Las Palabras de Mahmud Aleuy: Tan Violentas como el Chorro del Lanzagua

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En política –qué duda cabe– las palabras tienen efecto. Por lo mismo, a menudo vemos cómo gobernantes, dirigentes y líderes calculan muy bien lo que van a decir (o no decir), ya que lo dicho puede tener consecuencias diversas. A veces basta una palabra, pronunciada por la persona indicada, para que suban o bajen valores en la bolsa, para que la calma social se vea alterada o para que aumenten o disminuyan los grados de credibilidad de un gobernante. Es lo que se conoce como la capacidad performativa de los discursos.

 

Bien lo sabe la Presidenta Michelle Bachelet gracias a su “me enteré por la prensa en Caburgua”, frase que marcó discursivamente un antes y un después respecto de la credibilidad –su mayor capital político– de la que gozaba frente a una parte importante de la opinión pública. Pronunciada en el contexto en que ella lo dijo, esa expresión se volvió el epitafio de su credibilidad. Distinta podría haber sido la historia si hubiera usado otras palabras para reaccionar ante el escándalo protagonizado por su hijo, su nuera y por uno de los hombres más ricos de Chile. Pero después de esa frase, el margen de maniobra para defender probidad y consolidar liderazgo se estrechó notablemente.    

Otra frase que quedará en los registros históricos de este gobierno es la que pronunció el subsecretario del Interior, Mahmud Aleuy, en relación con el caso de Rodrigo Avilés, estudiante de la PUC que estuvo entre la vida y la muerte en Valparaíso, luego de ser alcanzado de lleno, y desde escasos cuatro metros, por el chorro del carro lanzagua de Carabineros.

“Fue un hecho fortuito”, aseguró en su primera reacción pública, el 26 de mayo, y ante los medios de comunicación el Subsecretario del Interior. La RAE define “fortuito” como “un suceso por lo común dañoso, que acontece por azar, sin poder imputar a nadie su origen”. Es decir, algo casual, de origen incierto y sin responsables. Eligió, pues, bien sus palabras el subsecretario si con ellas quería exculpar a Carabineros y creer acríticamente en su informe de 200 páginas. Sin embargo, los hechos, la “rebelde realidad” dijeron una cosa muy diferente a la semántica de Aleuy. El trágico suceso no fue casual y hay imputados; al menos por ahora el conductor del carro policial (en Chile el culpable no suele ser el mayordomo, sino el chofer).

El Subsecretario Aleuy, al calificar en ese primer momento el hecho como “fortuito”, emitió un juicio que respaldaba la falsa versión de Carabineros; al usar esa frase, tomó partido y no actuó como autoridad del Estado; al describir de ese modo el accionar policial, descartó siquiera discutir el origen de esos mortales procedimientos, que, sin duda, se remontan a la doctrina policial heredada de la dictadura. Al decir aquello, generó indignación en familiares, estudiantes y padres, y contribuyó a aumentar la rabia social que como densa manta cubre por estos días nuestro país. Sus declaraciones posteriores, rectificando y pidiendo excusas, no lograron borrar esas palabras ya dichas, ya circulando por las redes sociales y por el boca a boca.

Cabe agregar que para que ciertos discursos puedan ser dichos en ciertos momentos, deben estar dadas las condiciones contextuales. La inmunidad de nuestro sistema político es justamente el contexto que ha generado las condiciones de posibilidad de frases como estas, dichas fría y ligeramente, y cuyos efectos después, aunque se quiera, resultan casi imposibles de revertir. Estamos ante un sistema político que se ha acostumbrado a la inmunidad y la ha cultivado. No importa la magnitud del error o del horror, al final del día el poder sigue donde mismo. El grado de tolerancia oficial hacia tal inmunidad es un indicador más de la baja intensidad de nuestra democracia.

Sin embargo, esa seguridad de gozar de inmunidad con el tiempo se ha convertido en desconexión y en aislamiento político. Eso se hizo muy evidente en la última elección presidencial: mientras se festejaba el “triunfo histórico” de Bachelet en las urnas, no se miraba la otra cifra, la del 60% de abstención. Es decir, los testarudos datos –que también hablan– nos muestran a una Presidenta por quien apenas votó el 25% de los mayores de 18 años en Chile.

En todo este contexto, esas primeras declaraciones de Aleuy resultan tan violentas como el chorro de un guanaco a cuatro metros de distancia.

(*) Profesor titular de la Escuela de Periodismo y director del Observatorio de Comunicacion y Medios de la PUCV
 
Fuente: El Mostrador

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