El pueblo Unido ¿“Avanza sin Partido”?

0
311

Una consigna suele oírse repetidamente en algunas marchas y manifestaciones a lo largo del país: “El pueblo unido avanza sin partido”. La corean, particularmente, algunos sectores de la juventud. Su inspiración literal es obvia: “El pueblo unido jamás será vencido”.

 

¿Qué significaba esa consigna, que aún hoy se escucha a lo largo del mundo cuando los pueblos se movilizan por sus demandas? ¿Qué se entendía entonces y se entiende aún en nuestros días por “el pueblo unido”, sino esa conjunción de organizaciones y voluntades que concurrían desde las organizaciones sindicales de los trabajadores hasta sus expresiones políticas –los partidos- pasando por esa amplia gama de estructuras estudiantiles y culturales, vecinales y barriales, y la vastísima variedad de lo que llamamos “pueblo”?

Una vieja aspiración de las minorías privilegiadas es confinar a los sectores más activos de la población explotada a la condición de masa indistinta, amorfa y sin programa. Tal es el contenido profundo de las políticas neoliberales impulsadas por la extrema derecha y algunos aliados y, por cierto, del omnipresente imperialismo norteamericano y las potencias “centrales” que le hacen coro.

Tal fue el contenido y las tareas que se impuso la conjura de septiembre de 1973.

Destruir los partidos populares, máxime si en sus idearios y programas está el avance hacia una sociedad de justicia social y plena democracia.
Destruir o al menos debilitar las orgánicas sindicales de los trabajadores. Desprestigiar a todos y cada uno de los luchadores sociales que emerjan de las legítimas movilizaciones y luchas populares.

Declarar ilegítima y “sin sentido ni porvenir” cualquiera expresión que no se discipline en los marcos de un Estado de derecho concebido más como camisa de fuerza para el pueblo que como un espacio de libertades e “igualdad ante la ley”.

Califican, incluso –y ello debiera llamar a sospechas- desde la derecha más recalcitrante algunas iniciativas de cambios estructurales como meras “reformas”, oponiéndolas a la pureza de cambios “de fondo”.

Reformar: “volver a formar, rehacer”; “modificar algo, por lo general con la intención de mejorarlo”, ¿es necesariamente lo opuesto a un cambio “revolucionario”?

Cualquier avance en las condiciones de vida de los trabajadores, en sus derechos laborales y sindicales, en su salud y educación, en su vivienda, ¿es algo tan perjudicial o irrelevante como para descalificarlo en nombre de alguna “pureza ideológica”, de al menos difuso domicilio?¿Es que se le puede pedir –menos aún, exigir- a las organizaciones sindicales y políticas del pueblo una actitud de indiferencia ante su propia suerte, esto es, ante las condiciones de vida de las grandes masas que constituyen “el pueblo” y para cuya representación y servicio han nacido?

Esto, sin perjuicio de que, ciertamente, no baste el presentarse como portaestandarte de los derechos y aspiraciones de las mayorías para que ello constituya en sí una credencial libre de toda crítica.

Si el hombre es, al decir de Marx, “la suma de sus relaciones sociales”, ¿no interesa a la causa de su liberación el que estas “relaciones sociales” estén, primero, normadas por su lugar objetivo en el proceso de producción social y, luego, enriquecidas por el intercambio de experiencias y la formulación de programas, que incluyen la lucha en conjunto con “los suyos”?

Los cambios profundos, “revolucionarios”, los que cambian a fondo una sociedad, no son la obra de masas paupérrimas sino de inmensos contingentes de trabajadores, de jóvenes, de mujeres, que han hecho de su vida una escuela de lucha .Nada de esto se encuentra en la consigna según la cual “el pueblo unido avanza sin partido”.

 (*) Editorial semanario El Siglo

DEJA UNA RESPUESTA