Poder, Televisión y Comunicación

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Al mismo tiempo, millones de personas pegadas frente al televisor, algunos en el estadio. Chichichi-Lelele.  Luego muchos celebrando en las plazas a lo largo de todo Chile, los canales de televisión reproducen el festejo, multiplican la euforia, crean un manto común que abriga a una multitud que se ha hecho cada vez más fría y solitaria. La Roja de todos. Fuera de los partidos de la selección de fútbol, son pocos los momentos en que el “país” vuelve a reunirse, en que la teleaudiencia masiva converge  en la pantalla al frente a un mismo hecho.

 

Quizás por eso la presidenta Bachelet ha hecho esfuerzos tan evidentes por asociarse al fenómeno de “la Roja” en la Copa América. Es la primera y última ocasión durante su mandato —pensarán sus asesores— de vincularla a una audiencia masiva en un estado de ánimo positivo.

Momento tan distinto, por ejemplo, de las cadenas nacionales de televisión y radio que más alejan que atraen a los telespectadores y la anhelada popularidad. No es fácil para los actuales gobernantes ejercer el poder sin teleaudiencia, es decir sin presentación de una imagen directa y controlada.

Habitualmente, las megaudiencias se producen con motivo de alguna catástrofe o tragedia. Son momentos de crisis, de fuerte intensidad emocional, habitualmente basculando entre la tristeza, la rabia, el miedo o una frustración que contiene un poco de las tres primeras.

El avión de Felipe Camiroaga, el terremoto, los aluviones, el incendio de la cárcel,…

El presidente Piñera tuvo la suerte y la habilidad de gozar de uno de los eventos mediáticos positivos más grandes de esta década a nivel mundial: el rescate de los mineros. Esto lo catapultó en las encuestas, puso a Chile en las primeras planas del mundo y en cientos de millones de televisores simultáneamente, en torno la esperanza, el amor y la alegría. Deseoso de prolongar el momento el presidente mostraba a los dignatarios del mundo el mítico papelito que habían enviado los mineros desde el fondo de la tierra.

Estoy convencido que el rescate de los 33 tuvo un impacto comunicativo tan enorme en su gobierno, que desordenó y distorsionó su sensibilidad y capacidad comunicacional para el resto del mandato de Piñera.

Audiencias en fuga

Con las nuevas tecnologías, desde el cable a internet y las redes sociales, las megaudiencias de televisión, incluso las medianas, se están haciendo cada vez más escasas. El desplome del rating es síntoma de una crisis nuclear de la televisión abierta, tan profunda que los directivos de los canales no logran leer el presente y menos todavía vislumbrar el futuro, una constatación que deja en evidencia la pérdida de su capacidad de imaginar y menos generar escenarios socio-mediáticos nacionales.

En una realidad gobernada por el dinero, probablemente el flujo de recursos que de manera inexplicable sigue llegando en abundancia desde las empresas a través de la publicidad actúa como amortiguador de la crisis para los paralizados ejecutivos de los canales.

Es una paradoja que la migración de los presupuestos publicitarios sea mucho más lenta que la partida de los telespectadores. A pesar de la disminución radical de las audiencias, las agencias publicitarias siguen apostando a la televisión, seguramente gastando el último crédito del viejo refrán: “sé que el 50% de lo que gasto en publicidad no sirve de nada, el problema es que no sé cuál es”.

Hace algunos años, el Director General de TF1, la cadena de televisión más grande de Francia, Patrick Le Lay señaló que los canales tenían que “velar” para que los televidentes se mantuvieran con el “cerebro abierto” frente al televisor para ver y escuchar los mensajes de los avisadores. Explicó:

“Para que un mensaje publicitario sea percibido, se requiere que el cerebro del televidente esté disponible. Nuestras transmisiones televisivas tienen la vocación de hacerlo disponible” (1).

Hoy, con la raquitización de las audiencias, no solo está puesta en duda esa “disponibilidad”, sino incluso la posibilidad del contacto.

Si la fuga de las audiencias televisivas crea grandes dificultades para que la empresas puedan mostrar sus productos y servicios a sus potenciales clientes, para los gobiernos se hace casi imposible transmitir sus ideas a los ciudadanos.

Es parte del proceso de desplome de las pirámides del poder fundado en la transmisión y en la sociedad de masas (in)comunicadas. Las estatuas y retratos monumentales repartidos por el territorio fueron una forma de extender el poder de emperadores, reyes y dictadores que la democracia de la mediocracia remplazó por las apariciones en el televisor de la sala de estar de los telespectadores.

¿Si los ciudadanos no se conectan simultáneamente a la pantalla, cómo llegar a ellos con una cierta intensidad?

Eventos como el rescate de los 33 o la Copa América son una opción, pero tan eventual que se hace evidente su ineficacia como corazón de una estrategia cotidiana de largo plazo.

¿Cómo emerge el nuevo mundo común?

El nuevo escenario que crea el desplome de los grandes medios de (in)comunicación es un enorme  desafío para los ejecutivos de los canales de televisión, las empresas, los gobiernos y también, quizás sobre todo, para los movimientos ciudadanos y grupos políticos y de la sociedad civil que aspiran a generar alternativas al actual sistema o modelo político, económico y cultural. ¿Cómo comunicar grandes ideas y proyectos en una sociedad sin grandes masas conectadas?

La televisión abierta marcó el punto más alto de la concentración de audiencias simultáneas. Masas recibiendo al mismo tiempo la misma transmisión, la misma pantalla, pero debidamente compartimentadas, cada familia en su casa e incluso cada uno en su dormitorio (2).

Esa televisión creaba referentes, puntos de vista, intereses y personajes nacionales, imponía un mundo común.

Esa manera de constituir “lo común” está en extinción.

Todavía queda mucho que administrar en la comunicación masiva y desde el viejo paradigma de la transmisión, del emisor que envía mensajes a receptores pasivos. En ese contexto, en Chile hay dos iniciativas relacionadas con la televisión que merecen ser revisadas a la luz de estos cambios: la del canal cultural anunciado en el discurso del 21 de mayo y la existencia y ámbito de acción del Consejo Nacional de Televisión (¿abierta?).

Como sucede a menudo, las tecnologías van más rápido que el cambio cultural y personal. Las tecnologías de la información y la comunicación han contribuido a la fragmentar las audiencias masivas pero todavía las personas y comunidades, incluyendo los movimientos “alternativos”, no habitan el nuevo paradigma comunicativo horizontal, respetuoso y transparente que permitiría aprovecharlas en su máxima potencia.

Una masa de fragmentos aislados es muy diferente que la convivencia de comunidades diversas. La constitución de lo común en el nuevo paradigma de la comunicación no se constituye por la intensidad y cantidad de la transmisión sino por la permanencia y calidad de las relaciones.

Fuente: Sitiocero

(1 y 2) Comunidades y redes sociales el Desplome de las Pirámides, Editores Papyrbit

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