El Ultimo Rey de Rapa Nui

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Después de más de un siglo la Isla vuelve a tener un soberano, el rey Valentino, quien demanda una indemnización millonaria al Estado chileno y la anulación del tratado que impide la independencia de Rapa Nui. En la foto, Valentino Riroroko, Rey de Rapa Nui, en el sector del volcán Orongo de la isla el 11 de octubre de 2011.

A ratos el rey guarda silencio, observando. La sala es austera y tiene el encanto deslavado de las sedes de esos partidos políticos de izquierda de antaño, donde lo accesorio no existe. Hay varias sillas, una mesa, un escritorio, un mapa de la isla que parece llevar mucho tiempo colgado de esa pared y hay papeles, hartos papeles. Escucho la voz combativa y rasposa de Leviante Araki, el presidente del Parlamento Rapa Nui.

Escucho la voz nítida de Inés Teave, la vicepresidenta, que parece cortar el aire con su filo. Palabras como “lucha”, “independencia”, “territorio”, “Chile” e “injusticia” salen de sus labios. La tarde cae en Te Pito o Te Henúa, con cielo de postal. Yo miro y escucho, en silencio. Igual que el rey.

Valentino Riroroko Tuki es el Rey de Isla de Pascua.

El más reciente. Hace dos meses lo proclamaron en la Plaza de la Gobernación los miembros del Parlamento Rapa Nui.

Le pusieron una corona de plumas y mahute (vestuario confeccionado con una fibra extraída de esa planta). Había cerca de 60 personas. Trato de imaginarlo en esta mañana verde, trasparente, mientras dejamos atrás la avenida Atamu Tekena y nos adentramos por un camino de tierra.

Hay pequeñas parcelas a uno y otro lado donde ladran unos perros flacos y desgreñados. La casa del Rey está lejos de ser un palacio. Así, como se ve, parece deshabitada. Lo llamamos a gritos; la puerta está abierta y por ahí salen dos gatos curiosos. De pronto, de entre los árboles, aparece él. “¡Loreeeenzo!”, dice, al reconocer al fotógrafo de esta historia.

Avanza con la velocidad que sus 79 años le permiten, sin bastón, el pelo cano, anteojos de marco grueso. Lo abraza sonriente. Y cuando me estrecha la mano, curtida y fuerte, siento los oficios con los que se ha ganado la vida. “Aquí está el Rey pobre”, dice, con esa voz que parece más la de un agricultor, la de un pescador, la de un artesano, que la de un Rey.

Vive rodeado de la mayoría de sus ocho hijos y 24 nietos, repartidos en una franja de 11 hectáreas en la que se levantan casas pequeñas, con árboles, huertas y perros. Todos los días desayuna una taza de té o hierba Luisa y un trozo de pescado.

Luego de unos minutos me dice, con esa voz de andar por casa, cotidiana, familiar:

“Tengo que anular el Tratado de 1888 que firmó Atamu Tekana. Por culpa del tratado han pasado tantas cosas malas en la isla. Nosotros teníamos menos derechos que los animales. A los animales les anotaban las pariciones. A nosotros ni los nombres. Si un rey firmó ese tratado, un rey se encargará de anularlo. Por eso estoy aquí”.

Después de 100 años la isla vuelve a tener un Rey. En la explicación del hecho hay una diabetes y una demanda. También un abogado. Leviante Araki y Erity Teave, directora ejecutiva de derechos humanos del Parlamento Rapa Nui, contactaron al abogado Osvaldo Gálvez, amante de la historia y de la Isla de Pascua, para redactar una demanda que sacudiera al Estado chileno: querían anular el Acuerdo de Voluntades de 1888, y el abogado fue quien les dijo que era indispensable la existencia de un Rey para deshacer ese acuerdo, un Rey que no existía desde que el reino había sido convertido en un gueto pobre y maltratado, allá por 1895, cuando Chile arrendó la isla para convertirla en una gran estancia ganadera.

Los representantes de las 36 familias ancestrales, agrupadas en torno al Parlamento, acordaron que el nuevo monarca debía ser el mayor de los descendientes del último rey, Simeón Riro Kainga, asesinado en 1898.

El nieto más longevo era Benedicto Riroroko. Sin embargo, había un problema, explica el abogado Gálvez:

“Ese Rey tenía que estar en condiciones de presentarse en un juicio para defender los argumentos de esa demanda. Benedicto Riroroko tiene más de 90 años y está postrado en cama como consecuencia de una diabetes. No puede moverse”.

Pero quien estaba sano y fuerte era el hermano menor de Benedicto, Valentino. Ungido como nuevo Rey, la demanda contra el Estado de Chile se presentó a su nombre a principios de agosto, de 2011 en el 2° Juzgado Civil de Valparaíso, exigiendo el término del Acuerdo de Voluntades firmado en 1888 (donde el rey Atamu Tekena cedía la soberanía de la isla a Chile a cambio de protección) y una indemnización por perjuicios de 175 mil millones de pesos en compensación por el uso de tierras y animales, así como por el retiro de más de 10 mil piezas arqueológicas ancestrales.

El fondo de la demanda aún no ha sido visto por el juez, ya que el abogado del Fisco presentó dos excepciones dilatorias. Resuelto eso hay un plazo de 10 días para contestar. Una victoria en los tribunales dejaría sin efecto el Tratado de 1888 y la isla debería volver a la organización que tuvo antes de la firma de ese acuerdo, con el Rey como jerarquía máxima y con el dominio ancestral inalienable sobre las tierras de la isla por parte de los rapanui.

Si la demanda se perdiera, el caso ya está en manos de los abogados de Indian Law, organización estadunidense que protege los intereses de los pueblos originarios, quienes lo presentarían en la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos (OEA). La batalla es larga, pero a los rapanui no les preocupa el tiempo.
Las célebres estatuas gigantes de Rapa Nui.

alentino Riroroko es nieto de Simeón Riro Kainga, heredero de una dinastía inaugurada en el siglo IV por Hotu Matua, el rey colonizador. El poder real se transmitía de padre a primogénito, pero las incursiones esclavistas de 1862, junto con las epidemias, resquebrajaron las ancestrales líneas de sucesión de la monarquía.

Las misiones religiosas que llegaron a la isla en 1864 intervinieron entonces y abrieron paso a una galería variopinta de monarcas: el francés Jean Baptiste Ounésime Dutrou-Bornier esquilmó la isla y se autoproclamó Rey; Koreto fue la nativa que se casó con Dutrou-Bornier y asumió el poder una vez que los pascuenses asesinaron a su marido.

Atamu Tekena fue el primero y el último de una proyectada dinastía católica y Riro Kainga el primer rey elegido democráticamente. Algunos historiadores consignan también a Moisés Tu’u Hereveri, electo en 1901, pero para la historia oficial manejada por la Marina, la dinastía termina con Riro Kainga.

El poder de los últimos reyes palideció una vez que Chile dio en arriendo esos 163 mil seis kilómetros cuadrados de tierra. A partir de 1895, el verdadero poder estuvo en manos del administrador en turno: el francés Enrique Merlet, en los primeros años, y luego la compañía Williamson Balfour, que dejó la isla en 1953 en manos de la Armada de Chile, la cual terminó con el gueto en 1966.

La posibilidad de nombrar a un rey en esas condiciones era un despropósito. Encerrados dentro de un cerco de alambres y pirca, imposibilitados para moverse por toda la isla, enfermos y vejados, la vida de los isleños fue una pesadilla. Como dijo Pedro Hito, representante de su clan: “Aquí hubo un Auschwitz y se llamó Hanga Roa”.

El rey Valentino nació en 1932 en una isla podrida.

“No teníamos nada. Ni animales ni agua. Las mujeres tenían que recorrer varios kilómetros para traer agua desde el volcán Orongo. Tampoco podíamos pescar”, cuenta, sentado en el asiento del copiloto del jeep. No termina de decir su frase cuando se me viene a la memoria un texto del etnólogo suizo Alfred Métraux que subrayé antes de viajar a la isla:

“Desatendida por los chilenos y bajo la influencia nefasta de los elementos enviados a ese lugar, la Isla de Pascua no decayó, sino que simplemente se pudrió en una miseria irremediable”.

Su abuelo, el rey Simón Riro Kainga, intentó denunciar los vejámenes que vivían y se embarcó a Valparaiso, pero una vez que llegó fue envenenado y enterrado en un lugar desconocido de los cerros porteños.

 Mucho tiempo después, Valentino Riroroko repitió el viaje de su abuelo huyendo del infierno que se vivía en la isla. Primero viajó como polizonte en un buque de la Armada, en 1946, luego junto a Jacobo y Ambrosio Riroroko, Gabriel Tuki y Orlando Paoa, en 1955, años después de la salida de la compañía Williamson Balfour.

“Paremos aquí”, me dice. Unos muchachos salen del agua cargando unas canoas en la caleta de Hanga Piko. Se queda unos segundos en silencio, recordando. “Fue aquí de donde salimos. Queríamos llegar hasta Tahití. Teníamos parientes allá. Zarpamos en una chalupa a vela.

Cuando llevábamos 30 días navegando se acabó la comida y tres días después nos quedamos sin agua. Lo único que teníamos para comer era un tarro con manteca. Por suerte, llovió. Luego de eso bebimos el agua que había quedado apozada en el bote. Durante más de tres semanas estuvimos casi sin nada que comer”, detalla Valentín.

Tras 54 días sin tocar tierra llegaron a la isla Atiu, del archipiélago Cook, donde fueron recibidos por el Rey. Enviados por éste quisieron entrar a Tahití, pero no pudieron.

“No teníamos documentos. Volvimos a las Cook, navegamos a Panamá en un carguero chileno. Nos obligaron a pelar papas hasta Perú, y de ahí a Chile. Al llegar a Valparaíso nos quisieron devolver y yo amenacé a las autoridades con decirle a los periodistas cómo nos tenían en la isla. Entonces, dejaron que me quedara”.

En Chile estuvo 20 años. Fue folclorista, artesano y defensor de los derechos de su pueblo. Cuando en 1974 regresó a vivir a Rapa Nui ya no había alambres. La prohibición de circular libremente por la isla había sido levantada. El Estado chileno los reconocía como ciudadanos. Y la Ley Pascua, dictada por el Parlamento de Eduardo Frei Montalva en 1966, confirmaba que la tierra pertenecía a los isleños y que no se podía

Valentino no tiene la estampa del caudillo que aviva a las masas. Quienes lo conocen lo saludan con respeto y dicen ariki, que en rapanui significa Rey. Pero para otros pasa inadvertido.
Muchos de los jóvenes, preocupados más de sus celulares o del reguetón, ni siquiera saben que hay un nuevo rey. En casa de su sobrina cuelga un novillo despostado. Es la ofrenda para el velorio de uno de los siete pascuenses que murieron la última semana en la isla.

“Ya me estoy asustando”, dice en tono de broma, pues esa es otra de sus características: Valentín es un Rey divertido. Saluda, toma una silla y se sienta a conversar.

Entonces desovilla alguna de las historias que ha vivido: la vez que construyó ese moai de siete metros 60 para una universidad penquista, o el viaje que hizo, por encargo del presidente Salvador Allende, en la barcaza Pinto, al cuidado de Hortensia Bussi y sus tres hijas y que terminó en un curanto (comida) en la playa de Anakena.

El cartel llama la atención. Está a dos metros del suelo y a una cuadra de las oficinas de LAN, la línea aérea chilena.

“Para el conocimiento internacional: Rapa Nui jamás entregó ni cedió la soberanía a Chile”, dice a trazos gruesos. La frase es parte del ideario del Parlamento Rapa Nui, la agrupación que proclamó al nuevo Rey y que reúne a representantes de los 36 clanes de la isla. El Parlamento lleva las riendas en las reivindicaciones isleñas con protestas y tomas de terreno.

Es una escisión del Consejo de Ancianos, una institución ancestral que se reorganizó a fines de los años ochenta y que desde entonces preside Alberto Hotus.

En 1993, el grupo más radical se separó y formó el Parlamento Rapa Nui. Las movilizaciones de diciembre del año pasado terminaron con una represión policial violenta y 30 participantes heridos. Las fotos de esas jornadas muestran a los isleños ensangrentados, con impactos de perdigones en la cabeza. Leviante Araki, el presidente del Parlamento, recibió ocho descargas que casi le comprometen un riñón.

Cuando en la tarde me reúno con Araki, un grupo de parlamentarios y el Rey en la sede de la agrupación es fácil entender su rabia:

“¡Nunca me he sentido chileno! ¿Cómo podría si el Estado nos mandó a asesinar? Hoy día queremos que Chile se vaya. Chile nunca ha ayudado a esta tierra. Desde los días del rey Hotu Matua hasta hoy seguimos encerrados en Hanga Roa. Lucharemos por recuperar la tierra que ancestralmente corresponden a cada clan”, dice, con su voz rasposa. Luego es el turno de Inés Teave, la vicepresidenta.

Pequeña, enérgica, tiene un discurso claro:

“El Estado chileno confunde las cosas. Las leyes que hace son para chilenos, no para nosotros. Aquí hablamos rapanui, es nuestro idioma, no tiene nada que ver con el español. Usted no puede confundir el azul con el amarillo, Rapa Nui no es Chile. Es otra cosa. Japón es de japoneses, y habla japonés. Rusia es de rusos y habla ruso. Rapa Nui es de rapanuis y se habla rapanui”.

Vida cotidiana de rapanuis en la Isla de Pascua.

“¿Usted no tenía el pelo tan corto antes?”, dice Alberto Hotus luego de abrirnos la puerta de su casa.

“Me hice un corte militar”, contesta Lorenzo Moscia, el fotógrafo de esta historia. “No —dice Hotus, y con un gesto enérgico se pasa la yema de los dedos por la nuca rasurada—. ¡Esto es corte militar!”.

Hotus tiene 82 años y desde hace más de 20 es el presidente del Consejo de Ancianos de la isla, además de concejal por el PPD. Huyó a Valparaíso en la década de los cuarenta y entró a la Armada. Se hizo suboficial, estuvo 25 años en la institución, 18 de los cuales los pasó con los comandos.

Cuando le pregunto por el Parlamento Rapa Nui, que parece haber desplazado al Consejo de Ancianos en la representación de las demandas de la isla, me dice:

“Todo ese tema es una lesera. Empezando por el cartelito que tiene un poco más arriba y que lo único que hace es desprestigiar a la isla. Los turistas piensan que esto es tierra de nadie. Yo estoy con mi país. Yo no soy extranjero. Qué me importa a mí que ellos no se sientan chilenos. Pídales el carné y vea qué dicen sus carnés. O pregúnteles qué pasa cuando están enfermos, ¿dónde se tratan?”.

Alberto Hotus rellena las tazas de café y ofrece galletas. Conoce bien la historia rapanui, ha escrito varios libros y es un ferviente católico que toca el acordeón y la guitarra en la misa dominical. El último domingo estaba ahí cuando el sacerdote hizo ponerse de pie a los representantes de la Fuerza Armada Chilena que viajaron a la isla para una misión médica.

Hubo aplausos, pero no de todos.

“Yo soy un agradecido de todas las fuerzas públicas que nos defienden. Conozco Chile de norte a sur y sé que hay comunas que están mucho más atrasadas que la nuestra. Aquí estamos bien. ¿Se imagina volver a los tiempos previos al Acuerdo de Voluntades de 1888? La independencia total es una tontería. La idea es que se nos devuelva la tierra en la medida que la vayamos necesitando. ¿Para qué quiere la independencia? ¿Para vivir en la parte ancestral? ¿Y quién cree usted que va a llevar el agua y la luz para allá?”.

Cuando posa para la foto, marcial e imperturbable, con una guayabera roja, me dice que el Estado chileno libró a la isla de la lepra cuando todos estaban infectados, y que no hay que descuidarse porque hace 15 años volvió a brotar. “¿Cómo voy a morder la mano que me ha ayudado?”.

No sólo en eso no coincide con el Rey. Dice que esa figura debe recaer en los descendientes de Enrique Icka, a quien correspondía por linaje esa investidura cuando fue elegido Riro Kainga. “¿Por qué cree que me eligieron a la cabeza del Consejo de Ancianos? Porque yo desciendo de él”, sostiene.

Desde que vino a vivir a la isla, Valentino Riroroko ha regresado al continente sólo por motivos médicos. La última vez, en 2008, debió quedarse por cerca de un año. Hoy su mujer lleva ya varias semanas en Santiago, tratándose un glaucoma.

En la escena final de este encuentro en Rapa Nui, el nuevo Rey camina por los alrededores del volcán Orongo con su corona de plumas y el mahute. La tarde cae allá al fondo.

“¿Cómo te imaginas la isla en 50 años más?”, le pregunto. “Qué va a saber uno”, me dice.

“¿Cómo te gustaría que estuviera entonces?”, le digo, y tras unos segundos responde: “Libre”.

Fuente: Nación Mapuche

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