Ser de Izquierda Hoy

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¿Qué significa hoy ser de izquierda? La izquierda chilena tiene una larga tradición de introspección, debate y discusión que la lleva a estar siempre cuestionándose su lugar en el mundo. Es una práctica loable y que debe continuar. Es esencial que aquellos que buscamos cambiar la sociedad estemos permanentemente evaluando nuestras ideas. No hay otra opción.

Ya que la sociedad es la que está en constante evolución, es un deber intelectual el estar siempre re-evaluando nuestras propias ideas acerca de la sociedad para ver qué es lo que está cambiando y qué ha cambiado en esta.

Sólo así se puede entender qué es lo que hay que cambiar (y si es que hay que cambiar algo). Hay que estar atentos a los nuevos problemas que surgen y hay que tener la capacidad de plantear soluciones originales. También hay que tener la capacidad de reconocer los avances que se producen y estar dispuestos a defenderlos. Nada de esto es fácil.

¿Qué es ser de izquierda entonces? Hoy día pareciera ser que los conceptos de “izquierda” y “derecha” no son capaces de dar cuenta de la gran variedad y de la riqueza de ideas políticas que existen. Sin embargo, estas etiquetas todavía pueden ser útiles. Esto, en la medida que sirvan para orientar actitudes existenciales, más qué políticas específicas o recetas determinadas.

Esencialmente ser de izquierda hoy es ser alguien que a lo menos presenta las siguientes inclinaciones: una marcada preferencia por la libertad individual, el florecimiento del espíritu humano, el respeto a la dignidad inherente que todos poseemos, una creencia en la preeminencia de las personas, el reconocimiento al carácter interconectado de la vida humana (que todos dependemos de otros y que no existe el individuo que se hace a sí mismo).

Para la izquierda es esencial entender que la libertad humana no se reduce a una libertad de “elegir” (elegir qué colegio quiero para mis hijos, qué marca de zapatos me compro, qué auto prefiero o a qué clínica voy). Libertad no es escoger entre alternativas. Libertad es poder desarrollar mis talentos, mis aptitudes, es poder vivir una vida plena, satisfactoria, completa. Hoy día la esclavitud salarial presenta el gran impedimento para la libertad humana.

Y este sistema económico-social, al perpetuar la esclavitud salarial, inhibe la libertad individual. Difícil, entonces, ser defensor del neo-liberalismo (ser de derecha) y creer en la libertad individual. Es tarea de los supuestos defensores de la libertad individual explicar esta contradicción.

La actitud existencial es lo que marca, o debiera marcar, uno de los aspectos más significativo de lo que significa ser de izquierda hoy. Para entender este punto esencial, es útil hacer un acto de creatividad. Imaginemos que la economía y el sistema político-social son como una gran máquina. Una “máquina compleja”, que opera de acuerdo a su propia lógica interna y que, de acuerdo con esas leyes, es capaz de obtener ciertos resultados.

Tal como un programa de software esta “máquina” que es el sistema económico está diseñado para hacer algunas cosas y otras no. Es decir, esta “máquina” tiene ciertos límites. No se le puede pedir a una planilla excel que tenga la capacidad de editar fotografías.

Para seguir con este ejercicio, imaginemos que la gran “máquina” que es todo nuestro sistema económico-político-social es concebida como algo ajeno, separado de nosotros, un tipo de “objeto” que encontramos en el mundo, susceptible de ser manipulado, dominado y estudiado de manera “objetiva” por nosotros (esta distancia entre la persona y las instituciones es lo que da origen a la idea de alienación en Marx). Es decir, esta “máquina” sería como algo que encontramos en el camino.

Algo que ya está allí, independiente de nosotros. Como quien encuentra un bote en la playa. O una bicicleta en la vereda. Esas máquinas tienen sus propias lógicas, sus propias funciones y nosotros sólo podemos limitarnos a conocerlas y entender cómo manejarlas.

Esta “máquina” económica-política-social sería, por lo tanto, algo moralmente neutro. Ni bueno ni malo en sí. Sólo bueno o malo en la medida de los resultados que se obtengan de ella. Basta recordar que el sueño de Milton Friedman era eliminar los bancos centrales y reemplazarlos por computadores que funcionasen sin la necesidad de intervenciones humanas. Mientras menos “humana” esta “máquina” y mientras más independiente de nosotros, se obtiene mayor eficiencia.

Supongamos que así es como nos relacionamos las personas con las instituciones que nos rigen. Tenemos, entonces, por un lado esta “máquina” que funciona según sus propias leyes. Y por otro lado tenemos al ser humano, al individuo, la persona que vive su vida bajo o en esta “máquina”.

Este individuo tiene expectativas. Sueños. Deseos. Esperanzas. Temores. A lo largo de su vida podrá satisfacer algunos de sus sueños. Otros permanecerán por siempre irrealizados. ¿Qué pasa cuando el cumplimiento de alguna expectativa individual depende de la capacidad de la “máquina” para ofrecer una solución?

Pues lo que pasa es que si la “máquina” no puede ofrecer una solución, la expectativa de ese individuo se frustra.

¿Ahora qué pasa cuando esa expectativa individual se transforma en una expectativa colectiva? Pasa lo mismo. Si la “máquina” no puede ofrecer una solución, entonces mucha gente (en algunos casos la gran mayoría de un país) se frustra y se queda sin poder cumplir con sus metas de vida. Surgen, entonces, los conflictos sociales (cuya más reciente exponente fue la exigencia por una educación universitaria gratuita).

Ante estos conflictos, la izquierda debe siempre partir por lo que es más importante: el individuo. La “máquina” está, o debiera estar, siempre al servicio del ser humano y no al revés. Esto, que pudiera parecer obvio, no lo es. Es por ello que ser de izquierda hoy significa aproximarse a la solución de los conflictos sociales de la siguiente manera:

Primero: Aparece un conflicto social (desigualdad, demanda por educación universitaria gratuita u otro problema social).

Segundo: Se interviene en la sociedad para solucionar el problema. El problema se soluciona (por ejemplo, se otorga educación universitaria gratuita).

Tercero: La “máquina” debe, ahora, ajustarse a esta nueva realidad y debe seguir funcionando. El “sacrificio” viene de parte de la “máquina” (se cambian las estructuras tributarias, se cambian las instituciones políticas, se cambian las leyes laborales, etc). Con estas nuevas “lógicas” internas se espera que la “máquina” siga funcionando (ahora de acuerdo a nuevas lógicas) y que los conflictos se diluyan.

Esta forma de ver la relación entre el ser humano y la “máquina” es propia de la izquierda. Primero la persona. Después la “máquina” (lo que equivale a decir que la “máquina” está al servicio de las personas). En la derecha, la relación es opuesta y opera así:

Primero: Aparece un conflicto social (desigualdad u otro problema social).

Segundo: Se acude a la “máquina” para ver qué soluciones son posibles (como un usuario de computación que ingresa datos a un programa para ver qué soluciones este ofrece). Todo se reduce a inputs y outputs.

Tercero: Si la “máquina” no ofrece soluciones se espera que los individuos aprendan a aceptar las limitaciones de la “máquina” y entender que sus expectativas y sueños no corresponden o no son “realistas” (por ejemplo, la “máquina” no puede ofrecer educación universitaria gratuita). Y dado que la “máquina” en su actual configuración no puede ofrecer una solución, entonces no hay solución.

Con esta actitud se establece claramente una distancia entre el individuo, la persona, el ciudadano y el sistema económico-político-social (lo que he llamado la “máquina”). Es más, de esta actitud se desprende el carácter elitista de la derecha. De esta actitud se desprende la sobrevaloración de lo técnico y el experto.

De esta actitud existencial se desprende, también, el desprecio por los movimientos sociales y sus demandas. Si una demanda social es incapaz de ser satisfecha por la “máquina”, entonces la conclusión es, para ellos obvio: la demanda es ilegítima. La demanda se ningunea.

Por eso, históricamente la derecha no puede ofrecer soluciones a los conflictos sociales. Si la demanda es educación universitaria gratuita, entonces la repuesta es “veamos si la máquina puede ofrecer educación universitaria gratis. Si puede bien, si no puede también bien.”

En cambio, los que estamos en la izquierda partimos preguntando “¿es la demanda por educación universitaria gratuita legítima? ¿Es un derecho? ¿Qué dice, espera, sueña y desea el individuo y la comunidad? Si las respuestas a estas preguntas son a favor de educación universitaria gratuita entonces la solución no pasa por ver si la “máquina” puede ofrecer una solución. La solución pasa por algo tan obvio que es casi vergonzoso tener que decirlo: la solución es implementar la demanda. Punto.

Aunque esta solución implique, de seguro, cambiar la “máquina” (o hacer ajustes mayores).  Ahora, cómo se hacen los cambios a la “máquina” es algo que le corresponde a los técnicos dilucidar.

Ser de izquierda hoy es ser alguien que empuja fronteras. Es tener la valentía de avanzar hacia un horizonte que, por definición, nunca se alcanzará. Es hacerse preguntas dónde otros no las hacen. Es ser creativo, rupturista. Inquieto, aventurero. Preocupado por el ser humano, por la libertad, la dignidad. El rol, la función de la izquierda debiera ser la da estar allí donde se escuchan las nuevas ideas, estar allí donde se gestan las nuevas visiones y los nuevos conceptos.

Esto incluye tanto el mundo académico como la temida (por algunos) “calle”. Efectivamente, aunque a algunos les moleste o les preocupe, la izquierda debe estar en la “calle” porque es en la “calle”, en la sociedad (y no “dentro” de la “máquina” alejado de la sociedad) donde se debate y se discuten los temas que ponen en jaque y cuestionan el sistema en su conjunto.

En esencia, ser de izquierda hoy es colocar al ser humano y su dignidad por sobre todas las cosas. Especialmente por sobre la “máquina”.

(*) Filósofo, M.A. en Filosofía por la Universidad Wilfrid Laurier y un B.A. en Filosofía con un minor en Ciencia Política por la Universidad de Guelph.

Fuente: El Quinto Poder

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