Realidades y Porcentajes

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De atenernos a la estricta realidad social, la derecha, en cualquier país del mundo, debería ser una extrema minoría en términos electorales. La realidad, sin embargo, nos muestra que lo que podría tenerse por una “ley”, está lejos de verificarse en la realidad. Y vale la pena preguntarse por qué, particularmente cuando estamos a las puertas de una elección presidencial y parlamentaria tras 4 años de gobierno de precisamente la derecha.

Tal vez no esté demás mencionar la teoría entre nosotros de las dos derechas: la “derecha UDI” y la “derecha RN”. ¿Son tan ciertas sus diferencias? Pregunta que, sin ser esencial, no deja de concitar el legítimo interés o la natural curiosidad entre “especialistas” y ciudadanía en general. ¿Se trata de diferencias de fondo, o no es más que cuestión de etilos; de formas de “bajarse del caballo”, ya sea a la manera de un Jaime Guzmán extra ideologizado y de acerada lucidez a la hora de diseñar una suerte de “Reich para mil años”, o a lo Carlos Larraín con su estilo que esconde en sus galas campechanos una esencia igualmente despreciativa hacia cuanto no pertenezca a su estrecho espacio oligárquico?

Todo esto, sin despreciar a esa derecha que, por vergüenza o demagogia, no se atreve a decir su nombre, ocultándose bajo las argucias de lo que “parici” y otros travestismos ideológicos y políticos.

Por cierto, y todos lo hemos visto, existe también un género –no muy distinto al “centro-centro” que

sufrimos no hace mucho-  que se postula radicalmente refundacional, y al que para pasar su mensaje negador de toda diferencia de clases y de la molesta distinción entre “derechas e izquierdas le es indispensable borrar al menos una parte de su pasado partidario.

Pero no es de eso de lo que queríamos hablar, aunque tal vez –y aunque sea pretencioso decirlo- no estará demás insistir sobre algunas verdades tan insistentemente negadas.

Volvamos, pues, a “realidades y porcentajes”.

Lo cierto es que, si observamos con un mínimo detenimiento la “división social” con parámetros como el ocupacional, nivel de ingresos, lugar de “residencia”, nivel de escolaridad, esperanza de vida y –muy de fondo- de qué vida… nos encontraremos con la evidencia de que la derecha , cualquiera y toda derecha, es absolutamente minoritaria. En términos rigurosos, no sobrepasa el 10% de la población; con manga ancha, se le daría algo así como un 15 ó 20%. En otras palabras, no le alcanza ni para el  mítico “tercio”. Y sin embargo… todo lo que sabemos.

Y es que si pasamos de los  datos duros de las divisiones en clases y sub clases, quintiles y otras argucias estadísticas, habremos de convenir que esa  indiscutible pobreza sociológica de la derecha –en este caso, la chilena- se vuelve abrumadora mayoría si la mirada la enfocamos en: un poder económico  desmesurado, y con él una institucionalidad tan astutamente diseñada que proporciona una influencia aplastante en: medios de comunicación de masas (formación de opinión pública con temas cuidadosamente elegidos y suprimidos); sistema educacional (creación, privación y transmisión de conocimientos); espacios institucionales de prestación de “servicios sociales” (subsidios, acciones de beneficencia, campañas “solidarias”); relaciones internacionales (burguesías de todos los países, uníos…).

Una prueba de fuego, de la que felizmente ya hay múltiples manifestaciones y señales positivas, está en las elecciones de noviembre. El desafío para el pueblo: arrinconar a la derecha para llevarla cada vez más cerca de su “nicho natural”. Lo que no significa arrinconarla ni agredirla a través del desconocimiento de sus derechos ciudadanos. Lo que olvidan los barones del privilegio es que el pueblo suele ser mucho más justo y hasta generoso que sus verdugos.

Así, pues, a servir a la realidad, haciéndola racional para que permita el avance de las amplias mayorías que ya hace rato están recorriendo Chile en gira de justicia y democracia.

(*) Editorial El Siglo, edición N 1673

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