Una Turbia Historia Nunca Aclarada: Por Qué Secuestraron al Hijo de Piñera

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Por Mario López Moya

Un hombre obsesionado con la política, como el empresario, exsenador y exmandatario Sebastián Piñera, en un momento dramático de su vida consideró retirarse de la actividad, a consecuencia de un hecho que ha permanecido en las sombras: el plagio de su hijo Juan Cristóbal. Corría el año 1992 y en Chile, ya recuperada la democracia, al interior de Renovación Nacional (RN), un partido de derecha y de oposición en aquella época, se vivían agitadas campañas soterradas para designar el futuro candidato del sector a las elecciones presidenciales que se aproximaban. La derecha se debatía, una vez más, en cruentas luchas intestinas.

 

Dos eran las caras que representaban las distintas almas de esa colectividad. Una, la más liberal encabezada por el senador Sebastián Piñera, que era mirado con recelo por la vieja guardia, por su cercanía con la DC y por haber votado NO contra Pinochet y otra, la que representaba la diputada Evelyn Matthei, más conservadora y muy ligada al pinochetismo.

La disputa por la candidatura tenía muchas aristas. Ambos habían sido parte de la denominada Patrulla Juvenil, que integraban además Andrés Allamand y Alberto Espina. Matthei había sido alumna y empleada de Piñera. Pero claramente pensaban distinto, al menos esa imagen proyectaban. Más cuando el poder era el objetivo.

La derecha más cercana al pinochetismo y los militares más politizados, incluido el exdictador, también veían con malos ojos a Piñera. Pero estimaban que, con todo, sería difícil desbancarlo en esta carrera. La oportunidad de hacerlo llegaría «casi» por coincidencia, por un error no forzado, diría un tenista.

El Piñeragate

El percance que terminó afectando a los dos candidatos de la derecha, se originó a mediados de 1992, específicamente el 23 de agosto de ese año, el escenario, Megavisión, un canal de televisión de propiedad de Ricardo Claro, un empresario ligado a la derecha dura y a Pinochet. Nadie podría haber urdido de mejor manera una trama como la que se desarrollaría a partir de ese instante. Espionaje, traición, arteras celadas entre «amigos», mentiras por doquier y cuyo desenlace fue dramático, el secuestro de un menor.

Aquel día, hace 22 años, Sebastián Piñera no imaginaba que se le tenía preparada una «contra trampa». Sí, porque la primera trampa fue diseñada o al menos intentada días antes por él mismo. Durante el programa, su dueño, Claro, abrió los fuegos de manera inesperada, echando a andar una casetera que contenía la grabación de una conversación entre Sebastián Piñera y su amigo, Pedro pablo Díaz (a quien posteriormente, siendo presidente, designaría como embajador).

La conversación se centraba en cómo afectar la credibilidad de su oponente, Matthei, a quien busca dejar al descubierto en su liviandad. Para eso, le pide a Díaz, que contacte a un panelista del programa, a fin de que acorrale a Matthei y deje en evidencia sus debilidades. Comenzó desde ese momento a producirse uno de los escándalos más graves que han afectado a la política nacional. RN terminó hundida en un desastre y ambos candidatos fuera de las pistas, al menos por ese momento.

Escándalo y caza de brujas

El torpedo, directo a la línea de navegación, generó sus efectos inmediatos. Piñera debió reconocer la autoría de la artimaña y quedó fuera de carrera. Pero su ímpetu y su acaudalada fortuna se pusieron a disposición de la búsqueda de los culpables. ¿Quién tenía la capacidad operativa de efectuar esa grabación, sobre todo en vehículos en marcha? ¿Quién se la entregó a Claro y cuándo? Y desde luego la más obvia, ¿Quién estaba detrás de la asonada?

Los días comenzaron a correr lentos, demasiado lentos para Piñera. Desató todos sus demonios en la búsqueda de los responsables. Desde luego su primer objetivo fue el empresario Ricardo Claro, quien terminaría procesado en la causa criminal que se originó por la intercepción telefónica a un Senador de la República. Un Ministro en Visita se hizo cargo de las investigaciones, Alberto Chaigneau.

La sede de Bancard, de propiedad de Piñera, fue el bunker desde donde se armaron las pesquisas del senador. «Toda esta investigación la empujaron Piñera y (Andrés) Allamand, con mucha fuerza», señala una de las tantas fuentes consultadas por Cambio21. Bueno, «con Allamand sólo contó al principio», acotaría un exdirigente de RN. Todas las fuentes en éste caso y con las que conversó Cambio21, ex ministros, oficiales (r), políticos cercanos a «Sebastián» y periodistas, pidieron la reserva de identidad, antes de relatar los hechos en los que les tocó participar o conocer de primera fuente.

Matthei, la «víctima»…

Nadie duda que la gran «víctima» de éste episodio era Evelyn Matthei. Insultada por su compañero de partido, amigo, profesor y ex empleador frente a todo el país. Matthei jugó todas sus cartas a ese papel. Durante esos 76 días en que demoró el develarse la verdad (o al menos parte de ella), el partido de ambos, RN, ordenó a todos sus militantes no referirse al caso, a fin de tratar de contener los daños.

Poco a poco se fueron conociendo detalles y respondiendo al menos algunas de las incógnitas. Determinados dirigentes de RN comenzaron a reconocer que conocieron la grabación antes de que saliera al aire. Claro debería, tarde o temprano revelar la fuente. Piñera por su parte obtenía información acerca del origen de la grabación. Sólo tres entes en Chile a ese momento podían tener la capacidad de haber efectuado la grabación. Optó por seguir la pista del más obvio, el Ejército.

Las grabaciones ilegales

Efectivamente el Ejército disponía de una unidad especializada en telecomunicaciones. La unidad estaba destinada a labores de inteligencia y contra inteligencia, pero jamás referida a civiles, menos a autoridades políticas. Bueno, eso al menos era lo que se pensaba. Muy por el contrario a lo que se creía, el Ejército venía desde hacía ya bastante tiempo grabando las conversaciones telefónicas de políticos. Incluso, señala a Cambio21 una alta fuente militar (r) de la época y que tuvo importante labor en éste caso, se llegó a «barrer» conversaciones del propio presidente Aylwin.

La unidad militar en que se había efectuado la grabación, era el Comando de Telecomunicaciones de Peñalolén. Ya descubierto eso, presumir la participación de Matthei, fue evidente. El resto era cosa de tiempo. Con la verdad conocida a medias, el domingo 1 de noviembre de 1992, Raquel Correa entrevistó en un periódico nacional a Sebastián Piñera. Éste, desoyendo la orden impuesta por RN, dio a conocer que la mentada cinta fue conocida previamente por gente de su partido. Manifestó a la periodista que su convicción estaba «fundada en testimonios, en evidencias, en antecedentes y en reconocimientos. Y en re-co-no-ci-mien-tos. Hay gente que ha reconocido ante mí haberla escuchado», aseguró.

La vuelta al mundo en 76 días

Matthei comienza a recibir presiones de sus compañeros de partido para que cuente la verdad, a lo que se niega rotundamente. A su vez, el Ejército comienza a «investigar» los hechos, ante la imposibilidad de negarlos. Entre la espada y la pared, en octubre de 1992, Matthei decide confesar su participación a dirigentes de su partido. Sergio Onofre Jarpa, Roberto Palumbo, Ricardo Rivadeneira y Andrés Allamand. Son informados. Claro que Miguel Otero, exsenador y en aquel entonces presidente subrogante de RN, ya lo sabía desde el día siguiente del programa de Megavisión. También estaba enterado Juan Ignacio Ossa, otro dirigente RN.

El secreto ya es a voces, al interior del partido y en el Ejército. Pinochet mueve sus piezas y convoca a una reunión de alto mando que termina designando al general (r) Jorge Ballerino a cargo de la investigación. Matthei entonces devela sus contactos con la fuente que le hiciera entrega días antes del programa de la grabación. Ya estaba la suerte echada, nadie la respaldaba con el ocultamiento de la verdad. Pero faltaba un paso, una reunión en la casa de uno de los dirigentes del partido derechista, Roberto Palumbo. Allí se encontraron por primera vez cara a cara Piñera con Matthei, en presencia de los otros que sabían los hechos.

La reunión fue un desastre, se frustró la posibilidad de acuerdo. Más tarde diría Matthei sobre esa ocasión: «Piñera y Allamand hicieron un aparte con mi marido (Jorge Desormeaux), y le dijeron que no era necesario que yo fuera al sacrificio sola, pero que las cabezas de Correa y Ossa (dirigentes RN) tenían que rodar de todas maneras. Les dije que no, que eran unos maricones y unos traidores, que se fueran a la mierda, que después iban a decir mira a esta desgraciada, mató a estos dos y era ella la culpable».

Y Evelyn Matthei terminó, luego de 76 días de llantos y negativas, reconociendo su participación. El 7 de noviembre de ese año citó a una conferencia de prensa en que, sin aceptar preguntas, declaró: «Asumo plenamente mi responsabilidad en este lamentable episodio y pido perdón (…) a todos aquellos que depositaron su confianza en mí y a los cuales les he fallado (…) Desde este momento renuncio a mi precandidatura presidencial, y me pongo a disposición (…) para contribuir, desde cualquier sitial, a reparar el enorme daño que sin querer contribuí a generar».

Pero volvió a mentir, dijo que la cinta se la entregó un radioaficionado, siendo que se la habían entregado «profesionales» del pinchazo, oficiales de Ejército.

La trama militar

El Ejército, consciente del costo que debería pagar, decide sacrificar al capitán encargado de uno de los turnos de las escuchas. A cargo del Comando de Telecomunicaciones se encuentra el general Ricardo Contreras, quien ordena a los oficiales firmar una declaración jurada negando su participación. Pero a esas alturas el nombre del capitán Fernando Diez ya era conocido en las esferas de gobierno. Matthei había olvidado eso sí, darle el nombre en su declaración judicial al Juez Chaigneau.

Costó convencer a Diez que aceptara toda la culpa solo y que declarara que por error había grabado esa conversación. «La caída del Capitán Diez obedece a una lógica institucional, de cortar el hilo por lo más delgado. Estaba de turno y era jefe de la unidad en ese momento y se decidió cortar el tema ahí, para evitar que cayeran -como en parte aconteció-, otros de mayor rango», confidenció a Cambio21 una fuente cercana a Piñera.

Alberto Chigneau decidió declararse incompetente, «pues estoy llegando a las puertas de los cuarteles», haciendo referencia al Batallón de Telecomunicaciones, y pasaron los antecedentes a la «justicia militar». El expediente de la causa consigna una curiosa respuesta de Diez a Chaigneau, cuando éste lo increpa por ser ilógicas sus declaraciones: «Así fueron los hechos. No cuadran, pero así fueron los hechos», respondió el capitán. Al pasar a la «justicia militar» fue dado de baja, sin sanciones penales y todos los demás partícipes, quedaron libres de culpa.

El secuestro del hijo de Piñera

Disconforme con los resultados obtenidos hasta el minuto (Claro procesado, Matthei renunciada y luego marginada de RN y Diez fuera del Ejército), decidió proseguir más allá. Lograr el famoso «Informe Garín», del Ejército sobre la intercepción telefónica. Luego se sabría que habría sido incinerado junto a otras pruebas por la misma institución.

El 20 de mayo de 1993 (casi 8 meses después del kiotazo), Piñera se reúne con el presidente Aylwin para develarle que existe «una vasta conspiración que va más allá de él, va contra todo sistema político». El gobierno toma nota de sus dichos, pero poco se alcanza a hacer, pues tres días después, el 23 de mayo, en la tarde, Piñera recibe una llamada telefónica en su celular.

-Mire, señor Piñera – señala una voz de hombre -, mejor que termine con estas cosas, porque si no, va a tener consecuencias familiares…
-Alarmado Piñera inquiere: ¿A qué se refiere? Después de unos segundos, escucha la voz de su hijo Juan Cristóbal…
-Papá, unos tíos me vinieron a buscar al colegio y quieren que hable contigo.
-Piñera no alcanza a preguntarle dónde se encuentra, cuando la misma voz del hombre acota: -No se preocupe, su hijo va a llegar a la casa, pero es mejor que sepa que estas situaciones pueden pasar… A eso de las 20 horas, cerca de 45 minutos más tarde que lo habitual, el niño, de unos 8 años a esa fecha, toca el timbre. Lo habían dejado a unas cuadras de su hogar, sin ningún rasguño.

El propio Sebastián Piñera reconocería el hecho, casi una década después a El Periodista, donde mencionaba la existencia de «cosas ocultas, sombrías, tenebrosas» al ser interrogado sobre el tema. Sería bastante más abierto frente a Mario Kreutzberger, en un programa televisivo ya siendo nuevamente candidato a la presidencia: «Fue uno de los momentos más duros, la peor media hora de mi vida, en ese momento pensé dejar la política», confidenció.

«Piñera no se quiso meter con los milicos»

Una importe fuente a nivel ministerial de aquella época, manifestó a Cambio21 que «Hubo una fuerte presión en los medios para que el tema no se comentara, pues Piñera buscó evitar que la cosa trascendiera porque podía terminar mal (en relación al caso Anfruns). Pero supo de inmediato a quién se estaba enfrentando. Se rumoreaba que estuvo (Jorge) Ballerino y el mismo Pinochet, detrás de esta acción. Después que apareció el capitán Diez en el tema, como el presunto único responsable», aseguró.

Y añade la fuente bien informada: «Se encontró con una serie de datos hasta que… «pasó lo que pasó». Después fue él mismo el que no tuvo ningún interés en que se supiera de eso. Desde luego este hecho no se canalizó a través del Ministerio del Interior, el que hasta hoy no tiene facultades para investigar. El caso fue derivado a las policías». Desde el momento en que se entregó a la policía, no pasaron dos días en que se paralizó todo, «pero por voluntad del interesado, el mismo Sebastián Piñera», afirmó nuestra fuente.

Quién se identifica como amigo del expresidente, confidencia a Cambio21 que «Mi sensación es que Sebastián no se quiso meter con los «milicos (…) Era evidente que Ballerino y Pinochet estaban detrás de todo esto,-asegura-. Ellos tenían una relación bastante privilegiada. (…) Tanto (Patricio) Aylwin como (Ricardo) Lagos, que era ministro en la época, sabían del caso. Tanto así que el mismo Lagos fue a la casa de Piñera a los 10 días de los hechos», expresa.

A finales de aquel mes vino el llamado «Boinazo». Un movimiento militar de amenaza a la sociedad civil para evitar se investigara los denominados «pinocheques», que involucraban al hijo de Pinochet. El tema quedó en nada… Como Carlos Pezoa Véliz expresó, «Una paletada le echó el panteonero; luego lió un cigarro; se caló el sombrero y emprendió la vuelta… Tras la paletada, nada dijo nada, nadie dijo nada…

Trampas, mentiras, grabaciones ilegales, secuestro… Crimen sin castigo

A lo menos tres grandes reflexiones parecieran haber quedado de éste caso. Es uno de los más impactantes actos de torpeza política. En segundo lugar demostró que los poderes fácticos de la dictadura seguían incólumes y, tercero, acredita que los chilenos tenemos muy mala memoria.

La acción imprudente, desleal y reñida con la ética política de ambos frustrados candidatos de entonces, no hizo más que ayudar a la desacreditación de la clase política. En esa especie de «error no forzado» de Piñera y Matthei, quedó en evidencia que Pinochet, mediante su «ministro en las sombras», como se denominaba en esferas políticas a Ballerino, estuvo detrás de toda la operación montada, que al Ejército sólo le costó un peón, un capitán.

Por último, los hechos políticos que ha vivido el país en los últimos seis años, en que justamente quienes se vieron forzados a renunciar a sus candidaturas, por considerarse espurias sus actuaciones, volvieron en gloria y casi majestad a la palestra de la política. Uno fue presidente y busca afanosamente serlo nuevamente. La otra, pudo jugar su carta hacia la primera magistratura, aunque fue ampliamente derrotada por la actual Presidenta.

Cuando las mediciones del sentir público señalan que los políticos son los peores evaluados, nace la legítima pregunta: ¿Qué pasaría si se evaluara a los ciudadanos, que con facilidad pierden la memoria? Al famoso y difunto estadista inglés W. Churchill, se le atribuye la frase: «Cada pueblo tiene a los gobernantes que se merece».

Algunas de las frases de Sebastián Piñera dadas a conocer por Claro

Sebastián Piñera: ‘No es que me decía Jorge Carey, lo que me dijo Jorge Carey, tal que esta mina (Matthei) hace dos años atrás fue a buscarlo ella para para a (Sergio Onofre) Jarpa… y ahora… Lo que puede tratar de meterle, es el síndrome, cierto, de una huevá débil, inestable. Que va p’allá, que va p’acá, que pega tiros, que pega tiros p’acá. Pero con suavidad, no puede transformar a la Matthei en víctima, ¿ah?’

Sebastián Piñera: ‘Le puede decir, por ejemplo, mire: todo el país conocía, una de las características, todo el país conocía, cierto, cuando su papá era Comandante en Jefe, cierto, eeh, el hecho de que que decía una cosa, después se contradecía, al final nadie sabía nunca qué diablos pensaba, porque decía diez cosas distinta en diez minutos. ¿Ah? Da la impresión que eso también se extiende a usted. ¿Me entiendes o no?, ¿ah? Y ahí le puede tirar la cosa de que estoy prepará, no estoy prepará, la cosa del divorcio, no estoy con el divorcio; o sea en 30 segundos se da vuelta de carnero. ¿Cuál es? ¿Me entiendes o no? Ese es un punto firme».

Sebastián Piñera: ‘Pero tenís que hacerlo bien hecho. Tiene el ejemplo del divorcio, tiene el ejemplo de si está preparada, tiene el ejemplo, oye también de que… ¿en qué otra cuestión se ha dado vuelta ella?’ (…) ‘Pero la gracia es que trate elegantemente de dejarla como una cabrita chica, cierto, despistada, que está dando palos de ciego, sin ninguna solidez, me entendís tú ¿o no?’-

Sebastián Piñera: ‘Pero no una víctima, sino que decirle, mire: ¿y usted no cree que es mejor que usted se prepare más? ¿qué no cree que es mejor que usted se prepare más? ¿qué no cree que es mejor que tenga una cosa más sólida, que piense más, que se prepare más, que medite más antes de pretender un cuento en que además, en que además, cierto, mucha gente cree que la están utilizando? ¿cachai o no?‘.

Sebastián Piñera: ‘Siempre con un muy buen tono, mire… así como decir, oye Evelyn, mira, como si fuera un amigo, cierto, como que le está dando un consejo; sabís que Evelyn, mejor, huevón, deja esta huevá ¿cachai o no? ¿ah?’. (…) ‘Parándola, pero diciéndole, sabís que más Evelyn, retírate de esta huevá, estay haciendo el loco, ¿cachai o no? ¿okey?’

Sebastián Piñera: ¡Oye, putas que es latas esta huevá! Yo salí de Barcelona (Los Juegos Olímpicos de Barcelona, 1992), huevón, que era la raja, huevón, a caer, huevón, a este infierno.

Fuente: Cambio 21

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