Muere Otro Grande: Alfonso Baeza, Incansable Luchador por los Derechos Humanos y los más Humildes

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A los 82 años falleció el sacerdote Alfonso Baeza Donoso, informó este viernes el Arzobispado de Santiago. Su deceso se produjo en la noche del jueves, informó el arzobispado. En dictadura, colaboró con el Comité Pro Paz y la Vicaría de la Solidaridad.  El deceso del padre Baeza se produjo la noche de este jueves en la casa de Clero. El sacerdote falleció en el sueño en la esta casa ubicada en calle Lira.

Alfonso Baeza fue el primer vicario de la Pastoral Obrera de Santiago desde 1977 y hasta el 2000.

Nació en 1931 y fue ordenado sacerdote en junio de 1960. Fue clave en la transición a la democracia y en la lucha de los Derechos Humanos y los trabajadores.

Tras el golpe de Estado colaboró con el Comité Pro Paz y la Vicaría de la Solidaridad.

Fue director de Caritas Santiago y actualmente se desempeñaba como administrador parroquial en la comunidad Sagrado Corazón de Jesús de Estación Central.

El ex Vicario de la Pastoral Obrera y de la Pastoral Social, Alfonso Baeza tenía una larga historia de compromiso con las causas por la libertad de las presas y presos políticos -tanto en dictadura como posteriormente-, y fue un activista por el fin del exilio así como se ha involucró en diversas causas de abusos en contra de los seres humanos, muchos de ellos por parte del Estado.

El sacerdote tenía 82 años a su muerte y era conocido también como activo defensor de trabajadores y mapuche, además de su labor como ex vicario de la Pastoral Obrera. Fue miembro del Comité Por la Paz y de la Vicaría de la Solidaridad, siendo un pilar fundamental para desarrollar el legado del Cardenal Silva Henríquez.

El padre Alfonso Baeza era de pequeña estatura -no medía más allá de un metro 65 centímetros- y era conocido como «el chico Baeza». Tiene un hermano también sacerdote y singularmente de la Prelatura del Opus Dei.

Siempre recorría las poblaciones y los barrios obreros, sobre todo las del sector sur de Santiago, donde vivió hasta los últimos días de su vida. Vivía sólo en la población José María Caro, donde fue obligado a cambiarse de casa por sus curas amigos, debido a una enfermedad que tuvo el año pasado. Ahí se fue a vivir a la Casa del Clero de calle Lira en el centro de Santiago, donde falleció este viernes.

Alfonso Baeza: No quiso ser Obispo, fue acusado por Chadwick de «defensor de terroristas» y visitó a los degolladores en Punta Peuco

Esta es la entrevista al padre Alfonso Baeza Donoso publicada hace dos años en el semanario Cambio21 y realizada por su Director, Oscar Reyes P.

Es de esos pequeños de estatura -mide 165 centímetros- pero que se agigantan ante las adversidades. Por donde va, especialmente los barrios obreros y populares del sector sur deSantiago y donde está su parroquia, en sector de Estación Central, la gente sedetiene para saludarlo y agradecerle.

«El chico Baeza», «el cura del pueblo» o sólo Alfonso está famoso en los últimos días por su defensa de los jóvenes involucrados en el caso bombas: «Hubo un montaje», sentenció con tono duro. Culpó indirectamente al ex fiscal Peña y al ministro Hinzpeter. Y, por gentileza del senador UDI Andrés Chadwick, quien lo acusó de «defender a terroristas y extremistas», recibió grandes muestras de cariño de todos los sectores del país, incluso del mismo partido del parlamentario.

Y Baeza tenía razón. En estos días, 13 de los 14 jóvenes detenidos por esta causa fueron dejados en libertad y el juez sentenció que las pruebas en su contra «eran de cuarta categoría».

Lo singular es que este ingeniero civil de 81 años, que no quería ser religioso -«tuve que decidirme a meterme al seminario (en 1954), porque era demasiado claro que el Señor quería que yo fuera cura»-, proviene de una familia acomodada (tiene un hermano también sacerdote y del Opus Dei), pero siempre ha estado al lado de los más desvalidos de la sociedad.

En el año 68 no quiso ser obispo de Calama, cuando se lo pidió el nuncio Martini.

La iglesia vivía una crisis, muchos se estaban retirando de la vida sacerdotal y los que quedaban se preguntaban por qué seguir. «Apenas tengo fe para seguir cura y usted quiere que sea obispo», dice que le respondió a su superior. «No quería, por la situación que vivíamos, pero también porque veía que el estar a ese nivel de la jerarquía se alejaba mucho de la gente», explica.

Trabajó con el padre Hurtado, estuvo en el Movimiento de Acción Católica, en la Vicaría de la Solidaridad y, en el año 77, el cardenal Silva Henríquez le dijo que organizara la Vicaría de Pastoral Obrera. Luego fue nombrado por el cardenal Errázuriz como Vicario de la Pastoral Social.

-Usted ha tenido una línea muy consecuente, como dice Andrés Chadwick, de estar con los que son perseguidos. ¿Qué le parece que lo motejen de defensor de los extremistas y terroristas?

-Va muy lejos de lo que yo soy. Yo encuentro que el terrorismo es espantoso. El real terrorismo es uno que no hace distingo entre inocentes y supuestos culpables, entre niños ni ancianos, como ha sido en Inglaterra, con los irlandeses, o en España, con la ETA. A mí me parece que hay una cosa que no se puede olvidar y es que, aunque una persona sea de lo peor, siempre es una persona que Dios quiere y, por lo tanto, no se le puede dejar botado «porque no es de los nuestros».

-Pero estamos hablando de bombazos.

-En el Evangelio, el samaritano es el ejemplo más claro del Señor hacia esta misma postura. Porque los samaritanos y los judíos se odiaban a muerte y el peor insulto que le podían decir a alguien es que era un samaritano. Sin embargo, él lo pone como ejemplo de lo que debe ser el amor al prójimo. Y eso cuesta mucho. Yo recuerdo que en tiempos de la dictadura había una actitud oficial de la iglesia de que no podíamos preocuparnos de los gallos que habían tomado las armas. En ese caso era muy difícil justificar la defensa de esas personas, porque eran partidarios de la lucha armada. Después del 90 se hizo, con Carlos Oviedo, una revisión de esa actitud.

-¿A usted no le cuesta defender a alguien que haya tomado caminos como esos?

-Es algo difícil de entender, a veces a mí mismo me ha pasado, cuando ves a un abogado que está defendiendo a un narcotraficante o incluso a alguno de los violadores de los DD.HH. Pero la defensa de un delincuente tiene que existir siempre, por último para que se aclare bien si es o no culpable.

-Viendo este caso como buen samaritano, ¿a alguien que se le arrancó la máquina y cometió un error?

-Yo creo que sí. La pasión llegó más lejos de lo que debería.

La iglesia en su laberinto

-¿Cómo ve usted el tema de los abusos sexuales en la iglesia y la repercusión mediática que han tenido?

-Es una cosa gravísima, especialmente por el daño que se ha causado a las víctimas y por el escándalo que significa que esté involucrado una persona como el sacerdote. Nosotros hemos querido hacer una opción radical del señor, de Jesucristo. Si bien tenemos que reconocer que somos igualmente débiles que todas las personas, también sabemos y creemos que el Señor nos protege mucho, precisamente para que no nos salgamos del camino. Por eso yo creo que es muy grave.

-¿Por qué cree que el caso de Karadima ha sido tan bullado? No es el primero que se conoce.

-Por el mundo en el cual Fernando actuaba, el de la clase más alta, más rica, también más cercana a la iglesia institucional, que es muy cercana a todo lo que es la práctica de una serie de actos religiosos, no tanto la práctica de la verdadera caridad, o la verdad de la caridad, como la define el papa Benedicto XVI. Ahí la cosa es muy fuerte. Además, por tantos años que duró y por esa aurora de santidad que rodeaba a Fernando, y que tantos ya casi lo consideraban a la altura del padre Hurtado. Por eso yo creo que ha repercutido mucho, y porque las víctimas han sido personas que han tenido posibilidad de salir en los medios. Las víctimas del cura de Melipilla, por ejemplo, pocos se han interesado en saber de ellos.

-Usted ha vivido muy cerca de la iglesia y ha visto sus conflictos. Esta iglesia de hoy, la de Chile y la del mundo, ¿saldrán de este atolladero?

-Yo creo que sí. A mí me gusta mucho la lectura de los hechos de los apóstoles que hablaba del juicio que le hicieron los fariseos del Sanedrín a los apóstoles, a Pedro y a Juan, por el milagro que habían hecho en el templo, de sanar a un paralítico. Actúa un fariseo muy sabio, que es Gamaliel. Él les dijo: si esto es de Dios, no se va a acabar, y si no es de Dios, se va a acabar. Y si es de Dios, no nos conviene luchar contra Él. Yo creo firmemente que la Iglesia es de Dios, es de Jesucristo el Señor.

-¿No cree que a veces aparece envuelta en temas demasiado terrenales, por decirlo de alguna manera?

-Esta forma de iglesia, como estamos, es otra cosa. Las institucionalidades de la iglesia católica romana son una obra ciertamente guiada por el espíritu de Dios, pero que tienen fallas, como las han tenido a lo largo de la historia. Fallas graves.

Esas cosas internas de la iglesia van a cambiar y se han caído muchas, y yo creo que tienen que cambiar. Tiene que venir una iglesia en que seamos mucho más servidores que directores de la conciencia de la gente, como ha sido en el caso mismo que estábamos comentando. Una iglesia que sea reconocida como la iglesia de los pobres, como lo decía Juan Pablo II, que había que fomentar la solidaridad entre y con los trabajadores. Y en esa solidaridad, decía, la iglesia está vivamente interesada. Hacia eso tenemos que ir. A lo largo de los siglos hemos pasado por varias etapas y hay tiempos, como el del cardenal Silva Henríquez, en que la iglesia estuvo mucho más cerca de los que sufrían la injusticia y la violación de sus derechos que ahora. Porque antes no había nadie que dijera nada ni se atreviera a pedir algo. Ahora se puede hablar mucho más, a pesar de que los medios actuales se encargan de que salga lo que ellos quieren que salga.

-¿Por qué esa iglesia se sentía más cercana, es diferente a esta iglesia de hoy?

-Ciertamente, han cambiado los tiempos, hay otras situaciones, ya no estamos en esa dictadura horrible que estuvimos. También en los tiempos del cardenal Silva Henríquez había quienes no veía bien estar tan cerca de los problemas de la gente. Había incluso obispos y sacerdotes que decían que la iglesia estaba corriendo muchos riesgos y que se estaba apartando mucha otra gente. En la iglesia siempre ha habido diferentes posturas. Ahora en algunos sacerdotes más jóvenes predomina una idea de que nosotros no nos debemos meter tanto en ese tipo de problemas, de apoyar sindicatos, organizaciones populares y de mirar más los temas tan graves que provoca la tremenda desigualdad que vivimos. Esas cosas, parece que piensan ellos, son propias de laico. Yo estoy seguro de que son cosas de laico, principalmente, pero nosotros también tenemos que ayudar para que los laicos tengan esa conciencia de actuar en ese sentido, de estar en la acción política y económica y ser testigo ahí de la verdad del Evangelio y de la caridad verdadera, que supone que todos tenemos la misma dignidad, todo lo que ha dicho la doctrina social de la iglesia.

-¿Y la gente la conoce?

–Muchos la ignoran, especialmente en los barrios donde está la gente que tienen más dinero,porque no hemos sido capaces de predicar y de mostrar algo. Es un tema. A mí me han criticado que me he dedicado mucho a los trabajadores y que nunca me preocupé mucho de los empresarios. Es cierto, yo tengo mucha más sensibilidad para lo que les sucede a los trabajadores y los pobladores que lo que les sucede a los empresarios, pero hay otras personas que viven cerca de eso.

«Me pidieron ir a Punta Peuco»

Cinco visitas ha hecho Alfonso Baeza a los más duros violadores de derechos humanos de la dictadura, detenidos en Punta Peuco. A los mismos que lo persiguieron durante la dictadura y que han terminado le agradecieron su visita espiritual.

-¿Cómo llegar a dar esa caridad cristiana, que para el común de los mortales es impensable, de ir a hablar con los degolladores a Punta Peuco?

-Me costó, pero me lo pidió el capellán de gendarmería. Como siempre me habían criticado que miraba sólo para un lado, fui. Y me costó harto. Fui, no sólo una vez, sino varias. La primera fue más o menos bruscota, porque estaba todo el terma de los degollados, y discutimos fuerte. Ellos, por lo que yo supe después, quedaron bastante molestos con mi visita. Esa vez hablé con ellos y también con Romo, que estaba bien enfermo. Es que yo no podía… a mí me cuesta mucho tolerar que personas como ellos tenga una actitud como que no hicieron nada malo. En cambio me tocó conversar con una que había participado en el degollamiento, pero que él no metió el cuchillo, y él me dijo: estoy arrepentido, padre, porque yo, aunque no maté a nadie, participé en esa acción, y por eso yo no he querido pedir nada.

-¿Cómo es conversar con quienes lo persiguieron?

–Si uno quiere ser coherente con la fe, tiene que hacerlo. ¿Cómo rezas el Padre Nuestro y dices: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden? Yo siempre les pregunto a algunas personas, porque a mí me costó mucho rezar el Padre Nuestro. Eso de hacer la voluntad de Dios. No nos damos cuenta a veces de las palabras que decimos en la oración. Yo me cuestiono siempre eso, que en realidad, gracias a Dios, fuera de esas veces que fui a Punta Peuco, no he estado muchas veces con los enemigos de los derechos humanos.

Me cuesta mucho con los empresarios, por ejemplo, que a veces me ha tocado hablar con ellos, porque justamente cuando iba era porque había alguna huelga o algún problema de despido en que me pedían que fuera a interceder.

«Tiene que venir una iglesia en que seamos mucho más servidores que directores de la conciencia de la gente, y que sea reconocida como la iglesia de los pobres, como lo decía Juan Pablo II»

«Yo tengo mucha más sensibilidad para lo que les sucede a los trabajadores y los pobladores que lo que les sucede a los empresarios, pero hay otras personas que viven cerca de eso»

«Aunque una persona sea de lo peor, siempre es una que Dios quiere y, por lo tanto, no se le puede dejar botado porque no es de los nuestros»

Fuente: Cambio 21

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