Refugiados: Toda la Miseria del Mundo

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¿Qué imagen elegir para mostrar el tremendo drama que se está viviendo ahora mismo en Europa? ¿La del niño sirio muerto en una playa turca? ¿La de una madre, también siria, aferrada a su bebé y a las vías de un tren en Budapest, negándose a ir a un campo al que la conducen policías húngaros?

 

¿O aquella de junio, tomada en una playa de la frontera entre Francia e Italia, que muestra a unos refugiados cubiertos de pies a cabeza con unas coberturas metálicas para escapar a la lluvia, deambulando informes sobre unas rocas? ¿O esa otra de los cuerpos flotando en círculo en pleno Mediterráneo?

¿Lo crudo o lo sugerido? ¿La foto del nene muerto es más fuerte que la de las ropas expuestas en la arena que llevaban las otras 11 personas que se ahogaron junto a él?

Las redacciones de todo el mundo están discutiendo ahora mismo sobre deontología periodística, como cada vez que se plantea una catástrofe de este tipo.

¿Una imagen vale más que mil palabras? Sí, decía Nick Ut, el fotógrafo de la Associated Press que captó a aquella icónica niña vietnamita corriendo desnuda quemada por el napalm yanqui.
La guerra de Vietnam cambió por esa imagen, pensaba Ut. ¿Cambiará el destino de los refugiados sirios, eritreos, kosovares, paquistaníes, luego de la difusión de la foto de Aylan Kurdi, niño sirio de 3 años ahogado en la playa de Bodrum, en Turquía?

Nada es menos seguro, pero la reacción de Manuel Valls, el robótico primer ministro francés al que no se le ha movido un pelo a la hora de expulsar gitanos a rolete, levanta una pizca de esperanza de que el choque de las imágenes produzca algún efecto.

“Tenía un nombre, Aylan Kurdi. Urgencia de reaccionar. Urgencia de una movilización europea”, escribió Valls en 120 caracteres*

La historia –más que la foto de su cadáver, o la historia y la foto de su cadáver­– de Aylan Kurdi, y su hermano Galip, de 5, y su madre Aylan, los dos ahogados junto a él en el Egeo, y su padre Abdulá, el único sobreviviente de la familia, es en todo caso representativa de muchas de las dimensiones de este drama.

Los Kurdi son originarios de Kobani, la ciudad del Kurdistán sirio que no sólo se convirtió en símbolo de la resistencia al Estado Islámico, sino en eje de una experiencia socialista. Kobani ha sido bombardeada y asediada por los yihadistas, pero también por la aviación turca.

De su ciudad reducida en parte a ruinas, los Kurdi huyeron hacia la vecina Turquía. Esperaban marchar hacia Canadá, donde tenían familia, pero debieron esperar en un campamento. Las Naciones Unidas no los reconocía como refugiados, Canadá les negó la visa, los turcos, como a muchos kurdos, los maltrataban.

Los Kurdi se agenciaron un barquito buscando llegar a Grecia. Hay que estar muy desesperados para embarcarse en un barquito de morondanga por el Mediterráneo, pero los Kurdi lo hicieron junto a otras 16 personas. Naufragaron a poco de zarpar.

Hasta que apareció la foto de Aylan y se les puso nombre los Kurdi fueron parte de un titular como tantos de la prensa por estos días:

“Otros 12 sirios se ahogan frente a las costas turcas”.

Hasta por el Ártico

Los cientos de miles de sirios que intentan escapar de una guerra que están lejos de haber generado, los cientos de miles de afganos que intentan escapar de un caos que están lejos de haber creado, los cientos de miles de iraquíes o libios que intentan huir de sus países desmembrados, hacen lo que haría cualquiera en su situación: buscar llegar a algún lugar en que la vida les sea menos horrorosa.

Al menos en principio.

Para ello, hacen lo que también haría cualquiera en su situación: descosen las fronteras, las destrozan. Muchas veces serán ellos los destrozados: quedarán a la vera de uno de los siete muros, de cemento o de alambre, o de cemento y alambre, que Europa les ha levantado; se ahogarán en ese enterradero humano en que se ha convertido el Mediterráneo; caerán del tren de aterrizaje de algún avión…

Si logran saltar muros o atravesar mares, terminarán acaso asfixiados en algún camión frigorífico. Pero seguirán golpeando a la puerta hasta que se abra y saturarán todas las fronteras. La de Grecia con Macedonia; la de Turquía con Grecia; la de Italia con Eslovenia; la de Italia con Francia; la de Macedonia con Kosovo; la de Serbia con Hungría; la de Macedonia con Bulgaria; la de Bulgaria con Serbia; la de Hungría con Austria; bajo tierra, por el túnel de la Mancha, tratarán de pasar de Francia a Inglaterra.

Y seguirán fluyendo en pateras o en barcos de mala muerte hacia Grecia e Italia. En las últimas semanas se sumó al listado otro paso: el del Ártico.

Demasiado lejana (a más de 4.000 kilómetros de Damasco, por ejemplo) y gélida como para ser usual, la frontera entre Rusia y Noruega –una de las pocas fronteras directas entre Este y Oeste durante la Guerra Fría– se ha convertido ahora en un nuevo punto de entrada a Europa, sobre todo para los sirios.
 
No son infinitas las fronteras, y están cada vez más cercadas, vigiladas, “pero algunas siguen siendo porosas y hasta en las más supuestamente impenetrables se encontrarán formas de burlarlas, de atravesarlas”, dice Estrella Galán, secretaria general de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (Cear).

“Esa es la ley de los movimientos masivos de población: cuando en un lado hay guerras, hambrunas, miseria y en otro se supone que prosperidad, se trata de pasar de un lado al otro. Lo han hecho todos los pueblos del mundo, incluyendo los europeos que hoy bloquean el ingreso a sus territorios.”

 Al ex primer ministro socialista de Francia Michel Rocard se le atribuye una frase que luego hicieron suya gobernantes de muchos otros países europeos confrontados a la llegada masiva de refugiados e inmigrantes a sus fronteras:

“No podemos recibir toda la miseria del mundo”.

Corrían los noventa, y Rocard pretendía hacer pasar la idea de que Europa era la zona del planeta que más acogía inmigrantes y refugiados, y que más, a la pobre, no se le podía exigir.

La idea en buena parte se impuso y se convirtió en “sentido común”. En las últimas semanas otro político francés, el derechista Alain Juppé, retomó la frase rocardiana:

“Europa no puede seguir acogiendo toda la miseria del mundo”, dijo.

El problema con la frase es que está lejos, muy lejos, de reflejar la realidad. Ni la de los noventa ni la actual.

Según un informe de las Naciones Unidas de junio pasado citado por el diario Libération, Turquía, Pakistán y Líbano reciben, cada uno de ellos, más refugiados que los 28 países de la UE juntos: casi 1.600.000 el primero; algo más de 1.500.000 el segundo y más de 1.150.000 el tercero; en la Unión Europea suman 1.090.000, no muchos más que en Irán (982.000).

Más aun: de los 14.400.000 refugiados que contabilizó el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) en 2014 en todo el mundo, alrededor del 50 por ciento están en Asia, y más de 4.000.000 en África.

La guerra afgana obligó a la salida de unos 2.600.000 personas, que se han repartido fundamentalmente entre Pakistán e Irán. En Líbano, los refugiados representan el tercio de la población total, y de los 4.000.000 sirios desplazados por la guerra desde 2011 la gran mayoría han ido a parar a los países vecinos, sobre todo a Turquía, donde muchos, de origen kurdo, no reciben además ningún tipo de ayuda y la vida se les hace imposible.

Unos 2.000 por día buscan llegar a Grecia, como pretendieron hacerlo Aylan, su hermano y sus padres.

“Los europeos no pueden hacerse los sorprendidos de que muchos de los que malviven en Turquía o Líbano pretendan irse”, dice la diputada por la Izquierda Unitaria Europea Mariana Albiol:
 
“Estos refugiados pasan años en campamentos hundiéndose cada vez más en la miseria, ante la indiferencia total de la llamada comunidad internacional, que les niega un visado aunque reúnan las condiciones. Europa no encara los problemas hacia atrás, en el origen. Los toma, y de costado, cuando la golpean puertas adentro, pero no ve que en las guerras de las que esta gente huye la UE tiene buena parte de responsabilidad; no ve que contribuyó a dividir Siria, Irak, Libia; no ve, o hace como que no ve, que si estos países, que fueron sus colonias, están destrozados, alguna responsabilidad ella también tiene. La UE, por un lado, se cierra, se desentiende, y, por otro, carga las culpas en terceros. La culpa de los muertos en el Mediterráneo sería así de los tratantes de personas, y Europa se plantea bombardear los barcos antes de que zarpen. Claro que estos tipos son unos sátrapas, unos criminales, pero es como atacar el síntoma y no la causa. Además de inmoral, inútil.”

Mafias

Son las políticas europeas las que alimentan a las mafias de traficantes de personas que se están enriqueciendo con este drama, le dijo Estrella Galán al diario digital español Público.

Si los refugiados se ponen en manos de estas mafias es porque se les cierran todas las puertas legales a las que perfectamente podrían golpear. Si se lanzan al mar, corriendo los riesgos que corren (sólo en lo que va de 2015 se ahogaron unas 2.500 personas en el Mediterráneo, y más de 22.500 en 15 años), es porque no les queda otra.

“Se necesita un cambio de enfoque inmediato en la política migratoria y de asilo, que hoy está centrada únicamente en la vigilancia y el control de fronteras”, propone Galán.

Miguel Urbán, eurodiputado del partido español Podemos que esta semana viajó a Serbia y Macedonia para acompañar en su travesía a grupos de refugiados, dice que en cinco años la UE ha gastado más de 1.800 millones de euros en blindar sus fronteras y menos de 700 millones en asistir a los refugiados.

“La supuesta idea de respeto de los derechos humanos y acogimiento que siempre ha defendido la Unión Europea es puro maquillaje, borrado por las lágrimas de miles de inmigrantes y refugiados que comprueban cómo lo que les decían de Europa era mentira. Con sus tratados, venta de armas y geoestrategia, la UE es cómplice de las guerras que ocasionan estos movimientos migratorios”, declaró Urbán, que integra Anticapitalistas, el sector más a la izquierda de Podemos.

“Los traficantes claro que hacen su negocio. Han ganado dinero a paladas gracias a las políticas migratorias de la Unión.”

Los propios traficantes lo confirman. Corina Tulbure, enviada especial de Público a la frontera turco-búlgara, entrevistó a uno que dijo llamarse Ahmed y le explicó que lo suyo consiste en sortear las vallas y hacer que los refugiados logren entrar a algún país de la UE donde puedan pedir asilo.

“Necesitan a alguien que los guíe en el trayecto por bosques y pueblos desconocidos. Huyendo de la policía, no pueden ir solos”, y él, dice, está allí para ayudarlos.

“La UE nos llama criminales, pero como los refugiados sólo se topan con alambradas se ven empujados a contactar con nosotros.”

Un poco cínico, para qué negarlo. Ahmed se considera un traficante “barato”. Cobra, sí (“es mi trabajo”), pero menos que otros. Después de todo él también es sirio, pasó por algo similar unos meses antes y tiene familia “allá”, que también quiere huir.

“Hay traficantes y traficantes. Algunos son verdaderos criminales. Unos cobran menos, y otros son carísimos. Pero en la ruta nadie está nunca seguro, porque cada tramo está controlado por distintos grupos. Es como si contrataras una agencia de viajes, el precio depende del paquete que pagues: la ruta entera de Siria a Alemania vale más de 10.000 euros; de Turquía a Bulgaria te puede salir 1.500 o 2.000. También hay distintos precios en función de cómo pasas la frontera: en camión o por tierra caminando dos horas, cuatro horas, dos días.”

Por mar, el camino más inseguro, algunos traficantes han llegado a exigir hasta 6.000 euros y han apaleado en las playas a hombres o violado a mujeres que intentaron subir a algún barco sin pagar, pagando menos o pretendiendo colar “gratis” a algún niño.

“El de los traficantes de refugiados es como cualquier mercado negro: prospera donde hay una prohibición previa. El problema en este caso es que estamos hablando de vidas”, dice una francesa de Médicos Sin Fronteras.
 
 Kinan Masalemehi es un adolescente sirio de 13 años que llegó a Hungría con su hermana mayor. Esta semana lo entrevistó en Budapest el canal árabe Al Jazeera, y la entrevista, de apenas unos segundos, se convirtió en “viral” en las redes sociales. “No queremos venir a Europa. Sólo paren la guerra en Siria”, dijo Kinan.

La peor

Aunque no sea verdad que Europa capte toda la miseria del mundo, sí lo es que está confrontada a su peor crisis humanitaria en décadas. Ni las que siguieron al desmembramiento de la Urss a fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, ni la carnicería que fue la guerra en la ex Yugoslavia, ni el propio genocidio ruandés de 1994 provocaron una huida en masa hacia la UE tan grande como la generada por la guerra en Siria, la continuación de los enfrentamientos en Afganistán y Pakistán, las debacles iraquí y libia.

Sólo Alemania prevé recibir este año unas 800.000 demandas de asilo, cuatro veces más que el año anterior. Según Eurostat, la oficina europea de estadísticas, en 2014 las solicitudes de refugio en los 28 países de la UE no habían alcanzado las 360.000, de las cuales 162.000 fueron aceptadas. Para este año, superarían el millón.

 Hay que hablar de refugiados, no de inmigrantes, piensa Estrella Galán.

“No estamos ante una crisis migratoria. En la medida que se confunde a refugiados con inmigrantes, los estados justifican el incumplimiento de sus compromisos, y en este caso se está ante un drama humanitario de refugiados”, causado fundamentalmente por guerras y persecuciones políticas, dice la secretaria general del Cear.

“Son personas que están huyendo de Siria, de Eritrea, de Afganistán, de conflictos armados muy violentos en los que su vida está en peligro.” También de Kosovo.

Para Galán, al menos el 60 por ciento de quienes tocan hoy a las puertas de la UE son susceptibles de protección internacional y la Unión debería verse obligada a recibirlos en función de los tratados internacionales que ha firmado.

No es que el hambre y la miseria no den “derechos” a quienes buscan ser recibidos en otro país.

“También, por supuesto, vulneran derechos básicos. Pero no hay que confundir los mensajes, porque de esa forma se estaría haciéndole el juego a quienes dicen que se trata de un drama migratorio al que hay que tratar según las leyes migratorias, mucho más restrictivas que las que rigen el derecho de asilo.”

Al hablar de estas masas de aspirantes al refugio como de “inmigrantes ilegales”, los responsables europeos “se colocan en un plano que les permite evadir responsabilidades”, coincide Miguel Urbán.

A un solicitante de asilo no se le puede exigir que tenga un contrato de trabajo previo y garantizado, como se prepara a exigir el Reino Unido a los sirios, eritreos, afganos que están llegando a sus fronteras desde otros países de la UE.

El gobierno de David Cameron tiene en gateras una reforma de sus leyes migratorias que de hecho significaría una violación de los acuerdos de Schengen, que desde 1995 aseguran la libre circulación de personas entre los 26 países que los firmaron.

Y Francia se niega a dejar entrar a su territorio a extranjeros que se agolpan en la frontera con Italia, en Ventimiglia. Son unos pocos miles, y ni siquiera quieren establecerse en Francia: pretenden utilizarla como trampolín hacia el norte, como país de tránsito.

Es curioso que estados “que han demostrado su incapacidad para luchar contra los efectos desestabilizadores de la libre circulación de capitales tomen como objeto específico el control de esta otra circulación, la de las personas, y como objetivo la seguridad de los nacionales” supuestamente amenazados por estos peligrosos extranjeros que a lo sumo podrán conmoverlos con su drama, escribe el filósofo francés Jacques Rancière.

A Rancière le parece bien propio de este momento civilizatorio que se entre en disquisiciones entre refugiados e inmigrantes, como si el hambre no tuviera también raíces políticas. Las buenísimas intenciones, piensa, a veces hacen que no nos demos cuenta de algunos horrores.

No se puede, no se puede, no se puede

Todos –los que se largan al mar, los que llegan por tierra, los que cruzan por el túnel– aspiran a desembarcar en Alemania, en Suecia, en el Reino Unido. Los países del Mediterráneo no son los destinos más apetecidos, aunque son los que más gente reciben.

Las cifras cambian –aumentan– semana a semana, día a día. Naciones Unidas estimó la semana pasada en unas 330.000 las personas que han atravesado desde enero el Canal de Sicilia: algo más de 200.000 han llegado a Grecia y algo más de 120.000 a Italia. Tampoco son apetecidos como destino final los países ex socialistas del este, pero son zonas de tránsito inevitables en el camino por tierra hacia el norte.

No hay política común en Europa para tratar el tema. Cuando hace algunas semanas la Comisión Europea quiso fijar una para repartir proporcionalmente (según territorio y medios) a 40.000 personas entre los 28 integrantes de la UE –40.000, sobre una masa de cientos de miles que buscan llegar a un espacio de más de 506 millones de habitantes–, todos dispararon para lados diferentes.

España se cerró. Le pidieron que recibiera a unos 4.000, lo que ya era una miseria, y no aceptó más que la mitad. Y que vinieran sanitos: un ministro dijo que no podían ser “portadores de enfermedades contagiosas”.

Los del este se cerraron: ninguno aceptó que se le fijaran mínimos, y casi todos anunciaron que aceptarían algunos cientos, algunos miles quizás, siempre y cuando fueran “cristianos”. Porque los “musulmanes”, se sabe, pueden ser terroristas.

Cuando se planteó en una reunión europea, que bueno, está bien, no podemos aceptar toda la miseria del mundo pero qué hacemos con los que ya están, qué hacemos con esos 200.000 que sobrevivieron en el mar y están esperando en Grecia, en Italia, en Hungría, hubo quien recordó que en la UE rige una convención, la Convención de Dublín, que obliga a cada país a hacerse cargo de los refugiados que recibe. Es una pena que a los griegos ya no se les pueda sacar más el jugo, pero bueno, para qué están en la UE, que asuman sus responsabilidades.

Ayer jueves, en Bruselas, la CE volvió a presionar a los países miembros de la Unión. Dijo que ya no debían ser 40.000 los refugiados a repartirse entre los 28, sino 160.000. ¿Por qué?, preguntó el primer ministro húngaro, Víktor Orbán. Que se ocupe Berlín. “Esta crisis es un problema alemán. Todos quieren ir a Alemania.”

Algunos países orientales dejan pasar a los refugiados, los dejan circular en los trenes mientras no se queden en territorio propio. Hungría no. Los reprime. El gobierno liberal húngaro, presionado por una extrema derecha en muy fuerte ascenso, decidió en los últimos días cerrar una de las estaciones de Budapest a la que más gente había llegado en tránsito hacia Alemania –unas 2.000 personas–.

El miércoles la estación fue reabierta, y una jauría –“nos han convertido en una jauría de tipos y tipas y niños pero con bastante menos fuerza que un perro”, dijo un sirio a Libération– se lanzó a copar los vagones. Pero los destinos internacionales fueron suprimidos.

Un tren que iba rumbo a una localidad cercana a la frontera con Austria fue frenado por la policía al llegar a una ciudad donde hay un centro “de acogida”.

Los húngaros y otros europeos pudieron seguir camino. Los sirios y otros refugiados fueron obligados a bajar. Cuando un grupo de unos cincuenta se dieron cuenta de que los iban a conducir a un campo, salieron corriendo por las vías. La policía los molió a palazos.

“No nos queremos quedar, vamos a Alemania”, gritó un sirio, antes de que lo tiraran contra la vía y lo esposaran. Lo cuenta un cronista español al que su padre le contó que así trataban los franceses, hace 80 años, a los españoles que pasaban del otro lado de los Pirineos escapando del franquismo.

Y concluye: “Mi padre decía que fue la indiferencia de las mayorías la que permitió que el fascismo ganara terreno. Está pasando algo similar aunque los países sean otros, o los mismos con los roles cambiados”  

Germanos

No es que Merkel sea insensible, como que en el fondo es humana y capaz de conmoverse, comentó semanas atrás un periodista de la Tageszeitung, el diario de izquierda berlinés, luego de que la jefa del gobierno alemán hiciera llorar a una nena palestina a cuya familia se le negaba el permiso a permanecer en tierra germana.

Lo que pasa es que los alemanes son apegados a las formalidades, a los papeles, a los tratados y si no cuadrás en las normas, marchás, ironizó.

Sin embargo, Alemania es hoy el país que más extranjeros ha aceptado y, junto a Suecia, el que parece estar dispuesto a acoger mayor cantidad. No se sabe cuántos tampoco, porque dependerá de cómo considere a los que lleguen a sus fronteras: si como demandantes de asilo o como inmigrantes.

Los paquistaníes y los eritreos corren riesgo de no pasar los filtros. Los sirios, o algunos de ellos, tal vez tengan más suerte. Serán igualmente cientos de miles los que esperarán en los refugios de los lander alemanes a que se decida su suerte.

En el ínterin podrán ver las dos caras de la potencia hegemónica europea. O las tres, o las cuatro. Podrá pasarles como a esos dos sirios, uno de 7 años, otro de 15, a los que un par de neonazis, con esvásticas y todo, los mearon, literalmente los mearon, en un tren. O que sus refugios sean atacados (hasta agosto fueron 200 los “centros de acogida” incendiados), ellos mismos apaleados, hasta asesinados.

Pero podrá pasarles también lo otro: que una parte de la sociedad se movilice en su favor. Las redes formadas en Berlín y en otras ciudades para asistir a los refugiados involucran a miles de personas: les dan alimentos, ropa, “paquetes de bienvenida” (mantas, kits de higiene, frutos secos: todo bien alemán), se han formado grupos en Facebook para reunir voluntarios que puedan recibirlos en sus casas (un diputado de la Cdu, el partido de Merkel, tiene en la suya a dos refugiados eritreos; Bern Pickert, periodista de Internacionales de la Tageszeitung, alojó a cinco sirios), hay grupos de voluntarios que se turnan para cocinar en los refugios, barras de algunos cuadros de fútbol los invitan a los partidos…

Incluso el Bild, un diario sensacionalista vinculado a las peores causas pero el más leído del país y dicen que de Europa, lanzó una “gran operación de ayuda” y tituló en su portada “El gran drama de los refugiados. Ayudamos”.

La movilización de la sociedad civil pretendió suplir inercias, dejadeces, burocracias estatales, explica Pickert. Los centros de refugiados alemanes son los mejores de Europa, pero algunos no tenían agua, o poca (en pleno verano), les faltaban camas, carecían de medicamentos, no estaban suficientemente coordinados con los servicios de salud pública.

“En un país como Alemania, que se precia de ser la potencia hegemónica de Europa y lo propagandea, es inaceptable. En situaciones como estas tenemos que definir bien claramente qué sociedad queremos”, dice el periodista.  

Datos

Más de 400.000 personas pidieron asilo en países europeos en los primeros seis meses de este año. Si se cumplen las previsiones, en 2015 se superarán largamente las 800.000 peticiones. Alemania y Hungría suman más de la mitad. Cuatro de cada diez solicitantes en Europa lo han hecho en Alemania (170.000), y en Hungría casi dos de cada diez (67.000).

No es lo mismo solicitantes de asilo que refugiados. Los solicitantes han registrado su petición de protección internacional pero todavía no han recibido una respuesta definitiva. Según los datos de Eurostat, hay grandes diferencias entre los países europeos a la hora de decidir favorablemente una solicitud.

Bulgaria se situó a la cabeza: nueve de cada diez solicitudes formuladas en 2013 y 2014 de las que se tomó una decisión en primera instancia acabaron de forma positiva. En Alemania, las respuestas positivas representaron el 42 por ciento del total en 2013 y el 43 por ciento en 2014.

En Hungría apenas una de cada diez.

Siria, en guerra desde 2011, encabeza el ranking de países con mayor número de peticiones (200.000), seguida de Kosovo (101.000), territorio todavía en disputa, Afganistán (82.000), en guerra constante desde hace más de una década, y Eritrea, que vive en un régimen dictatorial en el que las violaciones a los derechos humanos se multiplican.

Ciudades refugio

Manuela Carmena, Ada Colau, Kichi González, Pedro Santisteve, Xulio Ferreiro, Joseba Asiron, Joan Ribó son siete de los alcaldes electos en el Estado español en mayo pasado en listas de “unidad popular” que aglutinan a varios partidos de izquierda.

Carmena gobierna Madrid; Colau, Barcelona; González, la andaluza Cádiz; Santisteve, Zaragoza; Ferreiro, La Coruña; Ribó es alcalde de Valencia, y Asiron, de la vasca Irún.

Los siete acordaron esta semana, a iniciativa de Colau, formar una red de “ciudades refugio” para “paliar el drama de los refugiados y los inmigrantes”. “Queremos ciudades comprometidas con los derechos humanos y con la vida, ciudades de las que sentirnos orgullosos”, dijo la alcaldesa catalana.

A Colau, que durante toda su vida fue militante social y animó en Barcelona la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, una asociación que resiste a los desalojos, la actitud del gobierno de Mariano Rajoy le da “asco”.

“Regatear para recibir refugiados es vergonzoso. España ha quedado a la cola de la UE, siendo bastante más rica que muchos otros países, como la vapuleada Grecia, que tiene que hacer frente, con muy poca ayuda exterior, a desembarcos masivos de personas.”

Si España hubiera aceptado los 4.000 refugiados que le propuso acoger la Comisión Europea y los hubiera repartido proporcionalmente en su territorio, Madrid hubiera debido recibir a unos 800 y Barcelona algo más de 500. “¿Qué es eso? Nada. Una ínfima gota de agua. Lo que el gobierno del Estado no quiere hacer, nuestras ciudades intentarán hacerlo en la medida de sus competencias”, dijo Colau.

Alfred Bosh, portavoz del Ayuntamiento de Barcelona, recordó que hace 20 años, cuando la guerra en la ex Yugoslavia, la capital catalana fue tierra de asilo de una enorme cantidad de bosnios.

“El drama de los refugiados es una cuestión de derechos humanos que no puede dejar impasible a una ciudad diversa y acogedora como Madrid”, declaró por su lado Manuela Carmena.

La semana próxima, en una nueva reunión, los seis alcaldes y otros que se les sumen acordarán medidas comunes. Ayer jueves Carmena anunció que Madrid ciudad destinará 10 millones de euros a ayudas a refugiados en alimentación y vivienda, y la Comunidad Valenciana, toda ella gobernada por una lista de “unidad popular”, dijo que se declarará “comunidad acogedora” y “corredor humanitario” y que está dispuesta a recibir, ella sola, a 1.500 refugiados.

Fuente: Brecha

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