Demonios

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La existencia de Lucifer puede ser materia abierta al debate teológico, pero los demonios de la modernidad son bien reales y sus horrendas figuras fueron fundidas para siempre en la hoguera de la trágica historia de Europa en el siglo XX.

Como ha editorializado el New York Times, “Después de los ataques de París el mundo está una vez más desafiado por el miedo. Después de cada bombazo, decapitación y baleo masivo, el temor se esparce, junto a la necesidad de derrotar este nihilismo. Pero un desafío no menos importante para el mundo civilizado es el peligro de las heridas autoinflingidas. Junto a la reacción y sobre reacción contra el terrorismo viene el riesgo que la sociedad extravíe su camino”.

En la estela de la más severa crisis económica desde los años 1930 y la avalancha de refugiados sirios, los cobardes asesinatos de decenas de jóvenes inocentes en París han extendido el miedo en la población europea hasta un punto peligroso.

Es conocido el inusitado crecimiento allí de los partidos de extrema derecha, que desde hace años gobiernan en países como Hungría o Eslovaquia y han participado del gobierno nada menos que en Holanda y Dinamarca, han ganado recientemente las elecciones en Polonia, pueden ganar las venideras en Francia y obtienen cerca de un quinto o más de la votación en casi todos los países Europeos, incluidos baluartes históricamente inexpugnables como el Reino Unido y los Países Nórdicos, así como en la propia Alemania que después de los horrores del nazismo se suponía vacunada para siempre contra este flagelo.

Sus expresiones más brutales son las extendidas agresiones contra la población inmigrante, particularmente musulmanes, las que van desde odiosas expresiones de rechazo y discriminación en todos los ámbitos de la vida cotidiana, que han llegado hasta extremos tan ridículos como la prohibición de usar burka o levantar minaretes, hasta profanaciones de tumbas judías y violentos atentados incendiarios contra hogares de acogida de inmigrantes los que, según información reciente, en Alemania han aumentado ¡de uno a dos por día!.

Lo que resulta todavía más peligroso, sin embargo, es que tal como sucedió en los EE.UU. tras los atentados a las torres gemelas, las concepciones de miedo agresivo más peligrosas están alcanzando amplios círculos intelectuales y se expresan incluso a través de medios liberales.

Es ilustrativo al respecto, por ejemplo, el reciente artículo de un historiador británico llamado Niall Ferguson, profesor de Harvard, calificado por la revista Time como uno de las 100 personas más influyentes e invitado reciente a Chile por la Universidad Adolfo Ibáñez y El Mercurio, publicado en el Times de Londres y que ha sido ampliamente reproducido en muchos medios, entre ellos El País de España.

Ferguson afirma que las atrocidades de París muestran “exactamente como caen las civilizaciones” y las compara con el saqueo de Roma por los Godos. “Como el Imperio Romano a principios del siglo V —afirma—, Europa ha dejado que sus defensas se derrumbaran.

A medida que aumentaba su riqueza ha disminuido su capacidad militar y su fe en sí misma. Se ha vuelto decadente, con sus centros comerciales y sus estadios. Al mismo tiempo, ha abierto las puertas a los extranjeros que codician su riqueza sin renunciar a su fe ancestral. Como entonces, proceden de toda la periferia imperial, pero esta vez no son decenas de miles, sino millones. ”

Augura que puede ocurrir como entonces “una toma violenta a manos de los invasores bárbaros, horrores y disturbios, destrucción de una civilización compleja y retorno de los habitantes de Occidente a un nivel de vida propio de la era prehistórica… el fin de la civilización en el plazo de una sola generación”.

Ominosamente, Ferguson se permite afirmar además que “los monoteístas convencidos son una grave amenaza para un imperio laico”, reflotando así los delirios de los llamados “revolucionarios derechistas” europeos del siglo XIX que inspiraron luego al nazismo alemán, entre los cuales destacaron Nietzsche y Wagner entre otros, que atribuían la decadencia de las naciones europeas al supuesto “pacifismo” católico, al que a su vez consideraban producto ¡de una conspiración judía!

Que tal nivel de demencias, como las ha calificado el Premio Nobel Paul Krugman, sean consideradas dignas de ser publicadas por medios respetables, es una muestra de los extremos a los que se está llegando.

Ferguson se equivoca medio a medio. No sólo en las dimensiones de su “invasión bárbara”, puesto que los inmigrantes netos a Europa dificilmente superarán los 1,7 millones por año que llegaban a esa región, o a los EE.UU., antes de la crisis del 2008, los que sus economías necesitan para crecer y no representan una cifra grande si se considera que, sólo en China, los inmigrantes del campo a la ciudad son alrededor de 17 millones por año, todos ellos campesinos y no médicos o ingenieros como muchos de los que llegan a Europa.

En el fondo, Ferguson sigue preso de las concepciones de la Guerra Fría, que suponían un Occidente capitalista en decadencia enfrentado a la amenaza de un comunismo que ya nacía. Recién tras la caída del Muro de Berlín, la humanidad vino a comprender que lo que está sucediendo en el mundo no es la decadencia de la moderna civilización urbana capitalista sino exactamente lo contrario, es decir, que todavía vivimos su esparcimiento global de la mano de la urbanización acelerada de las regiones más pobladas del planeta.

Es el mismo proceso que se inició hace más de tres siglos en Inglaterra y se extendió hace dos a Europa Occidental, desde donde saltó a las llamadas “Colonias Blancas” en Norteamérica, Australia y otros lugares, y se extendió ya en el siglo XX a regiones de Asia y América Latina, hasta abarcar hasta ahora exactamente a la mitad de la humanidad que ya se ha urbanizado.

Está completando ahora su globalización en la medida vertiginosa que la otra mitad de la humanidad está recorriendo el mismo camino que la lleva desde su vida tradicional en el campo hacia las bullentes y gigantescas urbes del mundo emergente.

Por cierto, el tránsito masivo de la vieja forma de vida campesina a la moderna civilización urbana, junto a las maravillas que genera ésta, conlleva los mayores traumas que ha atravesado la humanidad en su existencia sobre la tierra. En todas las sociedades que lo han experimentado hasta el momento, su inicio está marcado por la sucesión de las grandes revoluciones modernas, como fueron la Revolución Inglesa de 1648, la francesa de 1789, la llamada “Primavera de los Pueblos” de Europa Occidental en 1848, y todas las grandes revoluciones del siglo XX, empezando por la Rusa y la Mexicana, hasta la Portuguesa e Iraní.

Asimismo todas estas grandes revoluciones han sido acompañada por una seguidilla de erupciones populares que impulsaron desde abajo grandes transformaciones en las décadas previas y posteriores a cada una de ellas. Bien lo sabemos los chilenos, que las hemos venido experimentado a cada década en promedio desde 1924, pasando por la auténtica revolución que condujo el Gobierno del Presidente Allende y hasta estos precisos momentos, en que nuevamente experimentamos una de las irrupciones populares más importantes de nuestra historia.

Ninguno de estos procesos ha transcurrido de modo ordenado, pacífico y reglado por las normas de la democracia burguesa y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El proceso chileno se distingue singularmente por esto hasta 1973 y de ahí su gran prestigio universal. Al lado de las guerras civiles, atrocidades y fundamentalismos religiosos, que precedieron y siguieron a la revolución de Cromwell en Inglaterra o la Gran Revolución Francesa, por ejemplo, algunas de las que asolan hoy al Medio Oriente parecen hasta moderadas y casi liberales, especialmente si se considera que afectan a poblaciones harto más numerosas.

Sin embargo, la experiencia europea del siglo XX muestra que lo más ominoso de las transiciones a la modernidad no son las grandes revoluciones que las inician y las turbulencias populares que las acompañan, sino los demonios que las asolan en fases más avanzadas. Solamente cuando estas transiciones alcanzan un estado en que la moderna economía urbana potencia la capacidad de intervenir la naturaleza, la reacción agresiva ante el miedo y la infinita maldad humana, seculares, es que aparece el rostro horripilante de los tres demonios modernos: la depredación de la naturaleza, el fascismo y la guerra.

El primero demonio depreda antes de comprender la necesidad de proteger el medio ambiente, el segundo demonio suele enseñorearse y provocar retrocesos de décadas —como en Chile durante el último medio siglo— cuando las viejas oligarquías desplazadas por el avance de la modernidad son capaces de azuzar el miedo de las amplias masas dejadas atrás por éste, especialmente durante las grandes crisis económicas del capitalismo.

El tercer demonio, el peor de todos, asoma sus orejas cuando las potencias que por momentos aparecen como dominantes, simplemente por haber efectuado antes dicho tránsito, se niegan a dejar paso a otras, mayores que ellas, que emergen allí donde la urbanización ha transcurrido más tardíamente.

Esto último es lo que sucedió en la Europa del siglo XX, con la emergente Alemania enfrentada a las entonces dominantes Inglaterra y Francia. Lo mismo está sucediendo con el conjunto de la brillante civilización surgida de la pionera urbanización Europea y que Ferguson y muchos otros confunden con una decadencia, que no es tal sino sencillamente el proceso de acomodo a un mundo donde todos los países y regiones formarán parte de la misma civilización moderna, pero en el cual el poder económico, político, militar y cultural, estará distribuido según la población urbanizada de cada región.

El riesgo principal que enfrenta la humanidad es que ideas como las de Ferguson, o los neoconservadores de Bush antes que él o los locos que postulan hoy a la candidatura del Partido Republicano, en los Estados Unidos, y otras similares que medran pestilentes en todos los países más poderosos, alcancen la influencia que les posibilite desatar nuevamente los demonios del siglo XX. Sólo que en el siglo que se inicia, estos monstruos alcanzan un tamaño diez veces mayor.

Felizmente, la historia del siglo XX, en Europa y también en Chile, nos enseña que tales demonios pueden ser conjurados si se los aísla y reprime oportunamente con decisión y también derrotados cuando logran enseñorearse del poder. Ello constituye el nivel superior y la responsabilidad más importante de la política.

Ese es el legado más importante de la generación que derrotó esos demonios en el siglo pasado, en Europa y también en Chile. Ojalá las generaciones siguientes la hayan aprendido.

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