David Bowie, Starman

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No es fácil añadir algo a lo mucho que ya se ha dicho sobre la obra de David Bowie; mucho menos, cuando el momento en que uno intenta decir algo es ahora, tras su repentina desaparición. Sin embargo, la profunda significación de Bowie para la música, la estética y, por qué no decirlo, el sentido del yo en la contemporaneidad postmoderna ameritan que el esfuerzo sea hecho.

La capacidad que Bowie demostró de recoger, procesar y reconvertir las más diversas influencias culturales y artísticas, desde el soul afroamericano hasta el cabaret alemán de entreguerras, desde la música electrónica y la música industrial hasta su último flirteo con el jazz, así como la gigantesca influencia que estas síntesis bowienianas ejercieron en músicos como Lou Reed o Nine Inch Nails, justifican de sobra la atención que el inglés recibió a lo largo de su extensa carrera.

Estos méritos, en el plano artístico, no pueden ser minusvalorados. Por otro lado, y como lo evidencia la muestra itinerante “David Bowie Is”, la influencia de Bowie se extendió considerablemente más allá de la música; a su influjo en la moda y la estética se suman sus incursiones en el teatro, el cine, e incluso la pintura.

La dificultad de encontrar artistas contemporáneos que demuestren tal ubicuidad y versatilidad hace necesario buscar paralelos en otras épocas culturales; Bowie, en ese sentido, se asemeja más a las grandes figuras artísticas del Renacimiento o del Romanticismo que a sus pares del pop contemporáneo.

En efecto, si es que hubiésemos de apuntar hacia alguna categoría que permitiese comprender la obra bowieniana, habría que apuntar a la teoría de la Gesamtkunstwerk de Richard Wagner.
Con este concepto, Wagner resumió su proyecto de crear un arte total, que abarcase de manera unitaria las diversas disciplinas artísticas que la modernidad ha diferenciado. La Gesamtkunstwerk es, en ese sentido, para Wagner, un regreso al teatro griego clásico, y con ello un esfuerzo por restituir al arte su sentido ritual y comunitario: el objetivo del arte total es transitar hacia la sublimación del yo mediante el éxtasis artístico.

Pero la teoría de Wagner es también una teoría del Gesamtkünstler, del artista total, transdisciplinario, capaz de enfrentarse por sí mismo a la diversidad de medios expresivos requeridos por tan magno desafío creativo.

Si Wagner, a través de su arte total, busca un concepto arcaico de comunión, Bowie puede ser calificado como un Gesamtkunstler futurista y postmoderno, con todo lo que ello implica.

Desde luego, en primer lugar, Bowie es un artista postmoderno, en el sentido que a dicho concepto le asignara Lyotard. Su arte, como lo entiende bien la película Velvet Goldmine, es arte por el arte, en la huella de la proclama con que Oscar Wilde comienza El Retrato de Dorian Gray; no es arte comprometido, como el que Neruda resumiera en la tesis de que el poeta no es una piedra perdida.

Su arte carece de una narrativa trascendente a lo artístico; al menos, de manera explícita. Por añadidura, y también en línea con las temáticas propias de la postmodernidad, la producción creativa de Bowie constituye un canto a la autoproducción del sujeto y a su autenticidad.

A partir de ello, desde luego, es posible construir e imputar significaciones ulteriores a su obra, entendiéndola como una forma artística adecuada al individualismo característico del capitalismo contemporáneo (Bowie como mercantilizador de sí mismo) o bien como una proyección cultural de la demanda por reconocimiento expresada en la identity politics (Bowie como desalterizador de la otredad).

Ambas interpretaciones, desde luego, son más complementarias que rivales.

Y si Wagner encuentra en el arte total un medio adecuado a la sensibilidad artística romántica de sublimación del yo, Bowie emplea su condición de artista total para navegar la sensibilidad de una época definida por su amigo Andy Warhol como aquella en que todos serán famosos durante 15 minutos.

La celebrada capacidad de Bowie de transformarse en distintas y sucesivas personas representa, en ese sentido, una apropiación tanto de la transitoriedad implicada en dicha tesis, como su misma negación. Bowie logró, reinventándose, incluso desapareciendo, incluso muriendo, ser famoso a lo largo de toda una vida.

Finalmente, se hace necesaria una breve reflexión sobre las características del conocimiento público de su deceso. Desde la muerte de Freddie Mercury que el mundo de la música pop angloamericana no contemplaba algo tan singular: una salida de escena tan singular, tan apropiada para una vida vivida de manera teatral.

Esta repentina muerte guarda significativas semejanzas con la forma en que Bowie dio simbólicamente muerte a Ziggy Stardust (muerte transformada por el cineasta Todd Haynes en el eje central de Velvet Goldmine), así como con el autoimpuesto silencio en que Bowie vivió durante una década, hasta el inesperado lanzamiento de su single Where Are We Now?.

Es imposible no hacerse la siguiente pregunta: ¿planificó Bowie su teatral desaparición? ¿Trabajó intensamente en su último disco, Blackstar, pensando que a su lanzamiento le seguiría prontamente su muerte?

Responder a esta pregunta es innecesario; basta con la gestualidad misma del hecho para darle plenitud y sentido a este momento.

Fuente: Red Seca

Trazos de una vida dedicada a la música

David Bowie, el innovador y emblemático cantante británico cuya carrera abarcó cinco décadas y autor de éxitos como “Fame”, “Heroes” y “Let’s Dance”, murió el domingo tras una batalla con un cáncer. Tenía 69 años.

Bowie falleció “en paz” y rodeado de su familia, dijo la madrugada del lunes su representante, Steve Martin. El artista llevaba 18 meses luchando contra un cáncer.

“Aunque muchos de ustedes compartirán su pérdida, solicitamos que respeten la privacidad de la familia durante su duelo”, indicó el comunicado. No se proporcionaron más detalles.

Bowie cumplió 69 años el viernes, el mismo día en que lanzó un nuevo álbum, titulado “Blackstar”.

El músico, cuyo verdadero nombre era David Jones, alcanzó la mayoría de edad durante la era del glam rock, a principios de la década de 1970. En sus primeros días adoptó una llamativa imagen andrógina y se le conocía por sus cambios de aspecto y sonido.

Creó a su alter ego Ziggy Stardust, y el balbuciente sonido de rock de “Changes” dio paso a su disco de soul “Young Americans”, coescrito con John Lennon, y a una colaboración con Brian Eno en Berlín que produjo “Heroes”.

Algunos de sus mayores éxitos llegaron a principios de la década de 1980, con temas como “Let’s Dance” y una gran gira por Estados Unidos.

“En toda mi carrera, en realidad sólo he trabajado con el mismo tema”, dijo Bowie en 2002 en una entrevista con Associated Press.

“Puede que los pantalones cambien, pero las palabras y los temas sobre los que siempre elegí escribir son cosas relacionadas con el aislamiento, el abandono, el miedo y la ansiedad, todos los puntos álgidos de la vida de una persona”.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York, su interpretación de “Heroes” fue uno de los momentos más señalados del concierto ofrecido a los rescatistas.

“De lo que estoy más orgulloso es de que no puedo evitar notar que he afectado al vocabulario de la música pop. Para mí, sinceramente, como artista, es lo más satisfactorio para el ego”.

Bowie fue introducido en el Salón de la Fama del Rock and Roll en 1996, pero no acudió a la ceremonia. Madonna, otra artista que sabe algo sobre cambiar de estilo y mantenerse en la vanguardia, lo aceptó en su lugar y rememoró cómo un concierto de David Bowie había cambiado su vida cuando asistió siendo una adolescente.

David Byrne, de los roqueros Talking Heads, propuso a Bowie y dijo que había dado un revulsivo necesario al rock.

“Como todo rock’n’roll, era visionario, tenía mal gusto, era glamouroso, era perverso, era divertido, era vulgar, era sexy y era confuso”, dijo Byrne.

En los últimos años, Bowie mantuvo un bajo perfil tras haber sufrido, según reportes, un ataque cardiaco en la década de 2000. Hace tres años lanzó un disco melancólico titulado “The Next Day”, su primera grabación en una década y realizado en secreto en la ciudad de Nueva York. “Blackstar”, que recibió críticas positivas, era otro cambio de estilo en el que reunió a músicos de jazz para tocar con él.

El viernes lanzó un video para su nueva canción “Lazarus”, donde se ve a un frágil Bowie en la cama y cantando la canción. El tema comienza con la frase “Miren arriba, estoy en el cielo”.

Los homenajes y reconocimientos se sucedían tras conocerse la muerte del cantante. El astronauta británico Tim Peake tuiteó sobre su tristeza en el espacio a bordo de la Estación Espacial Internacional, señalando que “su música era una inspiración para muchos”.

El primer ministro británico, David Cameron, escribió en Twitter que la muerte de Bowie era “una pérdida enorme”.

Cameron dijo que había crecido escuchando y viendo a Bowie, y describió al cantante como un “maestro de la reinvención” y un genio del pop que siguió acertando a lo largo de su vida.

Por su parte, el estadounidense Kanye West dijo en Twitter que Bowie era “tan valiente, tan creativo, que nos dio magia para una vida”.

El artista no se sentía cómodo con parte de su obra, y una vez salió en una gira de “grandes éxitos” diciendo que sería la última vez que interpretaría buena parte de su material antiguo. Sin embargo, más tarde cedió.

“No soy un intérprete natural”, dijo en la entrevista de 2002. “No disfruto terriblemente de actuar. Nunca lo hice. Lo he hecho y, si tengo la mente en la situación, lo hago bastante bien. Pero a los cinco o seis conciertos, me muero por salir de la carretera y volver al estudio”.

Estuvo casado con la supermodelo internacional Iman desde 1992.

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