por el personalismo y no por el individualismo, por el sentido de comunidad de todos los seres humanos, con una clara opción por los más carenciados y necesitados.

Son estos principios éticos los que deben guiar nuestra acción política cuando, a la hora de las decisiones del aquí y del ahora de la acción gubernamental, nuestro partido deba enfrentarse a la realidad y responder, en concreto, a la vieja pregunta formulada por Platón: ¿cómo debemos vivir? Porque la finalidad de la política es organizar la vida colectiva, cambiar lo que haya que cambiar, cambiar la realidad por algo mejor y no aceptar —como lo hace el neoliberalismo— que todo es intercambio y que la vida es un inmenso mercado auto regulado. Al contrario, mediante la política mejoramos la sociedad, la hacemos más justa para todos. En definitiva, mediante la política, podemos los seres humanos encontrar la forma más correcta de vivir.

Por ello el concepto de la libertad se centra en la persona en relación con la comunidad y no la libertad individualista que vela por sus propios intereses sin preocuparse de los efectos de sus actos en relación con los demás, porque para el neoliberalismo, uno de cuyos ejes estructurantes es el individualismo, en el que la sociedad no existe, sólo existe el individuo velando por sus propios intereses (quiero recordar la oportunidad en que la Derecha se opuso a la existencia de un plan solidario en el AUGE. ¿Por qué se opuso la Derecha? Porque estaban inspirados en el individualismo en el sentido de que cada cotizante debía velar por sí mismo y sus intereses; lo que pudiera suceder con el otro era ajeno al individualismo; cada cual debe velar por sí mismo).

Por ello, cuando hablamos de cualquier derecho —llámese educación, salud, propiedad o previsión— lo hacemos en función de la persona que vive en sociedad y no del individuo aislado que vela por sí mismo sin importarle el destino de los demás.

Cuando uno tiene claridad en estos conceptos está en condiciones de tomar decisiones políticas sobre temas concretos de la contingencia que respondan a estos principios éticos.

Por ello, no es posible sostener que la libertad es absoluta, porque ello se presta para los mayores abusos de parte de los poderosos contra los más débiles y necesitados

Por ello, cuando se legisla, y, de algún modo, está la libertad en el escenario como uno de los elementos para tomar decisiones, es menester considerar el conjunto de la comunidad y que todos estén en igualdad de condiciones para ejercer esa libertad.

Por ello yo me pregunto ¿tienen los padres de La Pintana la misma libertad de los padres de Las Condes para, en el ejercicio de esa supuesta libertad, elegir el “colegio” para sus hijos?

Entonces, yo entiendo, un democratacristiano no puede legislar, aduciendo la libertad de enseñanza, pensando en los padres de Las Condes, o sin considerar, o desconociendo, voluntaria o involuntariamente, la distinta realidad de los padres de La Pintana.

Si aplicara la ética del individualismo, entonces, claro, no le debería importar la realidad de los padres de La Pintana porque, de acuerdo al neoliberalismo, la sociedad no existe, sólo existe el individuo que debe velar por sí mismo (en términos claros cada uno debe rascarse con sus propias uñas).

Por ello es tan importante la ética en la política: ella debe iluminar nuestra acción. Como dice un prestigioso intelectual chileno: “Ud. sólo es libre allí donde es tratado como un igual respecto de cualquier otro ser humano o, si lo prefiere, usted es genuinamente libre cuando se relaciona con otros bajo condiciones de igualdad”.

Cuando el individualismo permea el conjunto del Estado y la sociedad, como es el caso del capitalismo en su versión neoliberal que existe en Chile, entonces ello se presta para los mayores abusos, no obstante las muchas regulaciones que se han dado, porque ese individualismo se transforma en una cuestión cultural: todos somos más individualistas hoy en día. Y entonces, todo es competencia. En Chile, tenemos, en consecuencia, no solo una economía, en su versión neoliberal, de mercado sino una sociedad de mercado.

Es la sociedad del abuso. En Chile la gente siente y piensa que a la vuelta de la esquina se va a encontrar con el abuso.

Y el individualismo y su secuela del abuso llevan a las mayores desigualdades. Los organismos especializados dicen que Chile tiene el triste récord de ser uno de los países más desiguales del mundo.

Algunos minimizan esto bajo el argumento de que hoy día hay menos pobreza que hace 30 años y que, en definitiva, eso es lo que importa. Se equivocan. La gente sabe que cuando el país crece lo hace por un conjunto de factores, pero lo determinante es que ello ocurre por el esfuerzo colectivo de todos pero que, a la hora de la distribución, eso que es fruto de un esfuerzo colectivo se lo llevan unos pocos: se lo lleva el 1% más rico de Chile.

Y algunos insisten que lo importante es el crecimiento porque, siendo verdad que la mayor tajada se lo lleva el 1%, igual chorrea al 99% restante. Ése es un proceso acumulativo que a la larga lleva a los ciudadanos a la indignación y a cuestionar las estructuras y a las instituciones.

Porque no es verdad que ese crecimiento sea solo fruto del capital, como podría presumirse por muchos, sino que también es fruto del trabajo, de las tecnologías, del funcionamiento del estado de derecho y de la seguridad jurídica, de la estabilidad institucional a la cual todos contribuimos, a la acción del Estado y, sin duda, a la paz social, o sea a un conjunto de factores que crean un escenario propicio de paz y estabilidad para que las inversiones produzcan frutos, pero ese escenario es producto del esfuerzo colectivo y no solo de los dueños del capital que, a la hora de la distribución, se alzan con el santo y la limosna.

Ése es el país del abuso y de las desigualdades.

Una sociedad desigual es una sociedad segmentada, una sociedad fracturada dividida en verdaderas castas; esto es lo que sucede por ejemplo con la educación, en la salud, en el transporte, en los lugares donde vivimos, etcétera.

Por ello que nuestro país es tan clasista y racista; esto se manifiesta, como dice un autor, en forma simbólica mediante el desprecio, el prejuicio, el menoscabo, el chiste cruel, la ironía, el mirar en menos, etc. ¿Ésa es la sociedad que impulsan los democratacristianos?

Y si más encima, esos dueños del capital quieren ser no sólo dueños de las empresas sino también de la política entonces tenemos el cuadro completo que hemos presenciado en el país de cómo el dinero contaminó y ensució a la política. Entonces ¿cómo quieren que la gente le crea a las instituciones? Por ello la gente rechaza a los políticos, a los empresarios y a medio mundo. Cuando eso sucede se pierde la necesaria cohesión social para la estabilidad de las instituciones.

Los empresarios tienen en Chile una tarea pendiente, que es dedicarse a producir y no pretender manejar la política mediante el poder del dinero. Se mal acostumbraron en dictadura. Ahora, en democracia, la política debe canalizarse como corresponde, a través de los partidos políticos. Pastelero a tus pasteles.

En consecuencia, la DC no está en contra del mercado, está en contra del erróneo concepto de que todo en la vida es competencia. No creemos en una sociedad de mercado; en ésta debe existir la solidaridad y la cooperación entre los seres humanos. En la economía debe existir una competencia sana, regulada y fiscalizada por el Estado. Por ello creemos en la creatividad y en el emprendimiento que impulsa el avance el hombre. La DC debe, en consecuencia, estar a favor de la pequeña y mediana empresa, fortalecerla y apoyarla.

Estamos en contra de los abusos que cometen empresarios concretos. Y así como debe existir la competencia por precios y calidad, también debe existir al interior de la empresa la organización de los trabajadores, para mediante la negociación colectiva remunerar adecuadamente al factor trabajo y crear las condiciones para un trato acorde con la dignidad de seres humanos.

De ahí la importancia de una verdadera reforma laboral, que potencie la capacidad negociadora de los trabajadores mediante la sindicalización, ya que ello le permitirá participar de las utilidades de la empresa acortando las desigualdades y mejorando la distribución del ingreso en general.

Estamos por el desarrollo económico que significa crecimiento, pero con equidad o justicia social, donde los frutos del esfuerzo colectivo son distribuidos equitativamente para todos. Ahora bien, ese desarrollo debe ser hecho respetando la naturaleza y el medio ambiente. Los capitalistas de siempre confundieron las palabras bíblicas de “crecer y multiplicaos y dominad la tierra” como una facultad ilimitada para hacer y deshacer con la naturaleza y el medio ambiente. Así fue como el proceso de industrialización del capitalismo se hizo con la depredación de los bosques, los ríos y las aguas, el medio ambiente y la naturaleza en general.

Recién a fines del siglo XX la humanidad tomó conciencia de que la tierra es nuestro hogar y por ello debemos cuidarla. Ello ha dado lugar a una amplia legislación en todo el mundo. En Chile tuvimos una legislación al respecto sólo en 1994 con la dictación de la Ley Sobre Bases Generales del Medio Ambiente. Hoy el mundo denuncia con preocupación el cambio climático. El cristiano debe saber que la tierra es nuestra madre naturaleza y por ello todo sistema económico debe tener como componente estructural el factor ecológico. Yo quiero creer que la encíclica “Laudato Si” del Papa Francisco ha sido leída por nuestros camaradas.

De ahí que el mercado debe tener un componente social y un componente ecológico. Ello me lleva a concluir que la Democracia Cristiana debe rechazar el modelo neoliberal del sistema capitalista existente en Chile y abogar por una economía social y ecológica de mercado. Esta debe ser, a mi juicio, la mirada que en el siglo XXI debemos tener y que se comunica notablemente con el pensamiento de nuestros padres fundadores, de situarnos más allá del capitalismo manchesteriano y de los socialismos reales.

Debemos, en consecuencia, cambiar el paradigma del modelo neoliberal existente en Chile por un nuevo modelo basado en una economía social y ecológica de mercado. Y con este nuevo paradigma ofrecer al país un nuevo camino para el siglo XXI.

2.- La DC y el Gobierno de la Nueva Mayoría

La Nueva Mayoría ha sido una coalición que ha tenido dos características:

a) tuvo (tiene) un programa de gobierno que marcó un cierto cambio de rumbo respecto de los programas de la Concertación y

b) incorporó al Partido Comunista como un nuevo aliado (que no había estado presente en los gobiernos anteriores ).

No obstante que el gobierno puede exhibir una lista numerosa de importantes proyectos que se transformaron en leyes, ha quedado la impresión en la opinión pública que los distintos partidos de la coalición no tenían un enfoque común respecto de la verdadera naturaleza del programa de gobierno.

Ello quedó muy patente con los proyectos de reforma tributaria, de educación, laboral, despenalización del aborto, por nombrar los más relevantes. Tales desavenencias devienen en un desorden político que repercute negativamente en la percepción de la opinión pública, que genera incertidumbre y falta de confianza en la conducción del gobierno. ¿Por qué sucedió esto?

Una primera aproximación tiene que ver con la distinta valoración que se le asignaba a lo hecho por los gobiernos de la Concertación. Mientras unos añoraban la forma y el contenido de lo que había hecho dicha coalición, otros señalaban que habíamos consolidado el modelo heredado de la dictadura.

A mi juicio, ése es un falso debate. ¿Cómo vamos a retroceder subjetivamente en el tiempo para quejarnos e inculparnos de por qué no hicimos, 20 años después, lo que estimamos debimos haber hecho? ¿Podemos imaginarnos hoy qué vamos a pensar el año 2036 de lo que debiéramos estar haciendo ahora el 2016? Eso es una esquizofrenia. ¿Cómo podíamos actuar en 1990 con los ojos del 2011?

Otra cosa es que pasados 25 años hagamos (debemos hacerlo) un balance y una autocrítica de lo realizado para, a la luz de la experiencia y del escenario social y político que conforma el paso de los años, relancemos nuevos objetivos estratégicos. Entonces recién es posible, con la tranquilidad que da el paso de los años, juzgar qué estuvo bien, qué pudo ser diferente y qué estuvo mal, aunque todos sabemos que, con los actuales elementos de juicio, podemos tener mayor claridad de qué fue lo que pasó en esos 20 años, pero nunca vamos a ponernos totalmente de acuerdo sobre el diagnóstico que cada uno de nosotros pueda tener.

A mí me parece que la Concertación avanzó notablemente en el combate contra la pobreza: ahí están las cifras que son indesmentibles. Y tuvo un desempeño positivo en el crecimiento de la economía.
Ambos hechos, a mi juicio, impregnaron la mentalidad triunfalista, en general, de los miembros de nuestra coalición a lo cual se unió, sin duda, la gobernabilidad y estabilidad política que nos permitió dejar atrás la dictadura.

Sin embargo no hubo un cambio de paradigma respecto de los ejes centrales del modelo neoliberal impuesto por la dictadura. Pero, este juicio lo puedo hacer pasado el tiempo suficiente que me da la distancia.

En el devenir de los años, la Concertación se veía combatiendo la pobreza, con un país que crecía y alejándose lentamente de los años de Pinochet. Salvo la polémica entre los llamados “autocomplacientes “y “auto flagelantes”, no fue sino hasta  las movilizaciones del año 2011 que se comenzó hablar en el debate político de un cambio de paradigma en materia educacional y del modelo en su conjunto. Eso fue lo que llevó a darle un cambio de rumbo al futuro programa de gobierno que se elegiría el 2013.

¿Significó, efectivamente, el programa de gobierno de la presidenta Bachelet un cambio de rumbo que implicaba un nuevo paradigma distinto al modelo implantado por la dictadura?

Debemos partir de la base que el programa se confeccionó y redactó con participación seria y consciente de las respectivas directivas centrales de los partidos políticos que conformaban la coalición, sobretodo, teniendo presente, que dicho programa estaba llamado a jugar un rol clave de amalgama y común denominador al ampliarse sus miembros con la incorporación del Partido Comunista (que tantas aprehensiones y controversias causa en el sector de la DC que, coincidentemente, conducía entonces el partido y que, por lo tanto, era el llamado a ser particularmente acucioso en la redacción del referido programa).

Pues bien, si en la redacción del programa participaron los técnicos (los expertos), no es menos cierto que aquél no es un listado de cosas por hacer que se ofrecen a la ciudadanía, ni tampoco una enumeración de posibles anteproyectos de ley, sino que un programa de gobierno constituye el conjunto de objetivos políticos que se pretenden alcanzar para el evento de asumir la conducción del Estado.

Por ello es que uno debe presumir que dicho programa fue examinado, exhaustivamente, por las autoridades políticas de los partidos de la época y especialmente, en el caso de la DC, por su presidente y Directiva Nacional. Al parecer, dicho examen, no fue todo lo acucioso que la conformación de la nueva coalición ameritaba, pues, de otra manera, uno no se explica tantas divergencias surgidas en la puesta en marcha e implementación del programa.

Lo anterior no es irrelevante, dado que presumiblemente una de las razones de la desafección de la opinión pública con el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet sean, precisamente, las desavenencias notorias que se han visto entre los partidos de gobierno y específicamente con la DC.

Es comprensible que en la implementación de los objetivos políticos puedan surgir problemas de interpretación, por ello que era necesario haber sido particularmente diligente a la hora de su redacción, para minimizar los subjetivismos al momento de hacerlos operativos, cosa que, al parecer, no sucedió y que se hacía particularmente necesario ya que, como  hemos señalado, la Nueva Mayoría tenía una conformación estructural distinta de lo que había sido la Concertación.

Si uno examina el programa, es evidente que se quiso innovar respecto del rumbo que traía la Concertación; así lo expresa la entonces candidata en la presentación y en las explicaciones que le siguen a ésta. Particularmente evidente es este cambio en materia educacional, donde derechamente se cambia de paradigma respecto del modelo imperante. También es significativo lo establecido en materia laboral, en lo referido a la nueva Constitución y en materia de equidad de género, donde en la despenalización del aborto se consignan expresamente las 3 causales (pág. 169 del programa).

Si hubo alguna reserva sobre algún aspecto específico del programa esto fue políticamente irrelevante, porque la opinión pública no la conoció.

Por ello que resulta impresentable políticamente que, a la hora de implementar el programa, ciertos dirigentes actuaran como si éste no existiera o no lo hubieran conocido, en circunstancias que no sólo lo aprobaron en su momento, sino que participaron en todas las etapas de su elaboración. Por ello es que la gente y particularmente los jóvenes no nos creen, al vernos enfrascados en todo de tipo de controversias respecto del alcance de los proyectos de ley relacionados con los objetivos políticos consignados en el programa.

Ello no significa que el programa no pueda estar sujeto a interpretación. Por supuesto, si el debate de las ideas es consubstancial a la democracia. Pero esa interpretación debe ser hecha a la luz de los objetivos políticos que, en su momento, se consensuaron y que se plasmaron en el programa y a la luz de los principios que sustentamos como partido y que se pueden comparar con los que, a su turno, sustenta la derecha neoliberal y/o conservadora. Por ejemplo, en materia laboral ¿cuándo la derecha ha estado a favor de un cambio sustancial?

¿Lo estuvo con la sindicalización campesina del Presidente Frei Montalva?

¿Lo estuvo cuando en el pasado se dictó el Código del Trabajo?

¿Lo estuvo cuando se estableció el salario mínimo?

Lo que sí está claro es que estuvo con el Plan Laboral de la dictadura.

Y en la historia larga del capitalismo ¿acaso los conservadores de la época no estuvieron en contra de la abolición de la esclavitud porque, entre otras cosas, significaba que el factor trabajo ya no sería gratis? Todos conocemos esa historia y sabemos que esa lacra de la humanidad solo pudo terminar mediante guerra civil de por medio (1865).

No puedo resistir la tentación de transcribir lo expuesto, en uno sus libros, por un profesor de Economía de Cambridge: “En 1819 se presentó en el Parlamento Británico una propuesta de legislación del trabajo infantil, la Ley de Regulación de las Fábricas de Algodón: prohibía el empleo de niños pequeños, es decir, de menos de nueve años, mientras que a los mayores (entre diez y dieciséis) se les seguía permitiendo trabajar, pero no más de doce horas al día (…) la nueva legislación era válida solo para las fábricas de algodón.

La polémica fue enorme. Para los detractores de la propuesta, socavaba la santidad de la libertad de contratación y destruía los cimientos del libre mercado. Al debatir la nueva ley, algunos miembros de la Cámara de los Lores se pronunciaron en contra, porque “tiene que haber libertad laboral”. Su argumentación era la siguiente: los niños quieren (y necesitan) trabajar, y los dueños de las fábricas quieren darle trabajo. ¿Dónde está el problema?”. (“23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo”, Ha-Joon Chang, 2013, Debate).

Mutatis mutandi (cambiando lo que haya que cambiar) son los mismos argumentos de la derecha contemporánea cada vez que le tocan sus intereses.

Por ello que, nuestra interpretación debe estar acorde con lo que somos de la manera que lo establecieron los fundadores. La Democracia Cristiana no es la derecha. “Donde está tu tesoro está tu corazón”.

En lo personal siempre entendí, y quiero creer que sigue siendo así, que el corazón de la DC no está en el  dinero. Que a la hora de la verdad y de las interpelaciones, comprendiendo cabalmente cuál es el rol de la empresa, su decisión política estará del lado de los trabajadores.

Por supuesto que las reformas propuestas no conforman un proceso revolucionario; nadie con el programa pretendía acabar en Chile con el sistema capitalista. Se trataba de iniciar un cambio de rumbo respecto de los paradigmas que conformaban y conforman el modelo de capitalismo existente conocido como  neoliberalismo y que se expresan en la Constitución Política en la forma señalada anteriormente.

Por ello que la discusión que se produjo sobre la gradualidad de las reformas era y es impertinente, porque ellas de por sí son graduales: las reformas son implícitamente graduales. Sin embargo, personeros de la coalición, entre ellos varios DC, cayeron en la trampa y se enfrascaron en una discusión pública que le hizo el juego a la derecha y a los medios comunicacionales asociados, causando un daño enorme al gobierno, que tampoco tuvo ninguna capacidad de reacción.

Y en materia de gestión del programa, los errores tocaron  el corazón del affecto societatis, puesto que se afectó la toma de decisiones, la implementación técnica de los proyectos, la adecuada complicidad política de los partidos de gobierno, la neutralización inteligente de las acciones de la oposición y una voz potente y común respecto de la opinión pública.

No vi a la DC jugar un rol determinante en estos aspectos, que han contribuido, entre otros factores, al deterioro de la imagen del gobierno, no obstante los importantes logros legislativos.

Y señalo esto porque si alguien está pensando que el costo lo pagan otros, está equivocado. La opinión pública entiende que le entregó la conducción del Estado a una determinada coalición, en este caso la Nueva Mayoría, y ésta en su conjunto es la que responde por sus éxitos o fracasos. Por eso que en este caso los matices  no sirven: la opinión pública necesita certezas y no dudas.

De ahí que sea tan importante la coherencia de un partido en relación con el programa, ya que éste constituye la  verdadera carta de navegación que tendrá la opinión pública para juzgarnos y, porque, además, será el punto de partida para resolver el futuro de la coalición. Tarde o temprano llegará el momento en que tendremos que reconcursar para la conducción del Estado el 2017. ¿Ha pensado alguien, por casualidad, que podamos participar en la contienda presidencial sin tener un programa que ofrecer? ¿Ha pensado alguien, además, que una condición indispensable para la existencia de una futura coalición será tener un programa común que nos una y que podamos  ofrecer al país?

Por ello, adquiere especial importancia la etapa de las terminaciones (relevantes en cualquiera construcción) que requiere el programa de gobierno, y que permitirá dejar en claro los objetivos políticos pendientes para seguir trabajándolos en el futuro.

3. La DC como organización

La organización es la institucionalización de una idea. Ello fue lo que hicieron Frei Montalva y sus jóvenes camaradas al fundar primero la Falange en los años 30 y posteriormente la Democracia Cristiana en 1957.

Hoy, en 2016, existe una organización obsoleta que carece de un conjunto de ideas por las cuales pudiera ser reconocida por la opinión pública.

La DC, si quiere perdurar en el siglo XXI, necesita una puesta al día, una verdadera refundación en su organización, y una explicitación y clarificación de cuál es el conjunto de ideas que propone al país y con las cuales pueda ser meridianamente identificada, más allá de decir que es un partido de centro, lo que no pasa de ser un eslogan y no un cuerpo doctrinario. De lo contrario, iremos muriendo lentamente y los “controladores” del partido podrán quedarse con el poder total simbolizados en el timbre y la campanilla.

Según la literatura un partido político tiene tres elementos: a) la militancia, b) su estructura organizacional y c) su doctrina o cuerpo de ideas.

Partamos por lo menos complejo, que es la organización partidaria. Ésta se caracteriza por el asambleísmo a nivel comunal: es toda una tradición partidaria la directiva comunal que en la base de la pirámide, coincidiendo con la división administrativa del país, preside la “reunión de la comunal”. Esta asamblea comunal cumplió con creces sus propósitos partidistas cuando los camaradas quedaban perfectamente informados cuando el Senador o el Diputado viajaba desde la capital y los ponían al día del acontecer político , en aquellos tiempos que no existía la televisión, ni pensar en internet y las redes sociales, apenas un par de radios. En el sur era el tiempo del ferrocarril, que era el medio de transporte que usaban los parlamentarios cuando, cumplidas sus tareas en el Congreso, llegaban a las comunas a informar a sus camaradas y electores. Era el tiempo en que los candidatos presidenciales visitaban a las provincias de ese entonces y no solo llegaban a su capital sino a cada una de las comunas, lugares donde se llevaba a cabo la correspondiente concentración. Era una fiesta popular.

En este escenario, por supuesto que la asamblea comunal jugaba un rol importante no sólo para quedar informado sino también para el debate y la formación del militante. Era un lugar de encuentro, de socialización y de camaradería.

Hoy los tiempos son otros. Primero la dictadura trajo un paréntesis de la actividad política por 17 años y en el intertanto se produjo en el mundo la revolución de las comunicaciones y del transporte. Llegó el mundo de la globalización. Sin embargo, no obstante esta revolución tecnológica y cultural, la base organizacional sigue siendo la misma.

Por supuesto que hoy los militantes no esperan la llegada del tren (que ya no existe) para ver bajarse a sus parlamentarios para que les informen de las últimas novedades. Hoy el militante queda perfectamente informado en tiempo real, ya sea por los noticiarios  de la radio y la televisión, o a través del resto de los medios de comunicación, del acontecer de Chile y el mundo. Ni hablar de los más jóvenes que usan en forma permanente las redes sociales. La asamblea comunal, en consecuencia, quedó obsoleta porque perdió su razón de ser. Probablemente en muchas comunas existe la organización, pero sin el sentido político que tenía antaño, con una incidencia marginal en la marcha del partido y seguramente con poco o nada de debate o de formación política.

Si antes la asamblea era el lugar de formación ciudadana, hoy quedó sobrepasado por una sociedad civil potente que tiene múltiples y variadas manifestaciones de intereses especiales. La asamblea quedó aislada, viviendo en un mundo cerrado, en circunstancias que afuera está el país real. Esto partió, en realidad, con la promoción popular, la  trascendental reforma que hizo el presidente Frei Montalva que posibilitó la organización de las Juntas de Vecinos y todo tipo de organizaciones comunitarias que hoy día florecen con sus múltiples intereses territoriales, culturales, deportivos, de género, étnicos, juveniles, de la tercera edad y que conforman la rica diversidad de la sociedad civil. Y si a eso le sumamos el mundo de las comunicaciones, la verdad es que una asamblea cerrada, ajena al mundo, no tiene destino.

La DC debe insertar a sus militantes en el mundo real. La asamblea como espacio de la información quedó sobrepasada. Sólo la formación política y el debate de las ideas deben tener un nuevo ámbito acorde con los tiempos que vivimos. La fraternidad es una norma ética que excede con creces los espacios cerrados de una asamblea.

Existen otros múltiples aspectos de la organización partidaria que son muy importantes y que deberán ser revisados en un proceso de modernización. Piénsese solamente en que tenemos un Estado Unitario centralista que viene del siglo XIX, de los albores de la República y que desconoce el creciente proceso de descentralización que ha vivido y seguirá viviendo el país; y  sin embargo, el partido sigue practicando un centralismo santiaguino asfixiante que  llega con su largo brazo hasta la última y perdida comuna del extremo norte o del extremo sur del país con el propósito indesmentible de tener el control interno de la militancia, sin consideración alguna a criterios de eficacia, eficiencia, participación o tolerancia a la diversidad interna. Nada.

No  se trata de desconocer la dureza de la política que, en definitiva, es la lucha por el poder. El problema es que transforma esa lucha en una mera operación instrumental y no en un debate por las ideas respecto de qué es lo mejor para el país, para la región o para esa comuna en particular. Esta realidad explica, entre otras razones, en  parte la fuga de muchos militantes y la dificultad para atraer otros nuevos.

Este problema está relacionado directamente con la forma en que se toman las decisiones al interior del partido, cuestión que también es clave resolver en un proceso de puesta al día del partido.

Para comprender mejor los aspectos relacionados con los otros dos elementos de un partido, como son la militancia (el elemento personal) y las ideas (el elemento doctrinario), creo que es necesario tener presente que la política como proceso social tiene dos fases o caras: la fase agonal, que es la lucha por la conquista del  poder, y la fase arquitectónica, que es la etapa, una vez conquistado el poder, de construcción del proyecto ofrecido a la ciudadanía. En ambas fases, la militancia y las ideas, se juega la existencia y la supervivencia del partido.

Los partidos políticos, en una democracia, luchan por el poder para concretar las ideas que tienen respecto de cómo esa comunidad humana debe vivir mejor.

Por ello y para ello, los militantes son el capital humano con que cuenta el partido para ofrecer a la ciudadanía y obtener su respaldo. Será esa militancia la que, una vez conquistado el poder, tendrá que asumir las tareas de la fase arquitectónica para la construcción del orden deseado. Tarea determinante será, en consecuencia, tener una militancia preparada para asumir la noble tarea de conducir la comunidad y administrar la convivencia humana. Estas tareas se asumen desde el Estado.  Sabemos que desde la creación del Estado Moderno, solo unos cuantos siglos atrás, con el desarrollo de la ciencia y la tecnología, las comunicaciones y el transporte, se ha tornado cada vez más compleja la tarea de su administración. Por ello, que la formación política del militante se torna una tarea obligatoria. Estoy hablando de formación política y no de formación técnica que el militante la adquirirá en su currículo de estudios.

En el cristianismo están los fundamentos principales de nuestra ética política y por ello debe ser parte primordial de nuestra formación. El militante debe ser formado en la teoría y en la doctrina. Por medio de la teoría aprenderá a conocer cómo es el mundo del Estado y de la Sociedad, de la Política y del Poder. Comprenderá cómo funciona y cuál es su lógica. Por medio de la doctrina (la nuestra) hará un juicio de valor  sobre esa realidad y, estableciendo fines y medios, mantendrá lo que haya que mantener y cambiará lo que haya que cambiar. Por eso que, más allá  de los eslóganes, ser un partido de centro es moverse entre la estabilidad y el cambio. Jamás la fosilización y tampoco el infantilismo revolucionario. El partido es vanguardia en cuanto está abierto a los cambios que experimenta el mundo. Y esos cambios los hará con fuerza y decisión, pero al mismo tiempo con la necesaria responsabilidad, como lo hizo Frei Montalva con la Reforma Agraria, con la Sindicalización Campesina, la Promoción Popular y tantos otros cambios de los cuales hoy nos enorgullecemos.

Para hacer los cambios necesarios el militante debe trabajar también los conceptos de eficiencia y eficacia. Las cosas hay que hacerlas bien. Si el militante es el capital humano que hará las tareas cuando se llegue al gobierno, el partido tiene la obligación de formarlo. De ahí que toda persona que en la DC quiere obtener la calidad de candidato a un cargo de elección popular, ya sea concejal, consejero, alcalde o parlamentario, debería pasar por distintas etapas y grados de formación política. La idea es ofrecer a la ciudadanía a los mejores, los más preparados desde el punto de vista político y en cualidades morales.

Tener organización partidaria a lo largo y ancho del país debiera permitirnos tener una radiografía completa de la realidad y de los problemas de las regiones, comunas, ciudades y localidades. De ahí que la formación de todos los militantes también debe contemplar la necesaria especialización acorde con la realidad que le toca vivir, como también de las funciones gubernamentales que le toca o aspira a desempeñar.

El sello de la DC debería la calidad de sus militantes.

Hoy no habrá excusas para no hacerlo. La nueva legislación contempla el financiamiento público de los partidos, por lo cual debiera existir un centro de formación para los militantes que se hiciera cargo de esta importante tarea.

La otra cuestión clave para todo partido es saber cuáles son sus ideas.

Por una parte, sus ideas doctrinarias que sirven de guía para su acción y, tan o más importantes que ésta, sus ideas ideológicas y políticas, en cuanto éstas se traducen en los proyectos del aquí y del ahora que se ofrecen al país para obtener su respaldo para acceder al poder y que constituirá su acción concreta al frente del gobierno.

Muchos dirán que nuestras ideas doctrinarias, ideológicas y políticas están en las actas de nuestros Congresos. Es posible que así sea; no vamos a discutir esto ahora. Lo determinante, desde el punto de vista político, es responder a la pregunta: ¿Cuál es nuestra imagen corporativa como partido, por qué  o por cuál de nuestras ideas nos identifica la gente? ¿Qué le suena o imagina la gente cuando escucha democracia cristiana? ¿Cuál es nuestro relato o nuestro cuento por el que la gente nos conoce? Y por otro lado ¿Cómo nos presentamos los demócratas cristianos frente a la gente? ¿Qué le decimos respecto de lo que somos?

Podemos tener una organización obsoleta, podemos tener militantes más o menos formados, pero si no tenemos ideas, entonces no tenemos nada que hacer. Pasaríamos a ser (¿acaso ya no lo somos?) -como lo diría el maestro Jaime Castillo- un partido de administración (casi una mutualidad).

Tenemos que ofrecerle ideas al país respecto de su presente y de su futuro para que volvamos a reconcursar y recuperar su confianza.

En una organización democrática, fuerte, transparente, participativa, informada y moderna; en militantes activos y bien formados, capaces de asumir con solvencia responsabilidades en el servicio público; y en la claridad de nuestras ideas, ahí estará nuestra fortaleza. Atrás dejaremos a esos dirigentes a los cuales se les escucha quejarse de que nuestros socios nos tratan mal. La política es el ejercicio del poder y no puedes esperar que nadie te regale nada.

Si tenemos fortaleza en nuestra organización, nuestros militantes y nuestras ideas tendremos el respeto de todos.

4. La DC y el futuro

En gran parte, el futuro de la DC dependerá de nosotros mismos. Para ello debemos tener la visión y la sabiduría necesarias para entender el momento que vive el país y el mundo y leer los signos de los tiempos. Si pensamos que cada uno de nosotros puede seguir en la pelea corta haciendo operaciones internas, si pensamos que debemos seguir siendo un partido de administración, si seguimos teniendo una mentalidad de mutualidad, entonces seguiremos muriendo lentamente.

En cambio, si levantamos la vista y miramos el horizonte creo que, sigue vigente, en el siglo XXI, la necesidad de la existencia de un partido político que tenga su inspiración en el cristianismo, para luchar contra los abusos, la desigualdad, y por un mundo mejor basado en un desarrollo sustentable, en la solidaridad y la justicia social, en una comunidad de hombres y mujeres libres.

Pero para ello, hay que jugársela, no tener miedo a los poderosos, atreverse a tomar decisiones; en definitiva, no ser “agüita perra” y andar siempre dando explicaciones respecto a que los democratacristianos no somos ni “chicha ni limonada”.

Tendremos que tener en su momento nuestra propuesta programática, pero, dentro de ella,  tenemos que tener un conjunto de ideas y objetivos políticos por los cuales la opinión pública nos reconozca y tengamos nuestro discurso que nos identifique.

Este relato tiene que ser clarificador de lo que somos y proponemos, de tal manera que no existan dudas de nuestras ideas y objetivos. Al mismo tiempo, ella debe dar cuenta de la realidad y de cuáles son aquellos signos de los tiempos que nosotros como partido queremos construir en la conducción del Estado.

En base a ello, me atrevo a proponer, para un debate democrático al interior del partido, algunas ideas que deberían conformar nuestro relato, en el entendido que estas son ideas específicas nuestras, ya que existen otras que son comunes al mundo progresista y que compartimos y, por esa obviedad, yo las doy por asumidas y nos las consigno, como la necesidad de una Nueva Constitución y tantas otras. Aquí se proponen un conjunto de objetivos políticos que nosotros podemos y debemos impulsar y que, junto con el resto  de los objetivos compartidos, puedan configurar, en el futuro, una nueva plataforma que ofrecer al país con vistas al 2017:

a.- Estamos en contra del modelo neoliberal de economía impuesto por la dictadura. Nuestro modelo es una economía social y ecológica de mercado.

El modelo neoliberal se basa en el individualismo, que genera abusos y desigualdades inhumanas, valores que son ajenos a nuestro acervo doctrinario basado en la persona humana, que tiene igualdad de origen y destino, y contrario a la ética del cristianismo.

No estamos en contra de los empresarios y de la empresa; estamos en contra de los abusos del capitalismo que genera una cultura del individualismo, del clasismo y de la codicia sin límites. Por ello, es clave la acción reguladora y fiscalizadora del Estado.

Sin el factor trabajo no hay empresa posible. Por ello, los trabajadores tienen derecho a organizarse y a negociar colectivamente, acerca de cuál será, en el funcionamiento de la empresa, la retribución y las condiciones que tendrá el factor trabajo.

En una economía social y ecológica de mercado no todo se transa en el mercado como en el modelo neoliberal. La educación, la salud y la previsión para la vejez no son bienes de consumo. Ellos están sometidos a un régimen de bienes públicos, al igual que la defensa nacional y la seguridad pública.

Desarmar esa estructura construida durante la dictadura es un objetivo político que debe hacerse con responsabilidad, de manera gradual y sostenida.

b.- Un nuevo Estado para el siglo XXI. El Estado chileno tiene la  misma estructura básica del siglo XIX, cuando se estableció como unitario, centralista y monocolor. Después de 200 años esa estructura está obsoleta, porque responde a otros tiempos. Muchos creen que estado unitario es sinónimo de unidad nacional, rechazando ciegamente cualquier cuestionamiento. Están equivocados. Estado unitario significa simplemente que hay un solo centro impulsor del poder; es decir el poder está centralizado; al revés de lo que sucede en un estado federal donde existen múltiples centros de poder como sucede en Estado Unidos. Y en ambos casos no está en cuestión la unidad del Estado. Lo que sucede es que esa estructura respondió a la realidad del siglo XIX y no se aviene con la realidad del Chile del siglo XXI. Cuando se estableció, los miembros de la aristocracia criolla competían con Concepción y Coquimbo y hacia ellos se dirigió este centralismo. Hoy día todo conocemos la realidad de Chile.

Por ello, debemos tener una nueva estructura del Estado:

1.-Un Estado descentralizado, regional y localmente. En lo sustantivo, tomar en cuenta las propuestas de la Comisión Asesora Presidencial de Descentralización.

2.-Debemos apostar por el poder local que es el Estado más cerca de la gente, creando muchas otras comunas a lo largo del país por el positivo balance que existe respecto del papel jugado por los Municipios en el desarrollo, dotándolos de mayores recursos y competencias. Estoy cierto que si tuviéramos poderes locales fuertes más rápido terminaríamos con la pobreza.

El poder local con los Municipios y el poder regional con el Consejo Regional, debe ser el ancla de la DC para una auténtica participación democrática en el  Estado del siglo XXI.

3.-Debemos tener un Estado Plurinacional. El monocolor fue establecido en otros tiempos por los españoles y criollos que invisibilizaron la rica y diversa realidad sociológica que existía en ese entonces. Hoy en el siglo XXI el país debe sincerar su realidad, reconociendo la existencia de los pueblos originarios como actores políticos y sujetos de derechos colectivos, de la manera como lo han hecho los países desarrollados del mundo, como Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelandia, etc.

4.-Debemos tener una Cancillería potente acorde con el mundo globalizado. Por ello la modernización del Ministerio de Relaciones Exteriores es clave en todos los aspectos para vivir en este siglo XXI y relacionarnos en primer lugar con nuestros vecinos, América Latina y el resto del mundo. Una Cancillería moderna y profesional que esté más allá de los vaivenes políticos internos y que sostenga una política de relaciones exteriores que vele por los intereses permanentes de Chile.

5.-Es menester tener un Sistema de Inteligencia Política al más alto nivel del Estado, para que nunca más una Presidenta pueda decir que se enteró por la prensa de ciertos hechos, o un Presidente sostener que nunca supo que un artículo, contenido en una indicación que él firmó, había sido redactado por una empresa que, al mismo tiempo, repartía dinero para las actividades políticas de algunos de sus colaboradores o miembros de su coalición. La experiencia positiva, en algún momento, de un potente “segundo piso” que asesoraba, debe completarse con un sistema que procese información, de fuentes abiertas, del nivel local, regional, nacional e internacional para que el Jefe de Estado esté oportunamente y eficazmente informado para que pueda tomar correctas decisiones políticas en interés del país

c.- La Seguridad Pública. Este es un problema que no podemos eludir. Pero debemos enfrentarlo desde una perspectiva distinta al modelo de la derecha basado en la represión, el clasismo, la elevación de las penas y la cárcel. Debemos preguntarnos por qué existe tanta violencia y delincuencia en este “paraíso del modelo neoliberal”. Debemos construir un modelo de seguridad pública que se haga desde abajo, con participación de los vecinos y de los municipios, dotando a éstos de nuevas competencias para tales efectos y de los correspondiente recursos. Debemos construir un conjunto de políticas públicas desde abajo, con los municipios, en el ámbito de la capacitación, del emprendimiento, de bolsas de trabajo, de la cultura, del deporte, de la educación, con la participación del  conjunto de las diversas organizaciones comunitarias de la sociedad civil, y también del trabajo coordinado, pero no desde el centralismo, con las policías. Este implica también un cambio cultural en el conjunto del país para que los sectores populares marginalizados no vean  a Chile como la sociedad del abuso, de las desigualdades, del clasismo y del racismo.

La DC debería  planificar con todos sus candidatos a Alcaldes y Concejales, a lo largo de todas las comunas del país, un programa  con las organizaciones comunitarias paras trabajar en esa dirección. En esas condiciones nuestros candidatos llegarían no a pedir el voto sin más, carentes de contenido, sino a motivar y escuchar a la comunidad en este problema que es tan demandante por todos los sectores.

d.- Los niños. Nos declaramos los defensores de la familia (en sus variadas  formas agrego yo) y, por lo tanto, tenemos que tener puesta nuestra mirada puesta ahí. En los niños está la simiente del futuro y por ello la acción del estado descentralizado será determinante para dar el apoyo a las familias que lo necesitan.

e.- Las Mujeres. Con las mujeres hemos avanzado, pero todavía falta mucho camino que recorrer en su participación en los diversos ámbitos de la sociedad como la política, la empresa, lo laboral, etc. La DC debería implementar una política de vanguardia en este sentido, abriendo las puertas a las mujeres de Chile y ofreciéndoles un espacio real de participación, de representación y de dirección.

f.- Nuestros viejos. Ellos  serán  (seremos) muy pronto, cerca de un 25 % de la población del país; probablemente ellos constituyan uno de los sectores más vulnerables con su dependencia, sus fragilidades , sus enfermedades, su soledad  y sus pensiones. Debemos hacer un cambio sustancial con el inhumano sistema de las AFP, con seriedad, responsabilidad, técnicamente sustentable y con participación de los cotizantes, de los empresarios y del Estado. Sabemos que, en el mundo, este es un gran tema: la forma cómo la sociedad se hace cargo de las generaciones pasadas que construyeron el país y hoy no están en condiciones de trabajar.

Para ayudar a vivir con dignidad a nuestros adultos mayores, el poder local y regional es fundamental para llevar a la práctica políticas públicas en el ámbito de la cultura, del deporte recreacional, y de la asistencia en la salud. Cada comuna debiera tener casas de acogida para el día y  de larga estadía para aquellos de nuestras ancianas y ancianos que lo necesiten.

g.- El Transantiago: Un error que debe ser reparado. Entendemos que una política pública como el transporte sea un tema complejo aquí y en cualquier parte del mundo. Existe un consenso que en el diseño e implementación se cometieron errores. Reconocerlo no tiene porqué disminuirnos.

Pero, lo concreto es que hoy miles, por no decir millones de nuestros compatriotas santiaguinos, digámoslo derechamente el pueblo de a pié, esperan y exigen una reparación. Esta situación atenta contra la dignidad de las personas, pues afecta al mínimo de calidad de vida al que todos tenemos derecho: salir de madrugada, hacinados, para ir al trabajo, y volver tarde noche al hogar, sin tiempo para el descanso y la familia no puede seguir ocurriendo.

La DC debería tomar esto como propio y nombrar ahora ya una comisión de expertos que, junto con nuestros candidatos a alcaldes y concejales de la región metropolitana, trabajaran junto con las organizaciones comunitarias una propuesta para el próximo gobierno para hacer una reingeniería del sistema.

Dos comentarios más sobre el tema: una de las posibilidades es la incorporación de un transporte público con participación del Estado y/o de las Municipalidades. Hoy la Constitución vigente lo impide a menos que se dicte una ley de quórum calificado que lo autorice, con la trampa que en el caso que esa ley se dicte, dicha empresa, con participación estatal, debería regirse por las normas del sector privado. Y el otro comentario es que Santiago no resiste más autos y más gente: en unos 10 o 15 años más no van a tener donde colocar los autos y, con respecto a las personas hay que implementar una política de incentivos para que la gente se vaya a las regiones. Hoy Santiago está saturado concentrando más del 40% de la población del país.

h.- Por un Chile Verde. El cambio climático es una oportunidad ineludible para trabajar por nuestros parques nacionales, nuestros santuarios de la naturaleza, nuestras áreas silvestres protegidas, por un cambio de la Conaf y el establecimiento de una nueva y más potente institucionalidad, para trabajar con las organizaciones de la sociedad civil que se dedican a estas áreas específicas, para trabajar con los ingenieros forestales para el bosque nativo, para la derogación del Decreto Ley 701 que subsidió a las grandes empresas forestales, y dictar una nueva legislación en beneficio de los micro, pequeños y medianos productores y, en particular, por el bosque nativo, para establecer un nuevo modelo de negocios para las empresas forestales, propietarias de las de las plantaciones que afectan la flora, la fauna y las aguas; para reformar el régimen de las aguas.

Una nueva oportunidad para trabajar con los municipios y gobiernos regionales para llenar de árboles nativos nuestros pueblos, ciudades y sus entornos, haciendo en el mapa de América una larga y angosta franja verde.

i.- El agua. Es vida. El cambio climático y los bosques artificiales han producido un enorme efecto en el agua para el consumo humano y para el riego. A miles de hogares de modestos campesinos de gran parte del país se le entrega agua en sus casas para que puedan comer, lavar su ropa y para uso personal, en camiones aljibes con un enorme costo financiero y un trabajo hecho con dedicación de los gobiernos regionales y locales. Éste es un atentado a la dignidad que golpea a estos modestos hogares del campo.

De igual manera, sucede con el agua para el riego. En este caso las aguas de los ríos “van a dar a la mar”, puesto que no es posible su uso por pertenecer a particulares en virtud de la privatización de las mismas efectuada por la Constitución del 80. Solamente es posible la compra de los derechos de agua, que por estar en el mercado su precio implica enormes costos que solo puede financiar el Estado. De igual manera no es fácil la acumulación de las aguas lluvias, porque se requieren embalses acumuladores que enfrentan dificultades financieras y políticas.

Es necesario, en consecuencia, una reforma de la legislación y una firme decisión política para avanzar en solucionar este grave problema, pero que, al mismo tiempo, nos permitiría una tremenda oportunidad de desarrollo al incorporar miles de hectáreas al riego, ampliando y diversificando nuestra matriz en alimentos para Chile y el mundo y superar también la pobreza con oportunidades para campesinos y productores agrícolas.

j.- La Innovación. Debemos impulsar la creatividad y el emprendimiento, propios de la naturaleza humana que siempre busca nuevos horizontes para los cambios que necesita la sociedad en sus procesos productivos y para su desarrollo, que hace ciencia e investiga. Por lo tanto, el Estado tiene que tener claros objetivos políticos que impulsen la creatividad para ir innovando y no quedar anquilosados en todos nuestros sistemas.

k.- La cultura. No hay una sociedad con mejor calidad de vida sino impulsamos la cultura en todas sus expresiones. La DC debe tener esto como objetivo estratégico en la construcción de una nueva sociedad más justa y más solidaria. Con la música, el teatro, la poesía, el cine, y todas las expresiones artísticas en general, la gente será más feliz y le dará la fuerza interior para vivir y construir una sociedad mejor, libre de tantos abusos y desigualdades. Podemos ser mejores personas. Por ello, la DC debe trabajar, en esa dirección, con políticas públicas nacionales, desde los gobiernos regionales y en el poder local de los municipios.

l.- Los pueblos originarios. Siempre me ha llamado la atención la escasa aproximación de la DC, por no decir ninguna, con los pueblos originarios de Chile. Estoy hablando de un acercamiento político en serio, y no de lugares comunes o afanes utilitaristas electorales, internos o externos.

Digo que me llama la atención, dado el fundamento cristiano del partido.

Si se va a las fuentes, el cristianismo rompe con el monocolor del judaísmo, religión que solo pertenecía al pueblo elegido. El cristianismo es la religión de la diversidad que se abre a los gentiles, al mundo pagano, a los cientos de pueblos y etnias que convivían con el pueblo judío. El propio Jesús lo expresa al pueblo samaritano que era enemigo de los judíos. Y para que hablar de la acción de San Pablo, el apóstol de los gentiles.

Esta valoración de la diversidad nunca se ha expresado en un juicio crítico de la DC al tipo de Estado monocolor que se instauró en Chile en el siglo XIX.

Simplemente, creo que esta es una tarea pendiente del partido. Tarea para la casa de estudiar la Historia de Chile, la formación del Estado y su relación con los pueblos originarios y, también, por supuesto el nuevo derecho internacional de los pueblos indígenas. Y formar a sus militantes en ello, y a partir de ahí adoptar las decisiones políticas pertinentes, para salir del atraso en que se encuentra. (Para ser justos es una tarea pendiente del conjunto de las clases dirigentes del país, con las excepciones que por supuesto existen. Basta ver los palos de ciego que siguen dando los distintos gobiernos para enfrentar la situación de conflicto de la Araucanía, de Arauco y de otras localidades).

m.- Santiago no es Chile. El crecimiento y congestión de la región metropolitana vislumbra un panorama poco alentador para el futuro. Hay que buscar fórmulas para  que la gente se vaya de Santiago  e impedir  que la gente emigre hacia a la capital. Este es un tema complejo y de difícil solución. Pero no sirven medidas a medias: se requiere una fuerte voluntad y decisión política para remar en sentido contrario. Basta ver la situación de algunas grandes ciudades metropolitanas (estoy pensando en Ciudad de México, Sao Paulo) para imaginarse lo que espera a los santiaguinos sino se toman medidas a tiempo. Hay que caminar a buscar fórmulas e incentivos desde el gobierno central con los gobiernos regionales y locales para que la gente ocupe nuestro vasto territorio y no siga incrementando el mas del 40% de habitantes del país que representa la región metropolitana, con todas las externalidades negativas que ello implica, comenzando  por la merma en la calidad de vida.

n.- Las ciudades de Chile. Todo sabemos que nuestro país es muy clasista, partiendo por la educación que es segregada y llena de castas según tu situación social y económica. En las ciudades pasa lo mismo. Hay dos Chile (vean Santiago) ¿podemos seguir así, con estos niveles de desigualdad? Tenemos que hacer un esfuerzo en dotar a los territorios donde vive el pueblo chileno (la clase media y los sectores populares) de una mejor calidad del entorno. Espacios públicos, plazas, parques recreacionales, árboles nativos, canchas, gimnasios, paseos, ciclovìas, etc. De nuevo, el esfuerzo ministerial respectivo en un trabajo conjunto con los gobiernos regionales y locales.

o.- La rehabilitación cultural de Chile. Los problemas que hoy tiene el país tienen una raíz cultural: el individualismo, el materialismo, el consumismo, la codicia, el clasismo, el racismo,  las colusiones y la prepotencia, hacen de Chile el país de la desigualdad y de los abusos, explicando el desprestigio de los políticos y de las instituciones. No basta un cierto progreso material relativo si la persona se siente menoscaba en su dignidad. La credibilidad llega a cero cuando se ve cómo los poderosos dominan la sociedad mediante la colusión de la política y el dinero. El ciudadano de a pie ya no cree en nadie. Por ello, la DC tiene que entender este fenómeno social como un llamado urgente a revisar nuestros cánones éticos y nuestra conducta; por ello nuestra lucha no es sólo por el progreso material mediante políticas públicas adecuadas, sino fundamentalmente una lucha por un cambio cultural en la “calidad humana” de todos nosotros, los ciudadanos de Chile.

p.- La política y el dinero. Si a algún militante le gusta el dinero, está en su derecho. Pero entonces, dedíquese a los negocios y abandone la política. Seamos claros y no hagamos contubernios.

5.- Precisiones Finales.

–    Este no es un trabajo académico: es un documento para la discusión  de mis camaradas del partido. Tampoco es la palabra final; es un sólo un elemento más para el debate de nuestras ideas.

–    Este no es un documento programático: es un conjunto de objetivos políticos que, después de un debido debate, podrán constituirse y transformarse en un programa para la acción. Primero tenemos que debatir nuestras ideas.

–    Este documento contiene un conjunto de ideas que pueden transformarse en un “relato” para que la gente nos identifique y sepa lo que somos y nosotros podamos decir, también, quiénes somos y qué pensamos del Chile de hoy.

–    Este documento no pretende agotar todos los temas. En él se contienen aquellos temas que nos pueden identificar en un futuro próximo y contingente.
    
–   Este documento no toca un conjunto de temas  como, por ejemplo, una nueva Constitución, la salud, la educación, y otra temática más general como la política de vivienda, minería, agricultura, etc. (temática de identificación general para la NM  y otros sectores), porque el propósito era buscar un conjunto de objetivos políticos que nos dieran una identidad propia a la hora del debate público.

–   En este documento no se tratan dos importantes temas: el futuro de la coalición y las elecciones presidenciales del 2017. Primero ordenemos la casa, ya habrá tiempo para la coyuntura.

Fuente: Blog del autor

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