Manuel Almeyda y la Eutanasia: Una Discusión Necesaria

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Marcela Ferrer Lues (*)

El reciente conocimiento público de la carta de Manuel Almeyda ha abierto el espacio para una discusión necesaria y postergada. En su carta, el médico de la Universidad de Chile y destacado dirigente socialista, solicitó al Colegio Médico que promoviera “la creación de una comisión de hombres justos que estudien la mejor forma de poner término a la vida de las personas que estén en una condición de vida terminal y que así lo deseen”.

 

Almeyda se basaba en su propia experiencia: a sus 89 años era oxígeno dependiente, con incapacidad para movilizarse por sus propios medios y realizar actividades cotidianas.

Su deterioro aumentaba cada día, llevándolo a concluir que “la vida que tengo es insufrible e indigna, como es la que llegan a tener las personas en mis mismas condiciones”.

El Dr. Almeyda murió pocos días después de escribir esta carta, cuyo primer efecto ha sido el reingreso de una moción parlamentaria para regular legalmente la eutanasia, la presencia del tema en los medios de comunicación, y la apertura de un espacio para la discusión de un tema que nos afecta a todos.

¿Qué impactos tiene esta discusión?

Una de los más significativos es poner en el centro la manera en que abordamos, como sociedad, el proceso de agonía, la muerte y el duelo. En una sociedad centrada en la búsqueda de la salud y la juventud permanentes, la muerte tiende a ser un tema relegado.

Según la Encuesta Bicentenario de la Universidad Católica 2012, el 72% de los chilenos piensa con poca o ninguna frecuencia sobre la muerte, y 81% habla poco o nada de ella. Un dato relevante es que la misma encuesta señala que el 52% de los chilenos y chilenas está de acuerdo con que “terminar la vida de los enfermos incurables (eutanasia) es un acto justificable bajo ciertas circunstancias”, acuerdo que es de 64% en el estrato alto, 52% en el medio y 48% en el bajo.

Paradojalmente, la mayoría de quienes se definen como católicos (54%) también justifica la eutanasia en ciertas condiciones, elevándose a 67% en los agnósticos y disminuyendo a 36% en quienes tienen otras religiones.

A la luz de las cifras señaladas, la reflexión del Dr. Almeyda es compartida por una parte mayoritaria de la población chilena.

En sociedades con Estado laico y moralmente pluralistas, como la sociedad chilena, la discusión sobre la eutanasia debiera abocarse a definir los mecanismos que permitan que cada uno de nosotros, como sujeto individual y colectivo, pueda decidir las condiciones en que desea vivir el proceso de su muerte.

 (*) Académica del Departamento de Sociología de la Facultad de la Ciencias Sociales.

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